En el bar, 2

Soy una clásica de la Valencia mediterránea de finales de los setenta del siglo XX. He aquí mi denominación de origen, cual coche norteamericano vintage de gran potencia. Una figura, una superviviente más de la transición sociopolítica. Aunque en los huesos me considero un personaje sin patria ni bandera, llevo puesta la máscara de paísana atrapada entre fronteras azarosas. Madre de un único vastago, colaboro con la sociedad con esperanza de un futuro siempre mejor, a pesar de los miserables reaccionarios. Hay mañanas en las que me despierto y todo me parece extraño, cada segundo una calamidad existencial. No, no es la hipersensibilidad premenstrual. Más bien un pan negro emocional.

Husmeaba el olor a cemento mojado por la lluvia con la fuerza de un sabueso. El horizonte ya había oscurecido y las ocasionales rachas de viento que giraban por las esquinas lanzaban tristes aullidos de posguerra. El golpe seco que provocaba cada pisada de tacón dejaba un rastro mitificador; una prosa auditiva irresistible. Una extraña suerte metafísica hizo que mis andares tuviesen, por unos segundos, una banada sonora imitando la vida a las películas, cuando un coche con las ventanillas a medio bajar pasó a escasa velocidad y a pocos metros resonando una canción dedicada a una ciudad paradisíaca interpretada por una banda de mezclar las pistolas y las rosas.

La fuerza de la inspiración hacía desaparecer por mi nariz cualquier aroma limítrofe a mis fosas nasales, desvaneciéndose cualquier rastro de sus moléculas en un procedimiento parecido al de los agujeros negros con los fotones. Es un ejercicio fascinante, prestar atención solo a lo inmediato, con los sentidos puestos en el presente, concentrando la capacidad pensante en lo actual y no en el porvenir. Me ocurre, en ocasiones, cuando recorro las calles andando entaconada, en una tendencia costumbrista y alejada de la intencionalidad voy dando pasos trazando un aire de marquesa, con vanidad patatera y libre de resentimiento presuntoso.

Ningún epígono del retifismo estuvo ahí para escuchar la salmodia de la marcha imperial del taconeo. Quizás a los cultistas de la fina zapatería les produzca envidiosa rabia leyendo estas líneas, como un niño privado de su sonajero. Me imagino algún sesentón mirándome, escondido, sacando tajada en su propia imaginación de mi figura asalvajada hasta ese punto donde fallece el morbo, dónde placer y tristeza se mezclan. Doy por hecho que será un poeta calvo, con malicia en la sonrisa. Dicha imagen imaginada me provoca algo parecido a cualquier antónimo de la exaltación hormonal. Me gusta gustar, conceptualmente, desde la abstracta lejanía que ofrece la ciudad.


En penumbra, todo el espacio que ocupaba el bar tenía un aspecto tétrico. La barra, de un marrón muy propio de la madera envejecida artificialmente, enlutada sin el gentío habitual. Se echaba en falta hasta al invitado torvo, al pobre que pide limosna en la esquina y se le ofrece en caridad un café bien caliente y a tantos otros seres. Las sillas, guardando las mesas como inamovibles peones en defensa del rey del tablero. Con la vocación de una madre soltera –aunque no lo estoy– cuyo corazón late dentro de su cuerpo en busca de la mirada lasciva del partenaire, tomé asiento.

Me gusta escuchar su voz, tiene un timbre emocional. No necesitaba recitar poesía en mi oreja para persuadir la voluntad de unión sexual, pero dar pasos de aquí para allá, danzando sin disciplina fue un trabajo magnífico de cara al panorama cortoplacista lujurioso. Me sentí privilegiada, por ninguna razón concreta cuando sus manos se dejaron sentir sobre mis nalgas, apretando la carne con poder, suscitándome angustia llevar la ropa puesta todavía. Después de meses de tristezas, sus ojos agradecían vivir momentos conmigo.

Le desabroché el cinturón sin bajar la mirada, tirando de oficio, después de años de práctica. Culturalmente, desabrochar el cinturón en el caso de las mujeres es el equivalente del desasir el sujetador en el caso de los hombres. Tarea absolutamente facílisima cuando se tiene control sobre la situación, totalmente terrorífica cuando no sabes ni por dónde empezar, pues la especie humana necesita impresionar y ser impresionada para elegir media naranja. Recibí en pago una denuncia sobre lo larga que iba a ser la noche, y una invitación a comer.

