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Estado de ánimo

Lo tenía tan cerca de los ojos que a mi vista le costaba mantener el enfoque claro. Alguien debió de pasar muy cerca de la cabina, se escucharon pasos desde atrás. Una camiseta roja apenas tapaba la mitad de su abdomen, masturbándose con todas sus fuerzas, el glande pegado a mi barbilla, sin encontrar resistencia por mi parte para eyacular apuntando hacia mis labios. De repente sus movimientos cesan, detiene hasta la respiración, noto sus pies haciendo fuerza contra el suelo, como levanta ligeramente el culo, adelantándose con el lenguaje corporal al orgasmo. Saliendo disparado a toda velocidad, el semen me golpea la pared interior de la mejilla izquierda mientras su cuerpo sigue manteniéndose en una tensa calma. Escucho unas risas nerviosas, asustadas, parece preocupado de no haberse excedido en el gran momento final y herir mis sensibilidades. Él me mira a mí y yo le miro a él. Una locura, sí, pero cierro la boca y me relamo los labios, con cara de simpática.


Mientras le seguía dos pasos por detrás hacia su camión, andaba pasito a pasito con sentimientos encontrados. Por debajo de las costillas, en el pecho, latía una emoción contenida. Al salir de aquél edifico que hacía a la vez de cafetería, restaurante, tienda y más cosas, ingeniosamente me cedió el paso, y por la agudeza visual de mi vista lateral su enfoque, también visual, estaba ascendiendo a lo largo de todo mi cuerpo empezando por los zapatos. No cuestioné su planteamiento un pelín baboso disfrazado de galantería a la vieja escuela, y me dejé llevar hacia un camión, de cabina negra, acompañada por el ruido de mis tacones sobre el asfalto gris y puede que alguna mirada indiscreta.

Por el camino me encontré con restos de cristales rotos, alguien había roto una botella o algo parecido hace horas, días o semanas; los restos estaban malamente barridos hacía un lado. Francamente, ni siquiera sé porque me fijé en aquello y tampoco sé porque todavía me acuerdo de ello. Por alguna razón mi psique quedó cautivada con semejante acto de desobediencia civil mientras yo estaba dirigiéndome hacia un camión, habiendo elegido voluntariamente a montármelo con un tipo que conocí poco tiempo antes y cuyas habilidades sociales fueron suficiente argumento para forjar nuevos recuerdos. Os prometo que era la primera vez en mi cuarentona vida; nunca antes me dejé sexualmente incitar y llevar por un desconocido en una parada de autovía.

El reloj apenas marcaba unos pocos minutos por encima de las siete de la mañana y sin embargo ya me encotraba cansada, pues tuve que madrugar y tomar manta y carretera cuanto todavía las estrellas brillaban bien bonito por el firmamento. Cansada en un sentido estríctamente físico, de pereza muscular. Os confirmo y os confieso que una puede ser como la perra de Schrödinger, con el cuerpo cansado y con ganas de sexo simultáneamente. Todas, y si no todas, al menos muchas, alguna vez hemos soñado, fantaseado, con el sexo libre, de viaje por ahí, con un desconocido de cuerpo bien marcado. Bueno, mi desconocido no tenía ese cuerpo de silueta pornográficamente impecable pero y qué. Yo sentía que me merecía aquél momento, que me apetecía mi comportamiento y que ese hombre que me acompañaba me inspiraba seguridad.

Tampoco me puse a la defensiva cuando, juguetón, encontró necesario -y lo fue- empujarme suavemente para subir y entrar en la cabina, eso sí, por las nalgas. Entre la parte frontal, con sus respectivos asientos y todo el panél interior, más la parte posterior con la cama y la tele, aquello me pareció inmenso, aunque en realidad no lo era tanto, pero superó mis expectativas en cuanto a espacio más comodidad. Aunque en parte fue por la falta de espacio, noté como me abrazaba por la cintura y mordazmente acercaba hasta pegar la suya, con un poderoso bulto proponiendo ser liberado, encerrado en su particular cárcel debajo de los pantalones y los calzoncillos. Me senté en el lado del copiloto mientras esperaba a que el anfitrión, hábilmente, asignara unos recursos espaciales pues mi visita sin duda le había pillado por sorpresa y un poco de eso que llaman desorden. En el fondo, era una sorpresa hasta para mí.

