La lujuria en tiempos de calamidad

El anfitrión abrió la puerta y nos recibió envuelto en una impoluta bata blanca. Sumándonos a nosotros dos, ya eramos seis personas adultas, con capacidad para consensuar y consentir, no obstante salvo por los recién llegados, los demás apenas cubrían sus cuerpos con algo más que no fuera ropa interior. Tal como descubrí después, había quién trajo hasta ropa para bañarse, pues la tentación de una piscina privada para descansar cuerpo y mente no suele pasarse por alto. Una estancia mucho más amplia de lo que yo consideré visto solo en fotos, embellecida con un vergel en el lateral, para quién quisiera aire fresco en la intimidad bajo el cielo estrellado.

Noctívagos pervertidos, congregados bajo el mismo techo con propósitos lujuriosos. Circulaba en el ambiente una especie de energía electrizante, pues todo el mundo tenía ganas de fiesta. Hechas las presentaciones, copa en mano debatíamos en tono divertido asuntos muy generalizados, bromas de por medio. Los montaditos de jamón serrano me sentaron bien en el cuerpo, pues no tenía intención de sobrecargarme de alcohol para deshinibir mis deseos. La cantidad justa para hacer mundanal ruido y nada más. Las mesas estaban recargadas de botellas, una cantidad excesiva para el número de personas ahí presentes. Dos mujeres presentes, incluyéndome, parecíamos seres mitológicos rodeadas por testosterona.

Tenía la mente puesta en el gozo. Presuntamente los demás involucrados compartían anhelo vital en la trayectoria existencial a corto plazo. Alguien, uno de los otros hombres, me guiñó un ojo. Sin dar mi cuerpo por adjudicado, me sentí físicamente apreciada. Caí en la cuenta visual de que había una maqueta de un famoso edificio valenciano, marginada en un rincón, ajena al ajetreo de las millones de hormonas envueltas en un frenesí de creación de opinión pública erótica. Había llegado como una suave brisa, pero según pasaban los minutos se huracanaban los movimientos de mis dedos.

Yo no soy superdotada en nada, ni formas curvilíneas de vértigo, ni culo de levantar y bajar muchas pesas en muchas repeticiones, ni tetas que te suban el orgullo adolescente, ni una mirada en cuya profunidad abandonar este mundo. Con deportividad, reconozco que tengo una sonrisa bonita, de escena prolongada en publicidad de pasta de dientes. Y eso fue lo que hice, mantener abierta la sonrisa, apostando mis encantos al blanco de mis dientes y a la ahuecada curvatura de las comisuras labiales. Quizás ya tocaba perder la razonable razón a favor de ser dama en la calle y en la cama también.

Lo cierto es que camas, como tal, había visto cero. Pero el instinto de pardilla me susurraba debajo del cráneo que por ahí habitaban colchones que jamás contarían a extraños las historias luchadas encima. La tensión de algunos se hacía visible en la orilla de la poca ropa que envolvía la entrepierna masculina, ventaja de buscar aventura conversacional casi en pelotas. Estrictamente en lo relacionado con el aspecto visual, confieso el placer hegemónico que me provocan las erecciones masculinas en comparación con los humedecimientos femeninos. Estrechamos el díametro del círculo, pues sería mal momento para las escisiones, el peor quizás.

La mayoría de las veces las expectativas nos empujan a colar en nuestro imaginario composiciones visuales que son poco más que aberraciones emblemáticas de nuestra psique. Tenemos el impulso a dejarnos llevar sin ser críticos con la realidad, y eso puede suponer un problema estructural cuando se juntan diversos cuerpos con propósitos calientes. Por la propria experiencia psicológica, os puedo confesar que es de persona ignorante esperar que los grandes acontecimientos sexoafectivos grupales tengan la fuerza de una explosión cósmica y la belleza de los juegos artificiales. Hemos de luchar por revertir la relación incultua que tenemos con los sentidos, pues fantaseamos con objetivos inalcanzables cuando las expectativas son ficticias. El sexo es arte porque nos eleva a la felicidad desde la praxis imperfecta.

