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Momentos sin arrepentimientos

He vivido muchas experiencias. Algunas, especialmente las más recientes, las compartí abiertamente mediante negro sobre blanco. Y aunque sigo conviviendo con mis dudas, en defensa propia alegaré que tampoco nací bajo el brazo con un manual sobre los detalles de los sentimientos y los caminos del querer. Sigo haciéndome preguntas introspectivamente atómicas, siendo mi propia juez a la vez que víctima. No acudiré a terapia, porque mi estado de ánimo inquisitorial tampoco es un accidente. En ocasiones dadas, tenemos que luchar contra nuestra propia corriente y asumir lo ocurrido sin dureza, como una historia única, irrepetible, a estas alturas irrevocable.

No me siento ni bien, ni mal. Sigo, todavía, procesando la procesión que llevo por dentro, sin embargo siento que es obvio que no soy una tarada ni tampoco una diva, que todo lo que viví y experimenté con mucha gente en pelotas alrededor mío simplemente serán los relatos y los recuerdos de algunas noches, de una vida, de mi vida. He levantado pasiones y me he sentido deseada de verdad, con honestidad, sin pretextos acrobáticos para acabar entre mis piernas. Sin moderación me he sometido al rock’n’roll de mis caprichos, tan íntimos y que tanto dan en pensar, después.

No hubo falta de una lírica épica para derrumbar aquél muro de lo imaginario y llevar mis dulces fantasías a la carne, a la sangre. En las llamas de mis ardientes deseos, reconozco e identifico mi egolatría, pero también a una mujer independiente. Algunos de ellos comedidos y armados de paciencia, en el fondo querían lo mismo que yo deseaba de ellos. Abandonarnos a los excesos de la vida, sin discrepancias sobre las consecuencias. Fui altísima felatriz pero también me derrumbe de placer bajo el peso de cuerpos fornidos y sudados escuchándome gemir legítimamente mientras pasaban una y otra vez por el aguacero entre mis piernas.

Mis principios no han cambiado. Experimenté cosas que jamás había dicho que llegaría a vivir en una sola vida. En mi conciencia apenas percibo daños colaterales por haberme dejado llevar por mi hedonismo, tras aguardar décadas de rutinas que retroalimentaban mi cobardía, mis miedos; la insolidaridad con mi propio cuerpo. Como muchas, he sido muy buena encontrando eslóganes vitales para boicotearme a mí misma. Y ahí dónde yo me creía muy pijoprogre y mujer moderna como en las revistas del quiosco con famosas en portada, a toro pasado me doy cuenta que fui una tacaña con mis placeres.

No le pido a nadie que se ponga en mi pellejo. Reconozco que soy una tipa con una vida cómoda, que tiene suficiente poder adquisitivo para acudir a según qué servicios privados mientras defiende, con fervor, la necesidad de lo público. Ya no tengo fe en las huelgas ni tampoco me dan miedo los que se hacen una paja en el metro, porque voy conduciendo mi propio coche. Estoy en la edad en la que ya no me supone una crisis si una cita me deja tirada, siendo capaz de buscar alternativas individualistas para casi todo lo que depende de terceras personas.

En charlas privadas, íntimas, con personas de confianzas en los tabúes había manifestado con serenidad mi deseo teórico para asistir, alguna vez, a bacanales. Rotundamente, y lo afirmo con firmeza, no me consideré a mí misma capaz de gestionar con suma tranquilidad unas maratonianas jornadas eróticas rodeada de tantos hombres. Y sin embargo, para qué engañarnos, aquí estoy, lo viví para contarlo y lo he contado. Con la autonomía intelectual de una persona adulta y el oportunismo hormonal de un revival adolescente, conseguí en cuestión de pocas semanas averiguar que tenía más valor del que realmente pensaba.

Desde mi despertar sexual había mostrado un interés teórico en las manifestaciones carnales grupales. Con el tiempo, y cuándo digo tiempo hago alusión al paso de los años, quizás fui radicalizando dichos pensamientos hasta el punto de sentir un gran interés por acudir, aunque sea una vez en la vida, a semejante intercambio de materia prima humana. Pero, por alguna razón, también con el paso de los años, asumí que los gritos y los aspavientos mientras cabalgaba a diestro y siniestro jamás traspasarían mi rica imaginación y los momentos de masturbación solitaria con ansia, todo dentro de la caja cerrada que se hallaba dentro del espacio seguro y bajo el control de mi mente. Normalicé que esto o aquello nunca lo viviría en primera plana. Evidentemente, cuán equivocada estaba.

