Hija del mundo

Su propuesta picaba mucho mi curiosidad a pesar de todas las incógnitas inciales. Lo cierto es que no me sorprendía, yo misma había reivindicado mi estado sexualmente ideológico con pintoresca picardía. Si tal propuesta llegaría a un consenso, indudablemente la herencia de todas las cosas que yo sabía sobre el sexo, en teoría y en la práctica, acabaría sometida a una prueba de fuego que yo misma ayudaba a construir echándole más leña a la hoguera. La mera posibilidad, por remota e hipotética, calentaba mi figura por dentro y por fuera. Parecíamos políticos en campaña buscando la unión de los intereses en común.

Con el semblante serio, me lo detalló todo, el plan de acción. Yo hacía esfuerzos por asimilar la mayor cantidad de información posible y a la vez mostrándome participativa en la conversación. Porque ahí dónde las cosas no me quedaban claras, reclamaba respuestas. Que me estuviera pidiendo que participase en su plan no me provocaba ningún miedo pero dentro de mí emociones y hormonas batallaban frenéticamente. La activación de mis morbos duros, los que habitaban dentro de mí bajo en las zonas de lo siempre hipotético e imaginario me llevó a notar cierto malestar físico, fruto de la descarga de pura adrenalina, y eso no era lo peor. Aunque su propuesta no estaba organizada en firme y quedaba pendiente de factores y actores todavía imprevisibles a corto plazo, a mí me estaba dando un algo ya y no paraba quieta frotando mis manos disimulando mi nerviosismo nivel ultraexcitada.

La propesta de mi amigo alemán era sencilla: recibiría en un futuro próximo la visita de unos amigos suyos, foráneos, de diferentes nacionalidades. Las razones principales para el desplazamiento eran de naturaleza business, pero no solo de hacer negocios vive uno. El plan que me proponía consistía en hacer vida social, tomar algo por ahí en algún establecimiento, y sin nada definido de antemano abandonarse a los misterios de la noche, siempre bajo la promesa de la garantia de su protección respecto a mi bienestar, sea cual sea el camino que seguiría nuestros pasos, juntos o por separado. Ninguna obligación, nada comprometido, pero entrelíneas había una intencionalidad brutal, y sin decirnos lo evidente los dos sabíamos perfectamente que lugar le correspondía a cada cual dentro de la definición de juerga nocturna aparentemente normal y formal. Al andar se hace camino y ese camino no estaba definido en los mapas.

A un nivel audiovisual, la capacidad poderosa de la mente humana adelantándose a los acontecimientos a través de la imaginación me tenía totalmente fascinada. Lo que él me estaba ofreciendo en bandeja era una de mis ideas recurrentes más salvaje e indomable qué, honestamente, muchas veces no creía que jamás llegaría a vivir en primera persona, experimentándolo sobre la piel y debajo de ella. Me costaba dar crédito al pensamiento de qué yo misma podría llegar a vivirlo y entretenerme en el mundo real en una de mis fantasías franquicia. Vivir para contarlo, creo que lo llaman.

Se me ofrecía en bandeja de oro y plata y sin anestesia la oportunidad de ser protagonista de una de las historias qué menos esperaba y de las qué más deseaba y ahí estaba yo, con cara de ingenua y con el alma en plena desesperación. Acepté su propuesta convirtiéndome en hipotética cómplice de mayores desenfrenos que los ya vividos juntos y a través de una pequeña ventana espaciotemporal de calma y ludicez le recordé los términos no escritos de nuestro pacto verbal de damas y caballeros.

Si no me apetece, me voy; si no quiero ir, no voy; no es no, siempre; si la noche prospera adecuadamente, tendré siempre derecho a voz y voto sobre dónde, cuándo y cómo; una tercera persona estará al tanto sobre la noche y además tendrá su información de contacto. A grosso modo estos éran mis puntos inapelables como exigencia de mínimos. Efectivamente siempre quedarían pequeños detalles por pulir y establecer pero en algunos asuntos por supuesto tendría más márgen de flexibilidad. Pero en estos, ninguno. Para mí son leyes escritas en la dura piedra como los Diez Mandamientos. Se aceptan y no se discuten. O no hay más sobre lo que hablar. No hubo ninguna queja ni tampoco el más mínimo intento en llevarme la contraria. Me pareció bien y de gente bien. Para todo lo demás, ya éramos adultos y ahí donde hay ganas de por medio, ya se andarán las cosas.

Y así, inesperadamente, después de tomarme un café y salir con otro en la mano, de esos para llevar, me encontré con la dura realidad dándome en toda la cara. Me quedaban días, rozando las dos semanas para analizar su propuesta fríamente y deconstruirla, en un sentido metafórico. Tenía que aplicar mi pensamiento crítico y analizarlo desde varios puntos de vista. Se hace cuesta arriba la intención de aproximarse lo más posible a la objetividad manteniendo a raya las sospechas, los deseos y otros sesgos que se empeñan en manteneros alejados de la objetividad. No pretendía, por su imposibilidad, dejar de ser subjetiva siendo analítica sobre un hecho muy personal. Pero siempre hago el esfuerzo intelectual de anticiparme a mis contraargumentos y mirar los hechos organizada, sin estar a la espera de un epílogo aclaratorio definitivo.

