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Una noche souvenir en una dimensión desconocida

Me había pasado la tarde de veroño mediterráneo al sol, tomando gratis vitaminda D aunque mi mayor preocupación tenía que ver con la sequedad de mi pelo tras la prolongada exposición solar. Cosas nuestras, de mujeres. Y no lo digo con chulería sino más bien convencida de que muchos hombres, especialmente hombres heterosexuales, igual se estresan menos por tan pequeños detalles estéticos. Sí he ofendido a algun colectivo por razón de género u orientación sexual que conste que me da un poquito lo mismo. Me fui a la ducha pensando en los extracuidados capilares. Y me quedé profundamente ahogada en mis pensamientos por un minuto o dos bajo el cálido chorro del agua que salía como fina lluvia a través de la ducha.

Salí de la ducha con la mente en blanco, casi dando palos de ciego en mi propio dormitorio. Me había relajado y vacíado la cabeza más de lo que tenía pensado. Lo que más recuerdo es el suave aliento de la brisa secándome la piel. Esa sensación de cosquilleo fresco. Mi casa sigue siendo un refugio de mar aunque esté tierra adentro. Me quité el albornoz tirándolo al suelo como en las películas hollywoodenses, mirándome desnuda, cara a cara con el espejo, sin filtros rápidos ni otras capas sobre la piel. Aceptarnos, ligar con nosotras mismas, no mirar nuestro cuerpo como un territorio ajeno siempre mejorable para el disfrute de otros, ese es el gran reto.

Tener pareja es bien. Tener una pareja que apoye tus proyectos vitales sin cuestionar tu género como un impedimento, todavía mejor. Tener una pareja que acompañe tus vicios y tus placeres y de luz verde a tus perversiones, de lo puto más. Había elegido un conjunto de camiseta polo y falda lisa muy marinera en el colorido y el estampado. Para rematar, sandalías que esto es Valencia. Me veía y me sentía muy moderna desde los centímetros que gané en altura artificialmente, empujada en vertical por los tacones de las sandalias. Me sentía tan feliz como un niño en edad escolar sin deberes. Lo recatadamente calientapollas es un estilo atemporal, un duelo de sentimientos donde lo magistral es la feminidad.

Aunque alentar pasiones por aquí y por allá no era la base de mis intenciones sociales. Había quedado, y sí, aunque tengo pareja emocionalmente estable también tengo amante, no de los fijos porque no me voy a engañar a mí misma, pero de los que son leales a la causa del buen vino y el sexo puro fuego. Lo habíamos hablado, una y otra vez, y pactado y consensuado, desde hacía meses: queríamos dar el salto al mundo de los cornudos. La ornamenta para él, yo me encargaría del cómo, cuándo, dónde y con quién. Le advertí que todavía estabámos a punto de dar marcha atrás, cosa que era muy poco probable que hiciera una vez metida en el ajo. La que avisa no es traídora.

Visiblemente encantado, alineó su cuerpo detrás del mío, en perfecta pose vertical, propinándome un beso detrás de la oreja, haciéndome conocedora una vez más de sus enormes expectativas eróticas, cogiéndome levemente de la mano, llevándome la coche, haciendo de hombre de la casa, cumpliendo su papel de chofer y chico de los recados, cualquiera fuera mi capricho. Para un varón, antaño muy católico, me esperaba más contrariedad sentimental. Sin embargo, su única frustración parecía ser la lentitud del tiempo ante la expectativa de los grandes acontecimientos. Sin duda para él lo sería más que para mí. La grandeza del acontecimiento, digo.

Lo que somos y lo que sentimos y lo que pensamos es de una complejidad inabarcable. Aunque a cada uno, de uno en uno, nos gusta nuestra particular muestra de sabores, nuestra particular muestra de colores, nuestra particular muestra de música y de poesía, juntando todos esos pequeños trozos que nos hacen ser nosotros mismos como un albañil que junta ladrillo sobre ladrillo sobre ladrillo, de repente uno se encuentra ante la  inmnesa e infinita complejidad posible, el ser humano, que maravilla del mismo modo que maravilla un muro tan alto que llega al cielo y se pierde en las blancas nubes buscando a los dioses o lo que queda de ellos.

