El té de las cinco

Llevaba varios días sin saber nada de él. Lo cierto es que no volvimos a vernos las caras desde aquella noche, pero estuvimos manteniendo el contacto, preguntándonos quétalestás aunque fuera para cumplir, felicitándonos en las ocasiones de rigor en las fechas vacacionales. Había una calma alargada entre nosotros dos. También fueron semanas agitadas, de idas y venidas, de familias y conocidos, de mucho comer y mucha siesta, de salir a correr con desgana y quedarse debajo del chorro caliente de la ducha más tiempo de lo políticamente correcto para ahorrar agua. En fín, las cosas de la vida, típicos asuntos mundanos, el inexorable desgaste de lo cotidiano.

Escribiéndome con intención de seducirme, me lanzó varias propuestas para quedar. Eso sí, esquivando cualquier mención directa a su nido de amor, por lo que yo entendí que se trataba de una maniobra para socializar en algún lugar público. Que fuera una cita simplemente para pasar el rato, para ligar, para follar o para vete-tú-a-saber-qué supuse que ya lo averiguaría en el momento. Me abstuve de lanzar un discurso en contra respuesta lleno de signos de interrogación y me dejé llevar, aceptando su invitación pidiéndole con total descarro que me llevase a un sitio caro a tomar té. Si me has visto copular con tus amistades delante de tus narices, ya teníamos suficientes confianzas como para permitirme dichos caprichos.

Con falda y con los pelos a lo loco me presenté en la cita. Nos íbamos a tomar un té a las cinco, como los ingleses pijos. Llevaba en el bolso el minikit imprescindible por si había conquista carnal y acabaríamos en otro lado haciendo cosas de gente en estado caliente. Dado los últimos acontecimientos, no sabía si el re-encuentro sería incómodo, problemático o más bien un todo sigue igual como sí aquí no ha pasado nada.

Por suerte, no hubo ningún silencio incómodo que derribar ni tampoco sutilezas amargas. Tampoco había ninguna razón para ello, pero con la experiencia he aprendido que a veces los hombres son capaces de montarte un espectáculo impresentable sin venir a cuento cuando hay detrás historia coital. Habiéndome propuesto él quedar, me parecía patético que lo hiciera para echarme alguna bronca, de despecho y celos. Sin embargo, cualquier mujer llegada a ciertos años tendrá en su bagaje vivencias hipérboles con personas -de género masculino- epatantes.

Charlamos risueños de asuntos de actualidad con campechanía, intercambiamos opiniones sobre arte y otros placeres caros, me dejé fácilmente impresionar por sus últimos éxitos empresariales. La tarde avanzaba de la manera más agradable posible, nuestras conversaciones no tenían ningún tipo de jerarquía, volando libres de aquí para allá con naturalidad, sin esforzarnos en buscar ese algo en común que nos rescatara de nosotros mismos. Había disfrutado de la mitad del suntuoso té que me habían servido cuando la conversación hizo el pequeño giro a la derecha, montándose el línea recta hacia el tema que estaba flotando ahí en el aire entre nosotros y que todavía no habíamos tocado como dos personas adultas.

Para calentar motores, mantuvimos un diálogo a nivel conceptual sobre la orgía compartida. Expresé mis argumentos y mis sensaciones sin censurar mi lujuria, proporcionando crítica constructiva sobre la actuación de cada uno, hablando claramente de lo que estuvo muy bien y de lo que tenía márgen de maniobra para mejorar. Refugiado en el comodísimo respaldo de su silla, me escuchaba montarle el informe oral de mis impresiones con suma atención, dedicado por entero al poder de mis palabras, permitiéndome acabar la exposición sin una sola interrupción. A metrio y medio delante de mis narices, no apartaba su mirada de mi cara mientras dibujaba una discreta pero coqueta sonrísa sobre la suya. Empecé a tener la sensación de que había cierto interés incipiente por su parte en montarme, como monta el caballo a la yegua.

