El sexo ha muerto, larga vida al sexo. Las nuevas experiencias que había vivido abrieron nuevos espacios dentro de mí, que desconocía. Un largo proceso, de años y décadas, donde tuve sexo, hice el amor, alguna vez puede que me abriese de piernas más por empatía que por necesidad, compartí mi cuerpo con un solo hombre y después con otro más, hasta el punto de acabar de grupo en grupo. Me sentía rodeada por un halo de maestría en lo referente a los placeres de la carne, respaldada por la veteranía y la madurez. No soy una sabelotodo, y aún tengo historias pendientes por suceder algún día. Sin embargo, había una parte de mí que había muerta la noche que hice el primer trío; otra parte corrió la misma suerte la noche de mi primera orgía. Una muerte transformadora, como el legendario renacimiento del fénix. Conocer dichas vivencias de primera mano y en repetidas ocasiones despejó la incertidumbre hallanándole el camino al saber. Una sabiduría efectivamente sesgada y muy personal, pero saber al fin y al cabo.

Tenía ejecutándose en mis pensamientos diversas ocurrencias. Enlazando pasado con un futuro todavía por efectuarse. Me dispuse a elaborar grandes analogías introspectivas, añandiéndole un prisma de melancolía artificial diseñando hipótesis retrospectivas. Soy humana y mi cerebro no es una máquina perfecta, por lo tanto la inteligencia me alcanza para tener recuerdos distorsinados de lo que habré vivido el siglo pasado y también para tomar decisiones íntimas de cara al próximo futuro actuando con la misma genialidad o con la misma estupidez como si toda mi vida fuera un directo atemporal e infinito. El reinado de las neuronas sirve para optimizar los recursos en asuntos tales como sobrevivir y perpetuar la especie, para la verbena seguimos dando los mismos palos de ciego y tropezando con las mismas piedras. Y dudas, y miedos, y alegrías y fracasos.

Esto es algo de lo que ya hablé en mi blog en otras entradas más antiguas, pero básicamente durante mi proceso de separación y divorcio tuve una travesía por el desierto en lo metafísico. Un período no muy alegre, en muchísimos aspectos, que afectaron el conocimiento que tenía de mi misma por completo. Sin que yo lo hubiese elegido por convicción propia inalterada, hasta logré pausar, de alguna forma, mi sexualidad. Pero la mente y el cuerpo tienen ingentes recursos para guíarte fuera del pozo negro, siempre y cuando te permitas explorar estratégicamente tus desgracias. Y durante ese tiempo analítico estuve parada en seco, en el sexo, al principio por falta de interés y después por falta de valor para lanzarme a la acción. Son cosas que pasan, y que nos pasan a muchas y a muchos pero que siguen siendo estigmatizadas.

En algún momento en aquél pasado amargo me llegué a plantear si yo sería finalmente capaz de aunar osadía y afán suficiente para copular con otro. Sí, a estas alturas está claro que al final adquirí suficiente coraje y empujada por la necesidad eché el dichoso polvo para romper el hielo de mi barrera mental. Hasta escribí sobre ello, aquí en este blog. Sí, desde entonces había mejorado en todos los aspectos. Había aprendido a saltarme las reglas, a jugar más y preocuparme menos, a dejar de competir conmigo misma, y partir en la toma de muchas decisiones desde la idea muy común y de refrán popular: solo se vive una vez.

Había llegado la fecha y estaba a punto de quedar con él, con ellos. Como siempre, mi cabeza se enfrentaba a pensamientos abstractos, absurdos, hiperrrealistas y supuestos para matar el tiempo. Soy muy buena especulando en los momentos menos indicados. Un defecto de serie. Acabé el año teniendo sexo, del bueno, compartiendo sudor y carne con distintos hombres a la vez. Mi primer polvo en el año recién estrenado iba camino de ser, de nuevo, una maniobra grupal. Una interacción social, erótica e íntima con tres, donde volvía a conocer inicialmente solo a uno de los participantes. Seríamente empezaba a dudar. ¿Había algo dentro de mí, asomándose fuera de mi control, qué limitaba mi capacidad para tener o sentir deseo y gozo con una sola persona? Enfrentándome al pensamiento, no me sentía así. ¿Simplemente era una fase, qué se me estaba yendo de las manos dónde yo ponía de mi parte mostrándome tan disponible? Lo cierto es que no sentía ninguna inclinación restrictiva apabullante en mi apetito sexual. Mientras yo ponías las reglas del juego sobre la mesa, me resultaba igual de atractivo acostarme con uno que el sexo con tres. Tenía una incertidumbre abierta y carecía de una solución inmediata.