Entre copa y risas, nos habíamos contagiado de algo parecido a la felicidad. Una euforia imprudente, ajena al pudor, en comunión espiritual sobre la hoja de ruta inmediata. La otra mujer partícipe inauguró el primer acto carnal con un beso ofrecido a uno de los hombres ahí presentes, y en lo que duró un sorbo a mi copa la observé rodeada por otros dos cuerpos masculinos más. El anfitrión organizador de la movida se despojó de su bata, exponiéndose a vista de todos, y los demás tomaron ejemplo de su osadía imitando su desnudez, recibiendo por ello elogios por parte de ambas. No tenía ni idea aproximada cuanto iba a durar toda la actividad, pero atrapada en aquél lugar y en aquél momento lo mismo me daba toda la noche que todas las noches hasta el agotamiento y el hartazgo más categórico.

Desconozco el número máximo de personas necesario -con precisión matemática- para que la parte tribalmente organizativa del sexo grupal se descontrole. Sin embargo, debido a las averiguaciones personales tengo en parecer que a menos gente, más fácil remar entre pocos en la misma dirección. Para una buena y potente orgía, entre seis y ocho personas por recinto es lo ideal, calculándolo sobriamente después de comerme un donut de chocolate. Que aquí estoy, escribiendo junto al último donut y una taza de café ecológico mezclado con leche de procedencia nacionalm, en la holgura de mi morada. Volviendo a los antecedentes, lo buenamente malo/malamente bueno de ser una mujer rodeada de hombres en estas circunstancias desnudas son los múltiples intereses abordando de frente y por los laterales.

Me parece baladí entrar en los detalles de los por qué las erecciones al desnudo, cuando los cuerpos se hallan en la quietud de la expectativa, tienen mucho de bello. Por supuesto, los gustos estéticos son subjetivos e intransferibles, sin embargo dudo de la honestidad de las mujeres heterosexuales que no encuentran belleza arquitectónica a simple vista en los penes duros y expuestos. No sentí vergüenza alguna en atreverme a ceñir mis dedos alrededor de las obras fálicas que la madre naturaleza en su evolutiva sabiduría diseñó tan acertadamente a nuestro gusto. Se dibujaban sombras sugerentes ahí dónde los ángulos permitían dichos caprichos lumínicos.

Ella, la otra, había progresado adecuada y estratégicamente en la postura qué, expresado vulgarmente se llama de rodillas y rodeada de pollas. Tres de cuatro, yo a eso le llamo un éxito. Observando su técnica, lo más referencial fue el tiempo, pues no queriendo quedar mal con ninguno, me parecío que estaba haciendo algún gymkhana mental mezclando la habilidad de la felación con la medición cíclica del tiempo. Yo, que no tenía intención de evitar sucubmir a la tentación de flexionar las rodillas tampoco me iba a poner a discutir por quién se reparte el premio gordo. Su elección en ser la primera en romper hielo en solitario aparentaba un ímpetu digno de toda admiración por mi parte.

Las mentes, inquietas, se fijaban en mí mientras hacían alarde del despliegue de carne dura y cruda en boca ajena. Valoré mentalmente la idea de hacer una payasada, como por ejemplo fingir un desmayo de tan poco creíble y teatral manera que solo pudiese servir de excusa para acabar de rodillas de manera desorientada pero no arrepentida. Afortunadamente, no hice nada de eso; ver a una mujer dar y recibir placer con los labios remojados en saliva me puede provocar un Síndrome de Stendhal a lo puta, justificación más que suficiente para cerrar los muslos mientras doblaba las rodillas a escaso metro y medio de distancia prudencial pandémica de la otra participante, provocando un revolver de cuerpos y penes, creando una pasarela humana entre nosotras.

