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En el bar

Hay personas que tienen el sabor de un antiguo amor. Seres a los que nos quedamos contemplando con romántica tristeza, sin saber muy bien por qué. Un terror metafísico. Amantes a los que nos acercamos con distanciamiento emocional, con obscenas intenciones físicas. Y entre mirada coqueta y mirada indecente, el morbo queda suspendido por unos instantes, pausado, flotando en el aire inmóvil, y en nuestra visión queda enmarcado ese ángulo engañoso de una emoción inexistente pero entrometida.

La pasión a veces llega por el carril de la intuición, siempre al acecho de lo que el ojo ve pero la mirada no entiende. No todas las mariposas que viven en el estómago lo hacen por amor, en muchas ocasiones palpitan ante un tipo que parece ser todo un caballero porque tiene ese algo-noséqué de saber cabalgar. Nos aferramos estúpidamente al amor como brebaje mágico para el sexo en vez de vivir una vida bien vivida.

Y se abrió la puerta, después de levantar la persiana, para volver a bajar la persiana y cerrar la puerta. El viento gélido ya no cortaba las finas mejillas. Embriagaba mis células olfativas el aroma a café seco. Una retorcida sensación, perversa y caliente, recorría veloz por mis entrañas mientras me quitaba la prenda más gruesa de encima, acomodándome con pereza en una silla vacía, al lado de una mesa vacía, en aquél bar vacío, salvo por nosotros dos y una televisión encendida.

Acepté la cerveza a la que invitaba la casa, aunque lo que a mí me apetecía a esas horas nocturnas e invernales era un batido de fresa. Su mirada, también afectada por la ingesta previa de cerveza(s), rastreaba todo mi ser, toda mi actividad existencial que ocurría en aquél momento y en aquél espacio. Educadamente, me daba conversación sobre asuntos banales, de poca monta intelectual, sin despertar grandes inquetudes. Yo por dentro, agradecía su comprensible galantería, a la par qué tenía una leve sensación de cabreo por su exagerada hidalguía.

Con un caminar lento pero a mi parecer seguro, emergío desde el lado opuesto de la barra de bar, acercándose. En sus ademanes, me respetaba como ser humano; en sus intenciones me deseaba como mujer, pero tenía dudas. A sus cuarentaypoco años, no es fácil dejarse visitar por una amante después de años de cómodo matrimonio, de rutinas, de confianzas. La costumbre del fácil sexo conyugal deja claroscuros cuando ha de enfrentarse uno a nuevas conquistas. Me encendía su torpe timidez, su inofensivo miedo al rídiculo. Y lo tenía fácil, tan solo abandonándose al momento.

El hombre quiso tomar asiento en el lado opuesto de la mesa, pero adelantándome a sus intenciones le pedí más acercamiento físico. En dos pasos, ahí estaba, materializado delante mía, a escasos centímentros. Su vista caía en picado hacia la mía, levantada hasta el punto de notar la piel del cuello estirándose. Nos quedamos los dos en silencio, observándonos en quietud, asimilando el presente y el futuro a muy corto plazo. Me agradaba la amplitud de su belleza corporal.

A pesar de mi casi obsesivo gusto por las felaciones, me lo tomé todo con mucha calma. Primero me hice cargo del cinturón, que no solo desabroché sino que se lo quité por completo, y que salió volando de mi mano en un acto totalmente innecesario y puramente compulsivo. Después el botón, después la bragueta. Y el pantalón vaquero, fuera también. En bóxer, a escasos palmos de mis narices, marcando una erección a medio gas. Levanté la mirada, sonríendo sutilmente, encontrándome con sus ojos comunicando un irascible deseo carnal.

Su gesto había cambiado a risueño, hacía segundos o minutos, no lo sé. Maníaticamente, seguía con la mano manejando su erección, sumida en una larga y lenta paja, rozando lo irracional. A pesar de mi fama, mi gusto y mi necesidad de llevármelo todo a la boca, seguía masturbándole en un ejercicio tranquilizador y armonioso, a un ritmo fijo, lento, fastidioso. Me relamía los labios con pedantería, sin abrir la boca, sin proporcionarle un alivio divertido.

A pesar de su buena intención, rehuí el contacto cariñoso que su mano intentó proporcionarme acariciándome la cara, la mejilla, la oreja, el pelo, la cabeza. Casi medio desnudo, seguía de pie, aguantando estoícamente la postura y la compostura mientras yo sentía hasta una pizca de fascinación por su capacidad de aguantar sin haber eyaculado todavía. En una de tantas, en una de esas ocasiones cuando levanté la mirada me percaté que la suya ya no buscaba la mía sino que  más bien supervisaba la mitad inferior de mi cuerpo, todo lo que había desde la falda hasta los tacones.