Respondí a la llamada de mi naturaleza sexual reduciéndome en estatura, posando mis pequeñas rodillas sobre las grandes baldosas, tan frías pero sobretodo tan vacías. Mientras su erección se hacía sentir en el limitado aforo de mi cavidad bucal, me hablaba sobre su experiencia, en tiempo real, como un coach proporcionando live feedback. Prefiero menos habladuría técnica en plena faena, pero no quería sentirme como una idiota poniéndole freno a su entusiasmo. Al menos reivindicaba mis talentos personales con halagos, ofreciéndole a mi autoestima una red de seguridad y de paso alimentando el afán por seguir adelante con el trajín.


Emigré a la planta superior del edificio, siguiéndole el rastro. Cruzamos el arco que separaba escalera y vivienda enfrascados en ferviente pasión, fingiendo amamantamiento pues la rotación de sus labios alrededor de mis pezones no tenía relación con el hambre. El despeinado caótico y un olor afrutado. Había llegado al destino, una habitación incolora, iluminada tan solo por el alumbramiento callejero que se colaba a través de una ventana como el rayo de la aurora. La calle, diurnamente vocinglera, increíblemente taciturna bajo el manto oscuro del cielo en la noche. Dedicada en cuerpo y mente a la gloriosa diversión de los cuerpos, no presté atención al frío hasta tiempo después.

Nos enfrentábamos como lo hacen dos personas sobre el colchón, atacándonos sin cometer delito de lesiones. Nos damos todo tipo de besos, realizamos todo tipo de empresas de incursión a través del tacto. Admito qué, poseída por un sentimiento libidinoso he soltado por la boca comentarios groseros pero sin ánimo denigratorio. Encontraba plácida la postura de acomodarme encima suya, como si ese cuerpo fuera de mi propiedad. No me importaba la reputación que dejaba trás de mí. Causar placer era mi justificación para asediar su zona de confort, su vivienda, la cama que compartía con su pareja.

Intentaré ser escueta aunque seguramente no lo consiga: no soy creyente del culto a la sororidad matrimonial. No me siento como una destructora de hogares ni una rompedora de familias. Una mala relación conyugal no se apuntala evitando tentaciones externas. Conozco en primera persona el arruinamiento de la unión matrimonial y el vértigo de la maternidad en soltería. Y no me quedó más remedio que asumir la parte correspondiente y porcentual de culpa propia. Toda relación interpersonal prolongada a través del tiempo y el espacio periódicamente sufrirá altibajos, me gustaría insistir, exenta de sorna, que es muy cenagoso culparnos siempre a las mujeres por no censurarnos.

Él, como todo hombre de bien medio chapado a la antigua, llegó al punto de querellarse contra los movimientos por encima de, los tocamientos como pasatiempo, los besos como diversión, los mordiscos como recreación. Su voluntad de penetrar mi vagina facilitó la decisión de no prolongar el martirio avasallador, dejándome recoger con ambas manos reposadas en las antípodas de mi cadera, experimentando la enérgica penetración envíandole a mi cerebro impulsos eléctricos de pleno deleite. Gozando de su cuerpo y de su carne, me aislé de lo poco que ofrecía el mundo exterior más allá de los muros que nos tapaban a vista de extraños, mi dermis en subida térmica, un hilo de oportunos jadeos. Sus manos abandonaron la cadera, trasladándose hacia el norte, encontraron el momente excelente para presentarse sobre mis pechos.


De fondo, una emisora de radio cuyo locutor discurseaba sobre asuntos al que ninguno de los dos parecíamos prestarles atención, pues nada mejor que un orgasmo para desenchufarte de lo mundano. Después de alcanzar el apogeo somático, la birra fría de después tenía un sabor lírico. Me tumbé, con el cuerpo cansado como una labriega después de la jornad, o quizás como una fiera escuchando a Orfeo. No llegué a ser tan vulgar como para caer dormida en una cama ajena dónde no me correspondía pernoctar en estado de sopor. La relajación posterior al acto sexual con su final feliz y la vuelta al realismo cotidiano se me hizo aburridísima. Me sentí intelectualmente desertora de mi propio cuerpo, en un momento biográfico de poca cosa más allá de la quietud horizontal, con el paladar bañado por el sabor amargo de la cebada mezclada con lúpulo. Reapareció, recién duchado, ataviado con un albornoz que ofrecía una apariencia arzobispal, una mistificación visual transitoria. Pronto nos esperaba más sexo durante la trayectoria de la tierra girando sobre su propio eje alrededor del Sol. Hubieron momentos para follar como leones, y otros dónde copulamos como lo hacen los estadoudinenses en sus películas.

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