Que el comienzo del ritual orgíastico nos tuviera a nosotras con la boca entregada al quehacer y no del revés, más allá de la desigualdad númerica tenía mucho que ver con los viejos vicios de la humanidad y de la sociedad moderna, el patriarcado, la pornografía, el poder -en este caso fingido- de la superioridad masculina sobre el sometimiento femenino y un largo etc. Son conceptos reales, que nos condicionan la sexualidad a todos los géneros, pero son conceptos que se ponen bajo la lupa examinadora antes y después de las hazañas. Mientras estás metida en el ajo, voluntariamente, en plenas facultades para consentir, hay poco interés armamentístico en lanzar puyitas en la guerra de los sexos. Entregarse al divino placer de la lujuria zanja, sea temporalmente, cualquier disputa. La paz mundial será cuando todo el mundo logre follar mucho y, de manera primordial, follar bien.

Hay un momento, cuyo principio (como punto de partida) exacto no sabría delimitar, en el que toda acción de alto voltaje emocional y hormonal adquiere condición de banalidad. Aunque mi vida es básicamente un perpetuo relato en primera persona, en ocasiones lo ocurrido lo puedo percibir desde una perspectiva extracorpórea. Igorando cuándo ocurrió el momento preciso, la actividad sexual en la que me hallaba involucrada pasó de ser una exploración multisensorial reducida a una celebración amistosa con derecho a roce. No, por supuesto que no, no me sentía violada ni muchísimo menos. Tenía la sensación de estar en piloto automático, con el impulso de la exploración compulsiva puesto en espera.

Aconteció una primera eyaculación, precoz. Que no eyaculación precoz. O sí, no lo sé, no llevaba crónometro, carecía de importancia si la expulsión del semen había sido prematura en tiempo cuantificado. Como detalle superficial, de atrezzo literario, parte del blanquecino contenido líquido expulsado por el participante acabó manchando el codo, y por dar una pista ya que sólo éramos dos mujeres dedicadas en cuerpo a la fellatio, el codo no era mío. Afortunadamente, dicha circunstancia no afectó su autoconfianza, prosiguiendo rauda. Lo inapelable en importancia es que se le veía feliz. Experimenté una conexión sentimental con ella, potenciada por escasos dos segundos de contacto visual estrecho. Nos sonreímos con los ojos, y en aquél momento supe que las dos compartíamos condición de ser santa y ser puta en el estado cuántico, y solo la interpretación subjetiva del observador inclinaría la balanza hacia uno de los calificativos.

Hay un poco de autoengaño, a nivel psicológico, en esto de compartir sexo en pequeño grupo. Falsamente nos creemos que el aumento cuantitativo tendrá un efecto exponencial en lo cualitativo, pero lo que ocurre es un acrecentamiento en sentirnos a nivel individual presionados para funcionar como parte del grupo, pues no puede haber jolgorio funcional sin trabajo en equipo. Por supuesto, no todo será un camino de rosas, así que tiramos de ficción mental y lo apostamos todo a esa idea cliché del toodo irá bien. Importante calibrar los límites entre el fallo humano y lo patético, ya que la enajenación mental y el sexo desenfrenado no hacen buenas migas para llegar a buen puerto acabada la travesía. En otro orden de ideas, uno de los hombres me gustaba, pero me guardé en pensamiento intrusivo dicho antojo.

Se nos sugirió modificar posturita, procedimiento y lugar. Di el visto bueno poniéndome de pie. Según la Fundeu, citando el Diccionario panhispánico de dudas, la forma correcta es «de pie»; aunque «ponerse en pie» es posible pues se acepta la variante, pero no sería culto expresarlo de tal modo. Había una barra de bar erigida ad hoc poniéndole más corazón que entendimiento técnico. Con los pezones endurecidos, lancé una petición cervecera y recibí en respuesta una botella que había reposado a baja temperatura y cuyo contenido líquido, cerveza con sabor afrutado, elevó de alto a muy alto la sensación de bienestar.