La situación más próxima no era otra que los tríos en los que había participado. Contemplándolos desde la lejanía, parecían una antología de género sexo libre. Francamente, no se me ocurría nada más vanguardista en mi experiencia a lo que apelar para comparar ventajas, desventajas e incógnitas varias. Claro qué no son lo mismos 2 qué varios más, y tampoco es lo mismo que lo estés tu planeando y rumiando a que de repente te caiga del cielo. Estaba de vuelta al primera vez sin ser virgen. No soy capaz de gestionar una propuesta indecente fuera, radicalmente fuera de lo habitual y heteronormativo con la confianza y el arte que te da haber experimentado el sexo como acto humano, porque a mi modo de interpretar la vida y cargando con los prejuicios y otras herramientas de desorden mental, exponerse a estar en el epicentro de un acto grupal no es para nada referencial al acto sexual entre dos personas.

Trás un análisis rápido, queda evidente que en lo físico requiere un esfuerzo extra, pero es lo físico lo de menos a lo que una se enfrenta a las dudas. Concebirse en tercera persona metida en toda la faena es donde y cuando afloran las narrativas pasadas y los replanteamientos en presente. Me gusta y necesito indagar en mi sentir, necesito llevarme la iniciativa para averiguar si en un primer momento me agrada o no y en base a un primer juicio simple pero muchas veces eficaz pasar al paso siguiente, la reflexión. Ahí donde se someten a investigación los miedos, los gustos, el ego, la pasión y la pereza. Y lo más importante, el día después.

Siempre lo hago, o casi siempre procuro hacerlo. Es el mecanismo de autocontrol que he encontrado y que muchas veces me empujó a atrevimientos que luego disfruté y todavía guardo en buen recuerdo a pesar de mis reticencias iniciales y muchas veces en contra de los miedos irracionales. Es fácil: después de darle la vuelta al asunto por los distintos puntos de vista y tras en análisis de rigor, me lo planteo cómo que ya ha pasado, siempre pensando en positivo y siempre pensando que ya ha pasado con más gloria que pena. Y una vez puesta en dicha situación, intento buscar y ver dentro de mí qué hay, que es lo que queda. Como me dejaría pasar por algo así, a nivel psicológico y sentimental. Si los negativos pesan más en la balanza, rechazo. No rechazo el pensamiento sino que rechazo formar parte de lo que sea que se me haya propuesto. Si lo positivo gana por mayoría, me lo planteo muy en serio por no decir que lo tengo decidido ya.

Quedaban varios días por delante y aunque desde un buen principio dejé claro que no estaba obligada ni siquiera a acudir si no me apetecía y punto, lo cierto es que la estampa grupal no dejaba de perseguirme en los momentos en los que tenía ratos libres en la mente, y mis ganas de carne de hombre cada día amanecían en mayor cantidad. Por supuesto que lo sé, a estas alturas lo sé bien, el imaginario no siempre, por no decir nunca coincide con la realidad, y de lo que una piensa cómo será a como luego resulta que fue o bien las expectativas no se cumplieron por debajo o bien fueron superadas por todo lo alto, pero nunca lo que una imagina con lo que una llega a vivir coinciden. Y sin embargo no por ello dejamos de pensar, de hacer planes o de fantasear, con todo, todo el rato.

Claro que no hubo día sin volver a replantearmelo todo, sin tener un combate de boxeo con guantes contra la que habia dentro de mí y a veces hace y dice cosas sobre las que me siento totalmente fuera de control y no las reconozco como propias ni aunque estén grabadas en video de alta definición. Una vez superada la fase teórica del proyecto y con la luz amarilla tirando a verde en el semáforo la espera se me hacía como larga, de tantas ganas que le tenía a la acción. Aunque evocando las ganas de acción quizás no sea lo más correcto, lo más realista. Porque no era al sexo en sí a lo que le tenía una enfermiza impaciencia. Lo que me tenía en un fuego latente incapaz de apagar y cuyo vapor no dejaba de hostigarme en las entrañas era el concepto al completo. Toda la relación pre- y post- amorosa sin anillos para cuándo ni para nunca. Me sentía como una niña descarriada,  con una pulsión que me atraía hacia el fango. Hasta mirándome en el espejo me veía pícara, sin poner empeño en simularlo. Tebía la certeza de que fuera lo que fuera a pasar esa noche, tenía muchas papeletas de convertirse en un clásico de mi existencia.


La odisea del sábado empezó tarde porque me desperté tarde y además emplée más tiempo del debido en procastinar y confieso que disfruté plenamente del rato de nula productividad. Contra todo pronóstico, mi perro seguía durmiendo a pierna suelta a los pies de la cama, y eso en parte explicaba porque yo me pude dar el lujazo de hacerme la remolona a horas impropias para mí. El viernes se me hizo bastante largo, con algunos aspectos derrotistas en lo personal, pero me pilló el sábado en un excelente estado de ánimo desde por la mañana. En el interior, producto de los fenómenos imaginarios, había una lucha entre dos viejos rivales: el morbo y el pánico. Ya no era cuestión de días sino de horas. Y como siempre, yo misma éra mi archirrival. En la noche anterior, rememorando gestas varias de mi pasado como una diva caducada, me faltó lucidez hasta para tocarme. Simplemente, fui incapaz, tal era mi estado de tensión psicológica.

Me voy a saltar la parte donde mi heredero y servidora vimos una película a media mañana. Y también la parte donde nos fuimos juntos al partido. Y otros matices que enriquecieron mi día porque me parece cargante la mediocridad de las fronteras de mi vida social que transcurre sin aburrir pero tampoco sin emocionar con sobresaltos diversos ni tampoco confunde con acciones fuera de lo común. Y porque esos detalles privados no pegan aquí ni con superglue.