Como psicóloga de formación profesional inicial, sé como atacar mi propio pasado desde cualquier punto de vista, separando la carne de los huesos, metafísicamente hablando. Inadvertidamente, había creado un vínculo entre la memoria histórica y la memoria histérica. Con esplendor y contundencia analítica, reorienté los detalles fugaces de mi biografía adulta y sexual bajo el mismo ojo francotirador, buscando encuadrar el pasado monógamo en los avances de presencias múltiples. Como estímulo y pistoletazo de salida, mi primer trío. El primero fenómeno de poder y autoridad, de orgullo. Tuve que llegar rondando los cuarenta para enfrentarme a ello. Siempre me pareció mucho más alcanzable y posible en mi lista de hipotéticos lo del trío que lo demás. Aún así, la experiencia trajo consigo una sutil reorientación en la vertiente sexual de mi personalidad.

A lo largo de los años siguientes, decidí no volver a prohibirme la participación en la producción del sexo a tres, siempre desde la prudencia del análisis preventivo del exceso. Hubo proyectos cancelados sobre los que no escribí, y pocos fueron llevados a cabo, casi una anomalía. En mi defensa he de decir que el número de pretendientes para el sexo desenfrenado a tres es inversamente proporcional al ridículamente pequeño número de ofertas serias, con elementos factibles y con la mirada vital puesta en las personas y no en el orgasmo rápido, gratuito y de malgusto morboso. Aprendí que muchos se presentan como ya listos para la acción pero pocos son capaces de tocar el asunto más allá de la fijación por sus partes privadas.

Puede que en alguna ocasión, de forma totalmente irracional y subconsciente, yo misma había boicoteado en un buen plan. No soy perfecta y no he nacido enseñada. Con toda la normalidad del mundo, puedo paralizar algo que deseo mucho, siendo emocionalmente mi peor enemiga cuando he de separar la boba que habita en mí del ser racional y prudente. Mea culpa. La ofuscación espontánea es enemiga de la labor insistente llena de naftalina presionándote como si fueras una burra a la que hay que tirar de la correa para que ande por el camino deseado. Y también padezco de desprecio crónico hacia los varones que respaldan su prestigio viríl ridiculizando a otros y otras con argumentos pobres y de poca transparencia. Que sé yo, pero para mí follar a tres es un acto humano social, no una puja en el mercado de carne despersonalizado y de uso limitado.

Me gusta jugar al parchís y también al ajedrez. Es irrelevante para negociar una quedada multitudinaria con fines orgásmicos, pero las actividades lúdicas que requieren el empleo de una estrategia avanzada ayudan para fomentar la capacidad de yuxtaponer la anticipación al movimiento del otro -u otros- en situaciones cotidianas diversas. La capacidad táctica de preveer catástrofes desde el primer movimiento figurado. Diseñar estrategias para buscar salidas rápidas, furtivamente, antes de caer en mayores equivocaciones. No tengo la más mínima aspiración en ser reina en lo ajeno si nuestros movimientos chocan en los ideales. Durar poco es digno. La intención de modificar el relato a posteriori con tal de que te cuelen un gol y echar un polvo no muy alegre es patética. Y dudo que haya mujer que no tenga que enfrentarse a ello una y otra vez. Y eso que yo tenía predisposición a dejarme hacer como la yegua se deja hacer por el caballo.


Mientras tengo la mente enfocada en lo que sentía mientras hacía las cosas que estuviera haciendo arrodillada, tengo pensamientos inconexos asaltándome por los flancos. Un beso olvidado en la luz tenue de mi habitación, por ejemplo. Tengo el pensamiento torciéndose, evitando por pasiva mi intención activa de enfocarme en una sola cosa, en una sola sensación. Saboreando la reconstrucción del encuentro, no sé si estoy buscando una justificación, una palabra pendiente para mi lista o más bien es puro morbo en diferido, recordándome arrodillada y con la espalda arqueada, haciendo la tarea más llevadera con la mano, sin pronunciar palabra.

Me exigo a mi misma volver a los recuerdos haciendo esfuerzos por despejar del camino toda tentación dogmática así como ética; en mi memoria reside también la verdad, de lo que siento, sin contradicciones, libre de afectos sesgados y de zonas grises de causa y efecto. No siento nada traumático y sin embargo busco rellenar los silencios de mis rememoraciones divagando hacia personajes y respuestas ajenas al pozo en que intento adentrarme. Porque todos tenemos en nuestras almas esos espacio abiertos subterráneos, tenebrosos, semejantes a madrigueras que guardan tesoros y porquería sin diferenciar. En todo lo que percibo, imagino e interpreto, hay una constante: no hay dolor.