Yo no justifico mi sexualidad; bastante me costó entenderme y aceptarme a mí misma, una necesaria idiotez pues este mundo no está hecho por ni para las mujeres, precisamente. Sigo obligada a convivir conmigo misma, y tengo conflictos que no saltan a la vista porque se llevan por dentro, y también padezco de un sentido dual de la moralidad, porque nada es negro y blanco aunque la binaria sea una función muy básica para hacer funcionar máquinas e imperios. Como muchas otras -y muchos otros- en ocasiones necesito desactivarme a mí misma, leáse no pensar demasiado en lo que voy a hacer ni para qué lo voy a hacer. Fíarlo todo medio al instinto medio a lo que ya he pensado antes durante tanto tiempo y no calentar más la neurona inútilmente. Claro, como suele decirse, es más fácil decirlo que hacerlo. Pero yo lo llevo practicando tiempo suficiente como para tenerlo medio dominado, el arte de deshacerme completamente de mis prejuicios con los que apunto contra yo misma.

Sentada en el asiento del copiloto, me quedé de nuevo ausente de la realidad más inmediata, buceando en los pensamientos que recorrián mi cerebro de aquí para allá en su ordenada neuromanera, pero que a mí, de frente, me parecían veloces, despeínados y hasta anarquícos. Intentaba pillar alguno al vuelo. Hacía años ya de la primera vez que me había metido en una faena de sexo y placer a tres bandas. Un rompehielos en mi existencia. De ahí, con perseverancia, había logrado hacer realidad asuntos sexuales que jamás creí vivir, que me parecían prácticas que siempre les ocurrían a otras, o en el porno, o en los libros. Sentía un algo, una sensación, metida entre las clavículas, atrapada en un punto justo debajo del esternon. No felicidad ni éxito, y tampoco autocomplaciencia. Más bien, de alguna forma, sentía que había vivido una cadena de milagros en los últimos tiempos. A pesar de mi ambición, todavía dudaba si yo había hecho algo especial como para merecerme todas esas pequeñas y grandes alegrías.

Nunca lo había hecho antes; tener una pareja que me incitara y estuviera cómoda conmigo encamada con otro hombre. Una pareja que quisiera que yo le pusiera los cuernos, y que me acompañase a ello. Era una primera vez para mí también. Pero me guardaba un as bajo manga. Yo ya conocía al otro, al tercero, al amante pasajero. Sí, él lo sabía. Aunque nunca habían llegado a conocerse personalmente, sabían que existían y que lugar y posición ocupaba cada uno en mi vida. Antes de dar el paso, en el pasado hubo algún fin de semana frustrante, resignada a cenar con hombres que puserion a prueba mi capacidad para respirar hondo y tragar saliva, incapaces de hacerme sentir otra cosa que estar perdiendo el tiempo, incluso diría yo que alguno necesitado de una terapia psicológica. Pero así es la vida de una mujer que se pone en el mercado de citas liberales, de avances lentos cuando no pausados si tienes un listón tirando a alto. Al final, muy práctica, decidí tirar de la agenda y los contactos.

Para ser una primera vez para los dos, habíamos pactados límites. Aparcaríamos no muy cerca del lugar. Entre diez y quince minutos andando. Tiempo suficiente para airearse y para preparar cuerpo y mente, en la ida, y cansar cuerpo y mente, en la vuelta. No se encontrarían cara a cara. No había un límite de tiempo mínimo ni máximo. La duración iba desde 10 minutos a tres días, cualquier cosa era posible. Me esperaría sentado, en una mesa, tomando lo que quisiera, en un bar que yo tenía localizado, muy cerca del lugar, pero ubicado de tal forma que no pudiera ver nada más que la puerta del portal desde un lateral. En caso de quedarme muchas horas, si el local cerraba, me esperaría en el coche. O directamente en casa. Simplemente usar el sentido común respecto a mi tardanza. Una vez hubiera traspasado el umbral del portal, la decisión sería atómica sin marcha atrás.


El ascensor subía desesperadamente lento y el impoluto gris del acero inoxidable que decoraba las puertas me cabreaba, sin razón. Sí, estaba nerviosa, paseándome la mano por el pelo como acto reflejo tranquilizador para no morderme las uñas o arráncarme las cejas o cualquier otro tipo de autolesión light. En el contexto apropiado, algo tan mundano como follar con otro hombre puede convertirse en una experiencia de sueño americano versionado y adaptado a tus necesidades sexoibéricas. Porque no, no todos los días va una a echar un polvo dejándose a la parejita tomando una caña en el bar de abajo, y todos tan.. contentos. Estaba tan emocionada ante el lento subidón mecánico del aparato dentro del cual me hallaba que pasaba de la tristeza a la alegría y viceversa, sobrándome esos segundos extra. Necesitaba dejar de estar sola, ya.