Estar tan bien que te sabe mal; es un eslogan de Mediterráneo en VIVO, la campaña de marketing de la Comunitat Valenciana, y además reflejaba perfectamente mi estado de ánimo. La oscuridad nocturna ya cubría este lado del mundo y me sentía contagiada por un nerviosismo entremezclado con la excitación taquicárdica desde lo más arriba hasta lo más abajo de mi cuerpo. Irradiaba pánico sentimental (off-topic: el pánico no es un sentimiento sino una respuesta primaria ante el miedo).  Me puse en acción, dándome los últimos retoques físicos antes de salir y, quién sabe, quizás brillar en la noche. Hice todos los esfuerzos posible por dejar de reaccionar, poniendo en pausa mi capacidad para reflexionar y analizar una vez más. Ya no me hacían falta fronteras protectoras, había llegado la hora de la valentia y la ilusión.

Esta vez luchaba demasiado contra mis dudas existenciales como para sobrecalentarme el coco con el qué ponerme. Jerséi gris de algodón y falda vaquera, arreando. Mirándome al espejo dándome los últimos retoques estilísticos, me parecía que tenía la piel a cien mil grados. Ardía por dentro y el único consuelo que me quedaba se basaba en mis experiencias previas en situaciones de muchísimas emociones: me relajaría en cuanto estuviera en el sitio dónde habíamos quedado, un buen lugar -cuyo nombre no pondré aquí- para escuchar música, beber y de paso conversar también sin tener que gritarnos como energúmenos. Un poco de pijerío, sí. Mientras tanto, el fervor lo llevaba por dentro, y ya en el coche, por la carretera, noté hasta los pálpitos de mi corazón. No tenía miedo, pero todavía me costaba créermelo. Soy de emociones fuertes, y si no me dan tempestades los demás ya me fabrico yo demoledores nerviosismos. Soy así, y así se me tiene que querrer.

El alemán, que había tenido que madrugar para no-recuerdo-muy-bien-qué, me mandó un par de mensajes asegurándome que ya estaban presentes en el punto de encuentro, esperándome. Noté un temblor en las rodillas y tuve que mover las piernas y dar varios golpes evitando los pedales para recuperar el control de mi cuerpo. No sé vosotras las que estéis leyendo esto pero yo del subidón-bajón-subidón otra vez-joder esto está pasando de verdad a punto estuve de girarme y dar la media vuelta.

Tuve un flash, una visión. Todo en órden, nada místico. Quizás dicho así, bueno qué vale que no fue una visión, más bien reviví ciertos recuerdos, vi trozos de mi vida pasándome por delante de los ojos como una película, como un corto de género experimental. Mi juventud, y esos periódos cuando empecé a conectar con mi sexualidad. Desde la adolescencia y la edad del pavo pasando por la joven adulta que acabó luego siendo madre. Pense en los años que pasé en el y después del divorcio, en las penas y la fragilidad que experimenté. Y pense en mis aventuras más recientes, en la épica de mis primerios trios, en la intimidad compartida con algunos amantes más allá del lecho. Por último, pensé en mí misma, en mi edad, en mis circunstancias. Tenía 41 años, y una debe de ser realista. Cuando eres mujer, sobre todo cuándo eres mujer, ganar años no juega a tu favor en casi nada. Menos todavía en lo sexual. Me sentía conmovida, aunque realmente en el fondo de mi consciente sabía que no era para tanto, de haber sido, bueno, elegida tampoco porque la elección fue mía, pero sí tomada en cuenta. Te sube la moral qué, a pesar de no alcanzar la inmortalidad, todavía dispusiese del suficiente atractivo erótico. Me lo merecía, me había ganado el derecho a tener todas las experiencias qué quisiera, con quién quisiera y/o con cuántos quisiera. Le subí el volumen a la música y seguí en dirección recta, por una noche más en el paraíso.

Sábado noche y de compras navideñas, tráfico irregular en todos los sentidos. Con el semáforo en rojo, el que estaba parado y no aprovechaba para mirar el móvil parecía el tonto del grupo. En este caso, de la cola. Me arrepentí no haberme echado una siesta, pero es que paseo arriba y paseo abajo no alcanzaba para todo. Iba a llegar con un ligero retraso a mi cita pero dudaba mucho que alguien me iba a regañar por ello. Llevaba las gafas puestas y viéndome relfejada en la pantalla del móvil me pareció, por una milésima parte de segundo, que tenía un aspecto delicioso. Pasé por los escaparates de varias tiendas qué, si pudiese, me lo compraría todo lo expuesto más lo que quedaría en stock. Con el aire acondicionado del coche encendido, hacía suficiente temperatura como para invitar a levantarse las mangas del jerséi y en uno de los dichosos semáforos me di cuenta que tenía un pequeño moratón en el brazo, en la parte interna del codo. A saber.

Conseguí aparcar más cerca de lo que yo tenía planeado inicialmente, porque hay zonas por la ciudad, cuando uno conoce bien la suya, que sabe que son casi imposibles. Pero a veces se dan los pequeños golpes de suerte. Me tocó a mí. Y no sé, no sé, pero cerrando el maletero me entró de repente un antojo a sandía. Desconozco la causa, y he de decir que no conseguí tampoco sandía, y ya se fue pasando el antojo del mismo modo que llegó. Pero me vino, así de repente. No era la primera vez ni la última que tenía antojos frutales o culinarios a destiempo y en lugares cómo que tampoco. Colgada del bolso que me atravesaba en diagonal del hombro a la cadera llevaba una chaqueta negra, que las noches cerca del mar pueden ser muy traicioneras en cuestión meteorológica. Antes de llegar al sitio, decenas de metros antes, vi un coche, de alta gama de un color que no pude identificar de otra manera que morado berenjena.


