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Voces #1 Otros tiempos

R., mujer, más de cuarenta, Castellón, España

Tengo un marido de buen ver, además del éxito laboral. Soy madre de dos, hijo e hija, que más allá de sus agitaciones adolescentes no tienen vicios que me provoquen disgustos. Soy mi propia jefa y de un puñado de personas más. Básicamente, vivo el sueño de la clase media de renta media-alta; una mujer con una familia para colocar en los anuncios a toda página en revistas y periódicos para vender cualquier cosa con nuestra historia de éxito. Me siento una afortunada, una privilegiada.

Me hallo en una época de mi vida en la que los anglosajones, pornográficamente, llaman MILF. He cumplido con mi deber genético y estoy en esa fase de transición, de viejoven, de morbos y de que pereza me da todo, de ganas de comerme el mundo y tener sueño a las diez de la noche. Me gusta el sexo. Mejor dicho me chifla el sexo. Me da vida follar. Sé que voy a tener un buen día cuando me despierto con su cabeza entre mis piernas. Y los domingos -cuando nos quedamos solos- de sexo, peli, manta, siesta y sexo otra vez.

La edad ofrece perspectiva. El cambio de mentalidad se ve reflejado en el cambio sobre las necesidades. La experiencia lo coloca todo en su sitio. Mi punto de mira sobre mi propia sexualidad ha sido fluctuante a lo largo de toda mi vida, que yo recuerde. Y de no ser por él, mi marido digo, quizás hoy en día seguiría en la cueva paleolítica del sexo misionero y otros clichés sobre la vida amorosa matrimonial aburrida y comprometida. No sé lo que pudo haber sido de mí, pero sé lo que soy. Y supongo que es lo único que verdaderamente importa.

Somos un matrimonio liberal. Yo soy bisexual. Hemos tenido juntos aventuras compartidas con otras personas en el mismo lecho. Hemos tenido amores pasajeros con otras personas por las que nos pudimos sentir atraídas en un momento dado, siempre con las cartas sobre la mesa aunque estuviésemos intimado físicamente con otra persona sin la presencia del otro. Aunque yo no lo haya presenciado, siempre lo supe, y del revés también. Tenemos derecho a voz y voto sobre los amantes.

Yo no llegue así al matrimonio, por defecto. En realidad nuestros comienzos fueon de pura y plena monogamia, de manual. Tengo mis razones personales para pensar que nuestra unión civil fue el kilómetro cero de todo lo que vendría después, de las aperturas de nuestra dinámica amorosa, de algún que otro exceso, y de placeres que ni siquiera imaginaba que existirían.

No he sido una ignorante ni viví en una cueva. Simplemente tuve una educación diferente, adopté una mentalidad diferente, busqué la felicidad en cosas diferentes y nunca tuve a nadie que hiciera replantearme todo el status quo de mi creencias. Hasta qué, obviamente, encontré al hombre que acabaría siendo mi marido. Él sí ya traía consigo un bagaje de experiencia en temas de amoríos más abiertos, cosa de la que yo estaba al tanto en el momento de dar el paso y decir el sí, quiero. Lo habíamos hablado en más de una ocasión, pero no fue hasta después de llevar en anillo sobre el dedo cuando cambió el tono de nuestras charlas sobre el tema. Pasaron de ser curiosidades sobre su pasado y punto de vista a ser introspecciones filosóficas de poner mi mundo patas arriba.

Y aunque me tomé mi tiempo en rumiarlo, al final, como todo en la vida que te da un chute de adrenalina y te parece una cosa entre la locura y la estupidez y que es una mala idea que necesita vodka y tequila para apagar las dudas, una noche me solté, y accedí a ampliar el universo de mi vida sexual sin pensarlo demasiado. Mi primer trío, con mi hombre y otro desconocido no fue ni un éxito pero tampoco un fracaso. El sexo estuvo bien y la resaca mejor/peor. Pero me sentí como si habia perdido de nuevo la virginidad, como si algo en mi psique había hecho un reinicio en blanco.

Y de toda aquella sucesión de primeras veces, nuevas sensaciones e ilusiones, explosión de sabores y risas nerviosas, nuestra primeria experiencia con otra pareja es el recuerdo que todavía perdura con nitidez en mi memoria, como si fuera un hecho consumado ayer, cuando en realidad han pasado años y lluvias y primaveras.

Nos conocimos on-line. Éran otros tiempos, cuando en algunos foros y subculturas internáutas se jugaba menos al despiste y algunos rincones virtuales todavía no estaban masificados ni vox populi. No abundaban los engaños -asunto diferente serían las decepciones- ni tampoco apodos de bandera falsa. Bueno, sí, pero era algo residual y que destacaba en seguida.

