Besos y gozos

A la primera, una oportunidad tremenda que fue desaprovechada. A la segunda, una idea que nunca se llevó a cabo. Y sí, como bien reza el refrán, a la tercera fue la vencida. Punto final al drama sobre mi latente bisexualidad. Bastó alquilar una habitación de hotel en la compañía adecuada. Una sola estancia, nocturna, que se hizo buenamente larga, remendando frustraciones sexuales en pendiente por resolver. A mis cuarenta y tantos volví a sentirme turista en el sexo, en parte novata, atraída por el impulso y por el deseo hacia un cuerpo parecido al mío cuando lo tocaba por sus delimitaciones externas, escondiendo en los gemidos y en los jadeos las mismas claves cuando lo tocaba por sus interiores.

 


 

Toda situación es lo suficientemente complicada como para darte un ataque de nervios si lo piensas todo en exceso cuando eres una persona normal con alta capacidad para convertirte en una loca neurótica en ocasiones en las que haz de lidiar con realidades que llevas años, décadas, fantaseando. Y eso que yo, aquí haciendo de víctima y verdugo, era la primerísima interesada en llevar a cabo todos los actos sexoafectivos que, por suerte, acabaron teniendo lugar entre ella y yo. Siendo ella mucho más interesante que yo, habiendo ella vivido estas cosas más que yo, y muchas más cosas dónde ella, pues eso, más que yo. 

Nos habíamos conocido hace tiempo ya, en una de esas ocasiones haciendo vida social cuando todavía pandemia sonaba a algo viejo, algo lejano, algo improbable. Alguna vez, por casualidad, llegamos hasta a compartir desayuno en una la misma mesa, sin embargo no llegamos a contarnos la vida entera, con nuestras miserias y nuestros anhelos. A pesar de mi búsqueda, y de las cosas que acabé proponiéndole, durante tiempo la tomé por una chica maja, pero de ideas cuadradas, y cuando le comenté, ya de plenas confianzas, aquella impresión inicial mía que perduró en el tiempo, su respuesta fue sonreír y posar sus labios en un beso ubicado por debajo de mis huesudos hombros. 

Nos tomamos un cóctel hablando de los aromas qué más gusto le proporcionaban a nuestro sistema olfativo, de trucos de limpieza caseros, de la Málaga turística y de alguna que otra juerga cuando ninguna de las dos habíamos cumplidos los 25 y todavía no habíamos llegado a conocernos. En el segundo cóctel, hablamos del mantenimiento de las piscinas, de los cuerpos que se ven en los vestuarios y las duchas de gimnasio, de ser dos chicas compartiendo una habitación por una noche. 

Cuando me abrazó por la cintura e hizo que una parte frontal de su cuerpo se pegase al mío, y me besó con un béso pequeño que se hizo dueño de mi boca, supe que en aquél momento ya había vendido mi cuerpo con mínima facilidad a todos sus deseos. Con sus ojos marrones y grandes estudió mi cara, cubriéndome media mejilla con mi larga melena y  preguntándome, sin más, y sin nombrar el qué, si lo hacemos. Tenía ganas de salir a la calle y gritar fuerte lo mucho que deseaba yo a esa mujer en ese momento, que lo supieran todos los vecinos. Lo único que hice fue acondicionar la palma de mi mano sobre su mejilla, alargando los dedos por debajo de su oreja, coger mucho aire en el pecho y confesarle que estaba dispuesta a mantener relaciones sexuales con ellas. Quizás con otras palabras. 

En la época que los historiadores llamarán la antigua normalidad, tuve hasta dos ocasiones evidentes, que en términos de fútbol llamarían ocasiones claras de gol a puerta vacía, de ser una chica mala con otras chicas malas, juntas. Pero, por razones varias, nunca llegué a abrirme de piernas con ninguna. Ni siquiera pasé demasiado tiempo arrepintiéndome de las oportunidades que acabó llevándoselas el viento ahí a donde el viento que se llevó cosas deposita las cosas que se llevó. Nunca quise hacer de mi exploración carnal en territorio lésbico un parche en una lista de actividades que había que tachar, por cumplir, antes de palmarla, que es lo más seguro que te pasará en esta vida. Quizás, querido lector/querida lectora, estés leyendo esto con intenciones más lascivas, con una curiosidad cotilla, pero es así, al final todos morimos. 

Ella, bien por ella, ya había pasado por esto, ya estuvo en la situación en la que me hallaba yo, huésped en su propio cuerpo dejándose a cargo de otra mujer, que  le cubriría la cara con su melena, con sus besos, con sus caricias. Ella para mí era una fiesta mientras que yo para ella era una excursión. Entre aquellos metros cuadrados de habitación de hotel, pasadas las diez de la noche, perdí mucho el control sobre mí misma cuando su mano me levantó la falda y me toco las nalgas, piel por encima de la piel, y yo se lo pagué rodeándola por cintura, besándole esa línea que divide la cara del cuello, la extensión ósea de la barbilla. 

Las dos somos madres. Aunque mi hijo es mayor que sus descendientes, ambas somos madres de críaturas en edad menor, todavía muy a nuestro cargo, maternodependientes como todo niño sano y mimado. Y ahí estábamos, compartiendo habitación de hotel. La cadena de oro que llevaba de adorno alrededor del cuello me parecía que no combinaba con las ganas que yo tenía de lamérselo, de besárselo, de mordérselo. No había servicio de habitaciones, pero sus pezones, ligerísimamente más grandes que los míos, me indicaban que la oferta del menú nocturno la tenía justo ahí, rozando mi cuerpo. 

Cuando nos fuimos al bar, después de alquilar la habitación, para tomarnos un par de cócteles antes de subir, comenté como de casualidad que ambas habíamos elegido llevar falda, aunque la suya más larga y de más anchura que la mía. Su prenda cubría más sus piernas, es cierto, y sin embargo sacaba a relucir toda la feminidad de su figura. Venía vestida para ser una mujer que llamaba la atención por su cuerpo de mujer primero, al que ya después le sacaría rentabilidad como amante de otra mujer. Mi falda, más corta, que enseñaba rodillas, quizás vaticinaba mi objetiva intencionalidad, pero si cometió algún análsis freudiano en base a nuestro estilo jamás lo sabré pues no dijo nada sobre el tema en dichos términos. 