Me sentí expuesta por completo ante las miradas exhaustivas midiéndome desde el rostro hasta la punta de los zapatos. Empezamos la ronda de presentaciones con mi amigo alemán haciendo de maestro de ceremonias, y lo hicimos a la manera española, con los dos besos en la mejilla y un amable toque en la espalda. No hacía falta ser una genia para deducir que aquellos caballeros ya me tenían que haber visto previamente en alguna foto, o varias. En mi parecer instantaneo, debían estar comparando lo que estaban viendo con lo que habían visto. Asesorada por mi amigo alemán y fiándome de su criterio en buena confianza, jugaba en desventaja, nunca antes les había visto a ninguno de ellos ni de cara ni de cuerpo. Al contrario, me sentía más cómoda descubriéndolos y conociéndolos en el acto, sin traer prejuicios de casa. Al final eran seis caballeros y con cinco de ellos nunca antes en mi vida había tenido ni la más mínima relación de ninguna índole. Después de la presentación, todos ellos correctos y muy amable sin fingir ni exagerar simpatías, necesitaba algún trago.

Nos comunicamos tanto en español como en inglés, idiomas ya universales. Intentaba adaptarme al interlocutor según el nivel en cada idioma, pero de alguna forma todo salía adelante bien, y nos entendíamos lo que nos queríamos decir, a pesar de algún tropiezo lingüistico. Para un intruso mirando la escena sin conocer los detalles le hubiésemos parecido un grupo de alumnos de alguna academia de idiomas, de intercambio por el mundo. Para romper el hielo, hablamos sin detallar en exceso sobre nuestros trabajos e intercambiando alguna que otra opinión sobre los asuntos de actualidad en el mundo. Reconozco que sabían venderse bien, al menos intelectualmente; presentaron sus opiniones siempre usando un lenguaje adecuado, culto y con moderación. Desconocía por completo como serían aquellos hombres en la cama, pero definitivamente el placer por la lectura y la cultura lo teníamos en común, sin excepciones. Mientras uno tomaba la palabras trás otro y conversábamos, los miraba en silencio y con discreción y me preguntaba si al final de la noche acabarían siendo ellos mis juguetes o acabaría siendo yo el suyo.

Mientras apuraba la cerveza, estuvimos intercambiando pareceres sobre el arte, en concreto sobre pintura y música, intercambiando experiencias con entusiasmo frikicultural. Con las piernas cruzadas una encima de la otra y manteniendo los hombros rectos con las manos separadas, mi lenguaje corporal comunicaba interés y apertura, también exponiéndome a miradas cuyo punto de vista no era necesariamente intelectual, pero empezaba a disfrutar estando en el centro del objetivo visual, como figura de encuentro entre las capacidades intelectuales y las necesidades físicas de los caballeros que me acompañaban. Mejor dicho, yo les estaba acompañando a ellos, pero bueno. Me gustaba aquél matiz humano que me proporcionaba toda esta gente, no la contradicción sino la complejidad de mi propia especie, con sus funciones biológicas y sus métodos intelectuales entremezclados. Nadie tenía claramente definido quién tenía que llevar la iniciativa en nuestro grupo pero de alguna forma funcionábamos democráticamente sin tropezarnos debatiendo en armonía. Empezaba a intuír que en los pensamientos privados de cada cual ya se asomaban los deseos de la carne, pero a lo mejor solo fueron pájaros míos.

A instancias mías, pagamos la cuenta y nos fuimos a cenar. Tuve que insistir y hacerme de rogar para que me dejaran participar económicamente en el pago conjunto de la consumición. Tuve que aceptar que al final no pagaría nada por la cena, sin que nadie expusiera ninguna coletilla añadida pidiendo nada a cambio a modo de presentar alguna intención posterior. Cometí lo que quizás fue un error y que delató buena parte de mis decisiones y mis sensanciones hasta aquél momento al decirles que bajo ningún concepto volvería a conducir mi coche aquella noche después de beber -adelantándome que en la cena debía de haber vino sí o sí- y que ellos se tendrían que hacer cargo de mi y de mi bienestar. Nadie presentó queja al respecto ni mantuvo una posición contraria. Como anécdota, para redondear el pago de la cuenta al final de la cena hacía falta un céntimo que aporté yo, y tuvieron que obligarme a aceptar que en lo próximo solo pagarían ellos, aunque fuera por un céntimo.


Sin haberlo planeado, acabamos en un garrito, un local de ocio nocturno conocido y popular por la zona. A mi cuerpo no le suponía mucho sacrificio un caipirinha. Lo cierto es que después de la rica cena sumándole el vino perdí bastante la vergüenza inicial y manteniendo un mínimo de educación estaba soltándome la melena. Para el final de la cena alguno de mis custodios nocturnos hicieron pequeños comentarios con doble filo respecto a futuras actividades en común. A nivel personal, dichos comentarios me provocaron imaginaciones poco anacrónicas. El instinto me empujaba a seguir dejándome llevar y yo le obedecía.

Aquella noche no iba a volver a casa, lo tenía decidido. Dos de los chicos me invitaron a sentarme en un asiento que había libre entre ellos dos. Acepté la invitación y mientras pasaba delante de uno, a velocidad reducida, noté su mano tocándome la carne por encima de la falda. Ni me detuve ni opuse resistencia, y sentada a su lado pude ver el morbo en su mirada. Les advertí cariñosamente que aunque haya aceptado su invitación para pasarnóslo bien y que la noche era larga, no estaba cómoda dando la nota en público, y que sea lo que fuera que quisieran intentar mejor en casa. Intentaba no prohíbirles nada pero apelaba a su sentido común. Hablando despacio en un castellano que manejaba bien pero al que le faltaba práctica, el que tenía a mi izquierda me dió la razón y me tranquilizó diciéndome que se encargaría también de avisar a los demás, por si acaso.