Reflexionar sobre los actos cometidos sea por imprudencia, por impulsividad, por excentricidad, siempre cuesta trabajo. Una apertura radical en la propia historia. Es difícil, en ocasiones, asumir los daños, arrancar la tristeza, sentir intensamente de nuevo el drama de las relaciones humanas. El olvido y el rencor nunca desaparecen del todo. Permanecen flotando ahí, en tu psique, fieles. Solo se olvida del todo cuando se sana, cuándo lo causado por el pasado se convierte en un relato añejo, libre de heridas en carne viva. Y para olvidar, también, hay que reflexionar.

Moralmente neutra, invadía mi propia intimidad oculta en las sombras con la misma violencia del iceberg abriéndose paso y partiendo en dos al Titanic. No tenía pánico de lo que ahí me iba a encontrar, me sentía insumergible ante la corriente que todo lo arrastraba y se lo llevaba al pique. Lo único que tenía que conseguir era acallar mis voces y tomar nota del silencio. Me hundí tanto dentro de mí misma que a punto de estuve de quedarme plácidamente dormida. Había conseguido la ceremonia introspectiva sumarme en un estado de absoluta indiferencia, una calma utópica.

Encontré paz conmigo misma, y amor por el mundo y por la vida. En concordia, mantuve un diálogo entre todas mis yo interiores. Sin jerarquía, solo retórica acompañada de silencios temporales. Me aceptaba a mí misma con totalidad, ni santa ni puta, ni buena ni mala, ni guapa ni fea, ni tonta ni lista. Todas las cosas parecían pasar de golpe en un solo y único momento. No tenía hoja de ruta. Me dejaba hundir en las capas profundas de mi estado de conciencia, sin detenerme. Tomando notas de mis sentimientos y pensamientos más inalterados, sin apelar a los mecanismos de intervención directa que me llevarían a una confontración solitaria y tóxica, además de inútil a largo plazo, contra aquello que no me gustaba.


En el epicentro de todo el tráfico neuronal, descubrí la respuesta, desnuda y sincera. No había arrepentimiento, ni tampoco culpabilidad, ni mucho menos vergüenza. En mi ruta sexual invernal había conseguido poner en práctica buena parte de mis fantasías sexuales. Naturalmente, tengo inseguridades, algunas más potentes que otras, de proyección circunstancial. Compartir horas con seis hombres a la vez, desnudos y cachondos, sexo potente con hombres de color bien armado, sí, todo ello me arrancó grandes jadeos y descontrolados orgasmos pero también me provocaron un rosario de aprietos introspectivos.

Me siento una mujer con suerte. He vivido noches que superaron mis expectativas, de morbo sofisticado, con hombres capaces de respetar mis condiciones. Y aunque así debería ser siempre, desafortunadamente hoy en día muchachas y mujeres que acaban solas y desnudas frente a grupos de hombres lo hacen sometidas a presión ajena, desamparadas e inactivas a cuanto fluye por fuera y por dentro de sus cuerpos. No me siento culpable por lo que hice, pero no puedo evitar la sensación de sentirme una afortunada de la vida.

Someter sistemáticamente mi físico a placeres delicados y deliciosos me ha dejado marcada, para bien. A pesar de las buenas intenciones éticas de nuestra sociedad, sé que por ser mujer y compartir cama con varios hombres del tirón sigo cargando con el estigma de fulana, fresca, puta. No hace falta que te lo digan, la violencia que habita en el pensamiento ajeno se percibe, en ocasiones, desde el silencio. Se dan situaciones donde una debe seguir engañándose a si misma, y la vida sigue. Me produce una enorma tristeza observar como son precisamente otras mujeres las más prontas en lapidar sea por envidia, sea por ideología, sea por otras razones.

Siento que en pocas noches bien aprovechadas no solo he aumentado mi experiencia sexual sino también haber crecido en otros aspectos, diferentes, como persona. Quizás porque las experiencias fuertes, marcan más allá del tiki-taka carnal. Participar en lo que ya casi daba por hecho no alcanzar jamás a vivir, tan repetitivamente, potenció en aumento mi autoestima. Y, por increíble o absurdo que parezca, acabé harta, empachada, de polla. Confieso haberlas disfrutado todas con devoción, sin vergüenza, pero habiendólo aceptado todo tan de golpe acabó provocándome un efecto de sobrecarga.

