Categorías
Social

Voces #2 Luz

Y., 47 años, Madrid, mujer, casada y rubia

 

Aquél día llegué al trabajo tarde, las 9 y 11 minutos. Lo recuerdo muy bien todavía, porque aquél minuto sobrepasando los diez minutos sobre las nueve me costó una sanción por falta leve, una amonestación verbal. Mi superior cumplió con el tramite a medio gas, poco interesado en castigarme pero con poca predisposición en saltarse los protocolos internos. Curiosamente, recuerdo la hora aunque no recuerdo si hacía sol o si estaba nublado, si hacía viento o no ni que llevaba puesto la chica detrás del mostrador. Aquél día que arrancaría con el pie izquierdo acabaría cambiándome la vida en los tres plazos posibles: el corto, el medio y el largo.

Entre nosotros dos -mi jefe y yo- había una profunda atracción física todavía por explotar. Eso, o acabar los dos resentidos a un compañerismo descontento, frustrado e intransigente. Me atraían sus canas, me gustaba su carácter, admiraba su implacable ética laboral. Habíamos pasado de la fase de las miradas disimuladas y los gestos torpes que servían para romper a los comentarios indefinidos, meditados, que provocaban hondas reacciones en nuestras hormonas. Pero todavía no habíamos traspasado el umbral que separaba las palabras y las intenciones de los actos físicos y consumados.

Estábamos enclaustrados en un pequeño despacho, con una ventana que requería que me pusiera de puntillas para abrirla o cerrarla. A lo largo del día, durante una jornada normal, pasaban docenas de personas por ahí. Aunque por costumbre pudiera parecer que teníamos nuestra intimidad entre aquellas cuatro paredes blancas y una puera de madera marrón, en perspectiva éramos un lugar de transito y peregrinaje. Entre visitas, relajábamos nuestra actitud y volvíamos a disparar contra todos los que nos caían mal, sobre nuestras vidas nocturnas, sobre poesía.

Si alguien hubiese pasado ocho horas seguidas con nostros ahí encerrado, se hubiese dado cuenta desde la primera media hora de la vehemente pasión que flotaba en el aire. No había que ser experto en nada salvo tener empatía. Aunque nunca habíamos permitido que razones personales se impusieran por encima de las profesionales para atender a todos los que dependían en mayor o menor medida de nosotros, entre nosotros dos aquellos límites empezaban a ser borrosos. Y cuanto más me esforzaba por no dejarme influir por su preciosa sonrisa y el olor a café recién hecho, mayor necesidad de sentir el viento fresco soplando en mi cara ruborizada y mi tez caliente.

Me imagino que aquella fue una de las razones por las que no habíamos llegado todavía a las manos -en un sentido erótico-. Limitar al mínimo nuestro contacto fisíco extralaboral en el despacho. Cada vez nos costaba más esfuerzo; había un desarrollo a cámara lenta de nuestras ansias, de lo que visionábamos en nuestras mentes pero no manifestábamos con nuestros cuerpos. Ambos gozábamos de un prestigio laboral que deseábamos mantener intacto. Ya de por si, pasar tanto tiempo juntos en aquél despacho daba lugar a chismorreos absurdos e injustas infravaloraciones acerca de mi capacidad profesional, reduciéndolo todo a una clase de meritocracia muy alejada de la realidad.

En más de una ocasión había tenido que tachar de mi mente ideas disparatadas, saltos de tigresa que imaginaba en silencio, que manifestaba introvertida. Cuando levantaba la mirada procupraba mantener la sensatez y parecer una persona decente y razonable. Lo que siempre permanecía intacto era mi deseo de tenerle cuerpo a cuerpo. Reconozco haber cometido pecados impuros con la mano, en la soledad, pensándolo. Imaginarme manchada de su éxtasis. Incluso, alguna vez, estuve tentada en llamarle mientras estaba tocándome, romper el muro de cristal que nos separaba. No lo hice por cobarde, por si acaso la jugada no me saldría como la tenía yo plenada en mis divagaciones.

Durante toda la mañana intenté esquivar lo máximo el contacto humano, todavía malhumorada por la bronca-qué-no-fue-una-bronca que tuve que soportar. Ahí no hubo nada incorrecto, ni la razón para ello ni el tono empleado. Es más, por haber sido yo estoy segura que suavizó el discurso. Más que una amonestación, fue una lectura de ciertas normas internas y sin pedir más explicaciones. Pero me fastidiaba tener la falta, me fastidiaba haber llegado tarde, y no era capaz de evitarlo. Lo peor es que no tenía a quién echarle la culpa.