Supo como encajar un par de dedos con extrema habilidad por dentro de mis bragas, tirando hacia abajo hasta dónde nalga y muslo tienen su frontera, dejando al descubierto mi culo lo suficiente como para tomarse la licencia de una caricia firme y un intento de azote tan suave que parecía de todo menos eso, menos un azote. Me preguntó cuál era mi problema, no entendí la pregunta pero con las emociones desocupándome la mente de lo mundano, decidí no insistir en comprender y tan solo contesté con honestidad lo único que tenía por respuesta, que no tenía ningún problema. Cuándo, a continuación, me preguntó que porque pues no me agachaba a recoger aquello que se me había caído, no me quedo otra que agacharme. Sabía que no se me había caído nada, ni ella mencionó nada específico que había que recoger, todo quedo en un eso sin concretar. Pero por un segundo mi mente se abrió de nuevo a lo que tenía a mi alrededor, comprendí que mi caída con la rodilla contra el suelo no tenía nada que ver con la recogida de los restos catastróficos de algún objeto despedazado por la fuera de la gravedad y la química de los materiales. Que solo había un significado para su petición, que tenía que fingir un batacazo como una actriz de cinco estrellas, y estar disponible y dispuesta para lo que se abriría delante de mí a mitad de su cuerpo. 

Si hubiera sido un hombre quién me lo pidiese, diría que yo, aceptar esa clase de engaño sería impensable. Pero no era un hombre. No había nada para lo que abrir la boca a ver y suponer que lo que te iba a ofrecer te iba a caber en ella. Con propiedad, me pasó la mano por la melena, acariciándome el pelo, y me dijo que respirara. Y que no llorase, cosa que no tenía ni intención ni necesidad en aquél momento. Si tenía los ojos y la retina en brilli brilli era por adaptación a las circunstancias de la postura y la luminosidad de la habitación, nada emocionante como para convertir mis ganas de ella en lágrimas instantáneas. 

En el bar, cocteleando, ambas hicimos un pacto extraoficial, obligándonos a beber las dos la misma cantidad. En la práctica, el espacio que había en nuestro cuerpo para seguír funcionando con autonomía cognosciente para los planes que teníamos solo daba para dos cócteles. Forzar un tercero quizás hubiera provocado que pasemos la noche juntas viajando a través del mágico reino de los sueños y no sacándonos gemidos, respiraciones aceleradas, palabras bonitas y otras más vulgares. Me gustaba ver como posicionaba su cuerpo de forma que casi siempre yo podía vislumbrar su sensualidad, por trozos, obligándome a imaginar asuntos no muy limpios pero sin tener los datos al completo, la información me llegaba marcando su ritmo, ofreciéndome un pase despacio, como quién recibe una petición de información y solo te manda titulares, titular trás titular.  

Llevaba tacones, yo. Ella, sandalias de plataforma. De alguna forma, y sin haberlo hablado con anterioridad, habíamos acabado teniendo una estatura similar, pues sus plataformas ganaban los centímetros de mis tacones. No es un dato importante, simplemente es un detalle que otros puede que no vean, pero son cositas que yo siempre me dedico a observar. Los pequeños detalles, en todo. Hasta que por ponerme muy borracha o muy puta -o las dos, pues no son incompatibles en la temporalidad espacial- voy centrando mis capacidades restantes en lo que hay que estar. En la habitación, agachada y arrodillada, acabé con los dedos hurgando por debajo de su falda quitándole las sandalias. 

Me había ofrecido voluntaria y tuve que insistir más de la cuenta en correr con todos los gastos de habitación que implicaba nuestra estancia de una noche. Al final me salí con la mía. Sospecho que al final cerró la boca y dejó que pasara mi tarjeta de crédito con tal de no montar una escenita improvisada de amantes lésbicas pasajeras dando la nota ostentando de capacidad económica suficiente como para permitirnos pequeños lujos unilaterlamente. A cambio, los demás gastos a compartir. 

Llegar al hotel para mi fue un trayecto de aproximados cuarenta minutos en coche. Y aunque vivo fuera del territorio urbano, siendo València, es una distancia cercana. Como en otras ocasiones cuando acudí a otras citas de carácter sexual fuera de lo corriente y lo heteronormativo en horizontal misionero, por mi cabeza pasaron muchas preguntas, muchos momentos de incredulidad y de verdad está pasando esto, machacándome con todo tipo de escenarios hipotéticos altamente improbables con tal de sentir algo de control sobre la situación. Un control que nadie, jamás, me quitó, un control que tampoco nadie me pedía que cediese, un control egoista e inseguro. 

Se levantó la falda. Y no digo que se levantó la falda hasta dejarlo todo al descubierto, digo que se levantó la falda como la que va a cruzar un ríachuelo y no quiere mojarse los tobillos. Fue un movimiento generoso, para ayudarme en la tarea que implicaba desmontar las ataduras de sus sandalias. Tenía la piel blanca, y yo tenía ganas de pegarle un beso a cada trozo de piel que veía. Me confesó, en voz baja, que le gustaba sentir mis manos. Yo, nacida para poeta pero fracasada en el intento, le contesté que me parecía fenomenal. Todavía no sé como no me pegó un puntapié. Nunca he sido fetichista de piernas, ni pies, ni dedos, ni zapatos. Nunca he escondido mi gusto por lo que los hombres llevan entre las piernas, puede que ese sea mi pequeño fetiche en lo corporal, sin embargo dudo mucho que la parte genital de un género u otro pueda considerarse un fetiche, pues es lo mínimo básico de la atracción sexual. Por mucho que nos gusten los hombres o las mujeres por razones infinitas y muy alejadas de lo que es el sexo en sí, si a la hora de la verdad tocamos y no encontramos lo que nos esperamos, pues no sé yo. 

Facilitar que yo la dejara descalza pareció un visado para dar rienda suelta a toda la atracción mutua que llevaba gestándose desde hacía semanas, días, horas, cócteles, besos antes. Noté sus manos recorriendo mi cabeza, bajando por mi cara, su cuerpo agachándose por la mitad, su cara acercándose a la mía, emprendiendo una sesión de besos híbridos entre lo tierno y lo lascivo. Si lo que quería era facilitar mi íntimo deseo de besarla ahí abajo, desde luego lo estaba consiguiendo con alta calificación en la nota final. Sea por un don natural sea por prácticas anteriores en las que me llevaba ventaja en esto de mimarse con otras mujeres, tenía talento en hacerse desear, proyectando sobre mis labios la necesidad de probar el sabor que regaba su cuerpo con tal de facilidad una penetración que en este caso estaría ausente. 

