Andaba por céntricas calles valencianas con los ojos camuflados detrás de las gafas de sol, con la mirada en alto recibiendo el misericordioso calor del medio día en las mejillas. Caminaba sin prisa tomándome la vida con lentitud mientras en mis inmediaciones el centro urbano seguía a su ritmo neurótico. Ocasionalmente me fijaba en el colectivo humano que estaba en mi alrededor, imaginándome la postal a vista de pájaro, nuestras sombras proyectando dibujos sin rumbo geométrico. La cálida sensación térmica sobre mis mofletes, culpa del sol, alegraba mi día considerablemente y de alguna forma hubiese querido devolvérles parte de mi felicidad a los humanos que se hallaban en las proximidades.

No le vi. De hecho, me pilló mirando en el escaparate de una tienda de moda. Estaba a lo mío, su repentina presencia a mi lado llamándome de nuevo a la realidad se me antojó como una aparición espectral stephenkingiana. Nos habíamos relacionado poco, pero eso sí, bien. Interactuamos como dos adultos gratamente sorprendidos de haberse encontrado por la calle, sorpresivamente. Claro que siempre entre nosotros había ese contexto inicial, el qué/el cómo/el dónde y el por qué nos conocimos. Pero también somos seres racionales capaces de levantar un muro entre lo que hubo y lo que hay. Me invitó a tomar algo, ipso facto, y accedí. Echamos nuestros cuerpos en dos sillas separadas por una mesa en un local de recién apertura.

Hablamos de cosas tirando de la memoria, buscando espacio a los que vincularnos más allá de aquella noche. Si, hubo un antes y ahora estábamos generando un después. Pero como buenas piezas, fielmente volvimos a nuestros orígenes, rememorando el sitio y las actividades, añadiendo alusiones con cláusulas futuribles. Me puse rojísima en las mejillas contándole mis dos batallitas más recientes, ya que era lo más destacable que había pasado en y sobre mí en tiempos recientes y sin abandonar el contexto carnal. Gozaba de su integral atención, encargada de contar y relatar mi nueva identidad de mujer aficionada e interesada en los hombres, en grupos, de noche. Aunque perfectamente me daba igual si el Sol estaría a uno u otro lado de la Tierra.

Avispada por vieja, observé sutilmente lo que marcaba su ropa por debajo de la tripa. Pude confirmar visualmente que estuvo escuchándome todo el rato. El monólogo fue acabándose de manera natural, dando lugar a una conversación donde no hubo escasez de alabanzas y cumplidos. Disfruté con vanidad escuchándolo. Con el café casi por acabar, me animó a cervecear un rato más juntos, pero no éran horas para cerveza y además tenía otros proyectos cotidianos todavía en pendiente. Aunque no se lo comenté, pensé en su herramienta, pensé en él masturbándose después, recordándome. Disfrutaba en el ego con la idea loca de ser musa de sus manualidades. También mi cuerpo notaba las ondas expansivas como efecto secundario habiendo rememorado las noches de más reciente y extremo vicio. Quedamos en quedar.


Dicho y hecho. Habíamos acordado ya previamente volver a vernos en un contexto social, y para mi agenda lo que mejor cuadraba una vez cumplidas las tareas diurnas era aquella misma noche. Un local de ocio nocturno en una zona de muchos pisos de alquiler turístico, disimulando la gentrificación con las fachadas conservando todavía el espíritu carpetovetónico. De reojo, me sentía observada desde la falda hasta los tobillos por algún mozo de mirada intrépida y desvergonzada. Disimulaba ignorarles. No sabía muy bien porque estaba ahí, de repente. No iba a quedar a follar aquella noche, tenía otras obligaciones personales que me lo impedían. Claro, una tampoco es tonta, tenía sospechas. Pero tenía varias opciones hipotéticas para donde pudieran ir los tiros, y tenía mucho curiosidad para averiguarlo.

Pero antes de ir al grano y acabar con la especulación, me pareció indispensable despejar mis dudas anteriores. Le pregunté muy frontalmente si antes, tomándonos el café y escuchándome, se había puesto a tono. Me conesto que sí, que mucho. Me quedaba una pregunta, naturalmente sobre la posible masturbación incitada por mis perversiones. Me contestó que no le había dado tiempo todavía. La respuesta me gustó, un montón. Quizás por inesperada, quizás por su brutal honestidad. Coloqué cada codo apoyándose en los lados de mi silla y en actitud inquisitorial le pregunté cuál era más o menos el motivo de haber quedado de nuevo. Le estaba pasando la pelota de forma bastante intimidatoria, pensándolo ahora en retrospectiva.

Con sincero entusiasmo volvió a decirme lo que ya me había dicho. Mis confesiones en confianza le dejaron incitado, pero también pensativo. Y aunque le costó llegar al grano, dando vueltas alrededor de la galaxia buscando prepararme para lo que iba a proponerme, sin hacerme sentir mal o parecido, al final acabó por confesarme que estaría interesado en vivir conmigo una experiencia así. Por así entiéndase grupal. Le pregunté cual era su plan, sin haberle dicho ni que sí ni que no a la propuesta, sin haberle mandado a la mierda en toda la cara ni tampoco haber pegado saltitos de alegría y emoción por el ofertón. Que me invitase a follar con él y unos cuantos más de paso estaba entre los hipotéticos planes que esperaba escuchar. Llámalo intuición.

Con mucha sinceridad y marcada preocupación, me hizo saber que no tenía gran cosa programada, que tan solo era una idea en fase de esquema todavía. De todos modos, de ninguna manera habría podido acceder a eso ni aquella noche, ni en las muy próximas, con las navidades a la vuelta de la esquina misma. Sin embargo, al escucharle venderme su propuesta con interés, reconozco que no pude controlar el deseo que nacía dentro de mí, y tampoco daba crédito a la suerte que me perseguía. No sabía tampoco si era suerte, realmente no sabía como llamarlo. Pero tres ocasiones en un solo mes de llevar a práctica algo que me costó decidir y elegir más de cuarenta años de vida, me parecía una avalancha tremenda de algo que no sé como nombrar. Algo de naturaleza metafísica. Tenía la impresión de estar cosechando éxitos de cuyas semillas no me acordaba haber plantado, al menos no de forma consciente y premeditada.

Aquél chico ya me había visto y probado íntimamente. Le dejé caer que la única ventana temporal para celebrar un evento de tal magnitud sería posible en los últimos días del año, esa zona gris del calendario dibujada entre Nochebuena y Nochevieja. Hasta entonces, no me lo permitía la vida y sus obligaciones. Después de ello, sería incapaz de prometer, asegurar o planear nada con exactitud. Así, de repente, me hallaba negocionado una jodida orgía, de nuevo. Me inundaban tantas sensaciones que no sabía si dar crédito, si aquello era real y estaba pasando, si en algún momento saldría una cámara oculta. Orienté de nueva la mirada con inocencia por debajo y para mi gozo pude ver su paquete marcando presencia. Tenía la impresión que él también sentía que la fortuna estaba tocándole.