No es de mi ánimo desprestigiar el género masculino gratuitamente, pero quede constancia escrita que la mala fama de la destreza masculina metiendo cabeza entre piernas de mujer se basa en hechos reales, no es una exagerada leyenda urbana que millones de personas han tomado por verídica sin fundamento. Chicos y señores, todavía quedar por dar y pulir cera en esto de la ingeniería del cunnilingus. Y por favor, no pongan en práctica ese absurdo hábito ideado por la pornografía moderna de palmear las vulvas, ya que a cada golpe recibido sin sentido y sin precaución se nos hinchan las narices y están cada vez más cerca de recibir un puño cerrado en toda la cara. Lo ideal es que saquen sus lenguas y ante la falta de pericia déjense llevar y sigan el recorrido estructural diseñado por la anatomía, subiendo y bajando con ligero balanceo.

Valoré cerrar las piernas y prohibir el paso a turistas lamedores, pues para que te lo hagan mal mejor que no te hagan nada. La habitación tenía una apariencia que inspiraba un efecto de agradable privacidad compartida mientras estaba siendo toqueteada a cuatro manos. Dado que los números cuadraban, se planteó valorar una ruptura en el aforo de la reunión, practicando una versión de comunismo sexual, repartiéndonos una mujer por cada dos hombres, separadas por el muro interior que separaba las dos habitaciones. Dejé la autoridad sobre la decisión en el voto popular a mano alzada y ganó por mayoría la propuesta separatista. Caía sobre nosotras dos la plena libertad para elegir nuestros respectivos mozos en la tríada repentina. Elegí la primera y la última, y como resultado el chico que me gustaba y en anfitrión se quedaban conmigo.

En un desmán se le escapó la mano, impactando en mi nalga de tal manera destructiva que giré sobre mis talones con la intención de golpearle como si estuviera haciendo un combo en algún videojuego de lucha. No lo hice, lo de golpear, aunque sí me giré y simplemente por la mala cara que traía puesta se impuso el sentido común adelantándose con una disculpa que sí, me pareció una demostración sincera de su lamento. Por otra parte, he de decir que tenía una mano grande, de las que se imagina una usando grandes y pesadas llaves de hierro forjado para hacer cosas en alguna plataforma petrolífera en mitad del mar en el ojo del huracán usando toda su fuerza muscular, haciendo alarde de la fuerza bruta corporal. Simplemente eso, lo que da de sí una mano grande.

En ocasiones puedes estar rodeada de gente y sentirte sola, pues del mismo modo puedes tener a dos hombres cortejando tu cuerpo con respetabilidad y sentirse de usar y tirar. Y no porque mis marchosos compañeros de juerga estuvieran defraudándome, pues intentaban dar lo mejor de si mismos. A veces, ese malestar que te deja tirada a ti misma es una voz interior, que parece autónoma a tu propia existencia, que vive gratis dentro de ti sin aparentar ser tú. Sabía que llevaba en la mochila existencial días de altibajos y latentes necesidades de autocuidado que había dejado para ese lugar mitológico llamado luego. Decidí no hacerme caso en lo negativo y no dimitir ante la perspectiva del placer, aunque fuera rápido, barato y de tirar. Tomé nota de la urgencia de tener un parlamento introspectivo conmigo misma. Por defecto profesional, soy autoanalítica en lo psicológico y llevo muchos años practicando la terapia conversacional de yo a mí.

Los cuarenta son los nuevos treinta. O los nuevos veinte. Habrá quién diga que tan solo es una etiqueta, y a lo mejor pues no le faltará razón, pero era la primera vez que acudía a una sex party. Por supuesto que las etiquetas no son definitorias, que al final ocurre lo que la gente implicada desea, pero cuando te plantas en un lugar bajo la premisa de una idea organizativa, es obvio deducir una intencionalidad. Sí, ya habia tenido unos pocos encuentros casuales -y planeados- compartiéndome con otros, pero nunca había acudido a lo que se llama una fiesta, privada y clandestina, para el libre intercambio del amor del cuerpo. No siento la necesidad de salir en defensa de mis propias acciones, pero hay una sensación melancólica relativa al tiempo perdido cuando, en los cuarenta y cuatro recién estrenados me dedico a romper moldes que debí hacerlo a los veinticinco. No es un reproche, es una crítica sobre las idas y venidas de mi propia existencia.

