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Voces #4 Señor X

A., 40+, hombre

 

Miré por la ventana hacia la bahía una última vez antes de pulsar el botón que haría bajar las persianas que daban acceso a un pequeño balcón con vistas inmejorables. El norte español no defraudaba, envolviéndolo todo en una atmósfera plomiza invernal. Con el día tan corto, la hierba parecía triste, añorando algún golpe cálido, de aquellos rayos que tienen el fastidio de colarse entre las nubes gruesas. Una postal capaz de adormecer y curar cualquier insomnio. Después de un día que empecé madrugando, viajando y haciendo negocios, el cuerpo empezaba a notar el cansancio. Pero mi ánimo hacía correr la sangre por las venas tanto qué me costaba mantener la quietud.

Ella sabía lo que iba a pasar, yo sabía lo que iba a pasar, los dos sabíams lo que iba a pasar. Había ocupado el baño bajo el pretexto de usar la ducha para limpiar y relajar su cuerpo después de un día largo para ella también. Bajo la presión de los nervios, de la emoción, de la excitación, me quedé inválido en aquella habitación de hotel, sintiéndome atrapado en un tiempo que transcurría muy despacio mientras los últimos retoques mentales pensando en todo lo que podría salir mal y en todo lo que podría salir bien pasaban por delante de mis ojos a toda velocidad, como quién pone a rebobinar una película puslando el botoón de velocidad máxima en el mando a distancia.

Como cualquier ser humano, tenía miedo. Miedo a fallar, el pánico a morder el polvo, ese terror irracional que crece mientras no te queda más remedio que esperar. Ni era la primera ni iba a ser la última mujer pasando por mi cama, pero una primera vez siempre hace manifestar las inseguridades, los y si. El pánico es un bucle que se retroalimenta mordiéndose su propia cola. Me distraje encendiendo el televisor, buscando algo que no me importaba ni lo más mínimo, calmando mis pensamientos.

Escuché sin querer escuchar el repentino silencio del agua. Claro qué, apagada la ducha no significaba que ella también saldría enseguida, pero sí que el momento estaba cada vez más cerca. Por comodidad, me había desabrochado el botón superior del pantalón; en cuanto escuché el silencio, volví a meterme la camisa por dentro y volví a abrocharme el pantalón. De pie, erigiendo la espalda en una postura de perfecto derecho, hacía zapping mirando escenas de anuncios que se repetían de cadena en cadena cuál flashbacks y déja-vú interminables.

Soy un hombre acostumbrado a ver mujeres desnudas, con los cabellos despeínados por el sexo, de mirada apasionada, que te empujan y te arrancan prendas y hasta la piel. Por esta vez, no sabía por donde pillar al toro para cogerlo por los cuernos porque todavía no había salido al ruedo. Tenía ganas de embestirla, quizás así creyendo que iba a estar a la altura de las circunstancias. Con la mano derecha tocándome por encima del pantalón, esperaba verla aparecer por la puerta que separaba la habitación del baño. Tardó todavía unos minutos más en presentarse, suficientes para volver a ganar la confianza necesaria en mí mismo para mantener la calma.

Cualquier duda, cualquier pensamiento irrelevante acabó diluyéndose de mi mente en el segundo en el que ella hizo acto de presencia. Con el pelo mojado dibujando negras curvas por sus hombros, envuelta en un albornoz blanco, ancho, flotando envuelta en una nube celestial. Me invitó a pasar a la ducha con una sonrisa grande y cariñosa. Tomé el camino sin oponer resistencia, buscando mantener bajo control mis ansias más carnales. Tenía muchas ganas, pero no quería fastidiarlo con las prisas. Una ducha rápida realmente la necesitaba, y me serviría para relajar y despejar la mente.