He sido testigo voluntaria del genero masculino en sus momentos de vulnerabilidad involuntaria. Aún nublados por el deseo y con una causa en común, siempre flota en el aire la desigualdad entre los tamaños, las expectativas no cumplidas, la necesidad del poder. Paradójicamente, en los momentos de calma y flacidez observé, repetidamente en todos los grupos, una arraigada hermandad masculina, dónde las gestas individuales son contadas como ganancias en común. La masculinidad está atrapada en un estado de conciencia paralelo en los momentos de erección y fricción.

A corto y medio plazo no tengo desafíos en el punto de mira. He tenido y tengo bastante con afrontar lo ya hecho, rumiarlo, masticarlo, procesarlo y escupirlo. No seré una hipócrita, siendo mujer es -muy- fácil ser demandada por conocidos y extraños, siempre hay ofertas sexuales de por medio, de todas las formas, tamaños y naturalezas. Sin embargo, tengo el apetito desestructurado. Soy receptora de los estímulos eróticos exteriores, pero en el interior no me hallo con tremendas ganas de afrontar acciones pervertidas y que el catolicismo no aprueba en una mujer no casada. A raíz de ello queda claro que soy mala cristiana.

Tengo la certeza de encontrar nuevas aventuras en cada esquina si así me lo pediría el cuerpo algún día. Es más fácil incluso encontrarme con alguien para un encuentro sexual casual que, pongamos por ejemplo, quedar en una cafetería para tomar café y hablar de cosas con y sin sentido. Todavía no sé con excelencia hasta que punto mi pasado afectará mi capacidad para relacionarme cariñosamente y sexualmente con otras personas, en la intimidad del cara a cara. No he perdido el apetito, el gusto, por el sexo monógamo, íntimo, de tú a tú. Pero habiendo experimentado tan gloriosas vivencias, quizás sí haya subido el listón.

Tengo un trabajo que los de habla inglesa llama white collar. Tengo un hijo preadolescente todavía por criar. Tengo rutinas de cuidado personal que intento respetar al máximo. En conclusión, no tengo mucho tiempo por perder cuando lo que más me gusta a mí es perder el tiempo. Como mujer y madre soltera, y queda claro que poco tradicional a estas alturas, he de saltarme la agenda para los placeres del cuerpo, porque estoy en una fase de mi vida en la que tengo poco interés por ahorrar frustraciones. No vendo mi cuerpo al mejor postor, pero la magia de los pequeños excesos y las grandes perversiones seguirán fascinándome. Me sigo mojando entre las piernas pensando en las embestidas con fuerza, en los besos desesperados, en manos ajenas movilizándose por mi piel.


Hay una diferencia social de base entre hombres y mujeres: la educación. No me refiero a los saberes académicos sino a las enseñanzas sobre la vida, y las expectativas impuestas sobre cada género. Desde las prendas hasta la sexualidad. Desde el uso del lenguaje, verbal y corporal, hasta la normalización del acoso. Desde el uso de las rodillas hasta la estructuración de la identidad propia en funcion de protocolos impersonales. La presión constante entre lucir y quedar retratada. La imposición heteronormativa de un patrón de belleza adecuado al gusto masculino.

Y la educación sexual, qué sencillamente brilla por su ausencia o por su coherencia. El pánico ante cierta indumentaria, cuando la culpa no la tiene el vestido escotado. Hay momentos de sobrecarga emocional cuando da mucho asco la diferenciación de moral doble para ejecutar juicios de valor meritorios sobre el uso de la violencia sexual en base mínima a un vestido corto y unas piernas visibles hasta los muslos. Niñas y jóvenes que caminan de noche por la calle en un invisible ritual militar, sencillamente dispuestas a morir matando porque desafortunadamente los hombres malos que odían a las mujeres no son leyendas urbanas. Otras, tristemente dispuestas a dejarse hacer con tal de volver a ver salir el sol al día siguiente, si acaso.

Genuinamente, nadie me enseño a ser mujer. Me enseñaron, como a muchas por no decir a todas, que una falda puede suponer un peligro, que un botón desabrochado de más en la camisa me puede sentenciar, hasta el calzado puede despuntar para atraer al verdugo. Afortunadamente, las veces que sentí el sabor del hierro en la sangre en la boca fue por causas totalmente fortuitas y no relacionadas con la violencia física o sexual. Y sí, a estas alturas de mi vida, viendo lo que pasa a mi alrededor y mirando las estadísticas, me siento eso, una afortunada.

