El cielo azul

Se inició el primer beso cómo un epígrafe incidental. Para el segundo ya habíamos entablado una lucha pintoresca de boca a boca. Con el tercero reivindicamos de lleno nuestra presencialidad en la región crepuscular que separa lo onírico de lo carnal. Apiñamos labios, desgastándolos sin indulto. Ansiaba los átomos de los restos materiales ofrendados por el paso de su lengua en el recoveco izquierdo de mi sonrisa boba. Su destreza femenina exhibiendo afección por mí me provocaba un subidón en la temperatura hasta el punto de causarme tonos muy rojizos en las mejillas.

Le besé el hombro, disfrutando del sabor orgánico de su piel sobre hueso. Brotaron suspiros, de los que nutren el alma y seducen el cuerpo. Por supuesto, una que es apasionada de la carne tierna no perdonaría la dócil entrega del cuello al deleite de los labios, embriagándose en fragancia ajena a la vez degustando el delicado atlas de su piel por debajo de la barbilla. Todo ello mientras hacía malabares mentales para no perder la serenidad, abalanzarme sobre su persona impulsada por la energía de la furia lobera de gozarla sin tregua ni cuartel.

A mis cuarentaypicos, todavía me siento viejoven. Ella, a sus cuarentaytantos, estéticamente una señora moderna, de mirada sensible y pensamiento libre del yugo de la tradición referente al contexto del rol femenino. Me quedé admirando sus ojos, grandes y redondos, sosteniendo su cuello entre mis manos, sintiendo entre las costillas el latir emocionado de mi corazón, careciendo de palabras que la voz pueda expresar para dar a entender lo que suponía para mí nuestros seres, juntos, en aquél momento, en aquél lugar. Su cuerpo desprendía ganas de frenesí y me replicó posando sus manos en la forma curva de mis caderas.

Percibía su notorio interés en hallarnos desnudas. Mis modos conservadores en proceder sobre la lujuria que nos unía la tenían de prisionera cubierta por el vestido por más tiempo de lo planeado unilateralmente por sus deseos, aunque yo encontraba deleite en la situación tensa provocada por el gradual calentamiento anatómico y anímico. Como ya hicimos el sexo y el amor una vez, le había perdido el miedo a ese concepto de malmeter la pata y provocar un cierre de piernas in extremis. Los sonidos guturales que indicaban excitación y exasperación a partes casi iguales me tenían divertida.

Las mujeres estamos tan sometidas a las presiones externas sobre el concepto belleza que aquello que nos ocurre físicamente por vivir y cumplir años lo llamamos imperfecto. Las arrugas al borde de sus ojos provocaban en mi estómago emociones de puro deseo, y las pocas canas que se aventuraban a la vista, como rebeldes antisistema, también me provocaban emociones eróticas llenas de cariño. Me había conquistado por ser una mujer inteligente, pero me tenía en el bote por el aprecio que le tenía a su condición humana que no podía disimular en las distancias cortas.

La simultaneidad de los manoseos ratificaba la confesión silente de los antojos sexoafectivos. Un diálogo desarrollado a través de uñas y dedos, de aparente forcejeo con la saya a medio alzar, metiéndole de por medio la unión del jadeo acompasado. Había valentía en nuestra complicidad de amantes bandidas, abandonadas a las mundanas emociones, de sensualidad de la verdad. Se enrolló alrededor de mí como una flor que trepa por la madera del árbol. Me sonaban a música en las orejas sus confesiones solo aptas para mayores de edad, sus deseos claramente expresados, los contrasentidos del trance.

Toqué sus labios con mi pulgar derecho, sabiendo que sería la culpable de un mayor calentamiento vaginal; aunque mi proyecto tenía como estación de salida los labios de su boca y fin de trayecto temporal su entrepierna, quería vagabundear por los múltiples caminos que visionaba en la fantasía por la travesía de su preciosa boca hasta su bello coño. Ella, muy explícita en su deseo de ser desayunada, almorzada, merendada, cenada o lo que surja, gestionaba con éxito su vehemencia y ponía de su parte en dejarme peregrinar libre de orientación por su figura.

Llevaba las sombras maquilladas en tonos morados, en una estructura bien marcada. Me fijé en sus pestañas rizadas cuando su mirada ascendía buscando la mía, pues la diferencia de altura entre nuestros zapatos provocaba un desajuste en la talla de la línea visual. En silencio introspectivo, aún en los comienzos de nuestra segunda vez juntas, soñaba con una tercera ocasión. Me dejé llevar, caminando un paso detrás suya, aferrada a su mano, hasta la cama más cercana. Aunque navegábamos en un barco sin capitanear, me hacía padecer un deleitoso hormigueo en las entrañas observándola en su actitud lideresa.