Los hombres, los hombres cuya imagen de sí mismos está asociada a la virilidad, los hombres que viven en la burbuja del macho como ideario de ser fuerte y guerrero, en esto del sexo compartido tienden a la rivalidad con el otro, bordeando la enemistad. Debajo del colegueo y el buen rollo amistoso hay señales. Miradas que se lanzan, manos que invaden terreno perteneciente al otro, y una constante lucha por desintegrar la imagen del antagonista. Durante el sexo, los ultra falócratas entienden la unión penetrativa de los cuerpos en un simbolismo qué, de manera más profunda, podría parecerse a lo que es la propaganda bélica. Sólo que en el caso nuestro, mío, las mujeres, la mujer, no se busca criminalizarla para invadirla sin tregua como si fuera Polonia un principio de Septiembre sino que ofrecen lo mejor de su arsenal con el propósito de captar nuestra aprobación intencionada.

El sexo con implicación sentimental superficial os mentiría si os dijera que le encuentro muchas desventajas. Está muy bien estar exclusivamente interesada en anotarse una noche de parranda y disfrute con un amigo, incluso dos. O más, también. Porque la única persona decisiva en tu vida eres tú. Y todas esas declaraciones de respetabilidad romántica apostando el deleite sexual indivisble a la unidad sentimental sólida son frasecitas para que terceros ganen dinero vendiéndote cosas que no necesitas ni para ser admirada ni para ser disfrutada. Estaba ocupada en esa postura que se llaman encima de, cabalgando a pequeños saltos en diagonal, pensando que no hacía falta más que una polla dura para disfrutar, a pesar de todas las cremas, los vestidos, los tintes de pelo y demás inseguridades que nos venden.

Por turnos, de manera asincrónica, tuvimos nuestros respectivos orgasmos. Si ya es muy de película cursi que dos compartan éxtasis simultáneamente, pues con tres implicados es una quimera. Fue un orgasmo, el mío, de los que llegan despacio, de ricura cocida a fuego lento, de los que alforan como un premio por cortesía. Los hombres que habían estado dentro de mi profunidad tuvieron sus respectivos momentos de clímax con total naturalidad, sin prejuicios, prolíficos en lo cuantitativo, acompañados de suspiros y mejillas sonrosadas por el calor interior. En los cuidados del después, hubo besos acaramelados, indisimulados piropos hacia mi cuerpo desnudo y unas más que previsibles ganas de orinar, al menos por lo que a mí respecta.

Hubo una pausa, una reunión en territorio neutral donde compartimos y comentamos la fulgurante sesión sexual, visto todo desde el interés más propio que ajeno de cada una de las seis personas implicadas. Como es costumbre, se hace lo mejor para maquillar la decepcionante realidad cuando la realidad fue decepcionante. Me sentía segura con mi perturbación sexual expuesta ante el público congregado. La ventaja de formar círculo y dar una pequeña rueda de prensa en forma de monólogo improvisado aftersex era la ausencia de secretos a voces. Sin llegar a prostituir nuestra intimidad, fuimos críticos desde el amor todos con todos. Me hubiera gustado ver la cara de un psiquiatra observádonos desde una prudente lejanía con la mirada atrincherada bajo anteojos oscuros.

Brindamos con vino, en vetusta costumbre que honra a nuestros antepasados grecorromanos. Me hubiese gustado descansar frente al mar, rellenado mi estómago con un bocata de sardinas. El escenario no me permitía dichos antojos alimenticios. Le eché un vistazo fugaz a mi cuenta de Instagram. No me pasaron desapercibidas las miradas asilvestradas que dirigían con tranquilidad algunos hombres, recorriendo a vista de ojo la belleza de mi cuerpo con el tacto de una banda de mineros excavando bajo centenares de metros de roca. Como aristócratas excéntricos dados a la vida de lujos lujuriosos, avanzamos rápidamente por el camino de rosas que lleva hacia el infierno a los pecadores de la carne.