Entre las idas y venidas, la pista de baile, la música, el gentío, las conversaciones, no me había dado cuenta que el amigo alemán y uno de los compinches, un sueco, habían desaparecido. Y no es que se fueran y nos dejaran ahí abandonados a nuestra suerte, pero de repente aparecieron, acompañados de una rubia a medio colgar del cuello del sueco. Cuándo regresaron, lo primero que hicieron fue presentarnos la una a la otra. Una rubia argentina, pude averiguar nada más hablarnos. Unos -pocos- años más joven que yo, con el pelo largo y de un rubio bronceado, ligeramente pasada de copas pero todavía capaz de razonar por si misma y manterse enérgicamente en píe, bailando. Queriendo investigar un poco, con sutileza me apropié de mi amigo y juntos, del brazo, nos escapamos fuera del local. Lo de la rubia era del todo inesperado y no sabía que pasaba allí. No me sentía amenzada por la nueva incorporación al grupo amigo, pero necesitaba ciertas respuestas.

Con modestía, me confirmó que lo de la rubia fue una cosa prácticamente inesperada, que se les estuvo pegando en la barra. Si me daba palo, se lo haría saber y seguro que a ninguno de los seis les importaría tampoco. Lo poco que había interacuado con ella lo cierto es que la mujer me caía bien. Atrevida, sí, pero todas tenemos momentos en la vida que se nos puede ir una noche de las manos. Le pregunté si la chica sabía de que iba la cosa entre todos nosotros aquella noche, y me dijo que no, que todavía no. ¡Qué demonios, joder! Estaba a punto, muy a punto, de vivir una noche del todo loca, llevando a cambio una de mis fantasías maestras y encima se nos pega una chica por el camino. Nunca mejor dicho, donde come una comen dos. No sabíamos lo que iba a pasar con ella, pero decidimos que sí, que la aceptaríamos de octava integrante en la mesa y ya se haría camino al andar.

Me senté al lado de ella, con el sueco por el otro flanco. Y hablamos. Como buena argentina, no le faltó ni labia ni ganas de hablar. Una pequeña historia muy resumida de su vida, intercambiamos pareceres sobre nuestras vidas adolescentes y algún golpe bajo de mal de amores luego en la vida. Con estudios superiores y una educación de primerísima calidad, se me hizo raro observar a aquella mujer de amplio currículo convertida en cierto modo en una solitaria figura buscando encajar sin saber dónde ni por qué. Pero así es la vida, con sus hechos y sus personas. La noche y el ambiente invitaban a reflexionar menos y disfrutar más. Tenía una belleza natural pero cansada y machacada a golpe de infortunio. Cuando la miré de perfil, con el lado expuesto hacia mí sin que estuviera cubierto por su larga melena, me quedé fascinada por su radical belleza. Como un flechazo que viene y va.

Por una mera casualidad en una de las conversaciones, me enteré que uno de los chicos estaba casado. Qué bueno, chicos así que se diga tampoco es que lo fueran. Eran todos hombres ya hechos y derechos, no tenían de juvenil ni los pelos. Me daba igual. También la rubia había tenido no uno sino dos maridos. No quería contaminar las conversaciones cruzadas pero metí baza lanzándome a dejar entender que aquella noche tenía casi todas las papeletas de acabar con todos, con la fiesta privada, en una casa que no era mía. Lo hacía porque no quería que la rubia se llevase alguna sorpresa con poco tiempo de antelación ni tampoco iba a participar yo en algo dónde alguien estuviera a disgusto o en contra de su voluntad, y menos una mujer todavía. En contra de mis creencias iniciales, la chica no le tenía miedo a nada y sin que nadie dijera nada explícitamente todo quédo más o menos aclarado.

Sabía que después de aquella noche, mi vida no volvería a ser igual. Las experiencias tremendas, las repitas o no, una vez experimentadas en primera persona dejan una huella que te obliga a cambiar algunos puntos de vista. No es lo mismo vivir preguntándome cómo sería que haberlo hecho. Nada cambia pero no todo vuelve a ser igual. Cuando te abandonas consentidamente al hedonismo puntual, hay miedos, prejuicios y dudas que desaparecen en la nada cósmica.

Había pasado la media noche hace un rato cuando, de común acuerdo le dimos visto bueno a la idea de irnos ya de ahí y seguir con la fiesta en un lugar más íntimo. Habían alquilado un piso amplio en una zona residencial de clase media, una urbanización tranquila y bien cuidada. Dos de los caballeros que formaban el grupo se ofrecieron voluntarion en acompañarme hasta el coche, donde yo tenía guardada en el maletero una pequeña maleta. Yo no me negué a la idea y aproveché el trayecto, andando, para hablar y conocernos un poquito más y quizás mejor. El otro grupo se fue en la dirección contraria, a por los coches. Nos íbamos a repartir en dos coches, ambos de alquiler.

Con buen humor y entre alguna que otra risueña dificultad a la hora de expresarse en castellano, mis acompañantes se quedaron bastante sorprendidos por mi activismo antitaurino, culpa de la idea estereotipada de que todo buen español y española baila flamenco, va a los toros y le echa ajo a lo que se mueva. Los dos eran suizos. Les dejé guardándome la maleta mientras aproveché la espera para subirme al coche por el lado del copiloto y echarme unas gotas de perfume por encima, antes de volver a guardarlo en la guantera y cerrar.