Se hizo cargo rápidamente de los gruesos hilos del cordón que ataban su falda a la altura de su abdomen, cintura, por ahí, más o menos. Desatado el nudo, me pidió ayuda, una ayuda que no necesitaba, una ayuda que yo le ofrecí de buen gustado tirando de la falda hacia abajo, viendo como lo que había por debajo cobraba forma de carne y hueso, de como lo que se podía intuír previamente ahora saltaba a la vista, asaltándome el espectro visual. Su respiración sonaba excitada. Sabía que me encontraba a punto de conocer su órgano que más deseaba después su cerebro, el clítoris. Extendí la manos, lista para tirar hacia abajo también de las braguitas negras. Me pidió que esperara, aconsejándome a desvestirme, pues no traíamos vestimentas de recambio, y prevenir manchar es mejor que frotar bajo el grifo. De hecho, yo misma lo único que llevaba para recambio, en el bolso, éran unas bragas, pues conocía de sobra mi cuerpo y mi facilidad para mojar. Mientras me incorporé para seguir su ejemplo, ella ya había emprendido una carrera en solitario con su blusa, digiéndose al sujetador, enviándolo al suelo. Frené en seco, de golpe, la marcha de mi actividad por quitarme prendas cuando me la encontré apuntándome los pezones, sin más.

 


 

Sentía la tensión de los segundos previos recorriéndome la piel, dibujando las formas de mis cicatrices cual ninfa harrypoteriana –referencia friki-, y rechacé la última oportunidad que todavía tenía a mi alcance para dar marcha atrás, para desvincularme de mis deseos y volver a mi construcción social cómoda, una heterosexualidad en crisis. Tan vulgar como pueda sonar, comer un coño me salvaría de mi misma, pues llevar a la práctica mi teórica bisexualidad rompería por definitivo con mi yo de un pasado sin heridas abiertas y sin embargo tenía poca motivación en seguir conectada a esa ella que era yo misma de hace tiempo. 

 


 

Las dos nos quedamos igual de casi desnudas, pues por alguna alineación planteria en una galaxia muy, muy lejana nos habíamos negado a abandonar el último trozo téxtil que todavía cubría la parte baja de nuestros cuerpos, por debajo del ombligo. Su mirada, bajando por mi cuerpo, aludía a ese mismo detalle, y una conversación breve dónde lo único que salió por su boca fue mi nombre bastó para darme motivos internos de alto voltaje que provocaron por mi parte una torpe bajada de bragas, a medio hacer, quedándose la prenda a la altura de las rodillas, a medio camino del suelo al que apuntaba en mi intención. 

La primera repercusión de mi romántica desnudez fue un terremoto orgánico; notaba mi cuerpo tembloroso, aún sin tener frío, una ola de calor veraniego invadiéndome por las entrañas, mis senos alegres como la brisa primaveral, y con unas ganas de separar sus piernas tanto como partirla en dos. Me tomó de la mano, dando los pocos pasos que nos separaban de la cama juntas. Se sentó, al borde, muy al borde, y me tomó entre sus brazos, tocándome con respeto, asignándole una sesión de pequeños besos a cada uno de mis pezones. Con esto de los movimientos varios, al final sí me quedé sin bragas. 

Se había creado una dinámica entre nosotras dónde no había mucho espacio para negociar. Ella marcaba el camino, yo procuraba no salir de la ruta. Me besó en ese punto a medio camino entre ombligo y pecho con un beso cargado de sensibilidad, una energía que solo las mujeres somos capaces de emanar en momentos tan explícitos para perder la cabeza. Puedo garantizar que pudo haber llegado más lejos y más abajo con la boca, a riesgo de haberme provocado una corrida muy intensa y casi instantanea dado mi estado explosivo, pero su objetivo era diferente. Tenía garantizada mi capacidad para complacer y mi afinidad por su cuerpo, que tardó segundos en desarrollarse alcanzando una mayoría plena en la votación parlamentaria de mis democráticas hormonas y neuronas. 

Sin imponerlo, me asesoró a doblar mis rodillas, acción que yo consideré plenamente apropiada para poner ya punto y final a los calentamientos y sellar mi pacto con el sexo de mi propio género. Aunque soy proclive a unos preliminares más alargados y también más sucios, me parecíó lo correcto cumplir rápido con mi iniciación, rompiendo así el hielo de una vez por todas y disfrutando en el futuro a corto plazo en mejores condiciones de lo acordado previamente. No quería hacerme de rogar a regañadientes. Tampoco quería ser la primera en recibir sus encantos entre mis piernas, y por la presión histórica del momento en mi vida, por la ansiedad, por el estrés, por el miedo, quedarme a medias, sin disfrutar del todo, forzando una situación engrasada en compromisos desvinculados al placer por el placer y más al placer por cumplir y quedar bien. Me parecía un buen plan arrancar nuestra noche como bien queridas con mi formación en el mundo que hay entre las piernas de otra mujer. 

Claro qué, para alcanzar su sexo me encontré con la oposición en el camino que suponía ese pequeño trozo de lencería que todavía cubría mínimamente y también estratégicamente esa parte de su cuerpo. En milésimas de segundo decidió y acordamos que ofreciese su intimidad al alcance de mi boca destapando y echando para un lado el pequeño trozo de tela. Bastaron un par de dedos, suyos, que hicieron el trabajo con mínimo esfuerzo. Se abrió ante mi vista como una mujer desnuda, mientras yo buscaba la mejor forma de acomodarme para la tarea que tenía intención de llevar a cabo de inmediato. Las últimas dudas supervivientes al fondo de mis pensamientos acabaron por ceder ante la visión de un coño a poco centímetros de mi cara, pues aunque gocé de oportunidades para intentar el sexo lésbico nunca tuve una oportunidad tan consolidada. 

Mi primer acercamiento con la boca no debió de ser tan mala cosa, pues vocalizó unos sonidos que resultaban placenteros al oído de quién busca provocar placer en cuerpo ajeno. Mi cuerpo seguía temblando, ligeramente, lo notaba. El suyo había entrado en tensión, posiblemente ya fuera de su control consciente, pues las condiciones en las que nos hallábamos daban para imponerse el instinto sobre la razón. De su interior había emanado jugo, cosa que resultó ser fuente de mi placer gustativo, e hizo que fuera para mí lo más urgente intentar obtener más de ese líquido, como una osa que busca exprimir al máximo un hormiguero. Sea por prisa, sea por falta de pulir técnica, los resultados no debieron ser lo esperado y su mano tomó mi cabeza cambiando el rumbo de mis planes. 

Noté como cambió su centro de gravedad y como había dejado caer su peso más sobre las piernas mientras su pelvis hizo que su coño tomara posesión de mi boca a fuerza de gravedad. Quizás esperando mi deserción en el acto de servicio, rápidamente volvió a cambiar de eje gravitacional, recolocándose ligeramente. Pero a mí esa pugna me encendió desde la punta de la lengua hasta lo más profundo de mi sistema digestivo, y le pedí un requiem prolongado. Me excitaba muchísimo sentir como mi respiración rebotaba en mi cutis de la cercania que había entre mi boca y sus labias. 