Sucedío el milagro tan deseado por él, también por mí; sin tener que agachar la cabeza, mis labios tomaron posición alrededor de su piel caliente, quedándome prendada del objeto de mi deseo. Muy poco frecuente en mí y en mi manera de compartirme sexualmente con los demás haber tardado tanto, tantísimo tiempo en intimar oralmente. Notaba su dimensión y su fuerza paseándose por encima de mi lengua, con anhelo.

Intercambié la dedicación manual por la obsesión oral, en un estado de trance borrachero sexualmente activa. Quería poner una sonrisa en la cara pero con la boca en estado ocupado acabé sonriéndome a mi misma por dentro y me quedé contenta tal cual. Por debajo de mi ropa hacía calor, un calor de noche de verano. Noté su roce y con la mente en piloto aumático estaba dando por hecho que reposaría su mano sobre mi cabeza. Me equivoqué.

Sentí mi cuerpo entero levantado con fuerza, un singular uso excesivo de la superioridad física debido a la pasión del momento. Sin necesidad de negociar nada más que el presente, mis bragas acabaron en el suelo rápidamente. Me ayudó a posarme sobre la mesa, al borde. Y ahí me quedé paralizada, con la falda levantada tapándome la parte baja del abdómen, con su cabeza presente entre mis piernas separadas, con la derecha aupada sobre su hombro izquierdo. Una lengua salvaje lamía y rechupeteaba buscando el final feliz que toda mortal se merece.

Se había puesto en marcha una liturgia imposible de rechazar. Una lengua obsesivamente dedicada a distaer mi clítoris de todo lo mundo; labios dedicados a invadir lo más fino de mi piel, su aliento cálido golpeándome justo en aquél punto sobre la carne donde una sensación de aterrador placer se hace imposible de eludir. Por segundos me sentí virtualmente la mujer con el coño más feliz del mundo.

Más allá de separar las piernas y facilitar el acceso al máximo, participaba poco en los hechos de forma activa. Lo más que hacía era empujar con el pelvis, sacudidas placenteras que podrían despistar, pero a él no. Aguantaba mis caprichos y seguía elevando mis emociones. Su boca me parecía omnipresente, nunca mejor dicho de arriba hasta abajo y de abajo hasta arriba. Exprimía todo lo que yo tenía por ofrecerle para llevarse a la boca. Hasta el punto de que noté un vértigo preorgásmico, una aceleración y un descontrol de las funciones básicas cercanas a un ataque de ansiedad.


Recuerdo el antes, la mano con la que me agarré con vehemencia a su cabeza metida entre los muslos. La sensación de una caída honda, de un abandono completo de mi ser espíritual, una desconexión total entre el yo que piensa y el yo que existe. Tuve un orgasmo a nivel físico furioso, como un tsunami arrasando tierra adentro. En contradicción, mi recuerdo mental es de calma absoluta, la desconexión entre cuerpo y mente.

Recuerdo el después, una fascinante sensación de satisfacción. Había desaparecido aquella sensación mística de ser y no estar, el entorno había vuelto a cobrar sentido, a parecer real. Su mirada estudiaba mi cara, acompañado de una intachable sonrisa. Tremendamente empalmado, su polla parecía apuntar hacía mí con hostilidad aunque sus intenciones y sus explicaciones éran de lo más benévolas y agradables.


Apoteósica, le dije cosas susurrándole en la oreja, dejándome llevar y desnudar por sus manos. Las ganas de sexo ahí abajo entre mis piernas me quemaban por dentro. Mi ojo humano y lleno de lujuria atisbó su erección, insaciable, llena de pura apetencia. En nuestros roces cuerpo con cuerpo había energía. En su escroto había una situación fugaz donde el dulce dolorido le provocaba emociones chispeantes.

Casi desnuda, me sentí como una marioneta humana cuando se apoderó de mis caderas dándome la media vuelta sobre mi propio eje. Apoyé una rodilla en la mesa, con el rostro frente a la pared. Salvo por la falda y los tacones, nada más cubría mi cuerpo. Noté su potencia abriéndose camino con éxito por el interior mío, húmeda como si estuviera destapado un manantial. No veía su rostro, sin embargo olía su presencia y escuchaba su respiración como si tuviera sentidos de loba.

En aquél lugar hermético, nuestra actividad sexual me parecía ilusoria por momentos. Me costaba mantener la concentración, a pesar de las fantásticas sensaciones que recibía mientras follábamos, mientras sus manos exploraban mis caderas y mis nalgas, mientras mi piel y mis músculos se tensionaban para mantener la postura y la compostura. Intelectualmente me sentí excitada por la adrenalina del peligro de una aventura extramatrimonial. Y yo no estoy casada.