Su cara casi acaba zurrando la mía en un choque de mejilla y nariz contra boca y barbilla que pude esquivar gracias a los involuntarios reflejos; habiéndose quitando un botín y a punto de extraer su pie del otro, debido al desnivel en la elevación de sus piernas le falló el centro de gravedad. De haberse producido la colisión, de cara al público me hubiera sido díficil explicar que aquellos destrozos en la jeta no eran fruto de algún tipo de violencia de carácter deliberado. No obstante, el momento torpeza quedará en nuestros recuerdos para el futuro hasta el fin de los días.

Se tumbó, ofertando la carne cruda, caliente y húmeda mientras exigía la presencia de mi cuerpo encima del suyo. Me lancé sobre ella regulando la fuerza del brinco con la intención de prevenir un choque entre la convexidad de nuestros vientres. Le mordisqueé la barbilla, mientras ella me hacía saber, en un tono de voz notablemente afectado por la concupiscencia la apetencia de tenerme metida de cabeza debajo de su ombligo. Me aparté, dejándome caer por un costal a su lado, sonríendo con agradable malicia.

Habíamos cruzado el umbral dónde todavía podíamos tener algún tipo de control sobre qué cuestiones plantear relativo a nuestros morbos objetivos. La cuestión era hacer y dejarse hacer, dar y recibir, sumar pero nunca restar buscando el equilibrio en lo general, pues ya habíamos perdido capacidad coherente para lo específico. Como mucho la cosa daba para plantear necesidades muy a corto plazo, y si bien me había hecho saber dónde me esperaba el deber amatorio, entre sus espléndidas piernas, el cómo me lo tomé a juego obviando la solicitud normativa del sexo oral lésbico. No lo estaba esquivando, simplemente me tomaba mis licencias recreativas.

Me acomodé sobre mis rodillas, levantando la falda de su atuendo, dejando al descubierto de la mirada piernas, muslos, pelvis y bajo vientre. Opté por la modalidad tocamientos que suben por las rodillas acercándose a la base del tronco, descansando en las ingles. Por cuestiones técnicas, tuvo que juntar piernas mientras una servidora desvestía a su amante, librándola de las braguitas que cubrían la zona genital. Para un resultado óptimo, dispuso sus piernas en vertical, apoyadas en mi hombro. Una vez despojada de la prenda íntima, lo más razonable a mi juicio nublado por la obscenidad fue colocar cada pierna en un hombro, apoyadas en el talón.

Hay dos mitos sobre el sexo lésbico cuya raíz especulativa se halla en el machismo añejo que debería de estar prohibido por ley. Para las que nos hemos iniciado en esto del sexo con otras mujeres a una edad señora, os puedo avanzar por experiencia personal que no somos unas malfolladas que buscamos compulsivamente el regocijo en otras por depravación. Que aquí la que escribe es la primera degenerada sin complejos por serlo, sin embargo para aclarar conceptos de flamante actualidad en reuniones sociales con cuñados, la bisexualidad es un estado natural del ser y no una invención mefistofélica. Confirmado por una tipa que tardó en lengüetear el primero coño más de cuarenta años de vida terrenal.

El primero mito: por ser mujer y tener coño y habértelo tocado y todo eso tú ya sabes qué y cómo hacerle a otra mujer. Alerta spoiler: no. Una está acostumbrada a lidiar con su cuerpo y sus genitales desde una perspectiva totalmente diferente a tener a otra persona en frente, expuesta. Como todas las primeras veces y segundas veces, mucho de lo que haces es más bien un acto de fe, dónde esperas que el azar juegue a tu favor. Hay un trecho grande y gordo entre saber la teoría y hacer la práctica. Eso sí, háganme el favor de no tocar entre las piernas a las mujeres como si fueran una tragaperras a la que de vez en cuando hay que tocarle el boton con las yemas de los dedos.

El segundo mito: si pruebas, repites y no vuelves a lo de antes. Usualmente vivimos en una sociedad heteronormativa, es decir homófoba. Como la sexualidad es tabú y cuando deja de serlo es para optimizar la heterosexualidad matrimonial con fines demográficos, pasa que muchas chicas jóvenes descubren su sexualidad en fases que a un observador terco y necio pueden sugerir aleatoriedad. A las mujeres bisexuales, y más a las que nos hemos lanzado a estas aventuras safistas a tan tardía época vital, el gusto por los paquetes que encierran un órgano viril no desvanece. Eso sí, nos negamos a copular con misóginos por circunstancias éticas. Para sintetizar en un eslogan de fácil comprensión para beocios, no eres tú, soy yo.

Aún teniendo que soportar el peso de sus piernas reposando sobre mis hombros no me costó esfuerzo afrontar la tarea de acariciar su vulva. Los labios enterabiertos humedecieron mis dedos antes de invitar primero el índice y después el dedo medio a una íntima penetración masturbatoria. La única pista sobre mi pericia sexual se hallaba en la exteriorización facial de la querida partícipe líada en horizontal con las piernas en alto. Por la disposición de su gestos en el rostro, había acertado de pleno en el quehacer y en la técnica manual. Con el resoplido irregular me inspiraba atrevimiento a la vez que apetito. Percibía la firmeza de sus pezones apuntando en alto a través del tejido.