Había dejado caer tanto su cuerpo que casi me hace doblarme por la mitad, y casi acaba encima mía y no de esa forma tan cuqui de película. Por suerte, todo quedó en un casi convertido en sonrisas sonrojadas, mi cara fija en la suya relamiéndome los labios y un menguante hilo líquido deslizándose por mis muslos, lejos de la fuente original. El negro de su poco vello púbico contrastaba sobre su piel blanca de una manera hipnótica. Cuando le pregunté, desde ahí abajo, si le gustaba lo que intentaba hacer con su mi boca sobre su cuerpo, volvió a apoyar su mano sobre mi cabeza a la vez que me confesaba que me necesitaba. En mi inocencia, lo tomé como un sí. 

 


 

El orgasmo que tuvo fue de riguroso escándalo, dirían otros. En una sociedad que vive tan junta, si hubo alguien en alguna de las paredes de al lado, seguramente ni tuvo que apoyar la oreja bien pegada para tener claro que es lo que acababa de pasar en la habitación de la lado. Me gustó escuchar como su garganta aullaba cual loba a la luna llena a pesar del espectáculo auditivo para disfrute o enojo ajeno. Sospeché que aquél orgasmo había sido la guinda del pastel de un día que para ambas, desde nuestro despertar, cada una en su cama, en su casa, a su rutina, ha sido emocionalmente de altibajos, con las expectativas puestas precisamente en lo que acaba de tener lugar. 

 


 

Aunque nuestros cuerpos no estaban empatados a nivel hormonal, pues un orgasmo de diferencia puede ser mucha diferencia, me quedé tumbada a su lado, escuchando su respiración recobrando un ritmo desacelerado. Quería recorrer su cuerpo a besos y me hubiera gustado fabricar un algortimo para dar el mejor beso en el mejor lugar en cada rincón de su anatomía. Las gotas de sudor que habían aparecido sobre su frente me parecían guapas. Quería absorber en el recurdo cada pestañeo. Haber provocado un orgasmo con mi boca entre las piernas de una mujer me hacía sentir poderosa, como si de repente tuviese en mi posesión la habilidad de un arma secreta capaz de dominar el mundo. Hizo girar su cuerpo sobre si misma, apoyándose de pleno en su hombro, buscando una conversación como sustituto del cigarrillo de después. 

Su mano me tocó el culo, agarrándome la nalga con la fuerza de un tanque que lo derriba todo a su paso. En sus ojos latía una ambición por generar en mi cuerpo placeres usando los mismos atajos que tomé yo para fortuna de nuestros deseos. Alzó su cuello, largo y majestuoso cual cisne blanca, y me besó con la pasión de una aventurera que por fín ha encontrado su tesoro. Una pequeña pugna entre nuestras lenguas, traspsando fronteras labiales. Su tacto seguía centrado en mis partes traseras. Anunció, susurrando, la intención de bajar por mi cuerpo, y todo cuanto pude ofrecerle por luz verde fue una sonrisa y un movimiento vertical de cabeza. 

Me tumbé boca arriba, pasándole el testigo como protagonista activa. Con la boca había llegado al cuello, desfilando la lengua por mis arterias, desatando dentro de mi cuerpo calores volcánicos. Movía, fuera de mi aparante control, los pies, las piernas, las rodillas. Con humor, me preguntó si estaba pegando una pataleta. Con ironía, le contesté que me pillaba en un momento de insólita agitación, porqué será. Con un salto de tigresa, acabó sentada encima mía, como una amante que cabalga a su querido, pero sin pene de por medio, y sin querido. Desplegando ante mi vista sus atractivos pechos, perdí la cuenta de sus otras extremidades hasta que noté como golpeaba en mis labios con un dedo, que acabaría rodando dentro de mi boca, lamido y succionado. 

Se agachó y volvió a besarme, nuestras lenguas pugnando de nuevo. Me tomó por las muñecas, atrapándome materialmente y volvió al punto de partida, a mi boca. Sus besos eran de buena calidad. Incapaz de mantenerme quieta, volví a frotar mis muslos contra sí cuando no los pies. Dijo de acuerdo mientras me soltaba las manos del aprisionamiento al que me había sometido alrededor de las muñecas. Cambió de postura, separando mis piernas y tomando posición centrada a mitad de camino entre una y otra extremidad inferior. 

Lo proximó que vi fue como se hundía su cabeza en el hueco debajo de mi caja torácica, por dónde debería de andar mi estómago, aproximádamente. Me besaba y me lamía el abdomen con tal arte que su boca parecía una fragata deslizándose con gracia por los mares de mi piel. Aún tumbada boca arriba, sentí como me empezaban a fallar las piernas. Usando un símil sexual comúnmente asociado a lo masculino, mis ovarios estaban a rebosar de cargamento. No recuerdo nunca nadie antes haberle prestado tanto interés en besar y mimar mi ombligo y la zona y la dermis colindante. Me parecía que se había tomado por motivación expoliar la máxima cantidad de gemidos capaz de lograr.

Bajo la superficie, una elevada temperatura, sobre la superficie, besos mojados. Mi piel se hallaba en el punto exacto donde la diferencia de temperatura se mezclaba, provocándome escalofríos que se pueden vivir solo en ocasiones contadas, en contextos muy fijos. Seguía empeñada en su cruzada que me hacía producir un catálogo muy variado de ruidos que expulsaba por la garganta. Ella, chula, que ya había vivido el momento de tener mi cabeza entre sus piernas, muy diplomática me besó en la zona baja del vientre, en ese punto de unión entre tripa, cadera y pelvis. Por fín, su boca había alcanzado ese punto bajo de mi anatomía, dónde el siguiente movimiento sería ponerse boca, labios, lengua a la obra. 

Lo próximo que recuerdo es el aire entrando continúamente por mis fosas nasales, con fuerza huracanada, pese a que lo único que hacía era estar tumbada, y recibir placer entre las piernas. Un aluvión de sangre me golpeaba rítmicamente en los laterales de la cabeza, en la sien, acompañados de una palpación de los músculos del cuero cabelludo. Por razones lejanas a mi control consciente, quise apretar las piernas, chocando contra sus brazos, augurando una metedura de pata. Por un instante, llegué a sentirme hasta como un fraude, como una mujer incapaz de controlar su cuerpo ofreciéndose en cuerpo desnudo a otra mujer. En cambio, solo hubo una larga espera mientras recolocaba su cuerpo, y la proclamación de su pasión por los quehaceres orales voluntariamente atrapada entre mis muslos. 

No estaba en una carrera por correrme, pero dudaba sobre mi capacidad de prolongar el escrutinio de su boca apretada sobre mi coño sin ganarme un orgasmo más pronto que tarde. Hábil de lengua, exploraba todo cuanto tenía por ofrecerle a su boca como una exploradora que se conocía bien el mapa del lugar. No cabía la más mínima duda sobre el resultado de que la práctica hace a la maestra, y que me llevaba unas cuantas comidas de coños de ventaja. Y no quiero que nadie se tome la comida de coño como término vulgar, pues es tan normal, sana, placentera y erótica como la comida de polla. No hay nada de vulgar en llamar las cosas por su nombre callejero. 