Nuestro acuerdo quedaba en pie tan solo si él era capaz de armar una buena en cuestión de días. De lo contrario, lo pactado quedaría en nulidad más allá de las fechas previstas. Por supuesto, yo conservaba mi total y plena soberanía en decidir salirme del asunto si así quisiera, independientemente de la razón. Sin embargo, no tenía intención en contradecirme salvo que alguien o algo me diese mal rollo entretanto. Noté sus ojos brillar, luminosos, conteniéndose el deseo y la alegría. Se notaba en sus gestos y en su estética facial la masividad de la emoción ante la posbilidad que yo le ofrecí, tan valientemente. Percibí no solo deseo carnal sino también admiración por su parte hacia mí. Una pasión cálida, lírica. Mi yo seguía gozando sabiéndose fuente de alimento mental para la masa caliente por debajo de su bragueta. Si bien habíamos formalizado un pacto de dama y caballero para volver a vernos próximamente con fines orgíasticos, nos despedimos con amabilidad inocente, con besos en la mejilla y sin tocamientos imprudentes. No me hizo falta girarme para saber que su mirada recorrió mi cuerpo entero, pausadamente desde la cintura para abajo, deleitándose en lo que tapaba la falda.


En el frenesí navideño había conseguido olvidar durante largos ratos la propuesta indecente, suspendiendo los pensamientos impuros rodeada de familia en la mesa, en la cocina y más bien en todas partes. Sin insistir, me preguntó una vez vía mensaje escrito si deseaba seguir adelante con el plan o por el contrario, quería revocar lo acordado y cada uno a lo suyo hasta nuevo aviso. Aunque le agradecía que me ofreciese una salida fácil y digna, denegué tal opción aferrándome a mis propósitos iniciales. Con mi atención sometida diariamente a los asuntos triviales muy típicos, tener un plan oculto, de tal naturaleza que me lo tenía prohibido a mí misma contárselo a nadie de mi entorno más cercano en lo familiar, rompía la monotonía haciéndome padecer por instantes algunos efectos fisiológicos comprometidos.

Al día siguiente, recibí de nuevo vía mensaje de texto una reducida lista de amigos y colegas suyos. No conocía a nadie, ignoraba la buena o mala reputación de todos ellos individualmente, pero haberlos recibido con nombre y apellido me facilitó a posteriori la tarea de -intentar- encontrarlos por las redes sociales, al menos para hacerme una mínima idea. De alguna forma, en el mensaje me dejó entender que esperaba una respuesta mía para dictar sentencia y dar luz verde y visto bueno. Aprovechando una tarde tranquila, de siesta y silencio, me apoderé del ordenador buceando en los perfiles que había encontrado disponibles públicamente. Me sentía como una antiheroína de novela negra, pero en vez de hacer sucios trabajos policiales al márgen de la ley hacía investigación por cuenta propia para follar, resumiéndolo.

De alguno, uno en concreto, encontré poco, y lo poco encima estaba blindado detrás de opciones de privacidad máximas. De otro, en cambio, encontré tanto que tenía hasta su dirección física. Tan solo me faltó averiguar la cantidad de sus ingresos anuales, al menos lo declarado ante la ley. Todos superaban la treintena, oscilando más bien entre los 35 y los 40, 41. En cuestión de imágen, ninguno me pareció extraordinariamente guapetón ni tampoco inclasificablemente feo. De acuerdo, alguno quizás me pareció en foto más llamativo que otro, pero nada de lo que había visto me provoco rechazo visual como para suspender a nadie, excluyéndolo del proceso.

Contesté también vía mensaje de texto, ofreciendo mi aceptación de la lista que recibí como sentencia afirmativa. Si bien es cierto que había cometido el descuido de aceptar en la lista incluso a aquél del que no conseguí averiguar nada más allá de su alta capacidad de mantenerse oculto en redes sociales y tal, encontré excitante enfrentarme temporalmente a un engima. Si hubiese tenido polla se me hubiese levantado, fijo. Faltaban todavía por ultimar algunos detalles, como el dónde iba a celebrarse nuestra pequeña fiesta. Decidí mandarle de nuevo un mensaje, expresándole todas mis preguntas con las incógnitas aún por descubrir. Más que unas preguntas lo que me salió fue una carta llena de preguntas, algunas, pocas, muy importantes y relevantes y muchas otras realmente fueron relleno fruto de mi aburrimiento, morbo e inseguridades.


Después de tres días agitados, por fín llegó la calma. Y con ella mi cuerpo recobró una vibración de intranquilidad, un estado de nerviosismo previo al encuentro con él y ellos. Daba gracias por el cese del ruido en el ambiente a mi alrededor. En mi casa hacían mas ruido los sonidos que llegaban desde los patios y los jardines vecinos. Todavía faltaba un día para la quedada, tiempo suficiente para ponerme presentable en lo físico e higiénico y también tiempo suficiente para pensar exagerádamente en cosas que posiblemente jamás ocurrirían. Los tiempos muertos, de espera, siempre han supuesto una carga que me cuesta llevar encima con despreocupación.

Estaba en la planta superior, en el dormitorio, con una taza de chocolate -muy- caliente en la mano, mirando por la ventana. Observé a alguien, fuera un vecino o un trabajador por cuenta propia o ajena sobre un tejado, faenando, a lo lejos. Las calles se hallaban en un estado desértico de augurio apocalíptico. Y pensé. Eché un vistazo alrededor limitada hasta donde la ventana me dejaba mirar. Los otros habitantes de mi vecindario, en su gran mayoría por no decir en su totalidad familias, personas adultas cuando no ya mayores, ¿qué pensarían si lo supieran?

Suponiendo que de alguna forma todos ellos tuvieran acceso a la información, sabiendo que al día siguiente yo acabaría haciendo noche teniendo íntimos encuentros con varios hombres, sin tapujos y sin rodeos, ¿cómo reaccionarían? ¿Me huirían con piedras, palos y antorchas? ¿Les motivaría para tener sexo matrimonial con mi recuerdo grupal como punto de partida y cálido pretexto? ¿Alguno se ofrecería para participar in extremis? ¿Me animarían, me felicitarían, me transmitirían sus envidias sanas, sean ellos o ellas? Ignoraba por completo cuán abiertas serían algunas mentes que compartían cartero e IBI conmigo, del mismo modo que ignoraba cuán cerradas serían otras. Descartaba por completo posicionamientos ideológicos demasiado progresistas en el ambiente de mi vecindario, sin embargo suele pasar que hay un distanciamiento comparativo entre lo que uno vota y lo que uno folla.

