Después de probar las mieles del desenfreno carnal al poco de estrenar Diciembre, seguía enfocada en la predisposición hacia lo salvaje. Nada me obligaba a ello; la elección era mía, libre y consentida, consensuada conmigo misma. Con la cabeza llena de ideas, algunas peores y otras mejores, me asfixiaba a ratos una pseudocrisis vital, la ansiedad existencial sexoafectiva entremezclada con las prisas capitalistas antes de Navidad. Me faltaba tiempo para llevar a práctica todo lo imaginado y, en paralelo, sentía que tenía tanto tiempo en mis manos que lo derrochaba, perdiéndolo para siempre en la nada sin haberle sacado provecho. Pánico y prisas, deseo y cobardía. Estas fueron algunas de mis coordenadas, entre muchas otras.

Lección de vida: a veces los planes más complicados nacen de formas muy simples. Como dejándose reconquistar por un flechazo pasajero juveníl, ahora todo un hombre hecho y derecho, con mirada intensa, pelo canoso y guitarra en la mano, dándole al rock y a la birra. Yo no había calculado nada en especial de antemano, raro en mí, lo sé. Y sin embargo algunas batallas se presentan de repente, y tienes que improvisar la estrategia sobre la marcha. Nunca mejor dicho lo de la marcha, estando en un garrito rodeada de muchas chupas de cuero o denim, un escenario en una esquina, cervezas por todos lados sea encima o debajo de las mesas y más melenas que en un anucio de champú. La combinación de madera, cerveza y testosterona machote siempre encuentra un punto débil en nosotras.

Después del show, nos abrazamos. Salimos fuera, a un patio lleno de más botellas, melenas, y otros olores a distintas hierbas quemándose. Nos hablamos, y nos sonreímos, y bebimos. Lo suficiente para calentar el cuerpo, y de paso el alma. Daños colaterales de los brebajes fermentados. Los vaqueros ceñidos marcaban las formas de mi cuerpo, de la mitad inferior al menos. La otra mitad quedaba atrapada visualmente bajo una doble capa de ropas que abrigaban del frío y dificultaban el repaso baboso a simple vista. Sin embargo, el pornointerés que despertaba ni de lejos me hacía sentir incómoda. Como mínimo, me instigaba. Pero en realidad, era una sensación que motivaba. Decenas de tíos mirándote con más, o menos, descarro pero con la misma intencionalidad funciona mejor que una sesión de coaching, y es gratis. Servidora tampoco había hecho peregrinación nocturna ociosa y con cara de viciosa en busca del perdón divino. Yo quería pasármelo bien, si encima conseguía triunfar a lo puto grande, pues mejor.

Ignoraba todavía que las pasiones que levantaría me brindarían una noche inolvidable, y un mes de final de año incombustible en lo eróticofestivo. El año 2019 aún quedaba lejanamente cerca.


Las primeras conversaciones sobre lo típico y lo banal y lo cotidiano y lo correcto no tardaron demasiado en tomar caminos más fascinantes. A estas alturas ya me había iniciado en lo relativo al gozo en multitud, pero la posibilida de volver a tener una oportunidad para repetir una experiencia entre varios en tan corto plazo de tiempo disparaba mi adrenalina y la dopamina. Todo era novedoso, de nuevo. Yo no quería dar marcha atrás, no quería huír, no quería poner pretextos ni tampoco inventarme excusas. Me sentía sobrecargada de valentía y unas tremendas ganas de explorar, de llegar a sentir más allá. Cuanto más bebía, y conversaba, y coqueteaba, más bloqueada me sentía; me veía incapaz de sentir excitación en cualquier otro escenario diferente al grupo. O todos, o nada; había perdido el punto intermedio en mitad de alguna de las cervezas que dejé de contar.

Un clásico, la naturaleza humana, con sus deseos aflorando a la mínima intención o provocación. A veces, y solo a veces, los instintos son la forma más fiable para predecir a la perfección el comportamiento ajeno. Sin decir yo nada explícito ni hacer grandes promesas de antemano, de repente estaba en un coche, dirigéndome a un destino que desconocía haciendo de grouppie. Èramos cinco personas atrapadas en el mismo coche, en un espacio más bien exiguo. Nadie me estuvo metiendo mano ni por arriba ni por abajo, nadie me pidió que se la chupara ni que le hiciera una paja, nadie se arrimó a besarme inoportunamente, y sin embargo todos -incluyéndome- sabíamos para qué cosas estaba yo ahí, con ellos. Me gustaba la calma antes de la tormenta.