Mientras tanto, me ofreció una lata fresquita de Fanta Naranja, y haciendo patria, como buena española, acepté puesto que era gratis. Y no, él no era español, de hecho su país de origen y residencia habitual fuera de la ruta transportista se hallaba en la otra punta de Europa. Apareció con un kit sanitario, de aquellos que obliga la ley a que todo vehículo debe portar, dejándolo por ahí por debajo de mi silla. Había un aroma limpio, quizás un buen ambientador, quizás esas cabinas contaban con un sistema de ventilación muy potente. No pregunté, me parecía fuera de lugar. Era imposible ver nada de lo que pasaba fuera, pues absolutamente todos los cristales del coche estaban tapados por lo que parecían parasoles. Y vaya si paraban soles pues no se presenciaba ni un ápice de contaminación lumínica exterior. O puede que las horas tan tempranas, quién sabe.


A partir de los cuarenta, en esto del sexo todos nos hacemos viejos. Algunos giran hacia el conservadurismo, dónde el acto sexual pasa a ser una rutina bajo control, anteponiendo la comodidad a la felicidad, sin pelear los cuerpos, anulando toda perspectiva de excentricidades en las formas o las posturas. Y la energía generada por la frustración se invierte en otros asuntos, menos sucios. 

Dubitativo, metió su mano por el interior de mis muslos, debajo de la falda, tocando por el mero placer de tocar, sin abusar de su fuerza. Correspondí recortando la distancia entre nosotros dos, extendiendo la mano en un acto reflejo, impulsivo, mientras sostenía su mirada. Trás un breve ajetreo, había recuperado la ventaja pues yo sí había alcanzado ya con las manos su sexo mientras él todavía no había llegado hasta el fondo entre mis piernas.


¿Me fui con él por qué en tiempos recientes había una escasez de nuevos sexos en mi vida y en mi cara y en mi cuerpo? No lo sé. A ese amor propio que una intenta practicar mirándose al espejo le provocaba placer haber despertado en mentes ajenas intereses tan carnales.

¿Relacionarme socialmente con el único fin de conseguir recibir su dureza entre mis piernas me hacía una perdedora, una desesperada, o peor, una malfollada? No lo sé. Mi especto moral sobre mi propia sexualidad lleva años ampliándose, cambiando, aceptando nuevas apetencias y nuevos retos, recaudando las gotas de placer ajeno como trofeos para el alma.

¿Por qué, lejos de casa, en pocos minutos, en pocos segundos, decidí lanzarme a la piscina sin miramientos? No lo sé. Desde luego, no sentía que lo hacía por su miembro erecto. Su miembro erecto era un efecto colateral, un daño colateral o una ventaja colateral. Cualquiera de las tres opciones, quizás las tres en uno. Mis procesos racionales se habían dejado vencer por mis instintos lascivos con demasiada facilidad.

Apoyó su cuerpo en una almohada que improvisó de respaldo, tumbado en aquella cama en la parte trasera de la cabina, ofreciéndose sin pudor y sin censura. Lo había apostado todo que yo, teniendo la tentación tan cerca, tan al alcance de mi cuerpo, no cambiaría de opinión a última hora, y pondría todo mi empeño en seguir con la idea de unir mi cuerpo con el suyo. Y ganó la apuesta, pues una vez una mujer ha abierto su mente también ha abierto sus piernas.

Quizás nunca, nadie, jamás, fuera a creerle contando la historia de como habíamos ligado, de las cosas que hicimos y los momentos que compartimos. Principalmente, me daba morbo saber que de una u otra forma, nuestro momento, en su forma, parecía tan alejado de los códigos socionormativos que muchos lo tomarían por cuentista y fantasioso. Antes de despedirnos y alejarnos, quién sabe, a lo mejor para siempre el uno del otro, destaqué al aspecto rozando lo inverosímil de nuestro aventura. Su única estrategia fue defenderse aludiendo que lo pagaban por trabajar, no por contar sus conquistas.

Los hombres, de cirta edad, de cierta generación, de cierto comportamiento, son fieles a sus códigos masculinos, uno de ellos siendo abiertamente el ego. Sabía, por dentro, que algún día, en alguna plataforma de carga y descarga de mercancia saldría de su boca nuestro encuentro, y qué a lo mejor no le harían ni puto caso. Y me gustaba esa idea, me tenía encendida.