Daba por hecho que las demás parejas tenían sexo, con mayor o menor regularidad. Que aunque yo no lo veía ni lo oía, en las demás viviendas también habían mamadas, y cubanas, y enculadas y todo el lárgo etc imaginable y también lo insospechable. Todos nos tratábamos bien entre nosotros, pero nadie asaltaba la intimidad del otro más allá de los escasos metros que compartían las aceras que se hallaban al otro lado de calle o las puertas automáticas. De hecho, me sorprendí a mí misma interrogándome porque me había dado por pensar, con serena perversidad, en lo que pensarían los demás, en lo que harían los demás. Supongo que estaba en mi naturaleza curiosa dar asalto filosófico a cuestiones que carecían de posibilidad aclaratoria. Porque yo no tenía la más mínima intención en compartir la initimidad con el vecindario, y daba por hecho que el sentimiento era mutuo.

Había otro vox populi fuera de mi alcance. Ellos. Ellos con los que iba a quedar, y a beber y cenar y follar. Quizás tendrían una idea desproporcionada sobre mis posibilidades amatorias. A lo mejor yo no era capaz de hacer justicia a sus expectativas. Ni siquiera tenía conocimiento si mi persona, a un nivel hipotético y teórico, fue centro de atención de sus conversaciones cruzadas estos últimos días. Si habrán comentado mi cuerpo, si habrán armado planes al márgen mío, si estaban asustados de no estar a mi altura. Ignoraba qué cualidades atribuirles. Las entrañas me hacían pensar que tenían pinta de personas responsables, capaces de convivir durante una noche pasional en armonía, con fines pacíficos, divirtiéndonos con calma, mezclando libremente la tensión sexual con tópicos más mundanos e irrelevantes. No sentía temor, qué era lo más importante.

Como hecho puntual, sentí el impuslo de ver una polla. No una de internet, quería algo más casero y más real. Le mandé a él un mensaje de texto, pidiéndoselo tal cual, sin censuras y en pocas palabras. Tardó menos de cinco minutos en mandarme una fotopolla, de su polla. No quería masturbarme, y de haberlo deseado tampoco hubiese necesitado material extra para ello. Simplemente me quedé mirando la pantalla del móvil hasta que mi apetito visual quedó saciado. Le di las gracias y seguí a lo mío, haciendo algunas cosas propias de ama de casa y otras orientadas para la siguiente noche.

Hombres; los chicos siempre serán chicos. Por la noche me mandó un mensaje, preguntándome que le haría, si lo tuviese ahí cerca, empalmado como en la foto. Contesté impulsivamente, sin pensármelo, dejando fluir lo instantaneo. Una paja, sin más, ni menos. Le haría una paja, y me quedaría a gusto, y él también supongo. Minutos después recibí otra foto, también de su polla, y de su semen -que parecía- recién expulsado. Le dije que me gustaba lo que veía, lo cual era cierto, y le dí las buenas noches y el hasta mañana sin esperar su réplica.


Habíamos quedado finalmente para cenar, en un sitio de buen comer y también de buen ver sin que fuera excesivamente caro por pijerías de autor y otros inventos modernos del marketing sacapasta. Por culpa de un contratiempo de última hora imposible de anticipar, llegué tarde justo para cuando estaban sirviéndose los postres. No hubo ninguna queja porque ya les había avisado de mi retraso.

Los besos de rigor, los quétal de rigor, el este es tal y este es cuál. Todo muy políticamente correcto. Inicialmente iban a ser cinco, y al final solo llegaron cuatro. Uno de ellos, justamente aquél engimático caballero que me hizo la vida imposible buscándolo en línea no pudo hacer acto de presencia por un contratiempo imprevisto que acabó con su ingreso temporal en el hospital. Aunque deseaba de todo corazón que mejorase lo más pronto posible, me supuso cierta molestia infantil no verle, después de tantos días esperando encontrármelo por fín. Una lección más aprendida en mi larga lista de razones para no crearse expectativas demasiado expectantes.

Sentada en una situación privilegiada, al fondo de la mesa, dos flanqueándome por un lado y otros dos por el otro, como guardianes cuidando del botín, dispuestos a sacar unas brillantes y a la vez inexistentes e imaginarias espadas para defender a su dama, pude observar el deseo en sus brillantes miradas. Me apunté a la ronda del postre, qué a decir verdad me pareció mediocre en cuanto a su cualidad a juzgar por mi gusto gourmand. Pero para eso están los gustos, para colores, sabores, aromas, texturas. Mi opinión era mía, no necesariamente la correcta.

Nos quedaba por delante un proceso de socialización donde teníamos que involucrarnos con todo nuestro buen rollo y encantarnos mutuamente para sacar adelante el plan amoroso. Para mi amigo maestro de ceremonias tenía una duda, una especie de espina clavada que dejé para luego, para un lugar y un momento más adecuado. Afortunadamente, hubo éxito desde el inicio, comenzando a charlar entre todos con alegría, buscando cada uno su particular manera de mostrarse interesante desplegando sofisticación lingüistica por un lado, chistes graciosos por otro lado, algún intercambio con ojo crítico sobre zapatos y complementos allí, alguna historia personal entre lo romántico y dramático allá.

Sin preaviso, alguien consiguió llevar la conversación hacia el tema que flotaba en el aire, finalmente. Me propusieron acompañarles a un coqueto apartamento, alquilado para la noche, en una zona conocida por los patrimonios inmobiliarios de alto nivel adquisitivo. Una llama invisible arrasó mis entrañas, encendiéndome en un sentido muy erótico. Acordamos quedarnos sin movernos de sitio para tomar una última copa antes del desplazamiento.

Me desvelaron que ya estaban al tanto de mi encuentro caliente ménage-à-trois que hubo entre el organizador, qué en aquella ocasión acudió de invitado y yo. Me esperaba algo así, por no decir que no tenía ninguna duda que ya estaban al tanto de aquello, me lo hubiesen confesado o no. Me indicaron que también conocían mis últimas dos historias qué habían provocado a nivel de placas tectónicas todo el movimiento que acabó juntándonos a todos aquella noche alrededor de aquella mesa, pero sin conocer excepcionalmente los detalles y sin que hubiera necesidad tampoco de ponerme yo en hacer un monólogo sobre el tema. Con saber lo justo y lo necesario era suficiente para llegar a la conclusión que la noche tenía buena pinta para acabar fenomenal para todos. Por supuesto mis anteriores experiencias grupales no eran extrapolables porque éran otro grupo, distinto, con sus gustos, sus preferencias, sus deseos y su particular química. Me aconsejaron que todas las dudas que tuviese por dentro las convirtiese en preguntas por la boca, sin ningún miedo. Parecían expertos en lo que hacían, y eso que luego supe que simplemente estaban improvisando sobre la marcha. Todos eran primerizos, no en el sexo pero sí en el sexo en multitud.

Yo también me ofrecí a contestar preguntas, aclarar dudas, respondiendo con la misma moneda y tirándoles la pelota en sus tejados. Un par se levantaron y se excusaron para acudir al baño y salir a fumar. Quedamos dos, contándonos algunas anécdotas sobre nuestras vidas personales, trazando paralelismos generacionales conscientes de ser de la misma generación a nivel cultural. Inevitablemente, uno de los argumentos acabó deslizándose hacia el tema sexual, con referencias sobre ciertas actividades que podríamos realizar más en adelante. Yo, con las mejillas enrojecídas, intentando superar mi timidez crónica, admitía con la cabeza a tanto cuanto escuchaba y cuando me tocó el turno de la palabra, confesé mi buen ánimo hacia la predisposición en respecto a algunas actividades. Sin prometer nada, dejando claro que no me estaba comprometiendo a ello, tan solo dejaba en el aire una posibilidad.