Fui la última en salir del coche y la primera en entrar en la casa. Lo de hacerme pasar la primera no sé si fue fruto de un improvisado acto de modales a la vieja usanza o más bien un modo para asegurarse que no me echaría a correr, así en el último momento. Si bien una vez dentro sentí las miradas de todos y cada uno de ellos escrutándome de arriba hasta abajo y de izquierda a derecha toda entera, no me sentí amenazada, ni en peligro. Había un algo flotando en el aire que me decía que no era yo la primera chica/mujer en visitarles de noche, pero al mismo tiempo inspiraban una sensación de seguridad, de confianza. Yo no tenía intención alguna en echarme para atrás, pero necesitaba estar muy cómoda sintiéndome a salvo si en algún momento ni quisiera hacer algo o simplemente no quisiera hacer nada más. Como debe ser, siempre.

La cocina estaba separada del salón por una puerta con un gran arco que prácticamente ofrecía una visibilidad perfecta de una estancia a otra. Mientras el anfitrión sacaba y colocaba cinco cervezas sobre la barra casera que se había montado en la cocina, yo me fui al baño, cosas de chicas. Cuando salí, me los encontré a cada uno a lo suyo, desperdigados por la estancia. Uno sentado en el sofá encendiendo la tele, otro en una esquina haciendo no-recuerdo-qué, otro también por ahí. El anfitrión, que también era mi amigo, hizo de protagonista también, acercándose a mí con su cerveza y la mía en la mano, y mientras me la ofrecía y yo la recogía, me besó en la boca a quemarropa y la mano libre se quedó sobre mis nalgas. Dejándome tocar y notándome mojar, me deje hacer en quietud, correspondiéndole al beso sin complejos. Toda la escena duró unos segundos o eso me pareció a mí, y para cuando abrí de nuevo los ojos vi que estaba a punto de estar rodeada por tres hombres.


Como suele pasar casi siempre en estos asuntos, las cosas fueron ocurriendo con mucha prisa. Me quedé medio desnuda y manoseada en menos de lo que canta un gallo. Metí manos y recibí el mismo trato. La noche prometía amor. Envalentonada por el morbo y eufórica por el alcohol en la sangre, me quedé callada llenándome la boca de hombre, de hombre en hombre. Noté aprecio en las caricias que se deslizaban sobre mi melena, y después llegaron también las palabras de admiración. Uno de los cuatro implicados -el cuarto no tardó también en unirse al círculo- poseía una dotación que me costaba un esfuerzo bravo en aguantarlo entre mis labios.  Yo aceptaba en recibir y meter por debajo de mi nariz todas, sin clasismos patéticos. El primero en no aguantarse más no tardó, quizás, ni cinco minutos en echarme su líquido sobre los pechos desnudos, fríos por fuera pero calientes por dentro, con los pezones apuntado en una línea recta imaginaria. Los otros tres, entre uno y otro, otros cinco minutos más. Habiéndome metido mano, todos pudieron constatar que mi cuerpo pedía bombardeo fálico. Pero tocaba la pausa para el cigarro de después y la cerveza. Sin embargo, la mirada en mi cara mendigaba vicio.

Después de limpiarme la cara y el pecho, me uní al corrillo con las tetas al aire, totalmente desvergonzada. Con total naturalidad y normalidad, entre trago y trago de cerveza hubo bromas, risas, menciones con doble sentido, algún guiño, algún tocamiento, miradas lascivas y lenguaje corporal libidinoso. Parecía qué una vez me hubiesen tenido mamándoles, las confianzas habían aumentado exponencialmente y una buena -aunque rápida- corrida ayudó para hacer más amistad. Lo cierto es que yo seguía en mi burbuja, ignorando cuanto acontecía fuera de aquella casa, despreciando cualquier futuro más allá del dedo que se deslizaba entre mis piernas, y que no era mío, mientras otro par de manos me desnudaron por completo hasta los tobillos. Se me alteró el ritmo cardiaco, se me alteró el ritmo respiratorio, mientras sentía como un solo dedo toqueteándome entre los muslos empezaba a aburrirme.

El escenario cambió por completo tumbada sobre el sofá, a escasos metros de la chimenea del salón. Nadie estaba al mando para tomar decisiones pero de alguna forma encontramos puntos intermedios de consentimiento y aceptación. Ellos a mí y yo a ellos, nos usamos mutuamente para obtener placer cada uno a su manera. Salvo las pausas para intercambiarse ninguno me dio tregua, entrando y saliendo de mí sin parar. Alguien mencionó a las ejecutivas pervertidas, haciendo alusión directa a mi ocupación profesional, ligándolo a lo personal. No venía a cuento en mitad de todo ello, pero entendí rápido que para los hombres aquellos detalles tenían un plus, añadido de morbo. Acepté pulpo como animal de compañía. Con los talones apuntalados en hombros ajenos y la cabeza girada y ocupada, ni siquiera me daba tiempo para pensar todo lo que escuchaba.