Su contestación respecto a mis impresiones fue amplia, quizás excesivamente educada. Incluso diría que para él tuvo un toque romántico. No tengo intención en hacer propaganda del sexo grupal, pero he de reconocer que desde mi punto de vista también había una grandeza sentimental convertida en pasión hormonal esto de comérsela y dejarse comer por varios. Y follar unos con otros delante de los demás como si no te importaría el siguiente segundo, el siguiente minuto, la siguiente hora. Más allá del desgaste físico, también gastas algo de tu alma, un peaje anexo intercambiando la inocente ignorancia por un morbo depredador.

Tras nuestro edificante momento aclaratorio, me hice cargo de la conversación, poniéndole al día relatándole y contestando a sus preguntas sobre los acontecimientos que tuvieron lugar días y noches después de lo nuestro. Noté en la geometría de su rostro una erección que no alcanzaba ver. Se quedó boquiabierto por mi entrega fácil, compulsiva y casi rutinaria antes de acabar el año a los placeres del sexo en grupo. A mi manera, yo misma me hallaba todavía en proceso analítico de trituración pormenorizada de todo lo que viví y la aceptación consciente de haber tenido éxito acostándome con varios hombres a la vez, de manera seguida. No tenía dudas ni tampoco arrepentimientos por haberme entregado a todos aquellos hombres, sin embargo había un algo ahí en el hecho de que yo opuse mínima resistencia ante los ofrecimientos posteriores, acudiendo de buena gana y por propia voluntad con el cuerpo muy cachondo a picaderos dispuesta a mayores bravuconadas sexuales sin haberme frenado, intelectualmente. Como si un trastorno obsesivo se hubiese apoderado de mí, anestesiándome la capacidad racional de abstención. Paradójicamente, todo aquello sucedió porque yo me entregué a la causa totalmente convencida de que aquella era mi voluntad, y sigo pensando que lo hice porque esa fue mi voluntad, pero sigue habiendo un algo indenfinido por debajo de mi superficie sensata que me tiene mosqueada.

Para no quedarse de alguna manera corto o quizás fuera de juego, me contó sus aventurillas de mujeriego soltero alemán pollón de piel negra por la España mediterránea. Sentía curiosidad y en cierto modo cuando una escucha según qué cosas, también el pensamiento vuela, imagina, hace la película visual del relato audio, así que hubo algo de calentón espontáneo. Pero no sentí celos ni otros sentimientos parecidos que indicasen alguna molestia heteronormativa monógama. Me intrigaba conocer la intensidad de sus amores pasajeros, me provocaban envidia -sana- esas chicas más jóvenes con piel fina y el culo bien puesto, en plan vieja cascarrabias. Me hizo reír el gran escándalo que armó una de ellas a base de gemidos y gritos exaltados y aquella otra que se llevó por dos noches a una spa en las afueras y que perdió la cuenta de las veces que le había comido la polla porque la pobre mujer estaba menstruando y se negaba a otras prácticas. Intenté explicárselo: para nosotras no supone un dilema ético tener sexo mientras estamos en esos días, sin embargo para muchas puede ser de una incomodidad violenta hacerlo, estando con la regla, con una persona con la que, por muy bien que te caiga y por muchas ganas que tengas de cepillártela, no tienes esa confianza que te da una pareja sexual estable. Qué también entendía su dedicación oral, y que apoyaba desde la sororidad toda forma de expesar su deseo y de vivir su sexualidad. Es tan lícito negarse a practicar una felación como chuparla sin parar.


Para cuando ya me quedaba una mínima cantidad de té, por fín llegamos al quid del por qué habíamos quedado. Desde luego me esperaba algún tipo de cortejo y una propuesta indecente de compartir espacio entre mis piernas, llamándonos cosas poco apropiadas y consiguiendo orgasmos por el camino. Lo que no había tenido en cuenta, de hecho ni siquiera consideré seriamente que fuera posible, era una nueva proposición a la indecencia y desnudez grupal.