Colocó su cabeza sobre mi vientre, mientras dos dedos suyos estaban al cargo del territorio interior y exterior de mi zona genital. Definitivamente, el momento decisivo que acercó mi ser al orgasmo de un empujón fue observar como se llevaba los mismos dedos mojados a su boca, y los hacía desaparecer dentro, atrapados entre sus labios. Apenas alcancé estirar la mano y hacerme con un puñado de pelos suyos. Tres espamos previos. Las dos mejillas de su cara brillando, manchadas en mi líquido. 


 

Nunca sentí vergüenza por eyacular. Es algo que las mujeres también hacemos. No, no es lo mismo que el squirting que tanto se ha puesto pornográficamente de moda. Un líquido blanquecino, lechoso y espero salío de mi cuerpo y acabo, parcialmente, sobre sus mejillas, su barbilla y a lo mejor estoy teniendo un falso recuerdo, pero diría que hasta llegó a deslizarse por su cuello, tomando la forma de dos hilitos que buscaban un punto de reunión entre sus pechos, dibujando la forma de una cadena que sostendría una medalla, la medalla de oro que yo pensaba que ella se merecía por su capacidad como lameamiga. Término que me acabo de inventar, sí. 

 


 

Me quedé observándola mientras caminaba hacia el baño. Le advertí que todavía no se había quitado las bragas. La próxima vez que se mostró ante mí, al salir del baño, no las llevaba puestas. Se metío debajo de la sábana y le correspondí cuando me invitó a hacer lo mismo. Nos besamos haciendo que nuestras bocas entrasen en batalla, tocándonos los pechos que habían quedado expuestos al aire. Yo no había desigualdad, las dos nos habíamos comidos, las dos nos habíamos corrido, lo único que había cambiado era la forma en la que la deseaba. Saldadas las cuentas entre nuestras piernas, mis deseos se habían polarizado de un extremo al otro, de soñar con comérselo y que me lo coma a buscar con ahínco la comisura de sus labios, besarle la punta de la nariz, respirar pausadamente en su frente, suscribirme de por vida a la adicción de contemplar su sonrisa bonita. 

Hablamos de lo que vendría el día después. De la vida, de la rutina, de los niños, de los hombres, de su marido, de mi pareja. Las dos teníamos muy claro que aquella noche volvería a darse una próxima ronda de juntar nuestras bocas con nuestros coños. Que para mí era una noche histórica. A pesar de que las dos, en el fondo de nuestras mentes ya anticipábamos una nueva sesión de buen sexo, conversábamos como dos amigas que se han visto por ahí por accidente y se han parado a comentar juntas las últimas ocurrencias en nuestras vidas. De su bolso, que parecía más bien una bolsa, sacó el móvil y atendió lo que fuera que tenía que atender. 

Permanecí en quietud, observándola, con el dedo de aquí para allá, la cara fijada en la pantalla. Tenía una sensación de incertidumbre, temiendo que solo fuese un sueño, un engaño de mi mente. Y mientras hacía sus cosas, me dejé llevar por mis impulsos de instintos básicos. Dibuje en cada uno de sus techos, con la punta de mi lengua, las iniciales de su nombre, una en cada. Queriendo dejar el teléfono a su lado, en el borde de la cama, acabó por caerse al suelo por accidente, sin embargo no hizo nada al respecto y centró sus atenciones en mí. 

Volvió a tocarme, repasando mi costillas con la punta de sus dedos, como si estuviera tocando un instrumento musical. Me imaginé que si hubiese tenido las uñas larga y afiladas, lo mismo me hubiera cortado, tan preciso me parecía su tacto. La mejor en el calor térmico bajo manta no evitó que mis pezones cobrasen fuerza y vigor. Le hablé en voz baja, dándole las gracias por estar conmigo y por compartirse conmigo. Me contestó hablándome de sus propios comienzos en el sexo con otra mujer y mientras la escuchaba no pude evitar notar entre mis piernas nuevos rebrotes que indicaban un estado de predisposición definitiva para nuevos roces y gozos. 

Las dos teníamos puntos en común, sobre el descubrimiento, la aceptación y la exploración de nuestra bisexualidad. Por supuesto que eran dos versiones distintas, como dos hilos de lana paralelos, que aquí y allá tenían algún nudo. Compartimos nuestras contradicciones, dudas, sospechas, temores y alegrías. Celebramos nuestra valentía de liberarnos sexualmente besándonos de nuevo, en silencio, pegando nuestros cuerpos por debajo de la sábana. En su recorrido, su mano había llegado cerca de mi pubis, y en un acto de magistral reflejo separé las piernas. Me pidió consentimiento para tocarme, cosa que me pareció locamente absurda y tierna. Con mi mano, coloqué la suya encima de mi vulva, manifestando mi aceptación con un suave movimiendo de caderas, esperando que fuera una señal suficientemente inquívoca sobre mi consentimiento. 

Mientras mi boca inspeccionaba todos los rincones de su cuello a mi buen alcance, su mano se había quedado custodiando cada centímetro que era capaz de tocar y recorrer entre mis piernas. Un dedo, después otro. Con dos dedos dentro, me pidio que cerrara las piernas, lo justo para atrapar sin apretar. A continuación, usando las ventajas del juego de muñeca hizo avanzar dichos dedos dentro de mi, recorriéndome la vagina como un par de dedos confinados en mi coño haciendo ejercicio en su casa por la prohibición de salir. Cuando mi respiración empezó a acelerarse, sacó la mano y levantó los dedos acercándolos a mis labios. Esencialmente, debí haberme pasado un par de minutos lamiéndolos, relamiéndolos, besándolos, mordisqueándolos por los nudillos, chupándolos y todo lo que se podía hacer sin lastimar ni piel ni huesos. 

Cariñosamente, me confesó que le parecía un desastre que durante tantos años, nunca ninguna mujer se hubiese beneficiado de mis encantos. Aunque yo misma no creía una palabra de lo que le decía, le contesté que sus argumentos me parecían falsos, que solo lo hacía para subirme la moral por caridad y pena. No sé como lo hizo, pero rápidamente conjuró su cuerpo en tal postura que no me quedó más remedio que subirme encima de ella, rozando con mi vulva su bajo abdomen. Con la mirada y con las manos examinó mi cuerpo, tomándose una prolongada estancia en mis tetas. Me dejó a cuadros cuando su manó se enrolló alrededor de mi garganta como una serpiente dispuesta a cazar su presa fácil, quejándose con una sonrisa en los labios de mis acusaciones, dejándome claro que para reparar los daños morales que había causado tenía que llegar con mi boca abajo entre sus piernas, dándole uso. 