Entregándole a la camarera una generosa y merecida propina, nos fuimos. Caminamos perezosos hablando de temas triviales de actualidad hasta la parada de los taxis. Avispada, dejándome la maleta en casa, me llevé un bolso tipo bandolera cargado con los habituales productos necesarios cuando una sabe que le toca vivir un episodio nocturno movido fuera de casa. Incluso por la calle, andando, estaba atrapada entre dos flancos de dos. Lógicamente, nadie que estuviera caminando alrededor nuestro sospecharía que película nos montaríamos después entre todos. A pesar de los turbulentos intereses que teníamos mutuamente ellos en mí y yo sobre ellos, la aparente relación amistosa y conservadora que no nos delataba ni un ápice mientras estábamos expuestos al escrutinio público me provocaba cierta excitación de imposible explicación causística.

Siendo cinco personas, tuvimos que partir el grupo en dos taxis. Tres se fueron por un lado, y uno se aupó conmigo en el asiento trasero. Casualmente era al que más y mejor conocía, el organizador logístico de toda la trama eróticofestiva. Y sin restarle tampoco valor inmaterial, el causante intelectual. La ciudad, de noche y vista a través de la ventana de un taxi me parecía poderosa, emblemática en su conjunto. Apenas estuvimos conversando y lo poco que nos dijimos tuvo que ver con el restaurante donde habíamos estado cenando, y algo sobre unas flores que vimos en un escaparate, paseando. Tardamos poco en llegar al destino, una zona lujosa de la ciudad, habitada por empresarios, caras públicamente populares y algunos anónimos pero ricos extranjeros. Pero nada pudo hacerse para espantar el frío invernal enrojeciéndome la punta de las orejas y la nariz.

Lo primero que hice al llegar fue un tour de reconocimiento por todo el apartamento. Un salón que parecía interminable con una cocina americana casi como elemento decorativo en el ala izquierdo, al fondo. Dos dormitorios. Uno de infinitos metros cuadrados, con una cama donde bien podríamos refugiarnos todos y quizás todavía sobraría algún hueco libre, de elegante decoración moderna en tonos que oscilaban entre el blanco y el gris piedra. El otro dormitorio, más pequeño en tamaño, mantenía el buen gusto decorativo. Por todos lados se dejaban ver elementos y detalles evidenciando la influente capacidad económica de quién fuera a cargo de construir y también decorar. Sin olvidarme de la terraza, que acababa en un jardín espectacular, enteramente cubierto por hierba, con árboles aquí y alla y otras plantas decorativas y un río artificial haciendo eses a lo largo y a lo ancho, con puentes en arco colocaldos estratégicamente por diferentes zonas de camino emablosado para facilitar la circulación ordenada. Sé que mi cuerpo lo hubiera disfrutado más si no fuera porque hacía una noche invernal, y más allá de cualquier cosa meteorológica lo que más detesto es el frío.

Mientras registraba visualmente todo lo que estaba a nuestro alcance por dentro y también por fuera, alguien puso en marcha a toda máquina el sistema que bombeaba aire caliente dentro de todo el apartamento. Mis ganas de armar espectáculo crecían conforme subía la temperatura ambiental entre las cuatro paredes. En sus lenaguajes corporales leía el anhelo por apuntarme con sus respectivos penes y poder gozarme como lo hace un hombre con una mujer. O varios hombres con una mujer, aunque la mecánica sigue siendo la misma. Yo tampoco me había olvidado de ellos y del porqué estábamos ahí, pero disfrutaba tomándome mi tiempo, prolongando el apuntalamiento de fuertes pasiones por desatar. Alguien me dijo que aquella noche éra la mujer más guapa del mundo. Les dí las gracias mientras cerraba las cortinas del salón.


Fueron segundos de silencio, de miradas cruzadas, de buscar señales, porque nadie sabía de qué manera comportarse a continuación sin violentar la situación. Algo totalmente sorprendete para mí, esperando más atrevimiento ajeno. Sí, por sus miradas querían devorarme y les estaba ofreciendo el momento y en anzuelo perfecto, y aún así todavía seguían unos cuantos pasos de más alejados de mí. La única señal potente visible se hallaba por debajo de los pantalones. Respiré hondo, encaminándome en dirección al qué más y mejor conocía, echándome una mano por el pelo, poniendo a descubierto mi cuello, hasta que por fín su mano me dio alcance, rodéandome por la cintura.

Deslizando mis manos por debajo de su ombligo, noté su esfericidad abultando sobre el entorno llano de sus pantalones. Con nuestros cuerpos casi pegados, conseguí manosear hasta liberar su masa erecta mientras un gemido corto y tímido escapaba por sus labios. Concentrada en el momento, apenas tomé nota que alguien había estado apagando la mitad de las luces, dejándonos a todos en el salón bajo la fuerza tenue de los focos menos potentes, en el umbral del pornoromanticismo en formato orgía.

Gracias a un cambio en mi postura pude observar como los demás participantes también habían decidido desabrocharse por cuenta propia, mirándome con las manos en la masa, llamando mi atención visual. Mis ojos no dejaban escapar detalle, sin levantar la vista. En un poco a poco muy rápido acabé en el centro, rodeada circularmente por todos, con la esperanza de hacer de sus ombligos el horizonte de mis próximas vistas. Entre varios empezaron a tocarme con evidente apetito sexual acompañado de un estallido de palabras y frases lascivas, vulgares y explícitas en su contenido. Permití que me explorasen manualmente, dejándolos conocer mejor mi cuerpo, hasta que alguien cogió mi mano alargándola hasta depositarla sobre su pene volviendo a colocar su mano sobre mí, sobre mi cabeza.

Por rotación, a cada uno le llegó el turno para disfrutar de mi húmeda boca y a mí gozar de su cálida polla. Tuve la impresión de que todo sucedía en demasiado órden, en pautas ordenadas, dejándose cada uno hacer por mí sin que nadie más rompiese el círculo de la observación, dar rienda suelta a impulsos anárquicos, pedir más que los demás, hacer algo fuera de lo correcto. Solamente comentaban lo que veían, a ratos abusando del lenguaje soez, pero sin interferir en lo que sucedía delante de ellos mismos.

La mitad, es decir dos, acabaron corriéndose mientras celebrábamos el corrillo improvisado. El primero en alcanzar el orgasmo fue bastante veloz en hacerlo, pero estas cosas pasan y hay que tomárselas con normalidad en una situación donde el morbo y la excitación suelen sobrecargar la capacidad masculina del aguante. Los dos dejaron su marca blanca cálida y pegajosa sobre mi cara, en lo que yo he supuesto que fue una imitación del primero por parte del segundo en hacerlo esquivando con habilidad abrir un debate ad hoc sobre el dónde del momento final feliz.

