Sombras de Cenicienta

Nos conocimos por razones de causalidad casual. Él, más joven y más competitivo, combinando chaqueta y camisa en un clásico blanco y negro. Con una sonrisa llena de buenas sensaciones que repetía a menudo, sea porque lo que yo tuviera que decir era verdaderamente divertido o bien porque conocía los trucos de los caminos que llevan al huerto, ya que Roma pillaba lejos. Quién sabe, a lo mejor sí soy divertida a la vez que digna del esfuerzo por fumarse el cigarro de después. Y eso que no soy fumadora.

He dicho más joven, sí, pero claro, aquí el mecanismo lingüístico tiene su truco, pues que tenga menos años vividos que yo pueden ser simplemente mi edad menos uno. Su veteranía en los asuntos mundanos y pecadores despertaron mi interés mientras sus ojos brillaban cual estrellas mirándome con efectividad. En ocasiones, mientras hablaba, clavaba los dedos de una mano en la palma de la otra. Le añadía un plus al interés que despertaba en mí aquello de tener rutinas para disimular la emoción, pero libre de complejos de macho alfa, exponiéndose a ser visto e interpretado.

En su presencia, me sentía segura. Todas las mujeres que en algún momento decidimos que la heterodoxa monogamia heteronormativa no era nuestro rollo y dimos el paso en abrirnos a nuevas opciones de ser, con nuestros deseos sexuales por delante, hemos tenido citas con personajes que por el contenido de sus palabras nos ponían a la defensiva, el sentirnos incómodas en un lugar y espacio concreto por el lenguaje corporal del otro sujeto. Sentí el impulso de llevarlo conmigo al baño e incitarlo a meter su cabeza por debajo de mi ombligo, pero regresé rápido tal y como había ido, sola.

A pesar de no sentir una revolución entre las piernas, despedirlo sin más me hubiera sentado como un mazazo. Quería que se quedara, pues sentía que mi pasión por él crecía de la forma más clásica, cociéndose a fuego lento. No era el flechazo de una ardiente locura sexual de las que acaba con desayuno poscoital viajando en jet privado a una playa italiana. Me conformaba con no perderle de vista, pues todavía le quedaban horas a la noche en el reloj, y sí, disfrutaba de aquella tensa calma que hinchaba las pelotas.

Sin llamar la atención, se hizo un hueco en mitad de aquél sofá de piel de color gris. Unidos cuerpo a cuerpo por los costados, él quería jugar y afortunadamente yo tenía la mente juguetona. Pasó la mano por mis hombros, dominando el espacio a mis espaldas de una manera protectora y no posesiva. Me apetecía pretender que estaba dispuesta a dejarme llevar, que moviese los hilos a su antojo. Aunque nada de eso está en mi forma de ser relacionándome con hombres de mi propia especie, y no sé si dicha mentira parecía tan creíble tal como yo intentaba fingir.

Hubo un intento en darme órdenes. Entendió su fallo viéndome como le sonreía de perfil, y le sugería que para esos antojos en el juego tendría que buscar a otra mujer, de otro tipo de ideas. Soy aguerrida en la cama, y en el sofá también. No se me puede dominar, pero en ocasiones funciona aquello de convencerme adopar otro tipo de actitud, rebajándome los humos. Confesarle tal información había supuesto para mí desterrar un pequeño secreto, pues tenía la impresión de perder poco o nada diciéndoselo.

Si alguien me apetece, no soy una mujer que adopte posturas de retar al otro a conquistarme desde una expectativa difícil. Me gusta la transición del deseo interno a la manifestación externa del mismo sin complicaciones. No le voy a imepdir a mi cuerpo compartir la lujuria por razones absurdas y cosificantes, clichés heredados de la adolescencia de mi generación y las predecesoras. Espero y deseo que las nuevas generaciones reemplacen dichos códigos reaccionarios con una educación sexoafectiva de calidad.

Cedí con absoluta voluntad a su propósito por besarme. De manera fortuita, mi mano rozó la zona pélvica de su anatomía, notando ahí abajo un deseo ofensivo al alza. No supe cómo reaccionar, si debía insistir en los tocamientos o pedir perdón por la intromisión física, y por única respuesta recibí sus dedos acariciándome la nuca. Me confesó que llevaba 33 días sin recibir el cálido beso de ninguna femina en el glande. Le amenacé con remediar dicha incomodidad propia del celibato aquella misma noche y no recibí protesta para llevarme la contraria.

Me confesó que su mayor aspiración sexual, que en su imaginario téorico parecía la bomba, era tener sexo compartiendo cama con dos mujeres simultáneamente. Me lo dijo a modo de reconocimiento íntimo, no como una proposición. Tampoco estaba al tanto de mi historial completo en lo que se refiere a algunas de las hazañas atípicas que experimenté en cuerpo y alma, sobre todo en cuerpo. Sin nada que criticarle, le seguía dando conversación subida de tono asumiendo una posición algo hipócrita, jugando al despiste y ocultándole mi conocimiento a la perfección como causa implicada en algunos lugares que para él tan solo existían de forma imaginaria en la exploración de la sexualidad.