Sabía que había tomado la decisión adecuada en acudir a la cita. Me apetecía, y el hecho de que tuviese la mente nublada divagando por ahí a modo de ansiolítico natural y el corazón latiéndome con más fuerza de la indicada en estado de reposo me hacían tener las certeza de que de ningún modo estaba ahí en contra de mi voluntad objetiva. Evidentemente, una puede darse cuenta de haber estado equivocada en cualquier momento, y si una quiere tiene a su disposición también un infinito conjunto de posibles líneas temporales en el futuro con los que pudiera agobiarse hasta el fin del mundo, todo a un nivel muy teórico dado que el 99,99999+% de aquello con lo que se puede conjeturar jamás (me) ocurriría.


Había vuelto a meter la maleta en el coche, haciendo el traspaso del mío al suyo. Ya me había entregado por completo, finalmente, a los tres. Solo faltaba llevar la intención a la práctica y de camino estábamos. Me senté delante, ocupando la plaza del copiloto, y aproveché el camino para lanzar alguna que otra observación con malicia depravada, por el espejo, a los que se hallaban sentados detrás. En herencia a mis recuerdos, me ofrecieron miradas llenas de sensualidad, excitación e intenciones indecentes. No había mucho de lo que hablar por el trayecto, y tanto el volumen de la música como el soplido del aire acondicionado funcionando a máximo rendimiento no incitaban a un diálogo verbal. En un semáforo, él, mi amigo que también hacia de chófer y guía, descansó su mano sobre mi rodilla. Yo le correspondí con la mía sobre su muslo. Por poco no acabé desabrochándole para ofrecerle un final feliz manual nocturno al volante.

Llegamos, aparcamos, salimos, recogimos nuestras pertenencias del maletero, entramos en casa, nos quitamos la ropa de abrigo. Me ofrecieron diferentes opciones para beber y opté por el Bacardí+CocaCola. Todos los demás Jack Daniel’s con Coca Cola. Lo dulce se mezclaba con lo fuerte. Dentro de los vasos y fuera de ellos también. Nunca antes había estado con tres personas de raza negra, a la vez, con el propósito de armar jaleo entre las piernas. Me sentía fascinada por el lugar, por la situación, por la tensión. Me sentía inspeccionada visualmente, advertía el deseo a través de sus ojos, notaba la necesidad en su lenguaje corporal. También percibía la precaución en el trato, esperando que yo hiciera o dijera algo lo suficientemente obvio como para entenderse por un pistoletazo de salida, una luz verde, una confirmación de mi consentimiento.

Cuando volví del baño me senté en el grueso apoyabrazos del sillón en el que había tomado asiento él. Continuaron hablando mientras yo notaba su mano izquierda tocándome una nalga, tirando de la falda hacia arriba, apretando con los dedos. Los otros veían su brazo moviéndose detrás mía, observaban la falda agitándose, y siempre uno más uno suman dos. Volvió el silencio mientras yo me agachaba, buscándole la boca con mis labios con el brazo deslizado por detrás de su cuello. Había llegado el momento, la hora de la verdad. Sin haberlo calculado, para poder besarlo me tuve que girar e inclinar lo suficiente como para permitirle tirar de la falda hasta dejarme con medio culo al aire. Se lo recriminé con voz juguetona mientras llevaba pintada en la cara una pervertida sonrisa. En respuesta, me aupó encima suya, haciéndome caer sobre su regazo, dejando todo mi culo expuesto a vista de los otros.

Supe que las cosas habían llegado a un punto de no retorno mientras escuchaba pasos acercándose y noté cuatro manos firmes y grandes tocándome con verdadera pasión, con franco interés, probando el tacto de mi piel y de mi calor corporal. Con apetito voraz se lanzaron a manosearme las nalgas, explorando mis tetas, acariciándome la espalda. Se hicieron efectivos besos en mis hombros mientras auténticos escalofríos me recorrían las etrañas. En mis pequeños gemidos no había nada ficticio, nada fingido, ni tampoco nada fraudulento en la humedad que empapaba un trozo de tela entre mis muslos. Impulsivamente, le desabroche el pantalón. Tiré para abajo con esfuerzo, lo suficiente para liberar su polla a media erección. Empecé a masturbarle mientras pedía un condón, ya. Por su cara supuse que lo estaba pillando por sorpresa, agradable sorpresa. En mitad de la confusión, me pasaron dos. Tire uno al suelo, abrí el paquete del otro, coloqué el condón y tiré en envoltorio al suelo junto al otro condón, o eso creo. Usando un par de dedos, despejé el camino apartando mis bragas a un lado y me deslicé cayendo desde lo alto de su pene mientras se abría paso en mí, hasta casi tocar fondo.