Faltaba todavía media hora para la pausa del medio día. Una hora libre para comer y otros asuntos propios. Trabajo no me falta pero tampoco me apetecía mucho, aún así hacía esfuerzos por mantener la mente ocupada. Había comenzado a relajarme, se me habían despejado algunos malos humos. Seguía cabizbaja, intentando concentrarme a la vez que también intentaba aparentar concentrarme y así tener una excusa para interactuar lo justo y necesario. Claro que mi superior seguía pareciéndome atractivo. Por supuesto que su sonrisa y la corbata seguían siendo sexy.  Y no me arrepentía de sus anónimas apariencias en mis pensamientos calientes.

De forma habitual en el entorno laboral me gusta vestir elegante, feminina pero informal. Sé de primera mano que en alguna ocasiones otros tuvieron contacto visual con mi cuerpo, disimuladamente mientras entraba o salían de nuestro despacho que cariñosamente llamábamos habitación. Fisícamente, no me ha ido mal. Sin ser una Diosa esculpida en medidas corporales a juego con las revistas que promueven el cánon de belleza estereotipado, y gracias a las horas pasadas en el gimnasio, mantenía una figura de proporciones atractivas para la vista. Con las caderas casi tan anchas como Castilla, pequeña herencia genética de mis antepasadas.

Noté sus manos rodeándome el cuello. Me quedé inmovil, sorprendida, desubicada por unos segundos. Su intención era demostrarme algo de cariño, estirando suavemente de mi hombros, buscando provocarme una sensación de paz, de tranquilidad. Habiéndose tomando tanta libertad respecto al contacto físico entre nosotros me dejó, en cierto modo, bloqueada. Sí, lo había deseado muchas veces, pero ahora que estaba ocurriendo, dudaba si vivía una utopía o una desgracia. Sería justo pedir algo más que un inofensivo masaje o por lo contrario, debía cortar en seco, con firmeza, marcar unos límites, no caer en la trampa de una relación física más amplia.

Solo sé que ninguna decisión, en ninguna circunstancia, es perfecta. Aquello pudo haber acabado ahí con un masaje que duraría un minuto, tres palmaditas en la espalda y un café. También cabía la posibilidad de una reacción mía furiosa, a la defensiva, trazando unos límites firmes hasta dónde se me debe tocar. Se me ocurren muchos más escenarios hipotéticos. Pero el único que importa al final del día es el real, lo ocurrido, la opción que se toma para convertirse en acción, y la acción en hechos, y los hechos en responsabilidades y consecuencias.

Aniquilé mi sentido de la moralidad e incliné la cabeza ligeramente, pidiéndole que siguiese, que no parase. Y el hombre con el que compartía despacho así lo hizo, haciendo caso de mis peticiones. Sin haberlo pensado ni ensayado anteriormente, puramente guíada por lo instintivo, me llevé su mano derecha a la boca, besándosela, la palma de la mano, y los dedos. Desconocía cual iba a ser su reacción, pero llena de optimismo no tenía miedo al rechazo. Su otra mano seguía tocándome el hombro armoniosamente, pero con mayor pasividad. Poco a poco fue ausentándose de la acción dejándose preso ante mis exploraciones orales sobre su mano.

Nos paramos y reflexionamos. Aún quedaban minutos para la hora libre. Nunca nadie nos vistaba durante ese período de tiempo. Pero incluso minutos antes, existía el riesgo de ser soprendidos. Ambos teníamos perfectamente claro que no deseábamos que nadie nos viese en ninguna estampa de mucha cercanía física. Mi voluntad ya había sido doblegada por dentro, quería acostarme con él y lo quería ya. Hacía un esfuerzo mayor por enfrentarme a mis impulsos. A través de su pantalón pude obsevar el resultado de su deseo, haciendo innecesario expresarlo. Pero él lo hizo, alimentado mi deseo sexual diciéndome algunas cosas que imaginaba en el futuro muy próximo. Fue un verdadero milagro que no le saltara encima y no precisamente para arrancarle los ojos.

Aguantamos la situación en espera estoícamente. A pesar de la emoción, me sentía feliz. Y no hablo de aquella felicidad romántica, amorosa, arcoíris y pastél. Más bien una felicidad real, posible, ante la posibilidad de poder expresar mi sexualidad. En ningún momento me sentí una pobre y débil mujer acostándose con su jefe incapaz de resistrse; tampoco una incompetente empleada que usaba su cuerpo para beneficio de su relación laboral. Entiendo que desde fuera caben muchos juicios de valor, de ética, pero la única fuerza que modificaba mi conducta era la pasión.