Explotó en mi boca mucho antes de lo esperado, por ambas partes. Disparó su jugo con tanta fuerza que por un segundo me imaginé una pequeña gran explosión a base de dinamita en su escroto. Fue tan sorpresiva la aparición del final feliz que rozó la incomodidad. En su defensa, siempre se puede argumentar aquello de los nervios, la emoción, la pasión, y quizás en la mía el buen hacer cómo mínimo. A pesar de la expulsión prematura, su polla mantenía en vertical dura como una roca, una infatigable erección infrecuente despues de arrojar todo aquél líquido blanco por la punta del capullo.

Con total naturalidad, hicimos intercambio de posturas y actividades. Como segundo acto, mi cuerpo parado en horizontal mientras su cabeza hacía movimientos probando el sabor del apetitoso coño que llevaba entre las piernas. Inquieta yo, aceptó con docilidad el golpe accidental del muslo derecho en su mejilla. Mientras lamía lo ofrecido entre mis piernas, su erección tuvo tiempo de perder fuelle y volver a renacer. El cuerpo me pedía probar su dotación en mis carnes.

Afortunadamente, no se dejó vencer por la precocidad mientras dirigía su cadera saliendo y entrando en mi coño, bien mojado a semejante altura de los acontecimientos nocturnos. Sus embestidas llegaban decididas, con la fuerza conquistadora de los machos que desean presumir de vigor en la primera cita. En ocasiones, se dejó llevar por el afán de vanagloria hasta el punto de acabar saltando con su abdómen sobre el mío buscando dirigir su falo hasta lo más profundo que los centímetros le permitían alcanzar.

Percibí el comienzo de mi orgasmo mientras su polla, dura, se abría paso a traves de mi vagina, presionando el tubo muscular en todas direcciones mientras su carne se deslizaba de abajo arriba. La mejor parte del orgasmo son los segundos previos, cuando un sinfín de picores recorren por debajo de la piel la columna vertebral mientras una concentración de energía difícil de explicar te presiona las entrañas, toda la materia entra en modo ultrasensible pero el momento exacto del estallido es incontrolable, y sigues frotándote contra la polla durísima que tienes dentro atrapada en una excitante tensión a la espera del cañonazo de calor que te invade desde la pelvis y estimula cada terminación nerviosa que se encuentre a su paso en una onda expansiva exorbitante.

Superado mi encantamiento tras el gran apogeo entre las piernas, de costado a su lado me puse mano a la obra masturbatoria, pensando con naturalidad que su final feliz no tardaría en rocíarme la mano. Y, dicho vulgarmente, estuve dándole sin parar por duración de unos cuantos buenos minutos, hasta que la muñeca me pidió tregua. Su miembro viril seguía en postura ascendente, superando mis expectativas temporales. Sumándole el dolor físico al escaso éxito, lo dejé ahí tumbado y tirado. Volví del baño y lo encontré mano a la obra, y apenas tuve tiempo de volver a recolocarme a su lado cómodamente que el semen salío disparado, haciendo diana sobre su propio pecho. Dos veces había estado presente en las corridas de aquél hombre, dos veces que me dejó al borde del asombro el brío de sus eyaculaciones.

Me condujo a la ducha guiándome con su cuerpo pegado al mío mientras tapaba mi vista con la mano. Mientras frotábamos los cuerpos con los productos higiénicos apropiados para la correcta limpieza su pene no volvió a ascender, pero es justo decir que tampoco lo estuve tanteando tonteando. Tenía mucho mérito por su parte la muestra de afecto libre de compromismo, pues no cualquiera es capaz de respetar las limitaciones del sexo desenfadado sin pretensiones románticas teniendo capacidad para compartir situaciones de intimidad sin la coacción amorosa.

La pregunta del millón, que había para llevarse a la boca. Estoy hablando de alimentos carbohidratados. No me decepcionó el carpetovetónico menú de jamón extremeño y queso manchego. Por culpa de la falta de sueño tenía los ojos enrojecidos, y según él eso me aportaba un toque diablesco a la mirada. No sabía si dicha ratificación de mi irritación ocular debería decepcionarme o más bien lo contrario, disparar la moral por las nubes. Me dejé reconquistar con besos tiernos en los hombros. Desde luego, este hombre tenía un pico de oro.

Me invitó a compartir cama, de nuevo. Asentí con la cabeza para facilitar el trámite mientras bebía agua. Gocé de la oportunidad de hacer un sorpasso por la izquierda, suponiendo que acabaría rodeada por la cintura por sus brazos antes de tocar cama. Sin embargo, desaproveché la ocasión, dejándole cómo líder del grupo, observando en silencio desde atrás sus virtudes corporales. Quizás sonrió notando mis ojos rodeando su figura sin cesar. A pesar de mi habitual altruísmo y falta de celo, sentía como un éxito personal tirármelo a solas, sin otro par de manos, ni de ojos, ni de piernas, ni nada de nada de terceras personas. Solos, aguantándonos.