Una presión enorme que me parecía que llevaba al máximo la capacidad de tensión de mi vagina. En consecuencia, tuve que subir y bajar lentamente evitando una fricción violenta. Un suceso de la naturaleza de los desgarros en el tejido vaginal no entraba entre mis planes. Los otros, perplejos, se habían quedado de pie unos pasos por detrás sin tener una idea clara sobre como intervenir en la obra. Yo tampoco estaba en una situación para meditar sobre el modo a seguir en el reparto de tareas. Quería follar y estaba en ello, existía por completo en el presente desenchufada de cualquier pasado y futuro. El empalme atravesándome entre las piernas me provocaba largos y vibrantes suspiros. Unos azotes flojos en mis nalgas me apremiaron a incrementar el ritmo. Una voz pegada a mi oreja preguntándome si después les chuparía la polla a los otros dos. Mi cabeza moviéndose arriba y abajo aprobando. La misma voz rectificando, a los tres. Mi cabeza haciendo el mismo gesto de nuevo, avalando la rectificación.

Mi orgasmo fue rápido, duro e incontrolable. Exploté en una aventura visual psicodélica, mientras la dopamina y la serotonina y la endofrina inundaban mis neurotransmisores. La adrenalina se había encargado de poner la fiesta de mi culminación carnal a tope. Mi exaltación vocal bañaba la estancia en lamentos deleitosos. En pleno delirio orgásmico le había hincado mi rodilla en el costado, y me aguantó estoícamente la torpeza hasta que volví a recobrar algo de noción del presente. Su falo continuaba dentro de mí.

Mirándome de frente, entrando y saliendo en vertical, duro en lo largo y en lo ancho, con ambas manos agarrándome por la cintura, jadeando, eyaculó. Escasos minutos habían pasado entre su orgasmo y el mío. Todo quedó atrapado en el preservativo. Pero se había corrido dentro de mí, y sé que para él conllevó una contribución gratificante añadida en el clímax. Yo disfruté notando los espasmos de su polla, a cada salpicadura. Luego nos besamos, acariciándonos ambos, compañeros en el orgasmo. Entre beso y beso, me recordó el encargo que tenía por delante, las personas aún por satisfacer. Tenía ganas y además muchísima curiosidad en descubrir que llevaban los otros dos entre las piernas. Seré básica, simple y predecible, pero siendo los otros dos también hombres de raza negra me atormentaba la posibilidad de verme enfrentada a tamaños inabordables para mi talento y también volumen.


Hay algo poderoso en los piropos que te llegan en segundo plano. Frases mezclando terminología banal (guapa, por ejémplo) en contextos groseros. En mi caso particular me ayudan a mantener un nivel bien alto de seguridad en mí misma, alimentando mis vanidades, consolidando mi soberbia. Se puede tener la cabeza agachada con altivez. Estuve poseyéndolos en mi boca con la arrogancia de una vieja diabla que sabe más por vieja que por diabla. Glandes, troncos o escrotos aparecían y desaparecían retirándose en la oscura y húmeda calidez de mi boca. Desnuda, con el cuerpo excitado, con una gruesa almohada debajo de mis rodillas cataba sus sabores varoniles. En posturas relajadas, con el vicio grabado en sus rostros me dejaban plena autonomía para apañármelas según mi criterio.

Con la boca ocupada, entretenía ayudándome de las manos. Otras manos recorrían mi espalda, mis piernas, mi abdomen, mis tetas con sensualidad, buscando mis rincones húmedos no para ofrecerme gratificación instantanea sino para mantenerme en un estado  de prolongado estímulo anhelante. Con romántica naturalidad besaba, lamía y chupaba sus penes a cámara lenta, con las piernas separadas lo justo para recibir sus caricias, intrigada sobre sus planes de futuro. Después del calentón espontaneo en el sillón parecía que a muy corto plazo mi destino estaba ligado a las pollas duras de aquellos hombres recibiendo formidables caricias con mis labios. Por los oídos me llegaban sus lujuriosos comentarios, tratándome por igual como a una señora y a una puta en la cama. O con las rodillas hincadas sobre la almohada.

G era guapo, de una belleza admirable a pesar del paso de los años. Tenía un encanto magnético en su sonrisa. Poseía un miembro viril impresionante. No conseguía acorralar entre mis fauces más allá de la mitad longitudinal de su tronco. Me dejaba actuar con independencia, en lo que yo supuse que debió de ser una tierna intención de protegerme frente a cualquier inoportuna lesión bucodental. Al igual que yo, el hombre sabía más por viejo. Fue el primero en perder la simiente que atesoraba en los testículos, explotando casi de repente como una bomba contrarreloj, obsequiándome con una bonita corrida, abrasadora y resbaladiza.

Los tres tenían dotaciones genuinamente extensas. Con nobleza me concedieron un santiamén para descansar, hidratarme y demás cosas sobrentendidas. Los tres eran más altos que yo, tanto que me sentí canija cuando aparecieron en mi alrededor, rodéandome como los cuerpos celestes en una órbita fija. Sin temor volvieron a explorar mi desnudez a mano, con pericia y sin respetar turnos. Me sentí abrazada por el costado y al instante cambié mi orientación perdiendo el sentido de la dirección hasta chocar con un cuerpo poderoso, un dorso desnudo que empecé a besar y recorrer con mi boca con destreza. Notaba su abundante erección ascendiente sobre mi piel.