En mitad de una felación, de repente noté el emergente sabor del orgasmo masculino, y en pocos segundos me invadió también su textura líquida, cálida, salada. Conclusión rápida: la opción uno se presentaba como un tremendo calentón imposible de controlar, la opción dos un eyaculador casi precoz. Independientemente, no me rompía el corazón ni tampoco me amargaba la noche. Sin dramas, la noche siguió su curso improvisado, con otro de los participantes ocupando el lugar entre mis labios. Cachonda perdida, apenas abrí la boca para recibirle cuando me noté todo el sistema nervioso preparándose para abrir las puertas a un inminente orgasmo.

No sé si existe alguna forma de manual, predefinida, en mantener la compostura mientras tienes un orgasmo mientras te está follando una banda de rockeros. El mío fue totalmente anarquíco, poco profesional, cero controlado. Tanto, que casi me caigo del sofá. Todos mirándome, alrededor, montando la escenita orgásmica. No sabía si aquello era un sueño porno, una película. Salieron de mí, dejándome manifestarme a mi antojo, aunque yo no controlaba nada de aquello, mi cuerpo había tomado vida propia desconectado de mi psique. Primero fueron los temblores, después la sequedad desde la punta de la lengua hasta la boca del estómago, el hormigueo en todas las extremidades, el calor volcánico debajo de la piel que me cubría el vientre, seguido de un -paradójicamente- dulce dolor de ovarios y para rematar, lágrimas. No lloré a moco tendido, pero fue incapaz de aguantárme unas lágrimas de puro gozo, de emoción alegre.

Aquél caballero que tenía la polla no solo por encima de la media en aquella casa sino en prácticamente cualquier lugar del mundo se me acercó, me abrazó y me besó con cariño. Un cariño asexual, una muestra de afecto entre amigos. Impulsada por el romanticismo postorgásmico, le devolví los cariños añadiéndoles una pizca de picardía.

Noté un brazo cogiéndome la mano, depositándola sobre un pene en plena erección. Comencé a masturbarle, todavía bajo los efectos de la corrida propia. Pero no tardé en notar el impacto de su orgasmo, que salía disparado a ráfagas, chocando contra mi piel y deslizándose por mi costado. Ese caballero pollón que mencioné antes al final tomó asiento en el sofá a mi lado mientras yo me limpiaba la corrida que me había caído encima. Seguía pajeándose con una mano mientras la otra me acariciaba el pelo, sin pedirme nada, sin decirme nada, sin forzarme a nada. Cuando noté que mi estómago ya había vuelto a su estado normal, cambié su mano por la mía mientras nos volvimos a besar, esta vez con pasión, y nos dijimos unas cuantas cosas cargadas de morbo.

El tamaño de sus testículos estaba a la altura del tamaño de su pene. Tuve que abandonar el sofá y arrodillarme delante suya, colocada entre sus rodillas, para acceder en condiciones a dicha zona. Tanto le gustaba lo que le hacía que en voz alta y delante de todos afirmó que no debía de estar con las rodillas hincadas sobre una almohada sino sobre una alfombra roja. Eso sí era un piropazo. Necesariamente forzados por lo que veían y por lo que además escuchaban, los otros tres también pidieron dejar abierta la opción de recibir un trato similar, cuando fuera posible. Les expliqué que no estaba en condiciones de prometérles nada, y que no se lo tomaran a personal si es que no recibirían ellos también aquél particual trato. Lo hacía porque el varón en cuestión me lo había pedido y yo no tenía ningún tapujo sobre el asunto, sin embargo estando en ello me gustaba y lo disfrutaba.

Mientras él seguía destacando verbálmente lo que yo hacía con sus testículos, otro se colocó detrás mía, separándome las piernas y entrando en mí. El mismo otro que tampoco había llegado todavía a la cuota de las dos corridas como sus otros compinches. En aquella dinámica se hacia más difícil la situación inicial, y subiendo la cabeza recorriendo los centímetros que me separaban de su glande, lo tomé de nuevo entre mis labios sin perder ni un ápice de ilusión. Él también me tenía ganas, lo sé porque me y nos lo confesó. Debido a su tamaño excesivo, me éra imposible encontrarme del todo cómoda, y cada cierto tiempo me daba el ahogo y leves arcadas. Afortunadamente, él sabía que aquello era simplemente muchísima carne en tan poco espacio, qué cualquier proyecto destinado a practicarle una felación en las mismas condiciones que a los demás sería un fracaso.