He tenido complejos con las formas naturales de mi cuerpo. De hecho, sigo teniendo complejo sobre mis pechos. Otros, los he superado, o de alguna forma he aprendido a convivir con ellos, borrarlos del consciente. Tengo la cintura estrecha y un culo tieso. A base de ensayo, error y relativo amor propio aprendí que vestido resalta mi aspecto y qué otras prendas mejor ni tocarlas. Y también cuál es el diámetro ideal para las botas, porque no solo el número importa.

Yo sola aprendí cuanto me chiflaban los hombres con el torso ancho, y más reciéntemente también los de intenso color negro. Y cuán bella esos mismos hombres me encontraban a mí, llevando ropa ajustada. Y como se me pinta la cara de rojo mientras me siento deseada por miradas ajenas. El placer que me provoca debajo de las capas de mi piel conseguir una erección notoria en lugares preferiblemente inapropiados. Y los momentos cuando se encuentran las miradas, típicamente cargadas de eros.

Desde el primer hasta el último hombre cuya polla acabó en el interior de mi boca o en el hueco debajo de mi falda, todos han sido un viaje de notable aprendizaje sobre la marcha. En el sexo hay una diferencia abismal entre lo conceptual y lo práctico. Y ante las grandes aventuras, no tendrás ningún soporte emocional si te rindes. Hay una austeridad en la soledad de ser y estar con tus miedos, con tus fracasos, con tus frustraciones. No hay armazón interior capaz de contener todas las intenciones desdibujadas por la decapitación de las propias voluntades.

En la previa de mi primer acto sexual a tres, cada detalle me daba tremendo morbo, y en paralelo, tremendo pánico. Desde la elección de la indumentaria hasta el más mínimo gesto. Llevaba tantos años, décadas, pensándolo que la aproximación de la fecha límite hacía que en mi cabeza las imágenes que recibía por los ojos dieran vueltas, mareándome. Surgió dentro de mí la voz de la duda, del pequeño diablo rojo soplándome por la oreja toda clase de argumentos hipotéticos que arruinarían por completo mi estancia en aquella cena, aquella noche. Nacío dentro de mi alma una necesidad mucho más grande que la de echar un polvo con dos: la indispensable exigencia de enfrentarme a mi misma.

Lo mas importante, nos dicen, es tener éxito en la vida. Pero nadie define el éxito. ¿Qué es el éxito? ¿Tener mucho dinero, una gran casa, una tía buena por mujer, unos hijos de portada de revista? ¿Es tener éxito aspirar a sábado de fútbol, polvo a la hora de la siesta, película por la noche? No lo sé. Claro que lo he pensado, y mucho más profundo de lo que lo expongo aquí con unas preguntas cliché. No tengo una respuesta certera, verdadera, segura. Lo más que puedo ofrecer es una aproximación subjetiva, parcial.

La felicidad es un estado pasajero. Un pico de altivez emocional, qué precisamente tiene tan poderoso efecto sobre nosotros porque se desarrollan unos procesos químicos de placer intenso pero efímero. Pero no, no es la felicidad en mi caso. Es el bienestar. La comodidad de mirarme al espejo sin odiarme, la fortuna de una existencia cotidiana plana, el confort de abrazarme a mi hijo y a mi perro cada día, la abundancia de agua, alimentos y medicina. Pero hay más, unos detalles adicionales que fui incluyendo a lo largo de los años según qué vivencias experimenté. Tal y como dije y vuelto a repetir, la suerte de follar con personas que nunca han dejado de respetar mi voluntad. La paz interior de haber superado mis miedos y llevar a cabo aventuras que habitaban solo dentro del poder de mi imaginación.

No importa cómo, ni cuándo, ni dónde, ni con quién ni con cuántos. De verdad qué no. No importa si es con la luz encendida o apagada, no importa si estás vestida o desnuda, no importa cuanto pesas ni de qué color llevas el pelo, no importa si él es más jóven o más viejo que tú, no importa si es de día o de noche, no importa si es pobre o rico, no importa si es blanco o negro, no importa si eres la única en su vida o la tercera por hoy. Porque lo único que importa es que hagas lo que hagas, sea lo que sea por muy brutal o friki que a otros les parezca, lo hagas porque te apetece, te nace, así lo deseas, así lo consientes. Y nunca dejes de hacer aquello que te pica por dentro, porque del mismo modo que a los hombres desde chicos se les adoctrina a no dejar pasar oportunidad alguna y aprovecharse de todo y de todas, recuerda que nosotras también. Pero solo cuando nos apetezca.

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