Con facilidad volví de nuevo a las práctica felatoria, en esta ocasión cambiando de postura, colocada sobre mis rodillas, atravesada, sobre el sofá. Varias veces tuve que interrumpir el acto para despejar mis vías respiratorias mientras esperaba extraer de nuevo el manjar masculino sin considerables trabas en el camino. Mi amigo hizo de jinete tomándome por yegua, colocándose detrás mía y montándome de nuevo, revisitando el mismo lugar entre mis piernas. Había una encantadora y eléctrica química entre los tres. Espléndida, chupaba mientras otro me daba sexo entre las piernas y otro más manoseaba mis pechos, auténticamente desenfrenados los cuatro.

Más temprano incluso de lo que pensé, una fulgurante riada desbordó mi capacidad para engullir el salado líquido que manaba desde el prepucio hacia mi faringe y laringe. Parte del mogollón de cantidad fue colándose y deslizándose por el largo de su polla, avanzando ligero hacia la base y el escroto. Nada más acabar, se levantó y desapareció tomándose su tiempo para asearse y adecentarse.

El otro, habiéndome separado las piernas que tuve que apoyar una sobre el frío suelo, se había acomodado detrás de mí, entrando y saliendo con calma. Discutían -en paz- sobre mí, sobre mis talentos, sobre mi cuerpo, sobre mi boca, mi cara, mis ojos, mi pelo, mis tetas, mi culo, mis piernas y lo que había entre ellas. Todo lo que contaban de mí delante de mis narices me parecía interesante, pero mi careto me traicionaba y hacía intuir a cualquier buen observador mi discutible capacidad para prestar máxima atención a cuanto acontecía alrededor mío mientras estaba siendo follada con talento. Apenas era capaz de quitarme los pelos pegados a mi frente sudada. Y mientras mi amigo seguía empujándome sin tregua y sin impaciencia, G repaba mi cuerpo entero con sus manos y sus besos.

Mis elevados gemidos no tenían nada de exagerado, embelesada por la huella de recogijo que dejaba tras de sí cada una de sus embestidas. Comunicándonos en un castellano algo torpe o más bien limitado, me comentaron la belleza de mi expresividad huida en el deleite, el atractivo de mis arrugas al borde de mis ojos, la gracia de mis senos poco voluminosos, el encanto de mis labios mamando, la hermosura de mi espalda levemente curvada durante el acto sexual. Si el empeño era llevarme de nuevo a un orgasmo, estaban por el buen camino.

Me quedé lamentablemente petrificada mientras mi amigo entregaba de nuevo su leche entre mis piernas. Quieta como una momia, esperé hasta que sus acometidas fueron moderándose hasta detenerse. Me encantaba como follaba ese hombre y odiaba su orgasmo intempestivo. Me había quedado a las puertas del mío, y advertía una frustración usurpándome el placer. De repente me sentí encolerizada cuando apenas un segundo antes estaba de lleno abandonada en los gozos de la obscenidad. No dije nada, disimulando el malestar. Salió de mi cuerpo y se despidió con un beso en cada nalga mientras se fue a higienizar y tales cosas poscoito.

Con un leve gesto, G me hizo colocarme sentada, y blandiendo una simpática sonrisa en la cara separó mis piernas, bajando su cabeza, lógicamente para rematar la faena. Tenía ganas de correrme y nada mejor que servida por un buen sexo oral, y sin embargo había algo de agridulce en aquél triunfo inminente. No puedo definir el paso de su cabeza entre mis piernas como una obra maestra, pero se dedicó con elegancia en asaltarme las labias, entrando y saliendo con su lengua en perpetuo movimiento.

Los otros dos ya habían regresado, y tomado asiento. Cuando mi amigo me besó en los labios con impetuosidad, se desencadenó debajo de mi ombligo un orgasmo de amor invernal de una complejidad inasequible para narrar por texto. Dejémoslo en un disfrute sexual que te hace omitir tu existencia en el presente, legitimando cualquier alucinación transitoria que después difícilmente podrás recapitular. Una vez restaurado mi estado de conciencia, me besé con todos y me fui a la ducha. Necesitaba el salpique ardiente del agua chocando contra mí, resbalándose por mi epidermis. Yo estaba encantada en compartir mi cuerpo con aquellos señores, experimentando una noche más de erotismo magnífico y salvaje. Pero la ducha caliente era un momento de intimidad que no pretendía compartir con nadie más.


Volví a aparecer trazando un elegante andar conservando mis habilidades para la seducción a base de movimiento de caderas. Sin decir nada, en el fondo me costaba dar crédito que estaba con tres, y encima de color, desnudos. Como preludio a no-se-sabe-qué me quedé observando sus inmesos cuerpos, con alguno a punto de recobrar la firmeza debajo del ombligo. Alguien había apagado la luz principal, dejándolo todo iluminado solo por las fuente de luz laterales, más débiles. La restricción lumínica mostraba en sus respectivos rostros ardientes deseos a los que yo estaba dispuesta a entregarme a partir del placer perezoso de una relajante ducha caliente.