Lo sé. Tener sexo con alguien del trabajo siempre está mal aconsejado. Tener sexo con tu jefe para muchas personas es de una mala pata injustificada. Tener sexo con tu jefe en el mismo sitio dónde trabajas incrementa las críticas negativas a niveles estratosféricos. Pues yo lo hice. Sin la coletilla añadida, aquella de sentirme más mujer, más urbana, más contemporánea, más liberada. Lo hice limitada puramente por mi deseos de hacerlo y mi incapacidad de resistirme al deseo. Sin arrepentimientos.

Desatamos poderosamente nuestra lujuria un minuto pasadas las dos de la tarde. Lo hicimos en un cuartucho adyacente, bloqueando la puerta con el pestillo. Nunca nadie nos había molestado en la oficina a la hora de comer, pero nos inclinamos por ser precavidos. No teníamos ningún plan en la cabeza sobre como iba a suceder, las cosas qué hacer, quién arriba y quíen abajo o quién encima y quién debajo. En la casi oscuridad nos entendíamos a través de lo que tocábamos el uno del otro, de la respiración acelerada, de los susurros.

Puso mucho énfasis en abrazar su cuerpo al mío mientras su mano se abrió paso debajo de mi vestido, debajo de mis bragas, hurgando dentro de mí y provocándome mayor angustia y necesidad de sentirle dentro. En aquél espacio pequeño y cerrado, el ruido de la hebilla del cinturón chocando contra el suelo de cemento me pareció ensordecedor y delatador. A través del vestido noté su polla pegada a mí como una espada en alto, dispuesta en cualquier momento a hacerme la guerra. Seguí con mi mano el tacto caliente y suave de la piel que lo cubría, acariciándolo con mucha paciencia a pesar de mi estado extremadamente agitado.

Más bien guíandose por el tacto más que por la vista, participó activamente ayudándome a quedar desnuda. Lo único que se quedó puesto tras el forcejeo téxtil éran mis zapatos. Notaba mi cuerpo extraordinariamente caliente descendía a besos por su cuerpo, desde su boca, por su barbilla, por su cuello, sin soltar su miembro duro. Tenía tantas ganas que tenía hambre de él, de que me tocase, de que me besara, de que me dijera cosas sucias. No soy sumisa, pero no me gusta el juego limpio. Sus manos apretando mis nalgas mejoraban por momentos mi calidad de vida.

Clavé las uñas en la pared del placer que sentía después de que su boca fuera situándose entre mis piernas, con una de ellas apoyada encima de su hombro, facilitándole el acceso a mi sexo como si fuera un oso lamiendo la dulce miel. No lo veía pero lo escuchaba, su mano frotando su erección. No tenía tiempo para rezar, pero deseaba que su aparato no le jugara una mala pasada y fuera a correrse antes de tiempo. Pero son riesgos que una tiene que asumir en tales circunstancias poco ortodoxas.

Mi preocupación al final fue injustificada. A través de la oscuridad, me pareció que su tamaño había aumentado, notando como entraba por el mismo sitio que antes había estado besando. Confiaba tanto en él que sentí nula preocupación por la penetración sin preservativo, carne contra carne, todo al natural. Me sentí, en parte, aliviada, mientras seguía con el proceso rítmico de entrada y salida. Aliviada por vivirlo, algo que había deseado e incluso fantaseado. Aliviada porque llevaba acumulada mucha frustración sexual no resuelta. Aliviada también por no haber sido tajantemente rechazada. Afortunadamente, ahí estábamos nosotros, con mi espalda pegada a la fría pared, follando, escondidos.

No sé si fue el destino o mi torpeza que yo acabara agarrándome a él, alrededor de su cuello, casi resbalándome mientras estaba siendo penetrada y a punto de provocar daños mayores en sus partes íntimas. Él no pudo verlo pero en mi rostro debió haberse dibujado el pánico y el medio por unos segundos. Lo superé de golpe mientras los dos nos echamos a reír, sin armar demasiado jaleo para no llamar la atención, dado que visitas era lo que menos teníamos pensado para el futuro más inmediato. Me propuso cambiar el enfoque, reconduciéndome a cambiar la forma de mi cuerpo hasta chocar con los codos y las rodillas contra el suelo frío.