Abrío voluntariamente sus piernas antes de que yo estuviera cerca del lugar de los hechos. Destaparse a veces puede ser toda una tarea titánica. Abrí mi boca cubriendo su monte de Venus, mojando sus pelitos con mis babas. Frenó mi intención de seguir expandiendo mi saliva por el resto de su bonita y rica vulva metiendo su mano en mi melena, tirándome con los dedos hacia arriba, forzándome a lamer donde antes había dado pequeñas vueltas con mi propia vulva, manchando de nuevo su abdomen, en un proceso de limpieza en mojado. Evidentemente, para mí todo aquello suponía una nueva vida, y agradecía su ayuda y su guía a través de la niebla mental en cuál me encontraba, dónde el deseo de hacer superaba mis pensamientos sobre cómo debería hacerlo. Pecado de novata, tan concentrada iba enfocada en comer bien el coño que la memoria me fallaba sobre los otros, tan pequeños y tan morbosos, detalles. Estaba caliente como una sartén a buen fuego, pues en el tiempo que tardé en recorrer el espacio del abdomen hasta la entrada a su vagina mis labios se secaron. 


 

Su orgasmo volvió a ser de nuevo un concierto, a menor escala pero ruidoso sin lugar a duda. Asumió que yo no pararía en mi tarea hasta volver a llevarla al éxtasis orgásmico a través de mi boca cuando me pidió, dos o tres veces, en cambiar de postura y de roles y me negué haciéndome la obstinada. Quizás a ella le daba igual pero yo sabía que para mí sería un error cambiar, necesitaba esa práctica en dar mucho más que la de recibir, pues recibir ya había recibido, aunque anteriormente fueran hombres y no mujeres, pero qué, y esto si queda dicho vulgarmente, ya tenía el coño comido. Aunque nunca jamás el coño se tiene lo suficientemente comido, siempre se puede recibir más, siempre. Después del orgasmo y de la recuperación posorgásmica, abrimos la ventana para ventilar la habitación. 

 


 

Me encontraba inusualmente tranquila para alguien que todavía estaba con el cuerpo movilizado en estado de excitación. Tumbadas, juntas, nos dimos un largo beso. Tensamos nuestros cuerpos al más mínimo roce. Sus dedos dividian mis pelos en hilos finos de grosor aleatorio. Me tenía rendida a sus encantos cual presa fácil en la jungla. La encontraba muy guapa cuando miraba su rostro de perfil. Una avalancha de dopamina ocurría cada vez que su boca se movía, mostrando una sonrisa blanca, sostenida por un cuello altísimo.

Me provocaba mucho placer acariciarle la espalda, sentir el tacto de las millones de células de su cuerpo y de su piel. Hizo un comentario sobre mi anterior servicio entre sus piernas, sobre su futura participación entre las mías. Aún le faltaba mucho a la noche para ponerle punto final, no me interesaban los porcentajes igualitarios. Desde la barbilla hasta los pechos, de arriba abajo y después camino de vuelta, no paré de besar pero sobretodo de inspirar, emborracharme con en el aroma suyo, personal, tan único.

Había movilizado mis manos por todo su cuerpo, todo cuánto estaba a mi alcance de tocar sin cambiar de postura. Tenía millones de ganas de abrazarla, de besarle la cara, de mordisquearle las orejas, de soplarle aire en las fosas nasales para fastidiarla, de rozar con mis labios sus párpados. También quería que me hiciese llegar, de nuevo, al orgasmo, pero no tenía prisa por sacarnos a ninguna de las dos de la burbuja en clave romanticona, tan histórica para mí, tan suficiente perfectamente imperfecta.

Por supuesto, también sopesé la opción de un tercer orgasmo suyo, quizás decisivo para rematar la noche, a lo mejor un pensamiento algo precipitado pues que todavía estaba pendiente de empatar la tanda de favores y por su expresión me atrevía a pensar que andaba poseída por grandes necesidades de recorrer mi cuerpo en direcicón sur de pocos en pocos centímetros. Lo único que me atreví a expresarle de viva voz fue una confesión. Cada vez que sus ojos grandes y marrones batían sus pestañas mirándome tan fija y amorosamente a la cara, mi corazón ganaba velocidad. 

Hubo un breve forcejeo, un cosquilleo mutuo más apropiado para dos adolescentes, pero aquella noche ninguna de las dos teníamos edad. Aunque las risas fueron breves, mirándonos, supimos que los cuerpos pedían más que los besos de medianoche. Su mano recorrió mi cuerpo hasta acabar debajo de mi ombligo, tocando con pericia, buscando una verificación sobre mi estado de ánimo. Yo confirmé todo cuanto había por verificar añadiendo un suave gemido que pude haber evitado, pero no quise. 

Empujó su cuerpo contra el mío, y por poco evitamos un choque frontal de nuestras cabezas que pudo haber tenido consecuencias cómicas y dolorosas a la vez. Mientras hurgaba con la mano entre mis piernas y yo no hacía nada por evitarlo, en mi garganta se formó la necesidad de expresarle cuantas veces había soñado con un momento así y lo feliz que me hacía compartirlo, compartirme, con ella. Levantó la mano, posándolo sobre mi mejilla, abrazándome la cara, y me besó. Un beso dónde las lenguas bailan. Involuntariamente, los mismos dedos mojados que habían estado entre mis piernas acabaron sobre mis mejillas, restregándose, limpiándose en mi cara. Hubo una casí disculpa, pero en esto de las cosas que me han pasado en el sexo iba muy a la cola de las anécdotas locas restregar sus dedos mojados por mi cara. Bueno, vale, mitad de la cara.

Ni tampoco hubo problema añadido cuando volvió a meter su mano ahí abajo, y al rato volvió a subirla, hasta llegar a mi boca. Y que, por ejemplo, esta vez empezara a chupar sus dedos como una teatral felación, hasta que nos dio un ataque de risa. Entre sonrisas, me contó que mismamente el día anterior había practicado eso, una felación, ya que la vida de mujer casada satisfecha por el hombre de la casa implicaba estas actividades lúdicas. Qué normalmente, por una ley no escrita en su relación matrimonial, de media dos veces a la semana. 

Otras, como la aquí presente escribiendo estas líneas, no llevamos cuenta, y si apetece mucho se hace mucho y si no apetece nada, no se lleva a cabo ninguna acción idéntica o muy similar. Pero no le dije nada de eso. Lo cierto es que tenía ganas de ver como llegaba con la cabeza entre mis piernas. Quería otra corrida entre amigas esa misma noche. Sé que el sexo de mujer a mujer tiene más variedad que el sexo oral mutuo, y estimo que un futuro probaré de sus infinitas posibilidades, pero la novedad de la situación me tenía muy fijada en situaciones concretas de pequeños trabajos consentidos entre una y otra. 