Hablamos, conociéndonos más haciendo algnas preguntas y contestando a otras. Yo, la única blanca en la estancia, era el blanco de todas las preguntas ajenas. Esbozando sonrisas, contestaba con honestidad, en ocasiones desvelando contenido íntimo sobre mi pasado. Nadie estaba con una carpeta en la mano, tomando notas. Preguntas sobre matrimonio, maternidad, vida laboral, sexo, deportes y aficiones, cosas cotidianas, más sexo, un poco de política, un poco más de vida personal, más sexo. Que me hicieran alguna que otra detallada pregunta sobre mi vida sexual estando casi todos, así por casualidad, desnudos y después de habernos metido y comido las partes mutuamente me pareció bastante relevante. Expuestos por completo a mi vista libre, observé sus paquetes responder positivamente a mis respuestas dadas. Que mi amigo sujetara su polla con la mano derecha acariciándose con muchísima lentitud abarcándolo todo desde el prepucio hasta el escroto me pareció de lo más lógico. Incalculable el morbo que me quemaba por dentro viviendo en directo y en primera persona la escena.

Me pidieron catalogar sus pollas, de una en una, según mi criterio, sin tapujos. Cumplí con tan insólita petición con una respuesta técnica, que lejos de provocar una situación morbosa de película tórrida abrió el baúl de una charla más bien profesional sobre la mezcla entre las actividades sexuales y matemáticas, fíquica y química a niveles casi académicos. Abrí el nudo de la toalla que envolvía mi cuerpo, exponiéndome de nuevo desnuda a todas las miradas. Era mi señal silenciosa que daba a entender claramente mi disposición para entregarme al sexo con todos ellos. G fue el primer en mover un dedo, concrétamente dentro de mí.

Mi boca se hizo con la custioda del miembro viril de mi amigo mientras entre mis piernas un par de dedos y una lengua se disputaban el territorio. De repente, tenía al otro lado de mi cara otra polla en máxima expresión erectíl buscando también disfrutar de mis privilegios orales. Me impresionaba profundamente el volumen que algunos penes eran capaces de alcanzar. Por ello, ante la imposibilidad de practicar una felación alucinante dentro de mis capacidades me perimití el lujo de improvisar y jugar. Sin necesidad de consultarles, mi cabeza giraba de izquierda a derecha según mi criterio personal e intransferible. La situación me incitaba a chupar el glande a la derecha, lamer el tronco a la izquierda, besar el escroto a la derecha, volver a girar a la izquierda e improvisar nuevas formas de lujuria con la boca llena.

Entre mis piernas una lengua competente materializaba placeres de la carne que aceleraban mi respiración. Acompañada dicha lengua por dos dedos, intelectualmente hacía esfuerzos por mantener la concentración en los varios asuntos. Y cuando ni lengua ni dedos estimulaban mis partes púdicas, con sus labios les robaba besos a mis labias, con autoridad dejando tras de sí una firma sonora mezclando la saliva suya con las segregaciones mías. Entre giro de cuello a la izquierda y a la derecha, yo pedía por la boca más. Notaba una corriente eléctrica trasladándose por mi espalda, entre mis costillas, llenándome de pequeños y muchos placeres en mis bajos fondos. Me notaba exageradamente empapada entre los muslos, su lengua deslizándose por encima de mi coño como un barco abriéndose paso por la superficie de un lago en calma.

El mismo que estuvo lamiéndome fue el primero en colocarse el condón y en acceder, libremente, en mi húmeda apertura. A pesar de su grandeza, fue abriéndose paso sin llegar hasta el fondo con responsabilidad pero también con mucha facilidad. Según su opinión, estaba muy guapa viéndome dividir mi cabeza entre un lado y el otro. Servidora continuaba a lo suyo como una especialista del placer, con desarrollada afición por los genitales masculinos. G me advirtió que no descartaba llenarme, sin especificar si hacía rerencia a la boca, a la cara, a mi cuerpo. Mi amigo me llamaba tesoro y otros adjetivos bonitos mientras su pene se movía atrapado entre mis labios. Alguien mencionó, medio en broma pero con un transfondo muy en serio si no estaría dispuesta a cambiar de postura a una posición más apta para el estreno de mi culo. Me negué tajantemente, prohibiendo cualquier acceso penetrativo por aquellos lares y no se volvió a hablar más del tema.

El semen, caliente, descendía por mi garganta. Con una mano apoyándose en mi cabeza, G había vuelto a ofrecérme su legado más líquido. Apenas había retirado su pene de mi boca, su compañero me confesó el tremendo gozo de verme mamar, y tragar. El otro, entre mis piernas, mostrando una faceta más comprensiva se ofreció a parar el meneo si necesitaba un momento para descansar. La verdad es que no lo necesitaba, pero aproveché la tesitura para sugerir un cambio de postura.