Jadeábamos sin armar escándalo, pero la voz ajena que nos llegaba del televisor se hacía extraña. Entraba y salía de mí con a un ritmo magnético, cuidando no lastimarme pero cargado de energía sexual. Yo enmudecía por momentos y aunque abría la boca, no salía sonido alguno. Como una actriz haciendo teatro incapaz de incomunicarse con los de la primera fila, pero sin fingir realmente nada. Todo lo que experimentaba mi persona era real, escandalosamente bueno. Padecía sensaciones deleitosas que acababan deconstruyéndose en la soledad de mi yo, imposible de explicar con palabras.

Sé que toda acción sexual revisionada a posteriori, tal como hago yo ahora para escribir esto, peca de ser una entelequia. Y aunque dudo de mi fe en el género masculino por razones feministas, había alcanzado cotas de placer muy altas follándome y dejándome follar por aquél tipo, tengo el recuerdo emocional bien grabado. Comúlgabamos como amantes en plena faena amatoria. El manantial interior seguía regándome entre y por las piernas mientras sus testículos rebotaban contra mi cuerpo salpicando.

Volvió a tenerme abiertas de piernas alrededor de su cuerpo, esta vez de pie, penetrándome, abrazándome, disfrutando de mi desnudez con intensidad, tolerando mis recalcitrantes caprichitos y mis inhóspitos ademanes asalvajados. Ensayaba con él los límites de mi expresividad con uñas y dientes sin llevarlo al máximo pues intentaba cumplir con aquello de no dejar marcas visibles de mi paso por cuerpo. Nos besamos con tórrida necesidad.

Sentía su penetración profundamente. Mis piernas rodeándole por la cintura simplificaban la actividad. El problema que tenía era la falda rozándome la piel en el bajo abdomen pero en el frenesí del momento no suponía un problemón. Sus jadeos, sus genidos y su respiración mostraban la creciente dificultad de seguir aguantando sin llegar al orgasmo masculino. En mi pensamiento ya deseaba su final feliz. Tenía una necesidad espiritual espóntanea de su condición humana amorosa.

No rehuí su invitación a hincar mis rodillas sobre las baldosas anaranjadas. Ni tampoco bajaba la mirada, desde ahí abajo, aunque sus ojos parecían perdidos en la antimateria del éxtasis. Masturbándose con sencillez delante de mi boca no hacía más que multiplicar mis ganas de saborear la simiente. Percibía como su cuerpo se retorcía, advirtiendo la inminente culminación del regocijo.

Por razones no del todo lógicas en el contexto, observándole desde mi inferioridad en altura aparentaba la figura de un semidios, de los de las pinturas y las estatuas epicas. Detuvo todo su cuerpo en una posición rígida y se abandonó al placer máximo que le debía proporcionar lo que abundantemente manaba por su glande hacia mi boca. Fueron cinco salpicaduras iniciales prolíficas en lo cuantitativo.

Siguió masturbándose hasta que sus testículos no tenían más contenido que ofrecerle a mi boca. Ya levantada, me acogió entre sus brazos y me besó en la frente, como un regalo. O quizás marcando su recíen conquistado territorio. Su mano buscó mi nalga, manoseándola, midiéndola, pesándola, y de la nada, tajantemente, un azote. Achaqué el epiosido a un exceso de testosterona y abandoné el impulso inicial de sacar las garras a pasear.

Miraba mi cara en el espejo mientras me limpiaba y observaba el autorretrato en alta fidelidad de la inmisericorde vejez. Tenía la conciencia tranquila, la sonrisa coqueta, los ovarios bienqueridos, pero en la cara y en el cuerpo se advertía el otoño de la vida, esos pequeños dolores aquí y allá, la pereza de llevar tacones. Llevo mucho tiempo sin darle prioridad a mi físico como lo más ni lo mejor de mí, pero las sufridas comparaciones con una misma más joven y más guapa y más de todo un poco en ocasiones son inevitables.

Después de nuestro rato de pasión adúltero por su parte, me invitó a una cerveza que yo acepté y sin saber muy bien cómo, acabamos conversando sobre su esposa, sin angustiarme y sin sentirme una persona horrible. Si él tenía algún arrepentimiento en el alma, desde luego lo ocultaba muy bien, porque no se divisaba ningún moro en la costa. Ebria, hasta acepté perversamente mirar una fotografía suya.

Pasamos nuestros últimos minutos juntos aquella noche visiténdonos, riéndonos, apurando las botellas. En la tele había de fondo una de esas películas nocturnas malas, para aburrir a los todavía despiertos. Llamé a un taxi, y nos despedimos. Llegué a casa, y con sueño me metí en la cama abrazándole mientras dormía, o lo fingía muy bien.

5 respuestas a “En el bar”

Enhorabuena, te felicito por la intensa descripción de las escenas de ese día. Creo que eres capaz de mantener la atención del lector hasta el final, y eso tiene mucho mérito. Espero poder seguir leyéndote, y agradeciéndote que escribas estos textos tan emocionantes.
Muchas gracias, y hasta pronto.
Un abrazo.

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