El escenario que más había temido era colocarme entre sus piernas y ser una absoluta inútil. Parecía que no, que tan bajo no había caído en el primer intento. A pesar de la respuesta tanto consciente como involuntaria que recibí de su cuerpo y mente, la incertidumbre siempre esta ahí, no se despeja del todo, es cosa de mujeres, de muchos años de machaque e indoctrinación heteropatriarcal que tardemos en despejar la duda, aún ante la evidencia, el síndrome de impostora nos acompañada a todos lados, como una segunda sombra. 

De no sé dónde y no sé cómo, salieron sus manos, me agarraron por las costillas y me provocaron la necesidad de dar media vuelta sobre mí misma y posicionarme en horizontal boca abajo. Dándole un uso inédito a los labios, mordiéndome con los labios, sin hincar el diente, proclamó su intención de ir bajando por mi espalda, frotando de paso nuestros cuerpos. Yo no hacía nada, no decía nada, estaba en modo pendiente recibiendo puro placer. Me hizo sustenar en el aire mi abdomen, y mi comprensión sobre sus intenciónes mejoró en cuanto un par de almohadas fueron hábilmente colocadas en el espació vacío que se había creado entre mi cuerpo y el colchón que nos sostenía. 

Notaba sus besos, sonoros, sobre mi piel. Sus pezones recorriéndome la espalda, matizando su reconocimiento por desearme y por poseerme. Un par de dedos fueron desapareciendo mágicamente más allá de la curvatura de mi culo, levantado, con las caderas apoyadas en las almohadas. Falsamente, creía que acabarían dentro de mí. En lo que yo percibí como una inclinación desproporcionada de sus huesos carpianos, cúbito y radio hizo un recorrido por toda mi vulva, traspasando el clítoris, acabando en mi pelvis. Cada vez que me tocaba me parecía simplemente divino, pero cuando me tocaba entre las piernas era magia. 

Debajo de mi estómago, se desató una batalla campal entre todas las mariposas que llevo guardadas ahí dentro, pues no pude evitar soltarlas a todas cuando su mano me agarró la melena, y la otra, un dedo primero y luego, siempre dos dedos máximo, fueron deslizándose dentro de mí. El traspaso de poderes, tan evidente, me dejó paralizada en un sentido de lo más sexualmente positivo. Con intencionalidad o no, había conseguido invalidar cualquier intento mío por hacer peticiones sobre el cómo, el cúando, el qué. No cuestionaba nada y cuando me preguntó cosas, cosas morbosas pero con palabras groseras, mi única respuesta fue un jadeado, a todo. 

Sin previo aviso, sus dedos cesaron en la disputa que había desatado con mi sexo. Me sentí aliviada de toda obligación cuando sus dedos desaparecieron, soltando mis pelos. La escuché pidiéndome que respetara la postura en la que me hallaba, y en aquél momento sus deseos, para mí eran órdenes. Me nombró, pero sin llamarme, pronunció mi nombre como si estuviera pensando en voz alta, hablando sola, reafirmando alguna idea, una intención, algún plan. Hubo un primer azote, y después un segundo, de menor intensidad. Y cuando digo intensidad, quiero decir que el primer azote tenía la fuerza de un uno por ciento de lo que yo era capaz de aguantar sin devolver un puñetazo. Estoy siendo generosa llamándolo azote. 

Auguraba alguna movida relacionada con el uso de los recursos anales, pero afortunadamente para mí mostró desinterés en abrir el orificio más ajustado de mi cuerpo. Se inclinó y me besó, por la espalda, por las caderas, por las nalgas. Pero no se llevó a cabo ninguna maniobra definitiva sobre el uso del culo, mi culo, como sufridor juguete de algún plan a servicio de su morbo. Lo más probable era volver a tenerla con la cabeza metida entre mis piernas, pues difícilmente había otra solución, ya que no traíamos juguetes de ningún tipo, y me parecía que el recurso de la masturbación dominante había caído, por momento, en desuso. 

 


 

Tuve un orgasmo placentero, pero difícil de alcanzar. Lo achaqué a las circunstancias. Me abrazó mientras dialogamos, subrayando mi entrega, pues conocía de sobra lo reacia que estaba ante la pérdida de control en la cama. Ambas coincidimos que se pueden efectuar comportamientos diferentes en función del cambio de género de la otra persona que acompaña en la actividad sexual. Estaba dispuesta a ofrecerse a mis antojos si lo que necesitaba era una reconciliación sobre la dinámica de poderes. No, no lo necesitaba, mis dos mitades paradójicas podían coexistir sin generarme conflictos identirarios de la peor naturaleza. Lo único que me hacía enfedar era pensar que la noche, en algún momento, se acabaría. 

 


 

Salí con fuerzas renovadas después de la ducha. Cuando abrí la puerta del baño la encontré luchando con el sueño, con los ojos puestos en el cacharro tecnológico que todas llevamos a todos lados, todos los días. Evitaba mirarme fijamente, como una joven enamorada que rehuye el contacto visual directo con la chica que le gusta. Accedí a ocupar mi lugar correspondiente junto a ella, tapándonos bien, abrazándola, mientras apoyaba su cabeza en mi hombro, acomodándose por debajo del cuello, rozándome la barbilla con su coronilla. Me parecía preciosa, con su figura corporal escondida bajo sábana y manta, solo sus manos visibles, como dos obras de arte talladas en carne y hueso. 

De buen grado aceptó ser acogida por mi cuerpo, rodéandola, levantando los brazos para hacerme suficiente hueco por donde colar los míos. Pronuncié con voz suave mi admiración por su cuerpo y por cuestiones logísticas pude notar el volúmen de sus pezones. Y aunque tenía ganas de tocárselos, más ganas todavía tenía de no hacer nada, de parar el tiempo, de sentir su calor pegándose al mío. Apagó la pantalla. Se posicionó de tal forma que nuestros cuerpos formaban una i griega humana. 

Observándola desde tan cerca pude encontrar cuatro o cinco canas, pelos blancos que me parecieron despiadadamente atractivos. Las arrugas alrededor de sus ojos me pedían con urgencia besos. La nariz, quizás algo puntiaguda vista desde tan poca distancia, planteaba la necesidad de hincarle el diente con cariño. Las mejilldas, delgadas, de pómulos altos, demandaban mimos por el mero hecho de existir. Sus labios recordaban a las excentrícas curvas en obras arquitectónicas de vanguardia. 

Pensé en la cantidad de mujeres abrazadas en la cama, alrededor del mundo, en aquél mismo instante. Y también en todo el personal sanitario que no puede abrazar a los suyos. Nos imaginé juntas, bailando o follando, delante de una muchedumbre de pensamiento anacrónico. Porque mi psique proyectaba expediciones a lugares tan oscuros de mis pensamientos, lo ignoraba. Admito que puedo tener instintos impúdicos muy salvajes, que me hallan hasta a mí totalmente desconcertada. Su cuerpo candente me hizo volver a concentrarme en la actualidad. 