Volver al sexo es una decisión qué, supongo, difícilmente podría soprender a alguien cuando estás en un lugar, en una fecha, para tener roce entre piernas con gentecilla. Diría que nuestro activo tenía mucho que ver con nuestros genitales, y el uso coordinado de dichas partes. Hay que tener en mente que cada cuerpo es un templo que celebra misa a su ritmo particular, y por lo tanto se requiere organización y buena voluntad para saber cuando ceder el paso, dónde relevar, a quién mejorar. La desigualdad es inevitable, no así el caos. Tenía por bandera a Afrodita y por capitana a Venus. Elegir follar en exceso libremente es libertad, y no el turismo de borrachera.

Fueron veinte minutos de nulo descanso. A diferencia de nuestra primera vez, decidimos ocupar el mismo espacio habitacional, sin muros de por medio. El funcionamiento fue improvisado, entremezclando a los antiguos compañeros de alcoba con los otros dos, uno de ellos siendo mi pareja. Entre todos superaríamos el centenar de jadeos por minuto con diferencia, pronosticaría con arrogante atrevimiento. No hubo oligarquía, follamos como proletarios dedicados a la empresa sexual como si tuviésemos qué cumplir con la cuota antes de acabar la jornada, al más puro estilo soviético. Bajaba por la pierna derecha, avanzando en línea de norte a sur, una pequeña parte del flujo vaginal que había nacido sobre las paredes de mi vagina. Lo que empezó siendo un finísimo hilo anodino terminó engrosando lo suficiente para alcanzar condición de acontecimiento escenográfico.

Me tumbé sobre una alfombra, bocarriba. Tenía un patrón de tablero, de falsas baldosas. Fue una medida provisional, lo de colocarme sobre el tejido afelpado, obligada por el casi inejecutable esfuerzo en lo de sacar y meter y dar y recibir y dejarse empujar. Un vil dolor de cabeza se apoderó de mi craneo trás la manifestación orgásmica con la fuerza de un adoquín lanzado con fuerza, haciendo diana en la nuca. Unos metros más al norte de mi ser ubicado en horizontal, todavía pasaban los gritos, las oraciones celestiales, los cuerpos pegados. Me llegaban traslúcidos, el cerebro patinaba y había suspendido algunas funciones visuales básicas. Tenía la sensación de tener los labios altamente secos, a pesar de toda la saliva. Me quedé pensando que hora hacía en Nueva York, y que estarían haciendo los neoyoquinos mientras yo me dedicaba al rito orgiástico de los cuerpos.

El intercambio de amantes en plena faena sexual, más el derecho a contemplación en ambos sentidos, me supone una extravagante aportación sentimental de cuestionable falta de fidelidad al dogma cristiano, porque la moral que defiende el cristianismo como institución libre de impuestos terrenales me parece fraudulenta. La vida con mucha pena y poca gloria donde la sexualidad es relegada al segundo plano no me convence, pues sus argumentos me parecen altamente cuestionables basándome en los hechos empíricos observados y experimentados en persona. Haciendo un ejercicio intelectual dónde concedo validez al mito de la creación bíblica como razón de la existencia humana, el sexo como fuente de placer es diseño divino. Quizás son las hordas de fanático culto idólatra las que necesitan alumbrado sobre el testimonio bíblico tal y como está escrito en vez de tal y como está siendo persistentemente interpretado.

Me gusta poder follar por mero deseo o voluntad. Tener la opción de ser una zorra al antojo de mis ovarios, con derecho a la reversibilidad en el deseo, leáse aunque antes dije sí ahora digo no, garantizando mi integridad física. El anhelo por llevarme una polla entre las piernas, o donde sea que me apetezca, no es algo que deba justificar. El testimonio verbal sobre mis aspiraciones sexuales (sí/no) ha sido, es y será la única vía válida para juzgar la disposición de mi cuerpo y mente. Por supuesto, vaya ocurrencia más básica la mía. Desafortunadamente, todavía hoy en día muchísimas mujeres han de acudir a la judicialización de su No para dejar claro que por tener vagina no carecen de capacidad de autodeterminación sobre su autonomía sexual. Tenemos qué despatologizar a los violadores como víctimas del desenfreno hormonal, pues ninguna mujer es violada por accidente.