Nos citamos de noche, en un parking público, gratuito y abierto, al lado de un conocido supermercado. Una noche de verano, caliente como el desierto, mediterránea, de tres cuartos de luna. Acudí a recibirlos yo sola porque por aquél entonces mi marido tenía un oficio distinto que le obligaba llegar a casa a la hora de la cena o incluso más tarde. Y cuándo digo que nos habíamos citado de noche, quiero decir más o menos la hora de la cena, tardía, de verano.

La química entre los tres fue instantánea. Ella y yo nos correspondíamos las miradas cargadas de pasión. Todos los cruces de intereses mutuos estaban correspondidos a partes iguales. Ñoña y acalorada, intenté mantener la calma y no decir nada estúpido así que no recuerdo hablarles demasiado, cosa rara en mí. Habíamos acordado que ellos vendrían a pasar la noche en nuestra casa, que dormirían ahí dado que teníamos una cama libre de sobra. Mi marido, de camino a casa, nos pilló todavía en el parking a los tres, y ahí es donde entra él en la historia también. Entabló muy rápido una relación de cordial amistad con el otro marido.

Después de salir de la ducha, mi marido ni siquiera se molestó en ponerse algo de ropa por encima. Envuelto en la toalla, sin más ni por encima ni por debajo, se nos unió a la conversación y también a las cervezas bien frescas. Me emocioné cuando su lengua entró en mi boca, buscando la mía, delante de aquella pareja. Mi ropa de calle, leáse una falda corta y una camiseta, desaparecieron más rápido de lo que estaba procesándolo y de repente ahí estaba yo, casi desnuda salvo por las bragas, agachada y practicándole una felación a mi hombre.

El mismo tipo de servicio recibía el otro, por parte de su amada esposa. Ejerciendo de anfitrión, mi marido nos animó a intercambiar de parejas. La primera vez que tomaba en la boca la erección de otro hombre ensalivado por otra mujer. Me quité las bragas antes de agacharme y arrodillarme delante de nuestro invitado, porque necesitaba fácil acceso con la mano entre mis piernas. Sentía que si no me tocaba algo dentro de mí simplemente reventaría. Todavía me saca una sonrisa recordar aquél cling, el sonido del vidrio chocando contra otro vidrio, de los maridos brindando con cerveza por nosotras y nuestras felaciones.

Todos libres de prendas, abundantemente sudorosos, con nosotras dos casi cara a cara en la postura perruna fue el siguiente capítulo de nuestra noche. Con nuestros respectivos maridos de nuevo emparejados con sus respectivas esposas. Mientras nos empujaban, nosotras nos comunicábamos a través de la mirada, a través del roce de nuestras mejillas, a través de la honestidad de nuestros gemidos. Fue después del intercambio, cuando pude observar a mi marido delante mía saliendo y entrando de ella del mismo modo que su marido salía y entraba de mí cuando ya por fín no aguanté más y en pocas embestidas me corrí.

En el trance, incapaz de aguantar el propio peso de mi cuerpo sobre mis extremidades, me desplomé sobre mi misma, boca abajo, y fue la primera vez que tomé constancia de lo mucho que había mojado entre y por las piernas. La otra dama, con mucho arte y empatizando desde la sororidad con mi estado orgásmico incorporó a su marido a la acción que ya estaba en marcha junto al mio. Me quedé en quietud observándola chupando del suyo y follada por el mío, mientras recordaba las sensaciones que yo había experimentado en la situación de estar entre y con dos hombres.

Habiéndome colocado boca arriba, sentí una calma hipnótica observando como sus pechos se balanceaban ritmícamente al son del sonido de la piel choncando contra piel sabiendo que mi marido pentraba en ella hasta el último centímetro posible. Todo olía a sexo, a carne, a sudor, a pecado. Observé los movimientos de su laringe mientras engullía todo el semen de su marido. Me levanté a la vez que su marido se retiraba de su boca, buscando algo para limpiarse y algo para beber.

Traje una botella de agua fresca que teníamos guardada en la nevera, habiendo pensando precisamente en estos momentos. Los dos, mi marido y yo, sabíamos que el agua fresca era lo mejor para calmar la sed fruto de la actividad sexual. La botella tuvo mucho éxito, pasando de mano en mano y de boca en boca. Cansado ya después de un día de trabajo, mi marido aprovecho la tesitura para sugerir continuar con una felación. Actividad a la que me apunté yo también. Con nosotras dos sentadas en la cama y él de pie delante nuestra, mi marido tuvo una descarga de extrema abundancia y fuerza. Ni siquiera en el porno he visto todavía una eyaculación tan magnifica, aún.

Con semen por la cara y hasta en el pelo -hasta en el ojo en mi caso-, nos fuimos ambas, juntas y literalmente de la mano, a la ducha. Tonteamos, como chicas. Tocándonos sin meternos nada, besándonos sin ahogarnos y frotándonos las espaldas. Por supuesto, cotilleando a nuestros respectivos maridos. Porque, al igual que los chicos siempre serán chicos, nosotras las chicas también siempre seremos chicas. Era una mujer bonita, más que guapa. Sin embargo, desnuda y mojada, entiendo que no había pene que resistiese la tentación a merced de la vista de sus pechos, que sin llegar a ser descomunales en su redondez encandilaban como un puntero laser a un gato.