Después de cerrar la puerta, me tomó de la mano y me abrazó, besándome en la mejilla con sincero afecto, como alguien que no me había visto en meses, porque efectivamente, hacía meses que no nos habíamos visto. Sin embargo, no habíamos perdido el conctacto y seguíamos contándonos vidas y movidas de vez en cuando, y alguna que otra proposición indecente. Él era mi amigo alemán, cuya piel negra brillaba bajo los potentes focos led que lo iluminaban todo desde el techo. Con fingida teatralidad, me ofreció un vaso de vino, medio lleno. Y un cómodo sofá donde sentarnos. Él también conocía los detalles de nuestro encuentro. Sabía que no estaba allí solo por estar, que no solo era sexo sin más, que no había ido sola y que no sería un polvo como cualquier otro, aunque pudiera parecerlo así.

Fantaseaba a escondidas con sabores que tenía en la punta de la lengua. Nuestra charla, un baile entre cazador y presa sin definir quién era quién, salpicada de intromisiones irónicas entre frases y réplicas, parecía destinada a llevárnos al único destino posible en todo el universo, la acción sexual. Tan nerviosa que anduve subiendo en el ascensor, tan relajada ahora que echaría toda la ropa y toda la piel contra la tierra, empotrándome y empalándome contra él y sus jadeos. Quería ser penetrada sin importarme el que dirán los vecinos si acaso nos pudieran oír, forjar un vínculo con su miembro viril, disfrutarlo con paciencia, moverme en todas direcciones penetrada en pintorescas posturas como si fuera la musa erótica de algún toscano renacentista. Y jadear y gritar y gemir en un karaoke kamasutriano. Sí, me apetecía empezar por el principio, volver a exhibirme desnuda delante suya, y sin freno de mano.

Me quedé rápidamente desnuda, dejando ver nada más que la piel que habito, muy interesada en los acontecimientos por venir. A juego con mis deseos animales, los suyos se hicieron patentes a la vista de una erección in-crescendo, nada que yo no hubiera visto antes. Con la elegancia de una dama bien querida, me autoinvité a la practica felatoria, aunque aquella mamada estaba cantada desde que entré por la puerta, desde que salí del coche, desde que salí de casa, desde que abrí los ojos por la mañana. Misteriosamente ni un gemido ajeno, ni una palabra de ánimo, ni tan siquiera un acelerado ritmo respiratorio.

En pleno romance oral, una ola de calor abrasó mis mejillas, como focos de pasión apuntándome en posición fija y sin dar tregua. Como si el calor fruto de la fricción interior estuviese saliendo al exterior a través de mi piel, quemándome. En aquél momento y en aquél lugar, dicha ola de calor me pareció gloriosa, como un triunfo solitario de la perversión carnal. El sexo siempre nos sube la temperatura corporal, por una serie de razones biológicas que no voy a exponer a continuación, pero el mismo hecho de que tuviese la cara ardiendo como una adolescente sobreexcitada mientras hacía cosas con la boca llena me pareció un momento emblemático. En resumen, una chorrada mía.

En plena mamada, mirando desde arriba hacia abajo, no tuvo más ocurrencia que soltar una pregunta desde luego interesante, pero un tanto inoportuna dado el momento, dada la actividad. Con toda la tranquilidad del mundo, con toda la normalidad posible, me preguntó qué éramos, nosotros, que tipo de relación teníamos, qué eramos como personas en un contrato social. Cierto es que nunca nos habíamos parados a debatir los términos pormenorizados de nuestra relación, pero con su glande en mi boca no me parecía una pose filosófica para tal.

Sin achantarme, me salí del guión felatorio y rápidamente hice un esfuerzo por hacer un debate exprés en plena ebullición hormonal, con la mano todavía moviéndose de norte a sur por su erección. Mientras hacía silencios para bucear en los recuerdos, él, pequeño cabrón, buscaba formas de entrar y salir de mi boca, como si yo tuviera la capacidad mental de una genia en llevar a cabo diferentes tareas de alto voltaje simultaneas en la mente. Spoiler: carezco de tal poderío mental.

En mitad de toda esa morbosa anarquía, tomamos por buena como conclusión final ser una pareja interracial de follamigos íntimos. Una culminación rebuscada para un momento de locos. Los retrasos que me tomé para intentar pensar con media claridad aumentaron todavía si cabe la tensión sexual, provocando una leve pérdida de poder eréctil. Nada grave, todo bajo control.