Mis pechos saltaban de manera sugerente mientras cabalgaba a mi amigo, ubicada encima de su cuerpo en plena función sexual. Me había entregado por completo a su cuerpo cuando el otro había vuuelto a aparecer en escena, habiéndome dejando una ventana de tiempo más que suficiente para colocarme comódamente en la nueva postura y adaptarme al entorno. Comprensiblemente, acercó su falo a mis labios, buscando llenarme de gloria también.

Abandonada sin freno a los placeres del cuerpo masculino, si me lo hubiesen preguntando en aquél momento no hubiese sabido ni cuál era mi nombre. Con las manos colocadas sobre mis nalgas marcándome el ritmo, me había puesto coto a mi libertad de movimiento, lo cual repercutía diréctamente en lo que hacía con el otro, clavándole en más de una ocasión la uña en la carne dura y mojada. Con modestía procedía a pedir perdón al afectado en cada ocasión. En respuesta colocó su mano sobre mi cabeza, pidiéndome seguir en sagrada unión con su polla a través de mi boca. Por razones conocidas por cualquier mujer practicante de felaciones, cuando el chico que está delante tuya te coloca la mano sobre la cabeza, solo quedan dos opciones: hacer prosáicos aspavientos por un lado, elevar la mirada mientras tus labios, tu lengua, tu paladas se funden con su polla/pollón por el otro lado. Ahí estaba yo, intentado quedar bien mientras buscaba la manera más ecuanime de hacer encajar dos penes en mi cuerpo en un acto de fe.

Desde abajo, ingresaba entre mis piernas epujándome hacia arriba con su grosor y con sus manos. Por arriba, hacía lo que podía dadas las condiciones. La primera en alcanzar el orgasmo fui yo. Una escalada peldaño a peldaño recorriéndome todo el sistema nervioso, alcanzando el punto de no retorno mientras me propinaban un seductor beso en toda la boca, el mismo que buscaba gloria en ella. Como en los documentales sobre estrellas lejanas moribundas, mis ovarios se hincharon y explotaron, dejando tras de sí la estela orgásmica, el arcoiris en alta definición que solo yo podía ver.

Me disculpé y me quité de encima. Los dos se quedaron mirándome y recomendándome no volver a disculparme jamás por tener un orgasmo, al menos no con ellos, al menos no delante de ellos. Necesitaba una pausa; ellos entendieron mi necesidad para la interrupción del acto carnal, por breve que fuera. Les advertí que el recomienzo de mis actividades para proporcionarles a ellos también un último orgasmo sería el acto final. Me habían dejado a gusto, y además estaba empañada en clausurar la noche quedándonos todos satisfechos. O más o menos, algo de eso. Pero también conocía mi cuerpo, y me estaba avisando que aguantaba con las ultimas reservas de energía disponibles.

Como dos chavales debatiendo quién debería tirar un penalti en una pachanga de amigos estuvieron brevemente barajando quién debería plantarse primero delante de mis narices, ofreciéndome succionar su erección. Se supone que yo debería decir algo, pero mantuve el silencio, ciertamente divertida por el espectáculo. Los dos estaban cerca del momento culminante, y ninguno estaba muy por la labor de agonizar en lo último que le quedaba a la noche. Condenados a entenderse, volvieron sus miradas hacia mí, siendo mi voto el que valdría para desempatar la situación, bastante cómica. En mi nublado juicio a tales horas, solo hubo una manera salomónica de repartir justicia sin armar lío y sin grandes sobrecostes energéticos para mi físico.

Zanjé la pequeña controversia gestionando manualmente ambos falos. Un reparto equitativo, tanto para dar como para recibir. Adecuaron sus posturas para ajustarse a mis exigencias con comodidad. Obtuve una unánime aprobación sobre mi voto aclaratorio. Rechacé las otras propuestas que fueron surgiendo durante la acción a razón de una insuficiencia en mis apetencias. Aún así, aparantemente, basándome en sus confesiones, disfrutaban viéndome hacer a dos manos.  G estuvo tentado en intervenir, pero paralicé sus intenciones a medio camino. No requería de más estímulos sensoriales para llevar a cabo con éxito mi gestión masturbatoría.

Encontrándome de rodillas, entre ellos dos, cara a cara, intervenía con la mirada al tiempo que mis manos actuaban. Habiendo rechazado sus peticiones para tomarles en la boca, optaron por colaborar sin intervenir en mi tarea, apoyándome verbalmente con piropos y otras frasecitas que servían para el propósito de comunicarme su necesidad en alcanzar el orgasmo con urgencia. La almohada debajo de mis rodillas hacía también de plataforma, elevando artificialmente mi estatura. Manoseaba sus falos con decisión, aplicándome con empeño en la faena. En un momento de debilidad, agaché mi cabeza tanto a la izquierda como a la derecha para repartir un beso, un solo, único, solitario beso en la punta de cada uno de los glandes.