Para relajar el cuerpo y la mente, volvieron a salir las cervezas de la nevera. El otro marido se fue también a la ducha, una muy rápida, y digo rápida porque recuerdo que entró, se ducho y salió más rápido de lo que se tarda en algunos asuntos fisiológicos. Fresco y en pelotas. Todos andábamos despelotados. Nosotras salimos envueltas en toallas que al final usamos de reposatraseros porque no hacían temperaturas que invitasen a tapar la piel.

Habiendo roto ya el hielo iniciático, con nuestros cuerpos algo más relajados, estuvimos charlando de buena gana y poniendo mucho interés en contarnos las historias de nuestras vidas, especialmente de nuestras vidas en pareja, con y sin detalles morbosos. Estuvimos más de una hora hablando, gesticulando, escuchando. Tres rondas de cervezas más tarde, los ojos masculinos nos miraban con deseos carnales. Como las barreras físicas las habíamos superado, nos costó muy poco volver a la acción con efectividad. Tocamientos lascivos, besos que transmitían el ardor interno, y un deseo irrefrenable de no presentar resistencia ante las diferentes sugerencias para compartirnos entre todos.

Despejé la gran incógnita que llevaba persiguiéndome toda la noche. Me preguntaba si aquella mujer era anorgásmica, dada su incapacidad para llegar al climax después de todo lo hecho y todo lo visto. Bastó que mi cabeza bajara hasta debajo de su ombligo para que en minutos, pocos minutos, todo su metabolismo pusiera en marcha la maquinaria del orgasmo. El único que llegó a experimentar en toda la noche, al menos entre los cuatro.

Fue mi turno en incorporar a los dos hombres de la casa simultáneamente por delante y por detrás. Aunque personalmente recomiendo la diversidad en posturas y experimentar con todo tipo de extras sexuales, en ocasiones lo más cómodo y lo más práctico es lo mejor para disfrutar de la noche, también. Y aquella pose, muy cliché de peli porno, funcionaba de maravilla para el propósito. Aunque no debería, me gustaría enfatizar que después de los placeres orales ofrecidos por mi boca entre las piernas de ella, fue su pareja masculina la que tomó posesión de mi boca. Y no se fue de ahí hasta que su explosión blanca y pegajosa me llenó la cara.

El último que quedaba en pie, mi marido, se hizo cargo de la situación como pudo, intentando acabar la noche como un triunfador por accidente. Hizo lo que pudo, cómo pudo y durante el tiempo que fue capaz de ello. A mí me llevo a un orgasmo, dejándome cabalgarle encima, con ella al lado, acariciándome el cuerpo, susurrándome obscenidades placenteras en los oídos, halagándonos a los dos, dejándonos probar su boca, sus pechos, sus dedos.

Fue ella, esta vez debajo de mi marido, la que consiguió su éxtasis masculino. Dentro de ella, dentro del condón. Las precauciones básicas y esenciales, siempre primero, antetodo. Yo, borracha y cansada, me duché rápido más dormida que despierta, víctima del esfuerzo físico, emocional y del alcohol. Intenté unirme al grupo, pero se me pegaban las pestañas a pesar de mis esfuerzos. Me despedí como pude y no recuerdo más.

Fui la primera en irme a dormir y la última en despertarme al día siguiente. Con una nota pegada a la puerta de la nevera indicándome que habían salido, dónde habían ido y si me daba la gana, dónde podía encontrarlos en caso de que no hubiesen vuelto antes de mi ya tardío despertar. Me tomé una ducha, porque a pesar del sueño profundo, el calor no daba tregua y me desperté sudando y con pelos de muy loca. Decidí esperarlos en casa, no me apetecía salir, la pereza y la resaca podían conmigo. Aunque en aquellos tiempos tenía mayor resistencia a los males de la resaca y el trasnochar locamente.

Aparecieron una hora más tarde. Ya me había tomado el café. No había vuelto a ocurrir nada sexual; ni entre los tres ni entre los cuatro. Pero la química seguía ahí, el buen rollo, la conexión metafísica. De noche ya, nos despedimos. Mantuvimos el contacto por un periódo de tiempo, pero las prisas del día a día, la distancia física y todo lo que ocurre en la vida con sus cosas grandes y pequeñas acabaron por enfríar, de un modo muy natural, nuestra relación cordial. Todavía no sé en qué momento exácto nos dejamos de hablar y de saber los unos de los otros. Nunca nos volvimos a ver en carne y hueso. Pero no tengo la menor duda. Si cualquier día nos encontrásemos por ahí de casualidad, la química que tuvimos jamás desaparecerá. Aunque ahora sean otros tiempos.

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