Una vez más, una noche más, volví a sentirme afortunada por expesar mi sexualidad con autodeterminación, cómo debería de ser siempre, pero que cualquier mujer informada en las noticias diarías sabe que no es así. No se debe aceptar con sumisión el castigo de manera nociva a través de violación y otros tipos de violencia a todas aquellas que desean eludir una noche de sexo monógamo heteronormativo y busquen involucrarse en métodos menos habituales para experimentar con su cuerpo, en su cuerpo y a través de su cuerpo. La disposición por flexibilizar el reparto del cuerpo en lo númerico no es un reconocimiento tácito para el dolor ni la humillación. Habrá quién piense que aquella que está abierta de piernas para cinco, puede cumplir con un sexto que se ha colado en la fiesta. Pero la capacidad de hacer es totalmente distinta a la apetencia. Cuando una mujer expresa su voluntad, dichos límites han de quedar subrayados, pues nuestro deseo no está abierto a negociación, salvo que tal planteamiento sea intrínseco a los limites contemplados en un principio.

Sucedió, por un par de segundos, un momento de absoluto silencio, por ninguna razón aparente. Por un instante, sincronizamos el callar del entusiasmo de los cuerpos y las mentes. Seis hombres y mujeres callados al mismo tiempo por un brevísimo período de tiempo no es noticia, pero el curioso detalle se me quedó pegado en el recuerdo. Claro qué, después de una frenética sesión mezclando y repartiendo sudores, jadeos, estirones, azotes, embestidas y empotramientos, el cuerpo humano pide tregua. La velada ilusionaba, y el empeño puesto en la actividad física encandilaba. Había quedado instaurado entre nosotros el mágico encanto del Abril mediterráneo en su categoría nocturna.

Presenté mi oposición ante la sugerencia de ingerir sistemáticamente mezclas líquidas de altos grados. No quería sucumbir a la melancolía de la borrachera, ni tampoco anestesiar los neurotransmisores encargados de hacerme padecer todas aquellas convulsas sensaciones que mi sistema nervioso registraba mientras follaba en colectivo. A título individual, como método de relajación hubiese impuesto una dictadura de obligatorio cunnilingus. Que te estén lamiendo ablanda, pero resposar las piernas sobre hombros ajenos, descansando los pies en la espalda del otro disminuye tensiones musculares. Y luego está ese placer lleno de vicio de tomar media copa de vino sin soltar la copa de la mano mientras te están lamiendo debajo del ombligo. Hacerlo con las luces apagadas incrementa la sensación de poder sobre el otro.

Alguien, uno de ellos, me cogió de la mano. Brindé mi aprobación con un gesto, dando a entender el sí con el lenguaje físico del mentón. Sentí las otras miradas puestas en mí, en mi cuerpo, repasándome de punta a punta. Otro me abrazó desde atrás, con educación en las formas, con la timidez de haber interrumpido mi libertad libertina. El sexo, bien llevado a cabo, es arte, es cultura. Nadie me exigió ser protagonista, rebajar mi altura hasta el límite que marcaba mis rodillas dobladas fue por motu proprio. Sin parlamentar, una mano se apoyo sobre mi cabeza, dándome a entender el alto voltaje de excitación en lo relativo a aquél músculo endurecido en la parte frontal de mi ángulo de visión. Alcé la mano derecha sin encontrar oposición.

No tenía objetivo alguno marcado, el caso era improvisar sobre la marcha. Cuando se junta gente para actividades sexuales en grupo, se deben tener en cuenta los factores estructurales de la anatomía de cada cual para implantar las posturas adecuadas para el goce común. Las grandes diferencias entre los distintos tipos de cuerpos son parte casi fundamental del ritmo. No hay una forma de manual para el éxito, pues es una cuestión de pragmatismo y no de grandes secretos metafísicos a decenas de euros el libro. No contorsionar el cuerpo en posturas imprudentes, drástica higiene corporal, respetar las restricciones ajenas, que el contacto entre piel y piel sea alegre, jamás abrir de piernas a quién no lo desea. Para las chicas en especial, se viene de casa mentalizada que el cuerpo será socialmente expuesto en su desnudez, por lo tanto no recomendado para aquellas mujeres que todavía se hallan luchando contra las altísimas dudas sobre la propia imagen sin cesnura.