Mientras dos estaban con las erecciones disminuyéndose hasta un estado flácido normal y natural, los otros dos tenían los glandes brillando humedecidos por mi saliva. Me dejé llevar al dormitorio principal, desnudándome por completo mientras los dos se distribuían que entrada usarían para seguir asaltándome con sus carnes duras. Tiramos de lo clásico, en una función muy simple, con uno abriéndose paso entre mis piernas frotando su pene contra mis músculos vaginales, estimulándome el sexo y el otro radicalmente dedicado a saber más sobre mis capacidades felatorias. Me pareció la evolución más natural de los acontecimientos habidos.

Volvieron a recurrir a ciertas palabras malsonantes que encandilan en aquellos momentos en pleno coito, yo correspondiéndoles haciendo contracciones por un lado, escupiendo sobre el glande que tenía en frente por el otro. No sabía calcular muy bien cuál de los dos estallaría primero. Desde atrás recibía empujones penetrantes a gran velocidad, por delante tenía la boca cada vez más sometida al aroma y al sabor del líquido preseminal. Dudaba con mucha fuerza que fueran a sincronizar sus orgasmos. Mientras, cerraba los ojos disfrutando del momento, del segundo, de la nube de placer en la que estaba flotando con las rodillas apoyadas sobre el colchon, respirando el olor a sexo que se hacía cada vez más presente entre nosotros, los sudores, los gemidos, la saliva. Gozaba del polvo hasta el útimo de mis átomos y sin embargo también notaba mi orgasmo alejado, todavía descompuesto.

Si bien el estallido orgásmico sobre mi espalda no me pilló por sorpresa, aún así me quedé encantada por la gran cantidad de semen esparcida sobre mi piel. Por los altos decibelios que salían de su garganta sabía que tuvo un buen orgasmo. Me gustó el lugar elegido, la parte alta de mi cintura. Primero noté una sensación parecida a un quemazón, como si el semen le hubiese salido disparado a cientos de grados centígrados. Un minuto después, una sensación fría y refrescante.

Levanté la mirada, observándole. Al que me quedaba por delante, nunca mejor dicho. Los efectos producidos por haber visualizado en primera fila la corrida de su compañero parecían que le habían propiciado un repentino golpe de morbo, llevándole al punto de un inminente final cuando el otro todavía estaba bajandóse de la cama, saliendo por la puerta de la habitación.

Aunque de todos ellos era el que menos tamaño calzaba hablando en centímetros, también había sido el que más había aguantado todo lo visto y todo lo recibido por mi parte y encima explotó entre mis labios en una corrida supermasiva. Tuve problemas para asimilar todo el líquido que recibía, hasta el punto que de perder parte de ello por las comisuras de los labios. No sé explicarlo muy bien cómo es y cómo se siente buscando una analogía no sexual. Se quedó muy relajado, casi distante mientras yo me levantaba y me disponía a encerrarme en el baño por razones obvias. Y con ganas de recibir más de aquellos cuerpos desnudos.


Sobre el mármol de la cocina había una botella de zumo de frutas del bosque. No me apetecía mucho beber alcohol. Hubiese preferido un zumo de naranja, pero me adapté a lo que había. Habiendo activado la bomba de calor con antelación a máxima potencia, al salir del baño me encontré con una agradable temperatura ambiental en el salón. Me presenté en braguitas y poco más y sin pasar frío. Los chicos estaban en el sofá, bebiendo cerveza holandesa. Se me pusieron durísimos los pezones, de golpe, cuando uno de ellos abrío la puerta que servía de ventanal con vistas al jardín. Había salido a fumar, aunque se podía fumar dentro y de hecho había otro haciéndolo. Supongo que después de unas emociones fuertes sentaría bien un poco de aire fresco en la cara.

Me uní a la conversación, que giraba en torno a conceptos teóricos y educativos sobre la infidelidad. Casi me quedo petrificada al comprobar que uno de los implicados en la gesta tenía pareja, aunque sin estar casado. Se me había escapado ese detalle al indagar sobre ellos. Lo tenía bien escondido y bien callado. Fuimos hablando y debatiendo visiblemente afectados por los acontecimientos más recientes.

Después de una ronda que duró un par de cervezas por cabeza, en la que yo mantuve firme mi antojo abstemio, empecé a notar como afloraban signos de agitación que daban testimonio del expreso deseo sexual. Uno estaba vestido por arriba y por debajo, uno estaba semidesnudo y los otros dos tapados con una toalla por la cintura. Obrando de portavoz, uno de ellos me aconsejó a quitarme la única prenda que llevaba puesta mientras destapaba su pelvis, exponiendo sus partes íntimas a vista de quién quisiera mirar. Escuché su consejo y lo tomé por bueno, haciéndole caso con una sonrísa en los labios.

Alguien del grupo me preguntó si tenía gana de polla. Tuve que aleccionarle, rectificándole, dejando claro que mis apetencias tenían que ver con las pollas y no con la polla, porque si fuera por una en singular y en particular no estaría ahí con ellos pasando la noche. Se echaron a reír, dándome la razón por la puntualización. Tampoco fue mi intención dejar a nadie en ridículo. Volví a contestar, añadiendo información adicional a la respuesta incial, dejando claro que tenía ganas de pollas y mucho más.

Me dijeron que yo había chupado las suyas, que ellos ahora lamerían la mía. De nuevo siguiendo un órden civilizado, fueron metiendo su cabeza entre mis piernas en una operación de sexo oral tan brutal para mi capacidad de raciocinio que al final tuve dos orgasmos mientras me lamían a jornada completa. Fueron enviándose el uno al otro a lamerme debajo del ombligo, animándose verbalmente entre todos a comerme el coño. Como información trivial y confidencial, tuve noticia que él emparejado no le hacía eso a su mujer pero me lo hacía a mí. Y debo decir que utilizó su boca y su lengua de forma notable.

Uno de ellos, sin importar quién, dijo que le daría muchísimo morbo comerme mientras llevaría puestos los zapatos. Fue dicho y hecho y ni siquiera tuve que levantar mi culo de aquél sofá. Cogieron los zapatos y me los pusieron mientras mantenían mis piernas levantadas en el aire, con el otro chupándome el clítoris mientras tanto, haciendo gala de un hambre insaciable, un hambre de mujer, de cuerpo de mujer, de sabor a entrepierna de mujer. No pude evitar el primer orgasmo como no puede evitarse la lluvia en otoño. ç

Una corrida sin control, salvaje, imposible de falsificar. En pleno orgasmo tenía el amor subido por las nubes, les quería a todos ellos. Un amor fugaz y rápido, que duró segundos. Mientras las piernas me caían chocando contra el suelo, en espamos fuera de mi capacidad de controlarme, pedí un poco de compasión, un mínimo de calma. Necesitaba paz. Accedieron a mis ruegos, liberándome de cualquier estímulo físico. Sin embargo, permanecieron juntos, de pie, a escasos pasos de mí, mirándome como si fueran un jurado a punto de emitir sentencia. Después de poder cerrar las piernas, apretándolas entre sí, me quedé en un estado de euforía existencial, que se me pasó rápido pero mientras duró fue de lo más que puede una experimentar a través de su propia dopamina.