Nos llevamos la juerga a la cama, reuniendo nuestros cuerpos ofreciéndoles protagonismo a otras partes de mi anatomía. Su cuerpo musculoso aquí y carnoso allá me aplastaba, sin caerse excesivamente sobre mí, provocándome una dulce agonía respiratoria al ritmo de las sacudidas entre mis piernas. Disfrutaba siendo la dama protagonista de aquél polvo tanto en mente como en cuerpo, arqueando y clavando los dedos de las manos en cualquier cosa medianamente blanda a mi alcance. No habia mentira en mi placer, los jadeos pasaron a ser gemidos, y por último acabé chillando.

Me enamoré de aquél hombre que estaba encima mía metido dentro de mí. Me enamoré de él durante los segundos que el orgasmo y sus ondas expansivas fueron recorriendo mis entrañas llevando un mensaje de amor, paz y alegría hasta los últimos rincones de mi anatomía. Me desenamoré cuando mudamos de postura y perdí de vista su cara y su cuerpo, aunque su calenturra corporal seguía muy cerca, a mi lado. Me alegraba no tener que joder nuestro compañerismo erótico con estupideces ñoñas.

Padecía de una euforía introspectiva. Me había follado, me había corrido, y no tenía el corazón roto. En mi alma había paz, y en mi boca ganas de besar. Sin ápice de culpabilidad ni remordimientos varios. Cambiado de postura, me lancé enérgicamente por su pezón, dándole caza como una perra, con la boca por delante, sacando los dientes a relucir, con los labios dispuestos a compensar el contraste. Eché la mano hacia abajo, buscando a ciegas, tocando por su cadera y sus muslos hasta encontrar su escroto, subiendo por su -todavía- polla bien dura. Quité el condón y dedique mi esfuerzo manual en la búsqueda de un final feliz masturbatorio mientras mi boca recorría, lamiendo, chupando y mordisqueando a cada segundo un pequeño trozo de su cuerpo, dándome un atraco de cuerpo masculino.

No fue una mala corrida. Una eyaculación algo breve, con los chorros blancos emanando muy seguidos, muy rápido. Llegó su semen sobre mi derramándose todavía muy caliente, tardando apenas segundos en enfríarse y volverse extremadamente pegajoso, pegando mi piel con la suya, mis dedos a su polla. Tenía la cabeza apoyada sobre su pecho, mirando su orgasmo en primera fila, deleitándome la vista casi tanto como cuando si estuviera pegándome la punta de la nariz en el escaparate de una pastelería.


Dirigiéndome una mirada al borde de lo irrechazable, me invitó a ducharnos juntos. Más y tan más alto que yo que me caían encima gotas de agua que resbalaban por su cabeza. Fuimos recortando la escasa distancia que nos separaba, hasta pegarnos desnudos y mojados. Su mano entrelazada en mi pelo mojado y agachándose para darme un par de besos clandestinos. Un micromundo de ternura poscoital. En el aire, entre nosotros flotaba aquella tercera persona que sin estar fisícamente presente, lo estaba en todo lo demás.

Como una moderna de pueblo más, me quedé con los dedos y la mirada pegada a la pantalla mandando y recibiendo mensajes románticos y no tan románticos con aquél que se había quedado por allí, esperándome o cuanto menos esperando noticias mías. Soberbia, le avisé que no me esperase despierto que vete a saber a que hora llegaría a los aposentos caseros, lo mismo me daba el mañana y yo todavía follando frenéticamente lejos de casa. Nuestro diálogo virtual fue apagándose entre el ron, las caricias y la conversación que mi anfitrión ofrecía, respetando mi privacidad pero haciéndose de notar lo justo como para atraer de nuevo mis atenciones, bien sabiendo que mi cuerpo todavía estaba lejos del hastío lujurioso.

No importa la edad; siempre hay una primera vez para todo. Materialmente, seguía siendo la misma, tan solo unas horas más vieja. Espiritualmente, me sentí llena de amor lujurioso que no de amor por la lujuria. Moralmente, libre de vínculos capaces de atentar contra mi poca inteligencia. De todas las alternativas, elegí vivir eróticamente plena. Cara a cara con mis pasiones y mis complejos. Tolenante conmigo misma y benevolente con mis deseos. Cómo una ideal esposa seductora, pero sin vestir de blanco y sin el absurdo anillo marcándome como posesión del varón.

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