Salí envuelto en una toalla, sin más que la piel por encima y por debajo. Seguía envuelta en su albornoz, sentada, con los ojos puestos en el televisor. Por empatía pensé al instante en su mente, divagando también de norte a sur y de izquierda a derecha, emocionada y nerviosa. No lo pregunté, tan solo fue una corazonada que no necesitaba aclaración. Posó su mirada sobre mi cuerpo medio tapado a la vez que medio desnudo con naturalidad, sin mayores sorpresas. Por un momento, en el aire flotó un silencio repelente. Haciendo gala de mi don de gentes, le ofrecí una conversación banal y una copa de vino.

Con la copa en la mano, nos sentamos de nuevo en el pequeño sofá que acompañaba la cama y un par de sillas como mobiliario donde sentar el cuerpo. Con exquisito cuidado depositó su espalda contra mi cuerpo. Notabámos la vibración de nuestros cuerpos a través del albornoz. Parecíamos tontos mientras hablábamos por no callar y bebíamos vino para envalentonar nuestros cuerpos y nuestras almas. Tarde o temprano, alguien rompería el hielo, lanzaría la primera embestida. La ocasión invitaba a ello más temprano que tarde.

Sin avisar, busqué ese lugar donde el cuello hace frontera con el hombro, besándoselo con suavidad, sin querer humillar su cuerpo con mi brutalidad. Volví a repetir la gesta, apuntando con los labios más arriba, por debajo de los últimos pelos. Entendió mis intenciones facilitándome la faena llevándose la melena todavía mojada para el otro lado. Con la mano derecha estiré el alborzón mientras la izquierda abandonada la copa de vino en un lugar cómodo y seguro para su integridad de cristal. Con la manga estirada desnudando el hombro más alla del hueso, veía abriéndose ante mi mirada la redondez de sus pechos, como un lujo inalcanzable que de repente lo tenía delante de mis narices.

Envalentonado y calenturriento, desabroche el albornoz como pude, abriendo una linea que exponía toda la desnudez de su cuerpo. Una apertura de apenas centímetros que recorría toda su piel, mostrando su carne. Desde atrás suya, mordí el labio escuchando un grito ahogado en su garganta. De repente percibí la mano hurgando a su espalda, buscando mi cuerpo, reclamando mi carne. Sin llegar a alcanzar mi durez, tocaba mi pierna agarrándonos ambos a un mundo de sueño y realidad.

¡Cómo deseaba tener a esta mujer de rodillas! Quitando el albornoz, dejé su cuerpo casi desnudo, salvo por las piernas. Planté una mano sobre su parte delantera, buscando el pecho y después volví a los besos, con más decisión. Ella aceptó mis toqueteos con un largo suspiro y revolviendo su cuerpo frotándolo contra el mío. Nuestra noche comenzaba de un modo inmejorable a pesar de mis reticiencias iniciales. Juntó las piernas buscando colocarse cerca de mí en aquél sofá pequeño, ofreciéndome libre acceso a sus pechos. Un recital de gemidos apenas susurrados por su boca acompañaban mis atenciones.

Mis besos cada vez eran más escasos y mis manos cada vez manoseaban sus pechos con mayor descaro. Sus pezones habían adquirido una dureza contundente. Con el cuerpo pegado al suyo, mi nariz olío la chispa de su excitación emanando aromas entre sus piernas. En un acto que no pude controlar, impulsivo, desabroché mi toalla y como un tonto muy tonto teniendo a una preciosa mujer pegada a mí use mi propia mano para sacudir mi polla, estirando de la piel hacia abajo, ofreciendo mi capullo a la vista. A la vista de nadie, en realidad. Sin embargo, ella se percató de mis movimientos, esperando mi invitación para acudir al encuentro de mi erección.

Se me hizo largo el minuto que tardó en desprenderse de abbornoz, echarse una mano entre las piernas de pie delante de mí. Tomó de nuevo asiento dejado espacio entre nosotros, el suficiente para agachar su cuerpo dejándolo caer hacia un lado, mi lado. Sin grandes esfuerzos comenzó a chupar, con cada movimiento de cabeza, progresivamente, introduciendo más y más carne en su boca de oro. La fuerza de succión, la medición de los tiempos, la presión labial ejercida sobre mi glande. Asistía pasivamente a una de las mejores felaciones que había recibido en mi vida, jamás. Y he de decir que he recibido unas cuantas y algunas muy bien hechas.