Agradecieron mi consideración. Les deje claro que lo que hice no procedía en mi plan inicial, pero soy así de buena persona. Decidí aportar algo de variedad al monotemático movimiento semi-circular sube-y-baja baja-y-sube, y sin pedirles permiso sostuve sus respectivos escrotos en cada una de mis manos, sin pretender nada más que generar nuevas sensaciones. La situación provocó nuevos cumplidos que escucharon mis orejas. Con poco tacto, pero en aquellos momentos con mucha carga morbosa, uno de los dos afirmó que lo tenía a punto de vaciarle los huevos. Subí la mano, empezando de nuevo el ejercicio masturbatorio, procurando de mantener su prepucio apuntando hacia donde yo quería, lista para notar, ver y sentir en cualquier momento su orgasmo.

El lugar elegido, por mí, fue su propio cuerpo. Me interesaba ver su eyaculación ejecutándose, recurriendo a mi mano como artifice. Noté como su cuerpo se tensaba, como algunos músculos se juntaban involuntariamente. Yo disfrutaba del proceso, sabiendo que lo estaba empujando de forma irremediable hacia la resolución de sus pasiones. Me avisó entre jadeos sobre su inminente final feliz y yo le dí mi voto aprobatorio, incitándole a que lo hicise diréctamente sin pensar, cerrando los ojos, abandonándose a los demás estímulos y al subconsciente.

En la zona cero de su glande, por la apertura de su prepucio brotó el semen, chocando los primeros chorros contra su propio abdomen. Un indicutible olor salado me invadió las fosas nasales, mientras con la mano seguía gestionando los últimos impulsos de su corrida. Añadía a mi historial una paja con éxito con la mano izquierda. Todo lo que no salió disparado a chorros en los instantes iniciales acabó escurriéndose por el tronco, fluyendo entre mis dedos, buscando abrirse paso como si fuera un riachuelo descendiendo por una elevada pendiente. Los otros dos que hacían de público voluntario parecían seguir los acontecimientos con interés. Alguien sugirió que gestionara lo que quedaba con la boca, pero no estaba de ánimos insaciables.

Solo quedaba uno. Mi amigo, casualmente. Buscaba hacerse el listo empujándome los límites, intentando acolarrárme en dos opciones que éran de su agrado: su semen en mi cara o en mi boca. Mientras machacaba su erección con rápidos movimientos de maño y muñeca yo le explicaba que no se hallaba en una situación favorecedora como para negociar conmigo. Bien es cierto que no había una negociación hablando con propiedad, simplemente un tira y afloja. Sonreía mientras se dejaba hacer por mi mano, sosteniéndome la mirada, a la espera de alguna intervención mía de cara al futuro a muy corto plazo, suponiendo él que yo me hartaría de aguantar la presión. El recién corrido se tomó la licencia de acercarse a mí, agacharse y besarme con dulzura en la boca, a lo que yo correspondí con un beso más fogoso.

Me inspiraba mucha confianza en todos ellos y un chute de amor propio también besarme con uno al que recién había llevado al orgasmo mientras tenía la mano puesta alrededor de la polla de otro. Me sentí invadida por unas sensaciones que mezclaban el afecto, la consideración, el entusiasmo y la gratitud en una píldora para el espíritu de efecto inmediato. Seguí besándome con él unos segundos más sin olvidarme del asunto que todavía tenía por resolver, nunca mejor dicho, entre las manos. De fondo escuché a G diciéndonos que tenía ganas de tomarse una ducha pero esperaría hasta la culminación del último final feliz de la noche. El implicado aclaró que estaba a punto puntísimo. Yo también estaba empezando a hartarme un poco de tanto onanismo. Y esos que sus pollas, las de todos y cada uno de ellos, me tenían embelesada y contenta, que me habían proporcionado tanta satisfacción, provocándome gozo en el cuerpo y deleite en el alma.


Con el entusiasmo desvaneciéndose después de los resultados positivos en el último tramo de nuestra noche de placeres compartidos, aprovechamos la bebida, conociéndonos un poco más contándonos cosas de nuestras vidas. Voluntariamente hicimos públicas algunas vergüenzas propias y ajenas, todos mutuamente interesados en los relatos de cada uno. Aunque me ofrecieron una nueva ronda de placeres carnales, decliné el ofrecimiento habiendo perdido el interés, sin embargo conservaba dentro de mi corazón, como una joya invisible, todo lo vivido como una aventura de lo más bonita, que algún día negro restauraría en mi consciente tirando de la memoria para alegrarme la vida.