Nos tumbamos, juntos, con los cuerpos pegados, con su brazo rodeando mis hombros deportivamente. Miramos el techo, nos dijimos cosas, reímos divertidos por nuestras ocurrencias. Nadie estaba al mando de la situación, pasábamos de un segundo al otro como fragmentos interconectados en virtud de la armonía. Seguía teniéndole ganas, anhelando el tradicional beso a ojos cerrados como pistoletazo de salida del al sexo. Noté al roce su pene erecto apuntando en diagonal como un cañón a punto de asaltar infranqueables murallas. Mientras tanto, él me dejó caer un beso en la frente. Juguetona y risueña, tiré con la mano hacia abajo, sacando a relucir su glande. Acción que él encajó soltando un suspiro y una sonrisa.

El anfitrión buscaba confirmar por mi parte el apetito por una nueva sesión de sexo oral mientras me hacía la escurridiza y me volvía a dejar caer de espalda mirando al techo sin despegar la mano de la improvisada e imaginaria palanca de cambio de marchas del improvisado e imaginario coche que nos daba razones para justificar unas risas en tono muy alto a horas tardías de la noche. Pues claro que yo también tenía ganas de hacer alarde de mis conocimientos en el arte de la felación, y las mamadas consecutivas nunca me han provocado ni ascos ni rechazo, todo lo contrario. Aún así, quería disputar tiempo de calidad de ocio erótico.

Debí estar causándole buenas sensaciones manoseando su parte íntima, pues los ojos entrecerrados acortaban deliberadamente su campo de visión y su respiración costaba un esfuerzo añadido. No quería que el único desarrollo del tercer acto fuera nada más que la acción masturbatoria, pero el olfato de la que sabe más por vieja zorra que por diabla me insinuaba que su potencial todavía estaba por explotar y que el ritmo lento permitía una alargada continuidad. Y bueno, quizás tampoco escatimé en recursos verbales, susurrándole cosas atractivas y excitantes. Trucos de segunda línea de asalto que nos conocemos todas, nada insólito.

Me dijo que el sabor de mis pezones era dulce, y agachándose regresó con la boca sobre mis pechos, mimándolos. Se dejó llevar por los impulsos, prescindiendo del tacto, sentado encima mía como un bloque sólido. Su físico infundía el respeto de la presencia masculina, en el modelo clásico de cisheterosexualidad. Pero su polla estaba dura, y me llevaba la alegría de saber que mis esfuerzos y encantos dieron resultados. No le dejaría comandar nuestro escarceo lujurioso, pero me pareció lo adecuado dejarle regresar sobre mí con todo el poderío del peso de su carne y sus huesos. Alargué la mano, acariciando, jugando, estirando y masajeando. Él me lo preguntó directamente.


El sexo. El sexo fue a más, cuantitativamente. Cualitativamente puede que no siempre estuviera en máximos de puntuación, pero follar bien es un proceso de largo recorrido y no una prueba que deba ofrendar los mejores frutos desde el inicio. Después del segundo orgasmo masculino, sí pensé que el proceso de reconstrucción erectil no sería ejemplar, cuestionando en mi cabeza, a destiempo, lo que su cuerpo podría hacer. Soy así, a veces incrédula, en ocasiones desacertada en mis pronósticos, tanto con los hombres cómo en la quiniela; aquí sigo, faltada de millones de euros.

No es un dogma puesto que no es una verdad absoluta, inamovible e incuestionable, ni tampoco hace pleno al cien por cien en lo porcentual, pero así, como regla general para moverse en la jungla urbana del dating por las calles de los amigos con derechos, los hombres con la personalidad bien puesta suelen ser mejores amantes. Que no tengo yo nada en contra, en particular, contra el romance rural, pero entiéndanme, en lo que late debajo de mi caja torácica soy una chica de ciudad. La dosis justa de ego transforma a los hombres en máquinas orgánicas cuya misión vital consiste en encargarse de tu placer, aunque dicha utilidad tenga más que ver con el terreno de juego del orgullo masculino, el presumir de buen funcionamiento como latin lover ocasional.

Aunque le dejé marcar el rumbo, jamás le cedí el mando. Manías existenciales que tiene una, desnuda y de piernas abierta. Se me quedó grabada en la retina el baile de nuestras sombras proyectadas por la luz anaranjada sobre la superficie lisa de la pared. Si bien no es para nada la primera experiencia visual que tengo en el recuerdo sobre la obversación de la práctica sexual a través del sombreado, siempre disfruto de asistir al espectáculo en primera persona, en primera fila, de protagonista indiscutible. Y para la luz natural, recomiendo la del atardecer de Septiembre.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s