Todos los varones heterosexuales que conozca tienen por costumbre, en el contexto adecuado, hacer propaganda de los lugares turísticos (entrepiernas ajenas) que hayan visitado sus respectivos penes. En ocasiones, lo hacen cargando el cuento de épica, de una irritable necesidad de ser el centro galáctico por echar un polvo, como si acostarte con alguno o cada uno de ellos fuera a garantizarte los mieles de los Campos Elíseos, pasando por lo alto que las mujeres no somos seres pasivos a la espera de la persuasión del macho alfa, y obviando aquellas veces donde nuestro esfuerzo queda resumiso en un descontento con los ovarios hinchados.


Mi espalda, mi cintura y mi culo desnudo estaban expuestos al alcance de su vista y de sus tocamientos mientras cabalgaba del revés. En el desarrollo del acto nos acompañaba escuchar ese sonido, el de la música de dos cuerpos frotándose uno con otro. Tenía la mente totalmente enfocada en el presente mientras en la radio sonaba una canción de éxito en los 90. Un olor a sexo clandestino se extendía por toda la cabina, como una nube imposible de ver, imposible de tocar. 

Mientras nos follábamos, me corrí. Cabalgándole y estimulándome, empleándome a fondo con dos dedos. Tardé unos diez minutos en conseguir que mi cuerpo y mente perdiesen la noción espacio-temporal. Obtener un razonamiento nublado. En aquella postura y de aquellas maneras, volví en mí misma con el cuerpo doblado por la cintura, como una tijera mal cerrada. 


De nuevo en marcha, pisando acelerador en la carretera, me sentía bien, en el fondo. En la superficie, más que bien, me sentía oxigenada, como el cesped que se queda limpio después de una gran tormenta de agua. Echar un polvo de imprevisto en un camión en un área de descanso fue una medida drástica. Por lo que fuera, mis hormonas se sintieron desbordadas. Pude haberme metido en el baño de las chicas, usar la mano y masturbarme hasta el milagroso orgasmo que todo lo pone en su órden momentaneamente. Sin embargo algo en mi sistema neuronal estaba por reservarme mayores sorpresas, mandándome impulsos adicionales.

Desde siempre, a las chicas se nos bombardean con oscuras advertencias sobre desconocidos y sus intenciones. Y el miedo a la noche, a vivir de noche, a salir de noche, a respirar de noche, a existir de noche. Incluso cuando se alcanza cuerpo y edad para arder por dentro, el proyecto vital sigue siendo el mismo, reprimir el impulso residente en las entrañas. Y durante un periódo de mi vida, una época de juventud e ignorancia, me creí dichas soflamas enfervorizadamente. Hasta qué, en la tardía adolescencia, deribé el muro de la castidad y caí en el pecado del amor carnal fuera del matrimonio.

Aún así, durante tiempo, seguí falsamente convencida de que ser mujer de un solo hombre, y por extensión de una sola polla, sería mi salvación terrenal y eterna. En estos tiempos modernos de hipersexualidad, puedo afirmar que llegué tarde a la fiesta. Dejé de ser una dama en la calle y en la cama a esa edad cuando otras se disponen a tener familias más o menos numerosas, ilusionadas con una vida que no existe salvo en las idealizaciones internas de cada una.

No me arrepiento, para nada, del colapso de una ética vieja y casposa con la que limité mi sexualidad durante muchos años. Ver y observar a los hombres de mi entorno con otros ojos fue liberador. El amor no es necesario para disfrutar del sexo, del buen sexo, totalmente falso. Aunque solo dure 15 minutos. Follar sana el cuerpo. Tener orgasmos es salud mental. Ponerte de rodillas y chuparte una polla desbloquea el espíritu creativo. Tocar, oler, frotar y lamer todo lo que te apetezca fortalece la mente. Experimentar es vivir, más allá de existir.

Me da placer excitarme. Disfruto excitando a los demás. Tengo la firme convicción que el estado de ánimo de hacer el amor es mejor que el estado de ánimo de hacer la guerra. Sea a ti misma, sea al prójimo.

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