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Voces #3 Notas de viaje

A, 35 años, mujer, divorciada, pelo rubio y piel morena

 

El viento aullaba contra la dolorida ventana. La Luna tenía un aspecto triste, de pálido amarillo observándola a através de una fina capa de niebla. Sobre mi vientre, la húmeda estampada del final feliz de un hombre que había conocido aquella mañana misma. El sudor se me deslizaba por la frente como agua corriendo por un ríachuelo. Mi cabeza, comódamente apoyada en la almohada; con la mirada puesta en el astro nocturno, jadeando, sin hacer comentarios.

Pocas veces en anteriores ocasiones un hombre había rellenado mi entrepierna con la suya tan generosamente premiado por la naturaleza. Estaba encantada de cederle el protagonismo, con su abdomen presionando el mío, su pelvis dándose breves choques con la mía. Sexualmente indesmayable, por momentos sentí náuseas oprimida por el calor y el peso corporal ajeno, en contrapartida al clima duro y nocturno, de montaña, rudo y crudo. Una pared y dos ventanas separaban el calor que emanaba del volcán entre mis piernas y el frío desalmado.

Desde que aparecí en su habitación, no me había dado descanso. Empezando por los sofocantes besos hasta los escalofríos orgásmicos. Su cuerpo se empujaba dentro del mío sin cesar. Sin hacer demasiado ruido, sentí una furiosa vocación en el arte de ser buen amante ocasional en lo qué me hacía y cómo me lo hacía. Si el sexo fuera un arte reconocido como tal, lo suyo hubiera sido el delirante abstracto y las pinceladas sonrojantes. Gozaba contemplando su rostro encima del mío, el espectáculo en su mirada que me recordaba a las cálidas noches de temprana primavera. Nos enrollamos sin que lo supiese nadie, lanzando nuestros cuerpos contra el otro con alarmante pasión para dos personas que nunca antes se habían visto. Con mis piernas haciendo un nudo alrededor de su cintura estaba a punto de acontecer su segundo orgasmo, y sabía que no lo quería dentro, que no podía ser dentro.

No tengo inclinaciones melodramáticas pero le insistí en que tuviera paciencia en el momento de penetrarme mientras mi cuerpo se colocaba en horizontal sobre la cama. Su mano se coló debajo de mi ombligo y me dijo palabras tranquilizadoras. Se pasa un rato muy agradable cuando una polla de ciertas dimensiones que superan la media se mueve entre tus piernas. Por el contrario, se pasa muy mal si la misma polla consigue abrirse camino dentro de tu vagina como un misíl balístico a velocidad de crucero. Afortunadamente, nuestros músculos son bastante flexibles en los momentos románticos y consiguen adaptarse sobre la marcha a lo ancho y a lo profundo.

Apoyada sobre codos y rodillas, notaba la fuerza que ejercía su grosor en cada salida y en cada entrada a la vez que sentía la fuerza gravitatoria ejerciéndose sobre mis pechos, nada despreciables en tamaño. Por razón de lo último decidí apoyarme en los codos, con los brazos cansados y las manos levemente enrojecidas e irritadas del frote y del agarre con la manta. Algo tan elemental como el escroto golpeando contra mis carnes en cada empuje me provocaba un angustioso cosquilleo. Cada vez que su tronco emprendía el viaje de vuelta hacia mi húmedo y acalorado interior sentía un miserable placer culpable, ni más ni menos que la culpa de la infidelidad matrimonial.

Conocer hombres con fines extramatrimoniales no fue algo inhabitual durante mis años de casada, juicios de ética aparte. Con el culo arqueado recibiéndole entre mis piernas como una perra encelada, escuché su voz firme y de ideas claras contándome una hipotética apetencia futura por usar su miembro viril entre mis nalgas. Un interrogante que yo tampoco descartaba. Su mano áspera golpeándome la piel que recubría mi culo siempre especulaba con hacerme daño y sin embargo sus azotes nunca dejaron de suscitar mis gemidos más dulces. Cada embiste de su polla por mis entrañas hacía que mi cuerpo al completo se moviese e inclinase.  Yo le confrontaba empujando ocasionalmente mis caderas hasta chocar con sus huesos, estableciendo precedentes que fueran incitándole a más.

No me permitía el lujo de tener descuidos absurdos, el condón era de uso obligatorio. Aún con las hormonas alteradas no perdía los hábitos saludables y recomendados por cualquier manual de cómo ser infiel a tu marido. Me fastidiaban los pelos pegándose a mi cara sudada. Me irritaba cada segundo que pasaba, lo que tardaba él en colocarse la protección debida. Sin planificar el futuro a corto plazo, tenía hambre de hacer y dejarme hacer, sed de follar. No quería perder el tiempo, genuinamente caliente. En otras condiciones le hubiera abrazado, le hubiera hecho un masaje, pero no tenía el cuerpo para desperdiciar el tiempo de cualquier manera.

En el silencio de la habitación los sonidos provocados por mis casi arcadas arrodillada entre sus piernas parecían retumbar. Con autoridad, su mano guiaba mi cabeza en los quehaceres orales. Sin presionarme, me llevaba hacia arriba y hacia abajo estirándome la melena. Salivaba al punto de babear, pero quería, necesitaba más. Sentado al borde de la cama con las piernas bien separadas, su polla se alzaba todopoderosa en diagonal mientras sus testículos se paseaban por mi boca como si un terremoto estuviera agitándolos de aquí para allá.

Se respiraba en el ambiente una máxima tensión sexual a punto de resolverse entre nosotros dos. Mi jerséi cayó en el suelo entre beso y beso. Los próximos en bajar fueron mis vaqueros. Cuanto me invitó a cenar, lo rechacé como buena mujer que se hace de rogar y no se deja llevar a la primera invitación. Lo pillé mirándome la forma de mis pechos que marcaba el jerséi dos veces, poco dado a las sutilezas. Quería beneficiarme de su cuerpo. Su opinió fue favorable cuando le ofrecí intercambiar la cena por pasar el rato juntos después, a modo de postre después del postre.

Tenía un aire a hidalgo de antaño; espíritu aventurero, ideas clandestinas. No mucho más alto que yo, apenas dos o tres dedos, con brazos fornidos y una incipiente barriga fofisana. Apuntaba algunas canas aquí y allá. Sin afeitar desde hace tres o cuatro días. No me parecía un mal partido para aprovechar una noche fría en la montaña. Probablemente, por su insistencia visual sobre mí, el sentimiento era correspondido. No hubo debacle en su verbo cuando me habló, tanta confianza en si mismo en acercarse a una desconocida me indicaba cierta práctica, cierto bagaje, un camino ya recorrido anteriormente, quizás más de una vez.

Después de hora y media caminando, subiendo y bajando por senderos que ofrecían impagables vistas a lo largo del trayecto, regresé con un hambre poderoso. Cuando levanté la cabeza del búnker de mi propio mundo en el que me había ausentado mentalmente, observé unas mesas más allá a un tipo con la mirada distante y lo siguiente fue su mirada cruzándose con la mía.

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