Escucharle fue como un golpe duro en la nuca. Me quedé desarmada, con la mente en blanco, en todos los tonos blancos posibles, desde el blanco paloma de la paz, pasando por el blanco mármol, el blanco roto, las paredes blancas de Mykonos y otros muchos blancos. Irónicamente, en su propuesta se incluían otros dos hombres de color negro. Había un choque de colores aquí. Yo que sé. Cierto es que en ningún momento reforcé la idea de que estuviese dispuesta a un nuevo cónclave orgíastico, pero tampoco hice afirmación alguna de rechazo claro y duro hacia la idea de compartir de nuevo mi cuerpo, sin complejos, con varios varones dispuestos a competir en complacerme. Simplemente, no había tomado en cuenta la posibilidad de que me fuera a ofrecer de nuevo un encuentro entre varios, no tenía ningún plan.

Ni siquiera sabía que contestarle porque ni siquiera sabía que era lo que quería yo. Pero me chocó bastante que fuera a pedirme a quedar de nuevo para llevarme al huerto con sus amigos. No sabía si estaba tomándome por una fresca de cuál aprovecharse al antojo de sus perversiones. Puede que lo hiciera desde el más grande de los respetos, quizás tenía el convencimiento de que yo era una mujer de armas tomar, libertina e independiente, de moral poco conservadora. Al propónermelo, dejó caer sobre mi tejado la responsabilidad de tomar la decisión sobre el ascendente nivel de atrevimiento en nuestra relación cordial, amistosa y con derecho a múltiples roces.

Me faltaban datos para calcular una respuesta serena, sincera y equilibrada a su incógnita relativa a mi disposición para participar en el bacanal ideado con antelación a consultar mi voluntad. No había vuelto a tener sexo desde la última vez que estuve con varios hombres, y tampoco lo había necesitado demasiado. Me había quedado empachada, una sobredosis fálica que padecí saltando de grupo en grupo. Las escasas necesidades para no acabar sobrecalentada las resolví satisfactoriamente de manera masturbatoria sin necesidad de más, sin echar de menos algo más. Tarde o temprano necesitaría de nuevo de un hombre y de su órgano sexual, eso lo daba por hecho. Pero mis hormonas no parecían tener prisa, mi cuerpo estaba se hallaba en uno de aquellos momentos de autosuficiencia, atrapada en mi propia burbuja. Estaba presente en el mundo, pero una membrana invisible me aislaba de sus necesidades.

Temía contestarle apresurada, porque por mis escasos principios morales no quería decir forzada por la urgencia ni tampoco no presionada por la ansiedad y las dudas. Saliendo del trance en el que me metí bajo el shock inicial, tuve que buscar una salida dialéctica sin rebajar mi intención de coquetear con la idea pero tampoco estaba dispuesta a ofrecerle una respuesta inmediata. Pedí una botella de agua, tenía sed y una sequedad repentina por la garganta. Acabé tomando el toro por los cuernos, explicándole con sinceridad mi necesidad de tiempo y espacio para poder ofrecerle una respuesta firme sin presiones y sin arrepentimientos. Hablé despacio, tomándome descansos para respirar hondo y buscar las palabras adecuadas, haciendo cálculos espontáneos el poder del significado de una palabra u otra. Para él, que no tenía un dominio exagerado del léxico castellano quizás lo mismo daría decir una palabra u otra, sin embargo para mí tenía suma importancia el discurso.

Obviamente, una respuesta negativa por mi parte abriría entre nosotros una fractura a nivel personal, socavando la confianza mutua, frenando de golpe cualquier idea posterior de seguir solidificando de alguna manera nuestra relación amistosa con sexo sin compormiso emocional. Trataba de combatir cualquier prejuicio sobre su oferta, huyendo de malos espejismos, buscando nuevos espacios mentales para balancear lo positivo y lo negativo desde una centralidad no adulterada. Es más fácil decirlo que hacerlo, os lo garantizo. Necesitaba unos días para procesar la información, hacer criba de argumentos, repartir lo bueno y lo malo y hacer una resta final que inclinaría la balanza de mi decisión para un lado o para el otro.