Mientras los otros tardaban en llegar, en un gesto donjuanero, uno de los suizos me abrazó por los hombros, me giró la cabeza y me besó a quemarropa. En una decisión rápida, instintiva, hormonal agarré con el brazo al otro suito, y me volví para dejarme besar también por él aunque más bien acabó siendo del revés, fui yo la que lo besó. Detalle arriba, detalle abajo, lo que quedaba aclarado eran mis ganas y mis intenciones. Solos los tres en la acera, uno de ellos me metío la mano debajo de la chaqueta, buscando mi pecho por encima de mi jerséi. Protesté de oficio y con mucha pereza, dando a entender que mi protesta no tenía mucha solidez, pero a los segundos dos coches giraron a la derecha y se nos acercaban lentamente, frenando. Me detuve detrás del segundo coche pidiendo a que me abriesen el maletero. Teníamos que romper filas, y uno de los suizos, ese al que yo besé, se fue en el primero coche mientras el otro, el que me besó y me tocó la teta, se vino conmigo en el mismo coche, el por una puerta y yo por la otra.


En el primer coche íban un alemán, un suizo, una argentina y un sueco. En el segundo, un holandés, otro alemán, una española y un suizo. Les confesé que parecíamos una pequeña caravana de la ONU y se lo tomaron con mucho humor. Tenía muchos pensamientos dándome vuelta por la cabeza, demasiados para tal hora y tales circunstancias. Compulsivamente, apoyé mi mano sobre la pierna de mi compañero en el asiento trasero. Mirándome con gesto pervertido, no se contuvo y agarrando mi mano con firmeza, me la dejó caer y reposar encima de su entrepierna. Empecé a tocarlo , apretando la mano y buscando marcar la huella de su herramienta con mis dedos.

Mientras yo me quitaba la chaqueta con movimientos repetitivos, él levantaba la pelvis y desabrochaba su pantalón vaquero. A medio camino, me preguntó si estaba yo bien y cómoda con el proseguir de los acontecimientos. Le dije que sí, un sí corto que pudo haber parecer seco también pero estaba todavía con lo de quitarme la chaqueta y aquello con el cinturón puesto no era tampoco cosa demasiado fácil. Los ocupantes de los asientos delanteros se habían percatado ya de lo que estaba sucediendo ahí detrás. Con naturalidad, mi mano subía y bajaba por todo el largo de la polla del suizo generando una atmósfera de asfixiante morbo y frustraciones para los que se hallaban en los asientos delanteros. Sin dramas. Se hizo el silencio durante unos largos segundos. Me sentí poderosa, haciendo una simple paja, con la mano izquierda.

A veces pienso en cosas totalmente distintas a lo relacionado con los hechos, pero mirándole el miembro viril mientras lo masturbaba, a la vista de sus pantalones vaqueros me vino a la mente que estuve yo a punto de escoger otra falda pero al final me decidí rápidamente por la vaquera. Una chorrada mayúscula, pero mientras masturbaba a aquél hombre, tan a gusto, me dio por pensar en mis elecciones fashion de hace unas horas antes.

Con una mirada muy pervertida llegándome desde los ojos del acompañante trasero me animé y acerqué mi cuerpo al suyo, buscando un beso con la boca. El ruido de nuestros labios húmedos rompía el silencio al que nos estuvimos abandonado. Los dos sentados delante hacían de testigos usando los métodos más clásicos: el espejo y el giro de cabeza. El holandés, sentado en el asiento del copiloto, delante mía, ligeramente emocionado y alterado, con la cabeza girada hacia nosotros, se lanzó atreviéndose a hacer la gran pregunta que flotaba en el aire: ¿Chupas?

Le contesté la verdad, que sí, con mucha dignidad. Giré la mirada y el suizo estaba a punto de suplicarme, de prometerme la luna y las estrellas con tal de que yo agachase mi cabeza. Le sonreí y de su boca salió un por favor ahogado, como una última suplica definitiva para convencerme abandonarme a los placeres felatorios. Cogí mi cuerpo entero y lo moví hasta apoyarme con las nalgas en la puerta para mi mayor comodidad mientras inclinaba mi tronco y mi cabeza sin temor ni pudor. Escuché un gemido de júblio cuando mis labios se quedaron enroscados alrededor de su grosor, llevándome todo su glande para dentro, comenzando un viaje de muchas idas y venidas por la verticalidad de su polla.

Tenía ganas de llegar al sitio, de subir al piso, de que me llevasen a la cama, tenía la necesidad de follar y ser follada. El sabor y el olor de la esencia masculina siempre es un poderoso afrodisiaco. Conociéndome la ciudad, para mi alivio, sabía que no tardaríamos más de diez minutos en llegar, desde que me decidí a ponerme boca a la obra aliviando pasiones. Su herramienta, muy normal en todo los aspectos, me tenía fascinada por la grandeza de sus testículos. Confieso que sus exigencias parecían mínimas, porque independientemente de las técnicas que yo intentaba aplicar limitada por los medios y el espacio obtenían la misma respuesta de placer expresivo, real y genuino. Notar el sabor de su polla mezclándose con mi saliva me ponía cachonda.

No supe calcular a mucha certeza si aquél hombre triunfaría en mi boca en lo que quedaba de camino o aguantaría hasta que estuviesemos entre cuatro paredes y debajo de un techo. Los de los asientos delanteros intentaban comunicarse con nosotros, haciéndonos saber las ganas que tenían ellos dos también de sufrir mis mamadas. Me gustaba lo que escuchaba pero tenía pocas ganas de levantar cabeza, de contestar. Para que supieran que los había escuchado -imposible no hacerlo- y que estaba de acuerdo con ellos, lo único que se me ocurrió fue levantar el dedo pulgar, el lenguaje corporal es un lenguaje de comunicación universal. Se lo tomaron con humor y con ganas de hacerme más cosas, expresadas verbalmente.