Me costaba mantener la compostura y no perderme en el infinito que me provocaba el brillo de sus ojos. Aún teniéndola pegada a mí, soñé con colocarle una gran flor detrás de la oreja, fantaseando con lamer nata encima de sus labios. Me preguntaba si mi estado de renovada energía le suponía un lastre más que una alegría, que a lo mejor su cuerpo demandaba el descanso nocturno por encima de nuestro afecto. Su rostro, ya cansado, pero sin perder su resplandor femenino, parecía envejecido. De las dos, yo era la edad superior, pues hacía más de tres años que había entrado de pleno en la época cuarentona, mientras ella se hallaba en las puertas, a escasas semanas de cruzar el mismo umbral conceptual. 

Había menguado su compostura hasta caber perfectamente pegada a mi cuerpo sin impedir el libre movimiento de mi cabeza. Ventajas de no tener miembro entre las piernas, no hubo sobresalto para colocarse cómodamente entre mis piernas, apoyando la cabeza y la espalda en mi pecho y en mi cuerpo. El panorama era tentador. Su apariencia desnuda, con las piernas largamente estiradas, planteaba en mis intenciones la proliferación de pensamientos de amigas con derecho a mucho roce. En un movimiento que puede parecer obsoleto, coloqué mis manos sobre sus pechos, subrayando con un dulce gruñido lo endiabladamente atractiva que me parecía tocar su piel. En comparación conmigo, encontré la temperatura de su cuerpo encendida, y no precisamente por alguna enfermedad que el sistema inmnunitario tenía que freír. 

El único inconveniente de nuestro pequeño juego perverso tenía mucho que ver con el cuentagotas entre nuestras piernas. Pues no tener falo tiene sus ventajas, pero también de lo contrario. Con las ideas puestas en otros asuntos, descubrimos después que meter las almohadas debajo de mí fue divertido porque nos habíamos olvidado de un principio fundamental de la física, y es que los líquidos se deslizan. Decidimos de mutuo acuerdo que la mejor forma de proceder era destaparnos y llevar a cabo nuestros asuntos sobre la manta, pues a pesar del buen prestigio que puede dar esto de impregnar con abundante fluído de manera natural, pasar buena parte de la noche intentando evitar un charco nos parecío rotundamente fastidioso.

Abrío su precioso cuerpo por la mitad, separando las piernas, pegando las suyas al interior de las mías, que me hallaba en similar postura, pero desde la parte exterior, ejerciendo de estufa humana por detrás y amante a dedo desde atrás. Con el cuerpo languideciendo, adherio su brazo izquierdo a mi cuello, ejerciendo suficiente presión como para hacerme bajar con la boca hasta alcanzar su oreja, escuchando sus jadeos como sentencia del efecto placentero que provocaba al entrar, de muchas formas, en su cuerpo. 

Me chiflaba observar su comportamiento mientras desarrollaba la sesión masturbatoria. Como su talón se anclaba en la manta, el sudor de su espalda pegada a mi pecho, los actos reflejos de sus dedos acariciándome el muslo y agarrándome de la pierna. Tenía dificultades para respirar a un ritmo normal, y padecía déficit de atención. Salpicaba llevándose a la boca mis dedos, cargados de su propio sabor, como una leona desatada. Su vulva y su vagina eran mi pequeño patrimonio, con el vello púbico modernamente cuidado sirviéndole de bandera negra. 

Las dos compartíamos la misma libertad de ser como persona, de progresar como mujeres en nuestros placeres, sin ataduras culturales de roles, ni género. Se recolocó, sobre sus rodillas, sentada sobre sus talones, pegada a mí, ofreciéndose a ser masturbada en un acto que tenía mucho de básico y carnal y poco de intelectual o reflexivo. Quise besarle la espalda y dibujar con la punta de la lengua los bordes de un mapa imaginado, pero su inquietud lo hacía bastante complicado. Pero nadie nos iba a aguar la fiesta, nadie nos iba a impedir un último homenaje. 

 


 

Madrugamos. Reconectamos con nuestra formalidad pisando las calles. Por fuera, mis parámetros no habían cambiado ni un ápice. Por dentro, una noche cargada de experimentalidad, con una mujer que habia correspondido a mis deseos, como una genia de la lámpara que concedía deseos. Sin tener una explicación definida del porqué, me sentía dotada con una nueva capacidad de orientación por la vida, una brújula capaz de revelarme trayectorias antes desconocidas. Ella volvió a su trabajo docente, yo volví a mis labores matemáticas. Nos juramos volver a hablarnos esa misma tarde-noche. Antes de abrir la puerta y salir al pasillo del hotel, nos debimos comer la boca treinta veces. 

 


 

Hubiese pagado dineros por tener una pintura de técnica renascentista, con su cara, decorando mi salón. De sentarme en el sofá, con una taza de té caliente entre las manos, tapándome con una manta de lana, admirando su belleza en silencio, escuchando el repiqueteo de la lluvia. Enamorada locamente sé que no lo estaba. Pero de una manera informal, sí que me había quedado prendada de su materia, eso es, de su cuerpo, de su cara, de su boca. 

Me pasé el día trabajando como si absolutamente nada hubiera ocurrido la noche anterior, procurando no acentuar ni un gesto de más. De una manera abstracta, había hecho una separación contextual en mi cabeza, encajonando los hechos y separándolos por lugar y contexto. 

Tumbada en mi cama, volví a repasar la noche, en ocasiones recuperando la memoria en forma de película, en otras, fijándome en detalles a modo de exposición gráfica. Poderosa herramienta evolutiva humana, la capacidad visual. A su lado, en lo sexual, me sentí como la becaria torpe del guión que servía de pretexto para alguna peli porno. Dejé la imaginación volar lejos, hacia mundos paralelos tridimensionales creados espontáneamente por mi psique de manera holográfica en el área de mi cerebro dónde se mezcla realidad con potencial realidad. 

A mis espaldas, había levantado un muro contra mi espalda usando dos almohadas alargadas. Puede que en algún momento, me haya emocionado, y haya llorado. Es probable que mi estado de ánimo se viese alterado por una alegría triste. Os podrá parecer incongruente, bipolar, hasta imposible, pero una alegría triste existe, y voy a dar por hecho que otras mujeres lo experimentan también, y mostrarán solidaridad conmigo en el sentimiento. Mientras ensayaba algún método para proyectar mi deseo sobre ella sin parecer una desesperada con la cabeza volada, en torno a las cinco de la tarde, me dormí. 

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