Acepté el cambio de perspectiva, esta vez tumbándome en ligera diagonal a lo largo del sofá en vez de a lo ancho, mientras ellos cambiaban los roles. Al penetrarme, el grandullón quizás instintivamente quizás ya por muchas noches que dan mucha experiencia supo hasta dónde alcanzaba mi cuerpo a recibirle sin padecer daños, y no llegó más allá de la mitad de su longitud. A mí, que soy una encantada de la vida, una yonki, una fanática, una verdadera adepta y necesitada de las pollas bien dotadas en el grosor, me supo a regalo de Navidad antes de tiempo todo lo que experimentaba mientras sentía su lleno desde el primer movimiento. Con el otro casi encima mía ofreciéndome de lleno su polla en la boca, cerré los ojos explorando el momento con los demás sentidos, abandonándome al sexo sin importarme si me llevaría abajo al inframundo o arriba a la Luna y haciendo caso omiso de los otros que observaban el espectáculo en primera fila, cerveza y cigarro en mano.


Cuatro veces, aquella noche, cuatro veces tuvieron orgasmos todos ellos. No falló ni faltó ni uno en no quedarse ni por delante ni por detrás de los otros. Yo me quedé en tres. Sin remordimientos y sin frustraciones. Me follaron en el sofá, me follaron en el suelo y también acabaron follándome en la cama. Les chupé la polla a cada uno de ellos, más de una vez, y cada uno de ellos pasó su lengua entre mis piernas, algunos más de una vez. Fue una noche de puro homenaje carnal. Sin influencias sentimentales absurdas. Sin pretender ser nada ni algo más que una cuarentonta viciosa, desatada y que se dejó fácilmente aprovechar de buena gana. Me felicitaron y me dieron las gracias por todo.

También me provocaron a un requiem, algún día o mejor dicho alguna noche, en el futuro, lejano o no tanto. No acepté la idea pero tampoco rechacé la propuesta. Todo quedó en un sincero pero también correcto quizás, quién sabe. Me abandoné sin vergüenza y sin moral a placeres que solo había imaginado, fantaseado y alguna vez compartido con personas muy cercanas en confianzas de las que sonrojan. Tener a varios hombres de frente, desnudos y apuntándome de frente con sus erecciones sin duda era lo mío. Y aunque será la fantasía de muchs hombres tener a varias mujeres simultáneamente complaciéndoles de forma física, las mujeres os garantizo que tampoco somos menos. Distinto es hasta que punto nosotras nos atrevimos a desarrollar dichos pensamientos llevándolos desde lo téorico y puramente fantasioso a la práctica, en carne y bueno, preferible carne sin hueso.

No tengo muy claro si mi Diciembre loco será el precursor de un 2019 salvaje. En mi personal iconografía sensual jamás bajará del pedestal, independientemente de cuanto esté por llegar. Quedará para siempre en mi legado íntimo.

Aquél tipo de la polla grande se encargó de buscar la forma en hacerse con mis datos de contacto en uno de los pocos momentos en los que nos habíamos quedado solos, él y yo, en la estancia. Literalmente, acepté y accedí por sus huevos, y así se lo dije. Se echó a reír y me confesó que llevaba más de una semana sin descargar, sin tener sexo ni tampoco masturbarse. Bueno, yo no iba a casarme con él ni tampoco tener hijos suyos y para follarme bien follada no necesitaba mucho esfuerzo porque su tamaño hacía ya la gran parte del trabajo en ese aspecto, sin embargo perdería muchísimo sex-appeal en mis ojos sin aquellos dos testículos tan bien grandes. Y así se lo hice saber. Pero si volvería a quedar con él y no volvería a estar a la altura de las circunstancias iniciales en las que nos conocimos, posiblemente no habría una segunda vez, pero esa información me la guardé para mí. Y aunque parezca una tremenda gilipollez y una gran estúpidez, era la primera vez en mi vida que me sentía sexualmente interesada en un hombre principalmente movida por sus huevos. Supongo que siempre hay una primera vez para todo.

Los llaveros y los mecheros seguían sobre la barra del bar de la cocina mientras nos despedíamos, oliendo a tabaco, con el aliento alcoholizado, con el sabor de sus pollas y semen todavía fresco en mi boca. Mientras se hacían los chicos malos, duros y pervertidos tocándome con descarro el culo y los muslos y rozando alguna teta mientras nos abrazábamos y nos besábamos para despedirnos, en el fondo yo sabía que éran unos buenazos.

Lo que ignoraba todavía en aquél momento éran las sorpresas que todavía me tenían esperando antes de fín de año, y qué en buena parte yo misma había provocado, o buscado, o incitado. O qué, al menos, me cansé de perderme las cosas buena por cobarde.

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