Seguía a lo mío, a ritmo constante, hasta que de repente noté un sabor nuevo pero familiar escapándose por la apertura del glande. Incapaz de contenerse, noté el brote de su líquido blanco. Lo acepté y lo tomé. Ya levantada, buscando en mi bolso un pañuelo para limpiarme la boca, me di cuenta que ya no daba tiempo para hablar ni contarnos nada, porque estábamos llegando. Por un par de minutos no me pillan con la cabeza bajada en las trincheras del amor. Ese amor que se hace y se recibe por la boca. Circulando a velocidad muy reducida buscando una plaza de parking, entreabrí mi ventanilla y noté de repente el frío dándome en los ojos y en la frente. El suizo seguía tirado, abrochándose. Y de los otros dos diría que tenían ciertas prisas por convertirse en mis amantes también. Por debajo del ombligo ardía en ganas de marcharme con los hombres y terminar llena de amor. Me sentía como una pecadora valiente y más cosas, y tenía claro que ellos recordarían aquella noche y me recordarían a mí tanto o más como yo les iba a recordar a ellos y la noche que pasamos juntos. Para siempre, o casi.


Entremezclándonos delante de las puertas del ascensor, decidimos que lo mejor era subir en dos tandas. Quedamos mi amigo alemán, el suizo y yo. Sin ironía y sin maldad, una vez estuvimos solos, el segundo se lo contó al primero. Puede que mis mejillas tuvieran cierto color rojovergüenza. Escuchaba sin articular palabra ni torcer gesto alguno la historia contada por uno de los protagonistas. Y aunque la otra protagonista fui yo, me sentí incapaz de expresar ningun matiz, no tenía nada que añadir. El alemán me dio un abrazo lleno de sincero afecto y un beso en la sien mientras se volvían a separar las puertas del ascensor.  Mientras tanto, mientras subíamos, el alemán le dijo al otro que aquella falda vaquera no me hacía ninguna justicia, que yo tenía buen culo. ¡Hombres!

Las noticias viajaban muy rápido. Nada más llegar y entrar por la puerta, todo el mundo ya estaba al corriente de mi gesta felatoria. Alguno de los dos que iban delante, seguro. Para mi sorpresa casi mayúscula, descubrí que la rubia tampoco estuvo quieta en el trayecto. En vez de uno, tuvo dos acompañantes en el asiento trasero y si bien no llegó a copular ni felar, sus manos estuvieron muy ocupadas. La única desventaja en su caso fue la falta de orgasmo por parte del sueco y uno de sus compinches. Y así estaban ahora los dos, con un estado de ánimo alterado, visible en la cara y en el bulto. A punto de sentarme, de repente se me encendió la bombilla: se me había olvidado sacar la maleta del coche.

El otro alemán, el que condujo nuestro coche, llevaba las llaves y además se ofreció de un salto a acompañarme hasta abajo. Aunque era un camino corto y rápido, en plena noche me sentía mejor si estaba acompañada por un hombre. No le tenía ningún miedo, sin embargo no sabía si las razones por las que se ofreció voluntariamente a acompañarme éran por pura galantería o quizás había algo más. Ambas ideas me atraían igualmente, así que me dejé llevar. A la ida, lo más destacable fue su mano posando sobre mi cintura durante un par de segundos, con mucha delicadeza, cuando las puertas se abrieron y pasamos dentro. Por el camino de vuelta, del coche hasta la puerta de la escalera, le expliqué que aquella maleta me acompañó en muchas salidas en las que acabé durmiendo fuera de casa, y los dos nos reímos bromeando al respecto, sobre la maleta y la noche.

A la vuelta, ya en el ascensor, me atrajo hacia si mismo, y me beso, levantándome la chaqueta y el jerséi hasta tocar teta. No dije nada, pero lo pensé: todavía no me había dado tiempo de lavarme la boca siquiera después de lo hecho con su amigo. Lo pensé nada mas notar nuestros alientos apestando a alcohol. Me dio muchísimo morbo besarme con él con el sabor del otro todavía en mi boca. Muchísimo morbo. A punto de llegar, bajó la mano dándome el tiempo justo de recolocarme la chaqueta y el jerséi antes de que las puertas se abriesen. Era muy poco probable que estuviera alguien, alguien ajeno a nuestro grupo esperando el ascensor en la misma planta a aquellas horas, pero por saber nunca se sabe. A punto de entrar, me dijo que él también quería una mamada mía. Me encojí de hombros, sonreí y le contesté lo único que se me ocurrió, en toda sinceridad: ya veremos. Ya veremos porque ya éramos más de lo esperando incialmente y ya habían pasado otras cosas no previstas en el programa de guía turística. Evidentemente era una referencia hacia la rubia y demás. Asintió, sonrío y me abrío la puerta, dejándome pasar por delante suya, esta vez sí aprovechando la ventaja en haberse quedado detrás mía para tocar cintura y un poco de culo. Y se fue para el salón mientras yo volvía a guardar mi chaqueta y colocar la maleta de forma que estuviera cómodamente a mano pero sin molestar el tráfico por la casa.