Hasta en las grandes citas pueden darse los gatillazos. No hay hombre de cierta edad y cierta experiencia que no haya sufrido por lo menos uno, siendo excepcionalmente cautelosa en el conteo. Un exceso de gozo puede, en ocasiones, desembocar en una angustia de las que se cuela en los huesos. Mi particular consejo a los hombres es que no se dejen vencer por la desgracia existencial, pues a veces bastan cinco minutos de tranquilidad y paz para volver a recuperar el ímpetu y la felicidad, volviendo a la acción con una mejor erección con la bolsa testicular en modo peso pesado. Insisto también, en que lo del tamaño grande no importa, salvo en lo diametral. A las señoras nos gusta llenar la boca, y no sentimos ninguna pasión por engullir un trozo de carne que nos provoque sensaciones físicas de náusea como para echar la primera papilla. Menos cultura sexual de base pornográfica.

Las personas, cuando estamos en reunión, independiente del propósito final, tenemos la irrefrenable necesidad de hablar y contar historias. De abrir nuestro pasado, en episodios, y compartir las experiencias del pasado que nos llevaron a dónde y a lo qué estamos haciendo en la actualidad. Conversamos sobre pantalones vaqueros, sobre almohadas, productos para proteger la salud del cabello, sensores de luz y otras tecnologías modernas de andar por casa al alcance de cualquier bolsillo mínimanente privilegiado en tiempos de ERTE nacional. Sin tapujos, hablamos de los momentos que compartimos mientras alguna todavía estaba limpiando su cuerpo y otro se disponía a barrer. Los humanos, cuando nos compartimos los cuerpos desnudos, entramos en un estado temporal de terrestre y terrícola confianza mutua, una camaradería propia de aquellos que van a hacer la guerra juntos, se quedan alzadas las barreras de lo pudoroso y queda vía libre para la franqueza.

Tengo la voluntad en firme para seguir explorando aquellas perversiones sexoafectivas que el cuerpo me las pida. Soy consciente que conoceré gente y cometeré errores, me llevaré chascos debido a mis altas expectativas, que algunos desearán que me quede con ellos para hacerme vieja a su lado. El morbo no es un objeto físico que pueda examinarse con seguridad empírica. Toda la pasión sexual es un desarrollo intelectual condicionado por una construcción hormonal. Agonice demasiado en el pasado, y los tiempos en los que me acuerdo de la yo más jóven, más ilusa y totalmente entregada al amor de un único hombre me parecen una abominación.

Como mujer, blanca y bisexual, tuve que hacer un esfuerzo titánico de amor propio para romper los anclajes sociales a los que el sistema me había condenado desde, bueno, quizás aquél quince de marzo del siete-siete que nací. Ni follar mucho y tampoco con muchos nos hace más modernas. Hemos de normalizar que el sexo descomplicado es una interrelación coadyuvante con el amor interior. Tengámosle inquina a la idea hegemónica, esa de la sexualidad activa de la hembra como factor vinculado al bienestar del macho, urgentísimo ante tanta violencia tanto dentro como fuera de la ley, por no cumplir con el brutal destino cultural del género.

No voy a sentirme culpable ni tampoco voy a pedir perdón por la efervescencia de mis deseos sexuales, y tampoco estoy dispuesta a retroceder a la monogamia heteronormativa. Soy una mujer llena de contradicciones, una aburguesada que vota con la izquierda, una víctima superviviente del papel del hombre como macho alfa dominante y que se entrega a varios. Sigo atrapada en mis prejuicios culturales, por mucho que haya evolucionado, a pesar de todo lo que conseguí experimentar. He sobrevivido a imposiciones, he superado consecuencias de mis actos, sin dar opción a que las derrotas me dejasen incapacitada para aquello que más temen los malvados y los cobardes, ser una mujer que dirige su propio destino. Una pecadora original, cual Eva orgullosa de mis excesos.

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