Volvieron a cargar con sus bocas entre mis dos piernas. Mientras cada uno tomaba su sitio haciendo sus cosas, los otros tres se quedaban supervisando la acción desde arriba, vigilándome perversamente. Alguien dijo, mencionó, que se había enamorado a primera vista de mi coño. Cada uno, en su turno, a su manera, buscó formas para piropear y alabar mi sexo, denotando cualidades, exponiéndolo a la vista de todos a mayor gloria, hasta se llegó al punto de buscar referencias poéticas. Yo paseaba la mirada del que tenía colocando entre mis piernas a los falos de los otros, puro pecado carnal. Ellos lo sabían, me veían.

Con unos gritos que no pude ahogar confirmé la llegada de mi segundo orgasmo. Técnicamente, mis ovarios explotaron como dos granadas, convirtiéndome en un juguete indefenso al antojo de mi sistema nervioso. Sentía calor, sentía hormigueo, sentía cosquilleo, sentía sequedad, sentía que escuchaba cantos angélicos, sentía que no sabía ni que era capaz de sentir emociones que todavía no tienen término para describirlas. Me perdí en una nube difusa, un arcoiris pálido, desconectándome del mundo real. Me instalé en un espacio de la psique de difícil y remoto acceso, dónde no hay lectura racional posible del estado de ánimo. A ellos les escuchaba alrededor mío, como si estuviera espiándoles, pero no era capaz de verlos, no era capaz de procesar su existencia física en mis inmediaciones.

Cuando recobré mi capacidad de procesar la actualidad, los vi tranquilos, todavía rodeándome, todavía deseándome. Deduje, por lógica simple y barata, que mi estado de trance tuvo que durar pocos segundos y no les preocupó, si acaso se habrían enterado de mi ausencia en el plano cognitivo. Me incorporé, y lo primero que hice fue llenarme un vaso de zumo de frutas del bosque y tragármelo de una sentada. Después me fui al baño, desnuda, pero con los zapatos puestos.


A la vuelta, me los encontré a dos fumando -dentro los dos esta vez- y a otros dos tocándose, cada uno lo suyo, entre las piernas. Supongo que la idea sería hacer algo con las manos, sea fumar sea pajearse. Me quedé fascinada por el espectáculo, por la capacidad de hablar y compartir opiniones con suma normalidad mientras dos se dedicaban a un acto tan íntimo. Había oído y escuchado historias de masturbaciones grupales entre varones, especialmente en edades de revolución hormonal. Tocándose muy heterosexualmente cada uno su propio aparato, pero compartiendo el mismo espacio y tiempo. Pajas y corridas grupales, como si eyacular todos delante todos fuera un rito iniciático adolescente.

Yo, una salida, con dos orgasmos recién metidos en el cuerpo, volví a notar el antojo de folleteo al visualizar sus penes manoseados. Con ánimos nuevos, acepté la cerveza que uno de los fumadores me ofreció. Al sentarme con ellos en el grupito alrededor de la mesa, los otros dos fueron aparcando sus instintos masturbatorios. Estaban hablando de mí, de mi cuerpo, de mis carnes. Y todo lo que escuché fue un chute en vena de autoestima, una fiesta del amor propio. Y aunque las comparaciones son odiosas -y las odio-, en aquél momento acepté subirme a la ola y me dejé comparar con amigas y conocidas en edades similares, saliendo ganadora. Todos mis nuevos amantes estaban a medio empalmar, alguno luciendo más centímetros, otro desplegando más grosor.

Con la cerveza por la mitad, y sin mucho que hablar porque tampoco había mucho que decir deslizó su mano hasta alcanzar mis pechos, y de ahí recorriéndome hasta el ombligo en una suave y larga caricia que daba a entender todo lo que había por comprender. Me llamó bella, no supe que contestar y sonreí sin más, levemente enrojecida en las mejillas. Me preguntó si quería mamar. Levanté la mirada y le dije que sí, pero también quería acabar la cerveza. Todos accedieron por unanimidad a esperar unos minutos más a que yo tuviese la botella de cerveza vacía. Mientras tanto y para calentar motores, uno de ellos me dijo que no me ofendiese por lo que tenía que decirme, pero me tenían que dar de mamar, me tenían que aprovechar. Contesté pidiéndole que por favor no fuera a ofenderse por mi respuesta pero es que si no me daban ni me aprovechaban me vestiría y me iría. Nos echamos a reír todos. Todos contentos, y observé como después de mi último comentario las erecciones ganaban fuerza.

Me levanté, apurando el último dedo de cerveza que me quedaba en la botella. Depositándola sobre la mesa con más fuerza de la que yo creía, el impacto hizo un ruido molesto y llamativo. Sin mediar palabra y evitando cualquier contacto visual con alguno en particular, me fui diréctamente hacia el que tenía delante mía plantado en el sofá. Con la experiencia de vieja diabla curtida en muchas noches de pasión, me coloqué sin dificultades de rodillas delante suya, y agaché la cabeza lo justo para tomarlo entre mis labios. Había conseguido pillarles por sorpresa. Un minuto después me desplacé a mi derecha, colocándome de nuevo entre las piernas del siguiente, esta vez dedicándome a sus testículos. El tercero, el único en lo que llevabámos de noche en depositar su íntima ofrenda dentro de mi boca se dejó hacer rindiéndole culto, verbalmente, a mis dotes como amante vía oral. El cuarto, el último, estaba esperándome luciendo ya una espectacular erección después de lo que él llamó media paja esperando su turno. A cada uno les dediqué un minuto, dos a lo sumo. Habiendo terminado con los cuatro, me levanté y girando sobre mi propio ejé tomé camino en dirección al dormitorio, hacia la cama. Sin escatimar en movimiento de culo y caderas, cortejando a los machos que todavía seguían sentados, mirándome, quizás sin dar crédito. Otra vez, en espacio de diez minutos, un cuarto de hora a lo máximo, había conseguido sorprenderles.


Sin posturas sofisticadas, acabé abajo, estuve encima, me pusieron a cuatro patas, pasé un rato de lado. Fue esencial la buena comunicación en equipo para no acabar agobiados. Obtuve cuatro corridas, una de cada uno. Dos volvieron a dejar su simiente sobre mi cara. Me hacía más hermosa, dijo uno de ellos. Ajá, supongo que sí, una mujer con tu semen en su cara siempre será más guapa de lo que ya es, no me cabe duda. Otro, que no fue el mismo de antes, lo dejó todo en mi boca, eyaculando con tanto impetu que hasta en la dentadura dejo rastro de su presencia líquida. El cuarto apuntó hacia mis tetas.