En un estado de poderosa erección me coloqué el condón mientras su cuerpo se movía suave como una ola de verano en el mar, dejándose caer en la cama. Antes de llegar a penetrarla, me quedé un par de segundos admirándola, haciéndole el amor visualmente. Me gustaba su atrevimiento, esperándome con las piernas separadas. Me encantaba su mano, de nuevo tocándose, invitándome a romper las últimas barreras. Me sentía cerca del delirio sexual. Aproveché su postura y su lascivia y me abandoné al hilo conductor de nuestros deseos carnales.

Entré dentro de ella enérgicamente. Me recibió cálida, húmeda, sudando y animándome a no parar. Por momentos me sentí el hombre más afortunado del mundo, recorriendo en idas y vueltas el camino que marcaba su entrepierna. Su voz jadeaba mientras su cuerpo incitaba al deseo. Me volvía loco la imagen de sus pechos botando hacia arriba y hacia abajo. La curva de mi glande marcaba el punto máximo para la retirada antes de la embestida, una detrás de otra.

Con el cuerpo desnudo, sudoroso, con su sexo penetrado por el mío, enteramente a disposición de mi vista golosa, se exponía ante mí con su fragilidad pero también con valentía, con sus perfectas imperfecciones, con su mano tocando la cima de su deliciosa entrepierna y la otra tomándose cariñosamente los pezones, llevando sus placeres personales a niveles, quizás, de récords. Nuestros mundos parecían fusionarse en uno solo, desarrollando una realidad paralela, invisible. Una locura transitoria compartida.

Nos habíamos familiarizado demasiado con aquella postura, y los dos deseábamos seguir experimentando nuevas sensaciones. Fue la primera en expresar dicho deseo, y yo no tuve ni ganas ni fuerza de voluntad en llevarle la contraria. Sin bajarse de la cama y haciendo alarde de una agilidad bien conservada todavía a pesar del paso de los años, acabó exponiéndome a la vista todo su cuerpo con sus partes posteriores cerca de mí, indicándome a través del lenguaje corporal su estado de celo. Sus nalgas estaban considerablemente mucho más redondas y apetecibles de lo que había calculado inicialmente. Con un lenguaje explícito, me pidió que volviese a introducir mi polla en su coño. Tardé medio segundo en hacerle caso.

Coloqué una mano sobre su espalda indicándole a adaptar sus caderas a un nivel ligeramente más inferior, adaptándose perfectamente a la altura de mi pelvis. Si la primera vez que la penetré me encontré un sexo cálido y húmedo, esta vez su coño emanaba calor como un horno siderúrgico, lubricando por encima del nivel medio, haciéndome sentir resbalando en cada empujón. Aceptó encantada mis manos posándose sobre sus caderas, agarrando, marcando el ritmo. Recuerdo perfectamente su lengua mojando sus labios, los mismos labios que minutos antes habían estado rodeando mi polla dura con una suavidad sedosa y un cariño irreprochable.

Después de unos minutos más de salir y entrar de su poderoso cuerpo, sentía que el orgasmo me llegaría en cuestión de pocos momentos. A mi aviso verbal respondió con el lenguaje corporal, abandonado la acción, tumbándose boca arriba de nuevo e invitándome a aproximarme de cuerpo entero hacia su cabeza, a su cara. No hizo falta ninguna palabra para comprender sus intenciones. Sin discriminar mejilla izquierda de mejilla derecha, ni barbilla de la frente repartí libremente mis eyaculaciones, cada una cada vez menos sobresaltada. Pocas veces antes recuerdo haber dejado una cara tan cargada de semen. Acariciándome el muslo, me devolvió una sonrisa cargada de simpatía.

5 respuestas a “Voces #4 Señor X”

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