Se mostró en todo momento abierto y cooperativo a ofrecerme toda la información que buscaba mientras le hacía preguntas cual interrogatorio digno de una novela detectivesca. Información sobre los otros progatonistas, sobre el dónde aunque no sobre el cómo lo cual sería fácil de aproximar. Pregunté si me lo proponía porque me tomaba por una bendita zorra que saldría mucho más barata que una profesional del amor ocasional. Hizo aflorar su mejor castellano para explicarme, con moderación y sin caer en absurdos tópicos soeces que sentía inquietud si yo le tomaba por alguien que me tomaría por puta. Entiendáse aquí puta como sustituta de saldo cero de una prostituta. Su lenguaje corporal y su tono de voz me indicaban un encombiale esfuerzo para hacerse explicar, de manera honesta. En lo interno, seguía deliberando acerca de la integridad de sus argumentos. Supongo que por el otro lado el comprendía perfectamente mis reservas en mis razonamientos y la cautela. El hecho de que fuera exponiéndome sus argumentos sin implorar que yo tuviese una convicción inmediata acerca de su honradez me hacía pensar que me tomaba por una persona capaz de solemnizar mi criterio personal a la hora de adjudicar respuestas donde no cabían ni la duda ni la polémica y mucho menos la ambigüedad. En efecto, yo tenía mis argumentos y el los suyos, y a partir de ahí lo resolveríamos todo como adultos, tirando y aflojando y llegando a un punto final de acuerdo o no acuerdo, de interés o deinterés.

Se mostro empático con mi reacción inicial ante su propuesta, perfectamente entendedor de mi quebrado pensamiento asaltado por las dudas, dispuesto a favorecerme cualquier información que necesitase. En cierto modo, yo también me agarré a nuestra historia en común. La última -y única- vez que estuvimos metidos juntos en una faena sexual concurrida me trató con respeto, alabando mi valentía, enviándome a los oídos encantadores palabras que me subían la moral. En ningún momento me sentí inferior, ni tampoco usada en un sentido malamente malo y mucho menos sometida a voluntades ajenas más allá de lo consensuado. No tenía razón ninguna para temerle, tan solo dudaba; no de sus intenciones sino de sus espectativas conmigo. Me halaga ser una puta en la cama y sin embargo me provoca mucho rechazo que me tomen por puta por defecto y por definición. Había que hilar fino. Acordamos que tenía tres días para contestar con una respuesta definitiva, para bien o para mal, según se mire, claro. Acepté, y de vuelta al coche solté algunas lagrimillas, emocionada. ¿Por qué me emocioné tanto al punto de llorar un poquito nada más? Todavía no lo sé.


Yo, ser totalmente veraniego, una yonki del sol, una enamorada del calor, de los vestidos ligeros y las faldas desenfadadas, de alguna forma había desarrollado una relación erótico-romántica con el invierno. Tuve el primer trío en invierno, tuve mis primeras orgías en invierno. Según ganaba años, algunas cosas buenas me pasaban de buenas primeras en invierno. Sin embargo, sigo detestándolo, a pesar de las alegrías para el cuerpo. Que yo que sé, también te pueden estrenar en Septiembre. Siempre hay una primera vez para todo, pero en mi caso empezaba a entrar en un bucle primerizo atrapada entre Diciembre y Enero.

Hacía esfuerzos por buscar justificaciones lógicas sobre la propuesta orgíastica recibida. Mi desempeño en la primera desde luego puedo decir que ha estado a la altura de las circunstancias para ser una primera vez, y posiblemente he repartido más placer del que había recibido. O no, pero no tenía importancia cuantificarlo con quisquillosa exactitud. A toro pasado, la impresión que se me había quedado en el cuerpo inclinaba -bastante- la balanza hacia lado positivo de las cosas. Desde luego lo de volver a proponerme dejarme compartir por varios hombres no tenía mucho de romance, fomentando una extraña relación de follamigos.