Mientras ellos volvían al salón, yo aproveche para darme una ducha ultrarrápida. Para limpiarme la piel, toda la piel. Salí envuelta en la toalla, llegando a tiempo para una ronda de cervezas. Casi el mismo tiempo que había empleado yo en darme una ducha habían tardado ellos en turnarse para ocupar el otro baño que quedaba libre. Por eso que conseguí llegar justo a tiempo para cuando empezaron a caer las cervezas.

Aunque yo no soy muy grande ni en lo alto ni en lo ancho, la única toalla que conseguí pillar era la corta, que me tapaba a modo de vestido muy mini pero dejaba al aire libre perfectamente expuestos mis pequeños pechos. Ni monja ni beata, me dejé toquetear en modo juguetón por un par de chicos, animados por el calor y la cerveza, mientras seguíamos bebiendo y descansando. La noche ni había terminado, y a mí todavía me faltaba por lo menos un orgasmo, en un mínimo de mínimos. Ellos sí habían tenido cada uno su orgasmo en la última acción en nuestra pequeña orgía, pero yo no. Y me preguntaron por ello. No sabía qué contestar muy bien, no tenía identificada con claridad la causa de la ausencia de mi orgasmo follando entre y con cuatro. Cosas qué a veces, simplemente, pasan. Pero no estaba panicada por ello, me lo había pasado bien, mi cuerpo lo había gozado, me sentía intensamente bien follada. No había que darle mucha vuelta al asunto, aunque comprendí perfectamente la razón de las dudas surgidas y me alegré por sus preocupaciones sobre mi bienestar.

Hablamos de la salud del cuerpo y la dieta, y de nuevo volvieron las alabanzas y los piropos sobre mi físico. Entre todos sabían como lograr subirte el amor propio hasta la cima del Everest y más allá. Con mis tetas atrapadas en manos ajenas, confesé que también gustaba mucho de incluir en mi dieta siempre que fuera posible ese apéndice masculino. Confesé mi fascinación por los penes gruesos, no necesariamente largos. Tamaño medio, grosor por encima de la media; mi medida perfecta. Conté algunas anécdotas respecto a los penes de grosor muy considerable que me había encontrado a lo largo de mis años. A todos oírme escuchar aquellos detalles les ayudó incrementar sus erecciones. De nuevo llegaron a tocarme las tetas. Esta vez por menos tiempo pero con mayor decisión. El resto miraba bebiendo, fumando, sonríendo. El pudor lo habíamos perdido entre todos hacía horas.

Sin darme cuenta, había separado mis piernas, exponiendo mi sexo a plena vista. Tomé nota de ello cuando uno, apuntándome con el dedo ahí abajo, dijo precioso sin más, los demás asintiendo, sumándose a su opinión. Me sonrojé, algo nada complicado para una mujer como yo propensa a la timidez en los momentos menos pensados. Estaba cómoda en aquella postura, así que decidí mantener la exposición de mis partes íntimas a la vista ajena. Otro confesó, pasados unos segundos, que tenía un coño difícil de olvidar. No sabía hasta que punto era relevante una confesión así, pero me gustó, reconozco que me gustó mucho escuchar esa confesión más propia quizás de la edad del pavo que en la edad adulta. Finalmente, me quedé sin cerveza en la botella. Llevé la mano entre mis piernas, separando las labias y pregunté si alguien quería besármelo. En un microsegundo tuve cuatro voluntarios dispuestos.


Habré tardado aproximadamente un cuarto de hora hasta embarcarme de nuevo en una explosión orgásmica, afortunada de hallarme rodeada por individuos de tan buena predisposición a complacerme. Las horas que estábamos compartiendo juntos, compañeros de vicio y risas quedarían marcadas para siempre sobre mi piel y en mi mente. Sin planes de futuro en el horizonte, me relajé y por primera vez en toda la noché empecé a sentirme cansada. Cada minuto que pasaba era una aventura sin guión hacia lo desconocido.

Algunos de los chicos se dieron cuenta de mi estado físico al límite, y se interesaron por mí y en función de mis respuestas dar por pausada o más bien por acabada la noche. En el dulce momento de pereza después de un orgasmo detonante de placeres exquisitos, ni siquiera yo lo tenía claro. Empezaba a sentirme cansada, sí, pero todavía no estaba lista para cuantificar el cansancio. Comenzaron a fumar y a charlar a mi alrededor, dejando caer sobre mi tejado el peso de la decisión sobre lo que pasaría después.

Harta del alcohol, volví al zumo de frutas del bosque. Lanzarme a caminar me reactivó el cuerpo, y de repente estaba notándome contenta y hasta con ganas de más fiesta. Ellos también seguían de buen humor, mirándome divertidos y haciendo simpáticos comentarios mientras yo seguía desnuda paseándome de aquí para allá. No parecían desperdiciar una sola ocasión para echarme un vistazo alrededor de las partes de mi anatomía más llamativas en la desnudez. Cuando me volví a pegar al grupo reunido alrededor de la mesa del mismo sofá de los hechos consumados recibí fenomenales piropos para fomentar la amistad y lo demás también.

Hablamos de tópicos diversos, y hasta me propusieron bailar, improvisádamente. Prometieron darme un premio si lo hacía bien. Nunca averigué cuál sería el premio porque nunca me lancé al baile, pero una tiene sus intuiciones. El deseo de sexo volvía a nacer en sus caras y debajo de sus ombligos. El que tenía pareja les llevaba ventaja, con una erección ascendiente en vertical. Los otros le incitaron, mientras yo asistía divertida y asentía con mi silencio cómplice. Me gustaba participar en aquella, no lo sé, improvisación de algo.

Tardó dos segundos en llegar a mi altura y pedirme que me pusiera de rodillas, delante suya. Pidiéndomelo con un por favor introductorio. Su pene y mi cuerpo ya se habían relacionado en lo que llevábamos de noche pero aún así agradecí su consideración hacia mí. Con las dos manos ocupada sobre su tronco y sobre sus testículos más todo lo que le hacía por la boca, poco le costó en terminar entre mis labios. Primero me quedé sorprendida porque a tal altura y después de unos cuantas corridas todavía fuera capaz de eyacular una gran cantidad de semen. Y me quedé todavía más sorprendida porque aguantó poco, mísmamente por las razones anteriores.

El siguiente fue él, al que ya conocía de anteriores escarceos y el que lo montó todo. También, de los cuatro, era el que físicamente más poderoso estaba. Yo esperaba la misma petición que me había hecho su socio minutos antes, y sin embargo él tenía otros planes. Pasó por mi lado, me llamó a la vez que tiraba suavemente de mi mano, haciéndome seguirle unos pasos por detrás. Nos dirigíamos hacia la habitación, nosotros dos, solos. Ignoraba si los otros nos acompañarían. Se tumbó y yo casi de manera instintiva me busqué un hueco entre sus piernas, colocándome lo más cómodamente posible sobre mis rodillas. Su mano, menuda, empujando mi cabeza hacia su entrepierna me decía que había acertado en el instinto.