Lo sentía fuerte, dentro de mí, solo para mí. A marchas forzadas supe que se acercaba el gran momento. Derrotada por el morbo, abandoné cualquier idea utópica que me llevase a resistir hasta un orgasmo común, simultáneo, idealizado en las novelas románticas y las películas ídem. Sus manos me indicaron a separar un poco más las piernas para facilitar su posicionamiento penetrativo. Me equivoqué, ya que al final fui capaz de aguantar las embestidas por más espacio de tiempo, pero no mucho más. Más bien poco más.

Rememorándolo, aquél orgasmo todavía me incita al deseo. Me tuve que tapar la boca para no armar jaleo y levantar sospechas indeseadas. Me gusta señalar mi disfrute, pero tuve que adaptarme rápido a la situación. La pasión, como la guerra, requiere de sacrificios. Me quedé arrodillada, con el rostro feliz. Y como decía el poeta, estaba callada y parecía como ausente. Experimentaba una mezcla de sentimientos, algunos delicados como la porcelana china, otros más tiernos y suaves. En cierto modo, me sentí conmocionada, dudando si aquello acababa de suceder de verdad, cuestionando si era sueño o realidad.

Su pene mantenía un perfecto estado de erección. Él seguía inacabado. Los restos de mi humedad después de yacer con él estaban presentes en lo largo y ancho de su entrepierna, en el interior de mi boca. Me hubiera gustado haberle visto la cara y que el viese la mía. Me asenté cómoda con las nalgas sobre mis talones, agarrándome a sus piernas, mamando de él hasta que brotó líquido. Noté su cálida textura sobre mi cuello y mis pechos, con mi jefe-ahora-amante ahogando las manifestaciones vocales del gozo final. Ocurrió en los segundos posteriores a la calma después de la tormenta con final feliz cuando tomé consciencia del calor que hacía repentinamente en aquél habitáculo privado de luz. Y del olor a nuestras pasiones carnales.

Afortunadamente, el baño también era privado, para nosotros dos. Por turnos, primero él y después yo. Durante el par de segunso que tardé en salir por una puerta y entrar por la otra, estuve expuesta. Si alguien hubiera tenido la genial idea de abrir la puerta justo en aquél momento. Nunca ocurrió. Me trasladé sana y salva del cuartucho al baño. Me las ingenié para limpiarme, para vestirme y para parecer media persona normal.

Protegida por la oscuridad, no me había dado cuenta. Acuartelada en el baño tuve que enfrentarme a la cruda realidad: la luz me hacía ver mis rodillas enrojecídas por la fricción, gastadas por el esfuerzos, marcadas. El vestido no llegaba a tapárlas, todo lo contrario. Tenía un problema y unas pocas horas para solucionarlo, de alguna forma. Bajo ningún concepto me desplegaría a la vista ajena con las rodillas sospechosamente escarmentadas.

Nos quedaban diez minutos para comer, para tomar el postre, y para hacer todas las cosas que normalmente tardábamos una hora. Frente a frente, cada uno sentado en su silla, comíamos devorando a toda prisa, mirándonos. Lo miraba y lo encontraba recubierto por un halo de luz, y no uno divino sino muy humano. Me pillo desprevenida su beso en la comisura de mis labios, con un movimiento muy rápido, antes de que me diese tiempo a sentir pánico a ser pillados in flagranti.

Terminada la jornada laboral, en vez de huír y salir corriendo, me quedé dos horas extra. Horas que no cobré y que fueron corriendo por mi cuenta, las regalé a cambio de salir indemne sin que apenas tuviese que cruzarme con nadie y mucho menos con los compañeros habituales, con las rodillas cantando demasiado sobre los acontecimientos recientes. Solo me encontré con dos personas y a día de hoy creo que ninguna de ellas se fijó en aquél pequeño detalle.

Semanas y meses después nos fuimos aprovechando de la ventaja que nos proporcionaba la hora muerta al medio día, la intimidad de nuestro cuarto. Cada vez que lo hacíamos, nos aprendíamos el uno al otro. En los siguientes tres meses, nuestra relación fue avanzando de sexo con frecuencia ocasional en la oficina a compartir piso, mi piso. Algún Lunes a primera hora nos pilló sin fuerzas después de un fin de semana guerrero.

Descubrimos que nos gustábamos mucho más allá del sexo, y del trabajo, y del coqueteo. Ahora vamos casi rozando las dos décadas juntos. Nuestros caminos fueron uniéndose en lo personal y separándose en lo laboral. Aunque en la oficina las miradas ajenas no son escasas, nadie más volvió a levantarme la falda y salvarme de mi propia frustración.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s