El rodaje anticipado de la película porno que yo me estaba montando por cuenta propia en mi cabeza desde luego apetecer, sería una falsa afirmar que no apetecía. Todo esto a nivel teórico e imaginativo, no tenía la menor intención en dejarme grabar en directo. Tenía preguntas y le mandé mensajes buscando respuestas. Tenía la sensación de que buscaba justificaciones para una decisión que yo había tomado ya de antemano pero todavía no quería aceptarlo, o reconocerlo, o dejarlo por escrito. Cosas del puto cerebro.

¿Cuál sería mi papel, en todo esto? Porque, así a bote pronto y a simple vista, casi que parecía un putón entregado con fervor a cumplir fantasías ajenas, y como que tampoco. Me contestó que mi papel sería el papel protagonista, dado que todo giraría en torno a mí, y que sin mi presencia no habría nada que celebrar. No había una otra en recámara, no tenía un plan B si yo fallaba en aceptar. Era yo o nada. Que todos disfrutásemos haciéndome disfrutar. Yo dictaría el guión. Con escepticismo no sabía hasta que punto creerme yo lo de que no había un plan B, pero me hice un poco la tonta, proque francamente la respuesta reconozco que fue una buena respuesta. Insistiendo en su respuesta, me lo planteó de una forma vulgar, que me hizo reír y me pareció muy ingeniosa: serían sus pollas las que apuntarían hacia mí como centro de atención y no yo la que tendría que poner sus pollas como centro de mi atención. Y yo que estaba de acuerdo, sí.

Por momentos dudaba de mi cordura. ¿Me estaba volviendo paranoica? Me sentía andando en la oscuridad buscando algo sin especificar, lo que la suerte fuera a echarme en cara. Sí, hacer una revisión estadística sobre las probabilidades de acabar bien o mal aceptando o no aceptando se me antojaba como un hecho muy obvio, sin embargo quizás estuviera excediéndome en el informe que preparaba yo misma para mí. Busqué consejo en las pocas amistades cercanas conocedoras de mis noches y sus locuras, explicando mis dudas y esperando sus respuestas.

Obtuve opiniones diferentes pero ninguna me aportó algun punto de vista novedoso más allá de lo que ya había tomado en cuenta. Como una sabuesa, seguía el rastro de mis pensamientos y siempre acababa en el mismo punto. Una incoherente mezcla dónde el miedo irracional, varios morbos, mi espíritu aventurero y los prejuicios compartían cabeza de cartel como ingredientes principales. No iba a engañarme a mí misma a estas alturas, ya sabía que me iba el tema de hacer y deshacer la cama con dos personas o más. En mis experiencias grupales acabé pasándomelo bien incluso en los malos polvos. Así que mi búsqueda sin esperanza de algo sin concretar tenía carácter introspectivo.

Sí, me apetecía volver a probar el amor libre, una noche de homenaje hedonista. Quizás lo supe desde el primer momento, cuando me lo propuso. El bagaje netamente positivo de nuestro primer encuentro grupal arrastraba tras de sí una enorme carga emocional que todavía irradiaba en mi psique. Pero todavía no lo había reconocido en voz alta. Todas mis intenciones seguían concentradas en el interior de mi ser, perteneciéndome única y exclusivamente. Aún así, había algo de imponente en la idea de volver a quedar con varios. Se me habían hinchado los pezones sin apenas darme cuenta.

Con el corazón emocionado y la mente concentrada, le contesté al tercer día, permitiéndome el lujo de apurar los tiempos al máximo. Descendía los dedos sobre el teclado táctil a cámara lenta, mecanografiando con precisión. Había llegado el momento de expresar lo que ya sabía en el fondo. Quedamos para vernos en el atardecer y no pegar ojo hasta el amanecer.

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