Su alegría sería también mi fortuna, pero una recompensa orgásmica a dedo, tan pronto, no estaba dentro de mis planes, sin embargo la autorregulación no siempre es posible en eventualidades sensuales y alcanzó el clímax beneficiándose de mis dedos en roce. Retiré mis dedos de su cavidad a fin de no arruinarle el dulce trance post orgásmico con algún perjuicio palpando accidentalmente, pues sí conozco en carne propia la hipersensibilidad clitoriana inmediata al orgasmo. Y no voy a entrar en el debate vaginal vs clitoriano pues el clítoris llega, con sus raíces molonas y sus lindas terminaciones nerviosas hasta la zona de la entrada vaginal.

Se hizo evidente su efervescencia recíen vivida al levantarse, quitarse el vestido y dejar al descubierto una espalda destellante por las gotas de sudor. Yo, que me había quedado en la cama, tumbada con las nalgas encima de los pies, señalé hacia sus pechos desnudos, confesándole que me parecían potencialmente deliciosos. Como consencuencia, hizo alarde de su pecho exhibiéndolo tan cerca de mi cara, vulnerable a una ofensiva afectuosa. Me dejé trastornar por lo que los ojos veían y haciéndole caso al corazón hice una conexión directa entre boca, seno y pezón. Mientras se dejaba lamer y chupar, me cogió la mano colocándola en el lugar naciente de la curvatura de su trasero. Me agradaba su comportamiento emprendedor.

Me incitó a quedarme desnuda y acepté la proposición de inmediato, pues ya tenía los ánimos encendidos y con desgana para sabotear sus ambiciones. No quedó trozo de piel censurado por la ropa, hasta los suspiros desertaban de mi laringe al contacto de sus dedos y sus besos en varios lugares sobre el plano corporal del ser mío. Dejó la mano aparcada al sur de mi panza mientras su boca peregrinaba por debajo de mis pechos conspirando placeres. Tomé la iniciativa desplazando las caderas, obrando codiciosa pidiendo auxilio sin medir palabra. Por el perfil de su sonrisa, deduje que estaba organizando el cuerpo para acceder a mi sexo, sin parlamentar autorización verbal previa, ya que el flujo vaginal emanado hacía a la vez de consenso y consentimiento.

Recuerdo fotográficamente su rostro desembarcando por debajo de mi ombligo. Más allá de ser físicamente atractiva e intelectualmente cautivadora, también tenía ese algo de lo que yo carecía en el sexo con otras mujeres, la experiencia. No puedo explicar por qué lo sé, pero desde el primer beso en la vulva supe que aquella boquita exquisita había catado con anterioridad debajo de la falda de otra dama, o damas. Paseaba su lengua entre mis labias en distintos movimientos, alardeando de competencia para lamer, dejando caer besos en los momentos más sorprendentes, rozándome las partes más carnosas de la anatomía genital con los labios mojados, acaricíandome con su aliento cálido. Me convertí en una mujer con la cabeza inclinada hacia atrás mirando al techo, con la mano izquierda encima de la cabeza de mi amante, jadeando.

Al cabo de pocos minutos, su esfuerzo por gratificarme en similar recompensa obrada sobre ella tuvo su culminación. Como una fontanera obcecada, no despegó cabeza de la red de más de ocho mil terminaciones nerviosas que me daban placer, sin armisticio. Me sorprendió todavía hechizada por los últimos espamos residuales trás una copiosa corrida cuando su figura se las arregló para tumbarse encima, con el sabor avinagrado en los besos, expulsando regodeo a través de la mirada casi sin pestañear. Dirigió su dedo por mi rostro, esquematizando mi perfil, dejando un rastro húmido por los bordes de los enrojecidos mofletes, en la frente empapada en sudor, repasando los labios deshidratados y la sólida estructura de la mándibula. En la pared más alejada, se observaban nuestras alargadas sombras sobre el lecho.

Ligeramente hambrientas y no menos sedientas, compartimos el segundo desayuno en nuestro pequeño aquelarre, hablando de maquillaje, peluquería, las emociones compartidas. No faltaron pequeños besos con efectos especiales ni tampoco abrazos en silencio, de los de piel con piel, sin vestuario tapando el momento.

No con menos emotividad en el palpar retomamos el protagonismo de los placeres carnales, absortas en la música de nuestros gemidos y jadeos. Nos comimos de boca a oreja y más abajo con la energía de un par de novias insurgentes ante los consortes que se dan a la fuga a consumar su amor clandestino. Orgasmos que son homenaje, puro cañón hormonal, sin atrezzo.

Después del tercer orgasmo en cada coño, ducha graciosa compartida y extraña despedida. Los segundos nos pesaban mientras el espacio que habíamos compartido todavía conservaba la intensidad de nuestra veneración recíproca flotando en el ambiente. Durante unos pasos, caminamos de la mano. Partimos a nuestro rumbo individual como dos mujeres de bandera, reinvindicando volver.

2 comentarios sobre “El cielo azul

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s