Estábamos teniendo sexo, juntos, con la puerta abierta, sin que nadie se nos acercara. Y eso que juntos todos habían probado y disfrutado ya mis carnes. Debajo del peso de su cuerpo, viéndole la cara llena de placer mientras salía y entraba dentro de mí, le pregunté si lo que pasaba, nosotros por un lado los demás por el otro, si era algún tipo de proyecto especial suyo o si había conseguido sorprenderme tanto a mí como a ellos. Me dio un par de respuestas esquivas, claramente con toda la intención de mantenerme intrigada.

Cambié de postura y acabé encima, cabalgando como buena amazona del amor. Reconozco que la situación me tenía excitada, me daba morbo la puesta en escena. La distancia física que nos separaba de los demás, y sin embargo nos escuchaban. Que pudiesen asomarse en cualquier momento. Incluso participar, o no. Me divertía todo eso, y también me tenía muy puesta a tono. El último cambio de postura. De nuevo sobre mis rodillas, y mis codos. Supuse, acertadamente, que estaba próximo a la eyaculación cuando sus manos dejaron de explorar mis nalgas repentinamente, saliendo del agujero que llevo conmigo a todas partes entre las piernas. Tras un brevísimo periodo masturbatorio, noté sus gotas bailando sobre mi espalda.

Aproveché el baño que venía en suite en el dormitorio. Cuando salí, fuera, en la habitación, sentado en la cama me esperaba otro. El tercero. Empecé a sospechar con mucha fuerza por donde iban los tiros. Nos tumbamos y fue su cabeza la que se metió entre mis piernas. Lamiéndome con ambición, pasando su lengua entre mis labias con desmesuradas ganas, chupándome y besándome todo el sexo con vertiginoso fervor carnal. Su faena me provocaba turbulentas alteraciones hormonales que trascendían más allá de mi zona íntima. Sentía como ascendía por la médula el sudor frío.

Dentro de mí se desató un arcoiris de explosiones estelares tipo nova, supernova e hipernova. Aconteció que mis orgasmos fueron a base de lenguetazo. Aunque no tuve un orgasmo tan drásticamente flipante como los anteriores, mi voluntad como ser consciente quedó anulada por un breve espacio de tiempo.

Para cuando recuperé mi ser, estaba de lado, sin saber muy bien cómo había acabado así y sin que me importara. Él seguía conmigo, besándome lentamente las piernas, acariciándome la piel evitando la zonas altamente erógenas. Todo ocurrió rápido. Impulsivamente tomé su pene en mi mano, masturbándole con la intención flagrante de provocarle una corrida lo más rápido posible con el menor esfuerzo posible. Anárquicamente, me acariciaba los pechos, itinerante de pezón en pezón.

Explotó sin necesidad de inventarse ninguna excusa. Eyaculó sobre mi piel, dejando el semen sobre mi abdomen. Fue rápido, placentero, casi en silencio. Recibí un beso en la mejilla, que no supe si aquella fue su intención original o quizás buscó mi boca y le habré hecho algún feo sin siquiera darme cuenta de ello. Como fuera, estuvo bien. Cuando salí del baño, no había nadie en la habitación.

Me acerqué a ellos, en el salón. Empezaba a estar tan cansada que notaba frío aunque la bomba de calor seguía desde hace horas sin parar. El cuarto amigo había dado ya la noche por finiquitada antes de la última movida que nos habíamos montado. Cada uno tiene sus límites. Decidí darme la media vuelta, desoyendo los ruegos de quedarme con ellos a tomar algo y me fui a duchar. Una ducha caliente, larga. Me sentí feliz de haber pasado, de nuevo, una noche de amor a lo bestia.


Nos tomamos una última cerveza. Aunque ya estaba dada por acabada la noche en el sentido sexual, estuvimos hablando de las cosas que habíamos hecho juntos. Les confesé mi gratitud y mi eterno aprecio. Me sentí obligada, moralmente, a hacerlo. Individualmente, por turnos, me correspondieron. Para algunos de ellos había sido una experiencia tremenda, inolivdable; el impacto causado por el sexo grupal fue mayor en ellos incluso que en mí.

Yo era la única que había puesto algo de ropa encima de su cuerpo. Un pantalón corto y una camiseta de tirantes, tipo pijama. Pero había algo de mágico en el momento, en la naturalidad de nuestra conversación mientras algunos seguían exponiendo parte de su desnudez sin ningún tipo de complejo. Rodeada de cuatro hombres que fácilmente podrían dominarme físicamente y usarme a su antojo más allá de mi consentimiento, aún así me sentía protegida e integrada en el grupo.

Para mí, fue una noche de éxito. Vivir en primera persona todas aquellas sensaciones, me sentía una privilegiada. Claro qué, siempre que lo piensas y lo analizas todo retrospectivamente, hay aspectos mejorables, todo lo que se hizo bien puede hacerse mejor. Pero lo más importante de todas mis experiencias grupales que tuve, casi de golpe, no fue el intercambio de fluidos, las pollas tragadas, los coños lamidos, las posturas y los postureos, los orgasmos. No seré una cínica, reconozco que para mí fueron acontecimientos de fuerza mayor en lo espiritual y lo intelectual, vivir tan repentinamente, con la ocasión de repetir casi de inmediato, una de mis mayores fantasías, algo que llevaba más de cuatro décadas pensando y sin atreverme a dar el paso.

El mayor logro, y lo que más me llevé conmigo fue la confianza. Hombres, varones, personas de género masculino que superándome en número y fuerza me trataron principalmente como debe de tratarse a cualquier persona y especialmente a cualquier mujer, en cualquier contexto, incluso en aquellos contextos de extremo vicio y folleteo: con respeto, respetando lo consensuado y sin abusar de mí más allá de mi capacidad de consentir. Estar conmigo y hasta dentro de mí sin buscar el triunfo machirulo de otras maneras aberrantes. En tiempos de manadas violadoras, se agradece que una mujer pueda seguir levantado pollas, echar polvos y quedarse a dormir en una casa ajena sin miedo. Tajantemente, me siento casi triste por sentirme una mujer con suerte por haber tenido la oportunidad de vivir unos aspectos de mi sexualidad que a otras muchas chicas, demasiadas, les lleva al calvario por razones bien conocidas.

Siguen habiendo buenos, muchos buenos hombres en el mundo, capaces de vivir y expresar su sexualidad sin lastimar a otras personas. Como debería de ser siempre pero sabemos que no es así siempre. Y les doy las gracias, no a ellos sino a sus madres y a sus padres por haberlo hecho bien, dentro de lo que cabe, dentro de sus posibilidades, dentro de su imperfección humana. No, claro que no, ninguno de los chicos con los que estuve compartiendo cama entre varios fue perfecto. Yo tampoco lo soy, no soy perfecta. Pero entre todos podemos hacer que vuelva a ser común el sentido común. Con o sin ropa.

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Un comentario en “Frutas del bosque

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