La acción más destacada era el levantamiento de vaso doblando el codo. Nos captábamos las miradas y nos entendíamos sin necesidad de mover mucho los cuerpos. Dedicados a entendernos, habíamos desarrollado cierta afinidad. Nuestras figuras se notaban cansadas, y también emocionadas. Medio enrollada en una manta, me destapé enseñándome al desnudo, respondiendo a los ruegos ajenos, aunque la cosa no pasó a más. Me declaré abiértamente satisfecha sin necesidad de que ningún caballero volviese a tomarme por ninguna de mis partes. Me volví a tapar, quedando protegida debajo del suave tacto de la manta.

Los tres seguían desnudos, enseñándolo todo. No lo hacían con empeño exhibicionista, y tampoco mostraban un lenguaje corporal abierto al desenfreno. Mi amigo nos confesó que corría el risgo de endurecerse de nuevo entre las piernas si nos iríamos a dormir pronto. Sus amigos buscaron tranquilizarle y quitarle hierro al asunto animándole a que no tuviese miedo ni vergüenza en masturbarse delante de todos, incluyéndome, si así fuese necesario. Sabía que el transfondo de toda aquella charla había una mínima esperanza de que yo volviese a activarme para participar de nuevo en alguna acción sexual, pero lo cierto es que no tenía intención alguna en volver a abrirme de piernas. Ni tampoco acudiría en ayuda y rescate de ninguna paja ajena, a pesar de la majestuosidad de su polla dura. No hacían falta más explicaciones por mi parte.

Extendida en horizontal, con lo que me quedaban de fuerzas hacia esfuerzos por mantener las pestañas despegadas mientras los chicos estaban encargándose de acabar lo último que les quedaba por beber. Fueron de uno en uno acercándose a mí, turnándose para besarme y felicitarme y alguna que otra palabra y frasecita muy bonita y agradecida. Haciéndome la perezosa, finalmente me quedé dormida ahí mismo, sin llegar a la cama.

Fui la segunda en despertarme. G había sido el primero en despertar. Un olor a café recién hecho me llegaba desde la cocina mientras mis ojos luchaban por acomodarse a la luz natural. Hacía calor y había sudado; levanté mi cuerpo sucio y me tomé una ducha rehabilitadora. G había tomado sitio donde yo había dormido, y me estaba esperando con una sonrisa y un café recién hecho. Nos colocamos cara a cara mientras mi pelo húmedo se ejercitaba libre y a su puta bola rizándose sin control. Educadamente y con mucho respeto, G trató de obtener una última sesión de placer mientras los otros dos no parecían dar señales de vida. Sentí la tentación bailando dentro de mí, pero resistí al impulso. Se tomó la negativa con mucha clase, y aprovechó el momento para declararme, de nuevo, su gratitud por la noche anterior, por todo lo hecho y dicho y compartido.

Con los demás apareciendo por la estancia, me senté a la izquierda de G para hacer sitio. Un bulto apuntaba hacia arriba debajo del ombligo del que se había sentado en frente mía. Me hice la sueca, buscando no intervenir demasiado en dichas observaciones que al final acabaría de nuevo toreada y para lo que quedaba del día tenía otros planes, bien distintos. Nos tomamos el café entre los cuatro. Medio café, en mi caso.


Un último beso ante de salir. Había llegado el momento, cada uno a seguir la rutina por su propio horizonte. En mi cabeza seguían dando vueltas algunas de las incertidumbres que habitaban ahí desde hacía días. Horas después, en mi hogar, mis neuronas estaban movilizándose, haciendo una interpretación naturalmente subjetiva y sesgada de lo que había pasado la noche anterior. En lo físico sentí ciertos impulsos morboso recordándolo todo de nuevo, algo que esperaba que ocurriese.

Boli y papel en mano, de manera mecánica hacía columnas rellenándolas de adjetivos, sobre lo que acerté y en lo que me equivoqué, y los errores ajenos también. Una sincera terapia del corazón, obviando mi capacitación profesional. La rabia y la esperanza en comunión existiendo dentro de mí, un malestar residual y también destellos de felicidad. Evocaba mentalmente todas las locuras que experimenté en los últimos años, evocando a todos los personajes implicados. Almas aliadas para una libre elección de placer a granel.

Dejé de lado el papel y el boli. Arriesgaba desembarcarme en ideas más profundas, rancias, tapujos y conceptos enterrados, que no desterrados. Confiaba en la mediocridad de mi intelecto, resignándome a que habrá otro día, mejor, para volver con mejor ánimo y temperamento a esto de pensar mucho sobre mis propios valores, mis libertades y mis libertinajes. Pero por ahora me hallaba resignada a mi desmotivación. Ya metida debajo de la sábana, despedí la noche mandándoles un beso virtual a los artificieros de mis últimos placeres sexuales. Hundida en la almohada, paré una incipiente crisis existencial acabando en un sueño de larga duración a modo de resistencia.

Anuncios

Un comentario en “Servida hasta el paladar

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s