Noche profunda en verano superificial

A finales de la década habrán transcurrido el medio siglo desde que el mundo me vio nacer. Claro que para hacer tal afirmación tuve que dar un salto de fe, suponiendo que tal fecha de celebración me pillará viva y coleando. El optimismo vital me impide visualizar mis hipotéticos cincuenta como una conmemoración. Si bien tengo plenamente asumida la suerte mortal del cuerpo, espero que el paso por el aro de la inevitable fatalidad sea lo más tardío posible en relación años/calidad de vida humana. Hablando de morirse una, me haría ilusión cerrar los ojos por última vez bajo el azul cielo mediterráneo, flotando en un barquito, en un trayecto sin destino final, en fecha veraniega.

Entiendo que aquí lxs lectorxs vienen a leer sobre el sexo de la autora con las hormonas a tope de revoluciones como si estuvieran viviendo una perpetua primavera parisina. Y más en tiempos de convlusión política de luchas por la igualdad social entorpecidas por ortegasmithianos nacionales e internacionales. Entre puños en alto y pañuelos morados también hay que vivir la vida, lo que en partes del Cono Sur llaman coger.

Aprovecho para saludar a todas las personas que me leen con interés cada vez que estoy publicando algo nuevo, que solo bajan la cabeza para atinar desabrochándose. Hay una parte de mí, vanidosa, que disfruta sabiendo que a través de la escritura tengo ese poder en seres ajenos, provocar incómodas protestas fisiológicas que de no ser atendidas darían paso a duras represalias sobre las facultades sensoriales, motrices, emocionales y cognitivas. Dicho en español callejero de la península, mola.

Ahora vamos a dejar en un segundo plano mi pequeño y malparado intento de autoendiosamiento. Os hablaré de mi cita, quizás haga un esfuerzo por explicar el trasfondo antes de llegar al terreno dónde se eleva mucho la temperatura epidérmica. Pero nada de sacar fotos, ni tampoco pasar controles antidopaje, que yo no sé lo que lleva la cerveza cuando está así como muy fría pero está muy biena y es bien sabido que todo lo bueno es ilegal. Si pensábais en otro tipo de sustancias más propias de los tramposos, pues no, soy viciosa pero deportivamente.


Soy una de esas locas del coño, ferviente feminista, de las que se pone furiosa con las pequeñas cosas causantes de grandes desigualdades. Para tu cuñado, eso, una feminazi. Pero en circunstancias de intimidad, ante la mirada lasciva masculina no me importa ser un cuerpo cosificado para el deseo carnal. Es un hecho, cuando alcanzo por dentro la temperatura de follar sí o sí antepongo en órden por relevancia un pene endurecido sobre mi condición identitaria ideológica. Defiendo la democracia, el amor arcoiris, la quema de fronteras y que nadie tenga miedo de caminar por la calle en base a su género o color de piel, pero si estoy muy cachonda, me abandono a otro espectro de medición ética en lo que respecta mi ser, especialmente mi cuerpo.

Me provoca un número de cero crisis existenciales alterar el/de barómetro en plena transición de alteración hormonal. Básicamente porque la amenaza de la gran catástrofe que son la violencia de género y los feminicidios tiene mucho que ver con las masas y sus reglas sociales y no con un escenario de inminente consentido y consensuado copular con el vigor de los años estudiantiles que alteran la paz vecinal. La industria de violentar mujeres todavía tiene mucho éxito porque se fundamenta en la condición del género; naces potencialmente víctima y ya.

Me gusta follar con gente normal, me siento atraída físicamente por cuerpos que muestran y aceptan la imperfección de la condición humana. Aquellos hombres de exagerada masa corporal que aparentan tener una fuerza de la naturaleza extrema no son exactamente el tipo de aspecto corporal que yo elegiría al primer ni segundo intento del escaparate anatómico.


Que te follen encima de la chaise longue del sofá pues me parece un plan de lujo. A lo mejor es que tengo la sexualidad marcada por el porno de los noventa, al menos a nivel visual. Pero te metes el cojín debajo de las rodillas, te agarras bien a la funda y mete y saca y saca y mete. Si el apéndice erecto de tu amante tiene un tamaño en grosor superior a la media, regulando la altura de la espalda te puede provocar buenos gozos. Es lo que hice yo, sí, reposar el punto de equilibrio en la parte frontal para no comerme la pared con toda la cara mientras ajustaba continuamente mi espalda.

Me gustan las pollas gruesas. No, me encantan las pollas gruesas. No, espera, me chiflan las pollas gruesas. Me pone cachonda sentir como el firme equilibrio de mis piernas va templándose mientras estoy siendo penetrada. Aquella primera metedura (de polla, no de pata) que se abre camino dentro de mí con espumosa facilidad, recorriendo los centímetros a través de la cavidad genital con aceitosa comodidad, el dulce hormigueo de los músculos de la vagina abrazando sin oponer resistencia a la fricción el órgano masculino. A todos los hombres del mundo, una vez habéis penetrado a vuestra pareja, guardad dos o tres o cuatro o cinco segundos de quietud, que podamos disfrutar de toda la estructura de vuestra extensión.

Follamos antes de cenar, pues no tengo un estómago de acero y me gusta disfrutar de la paz mental consecuencia de alimentar el cuerpo. Además, hace calor ambiental, está el veranito loquito, y en cinco minutos tenía la cabeza sudando a chorros, y prefiero ir a cenar ya follada y duchada. Y si de paso se me acerca algún mosquito a chuparme, pues el círculo de la vida (recuerdo desbloqueado: El rey león), yo la he chupado antes, ahora le tocará al bicho, la madre naturaleza es sabia.

Más allá de lo físico, hay un punto de placer mental muy bonito cuando te están haciendo el pecado de la lujuria desde -que no por- atrás, golpeándote rítmicamente con la pelvis en las nalgas, mientras con la polla hinchada bombean dento de ti como si fueras un pozo petrolífero (también se usa el término pozo petrolero). Y así es como te ganas una hemartrosis en las rodillas, presionadas contra el cojín, porque no tienes un exoesqueleto hidráulico. Para despúes, mientras te comes un helado de postre, recomiendo lucir falda corta para presumir de ser sexualmente activa sin decir palabra.

Me gusta proteger mi piel contra los rayos UV. No soy una persona aficionada al cáncer de piel, no es una pasión en la vida, tengo otras metas. En los archivos que contienen mi memoria olfativa veraniega, el sexo huele a dimetilsulfuro, pelo mojado, protector solar, sudor y látex. Pero no látex tipo vinilo en el tocadiscos, látex tipo condón. La única persona que tuvo sexo conmigo al natural fue el exmarido y es que resulta que para tener hijos y reproducir la especie es mejor sin condón. Os confirmo que funcionó, me quedé preñada. De eso hace ya una adolescencia de años.

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