Había vino y sidra. No tengo ni idea quién trajo eso, de donde salió, pero me apunté a una copa de vino. Un Rioja tempranillo, ni más ni menos. Habían varias botellas, pero ese fue mi elegido. De los ocho, cuatro estábamos sentados en el sofá, pero perfectamente cabían ahí otros ocho más. El salón era enorme, y el sofá también. No había mucho mueble, un diseño bastante moderno y minimalista, me agradaba visualmente. Sí, había una tele en la pared al otro lado pero nadie le prestó ni la más mínima atención. El sueco permanecía inquieto, lo notaba. Lo notaba y lo miraba, y él a mí y los dos a la rubia y parecíamos entendernos telepáticamente como si nos hubiesemos conocido hace milenios y no hace horas. Me caía bien. Me caía bien ella y me caía bien él. Ella seguía en el centro de atención de todos, sin parar de hablar y gesticular mientras cada uno buscaba servirse lo qué beber y donde asentarse momenteamente. Se respiraba en el aire la tensión sexual, pero nadie por ahora estaba haciendo nada demasiado obsceno para no parecer impropio. Es lo que pasa cuando una se junta con esas intenciones con personas de buena educación y saber estar. Me gustaba el ambiente, me gustaba observarlos. Alzamos las copas y brindamos, sin levantar los cuerpos.

La rubia me preguntó sobre lo del coche. Todo el mundo ya lo sabía y todos sabíamos de todos, pero nadie me había preguntando nada a mí y querían saber mi opinión. Disimulando mi nerviosismo estando de repente en la diana de todas las miradas, con las orejas puestas en lo que tenía que decir, me hice la tonta diciendóles que no fue para tanto, un fuego que se prendió el suizo entre las piernas y en vez de acudir a las bomberas hice yo lo mejor que pude por apagarlo y que mejor que soplándolo. Todos nos reímos, hasta yo misma. Una ocurrencia muy mala la mía, pero en el momento tuvo su gracia. Aprovechando la química y la complicidad que se daba entre nosotros para calentar el ambiente mi amigo alemán me preguntó si solo iba a extinguir ese fuego. Ni tuve que pensármelo. Mirándole directamente a la cara le dije que tenía el turno de noche en esto de extinguir fuegos. Todos nos reímos y pude ver como todos, o todos los que pude recorrer con la mirada así rápidamente, asentían mientras sonreían.

Ella estaba sentada sobre un puff, delante mía, a unos metros. No teníamos una mesa central en condiciones, sí, había una pequeña mesita pero no daba para el gran círculo que habíamos formado. Me tocaba devolverle el protagonismo, repitiendo pregunta adaptándola a lo que ella había hecho. Todas las caras cambiaron de dirección y sí, la buena señora se encontraba muy en su salsa en el centro de todo. Al igual que yo, quizás para no parecer grosa quizás por seguirme el rollo contestó por encima dejándonos a todos con una sonrísa amable en el rostro. Más tarde y por otras razones supe que las dos estábamos debutando en esto del sexo con mucha gente. Las oportunidades no siempre van a surgir de la manera pensada o en el momento apropiado, y cuándo te pasa el tren de la vida tienes que subirte al vagón y dejarlo pasar y esperar al siguiente, si es que no se tiene retraso.

Entre varias tonterías dichas con mucha intención por debajo de la superficie se nos habrá ido pasando los minutos, pon que diez, un cuarto de hora. Yo andaba por la mitad de la copa de vino. La rubia se levantó, excusándose para ir al aseo. Aproveché su ausencia para incitar al sueco en que fuera a esperarla en el pasillo -no parecía que la chica iba a tardar en salir-, y que se la llevara a la cama como si fuera que los demás no nos estábamos dando cuenta de que de repente no estaban ni el uno ni el otro. Le pareció buena idea, y le dijo a su amigo que estuvo con él en el coche metido en la faena ahí detrás que en cinco minutos fuera también para la habitación. Habría juerga, y de la buena.

El suizo donante de semen estaba a mi derecha, sentado muy cómodamente. Hasta la fecha era el único que había tenido al menos un final feliz, y se notaba la diferencia respecto al lenguaje corporal de los demás. Algunas miradas ya caían intensamente sobre mí. La conversación seguía desenvuelta alrededor de la noche, del presente. Yo no miraba el reloj ni llevaba la cuenta de nada, pero cuando el otro se levantó para irse a la habitación, mi primera reacción fue pensar, en voz alta, si ya habrían pasado los cinco minutos. Cuando me confirmaron que sí, y que de hecho fueron más de cinco, dije en voz alta lo mismo que pensé: qué rápido había pasado el tiempo. Mi amigo alemán se agachó para dejar su copa en el suelo debajo de la silla y me contestó filosóficamente que el tiempo pasa siempre, pero hay formas de aprovechar el paso del tiempo. Sin levantarse, cruzándoe de brazos, me preguntó mirándome muy fijamente si a mi se me ocurría alguna forma de aprovechar el paso del tiempo.

La cabeza me daba vueltas. No, la mente me daba vueltas. Analizaba a millones de fotogramas por segundo las opciones posibles en cuanto al qué contestar y al qué hacer. Sabía que me iba a tocar a mí, el gozo y el desenfreno. Para eso estaba ahí, para ello había ido con ellos. Pero no era capaz de controlar las emociones que se me agolpaban en el pecho. Ni tenía miedo ni tenía un ataque de pánico. Estaba un poco borracha y muy excitada. Me apetecían todos ellos. Mi cuerpo no me pedía marcha, me pedía carnaza. Un desenfreno total, épico. Removiendo circularmente el vino en la copa me tomé unos segundos en contestar, evitando el contacto visual con nadie, simplemente mirando al suelo, intentando calcular mi respuesta.

Quedaba claro que la pregunta ni siquiera necesitaba una respuesta. Pasé la mirada rápido por la estancia, por sus caras. Sonreí en señal de mostrar simpatía por los deseos que tenían impresos en el gesto, ya muy tarde para disimular. Había llegado ese momento; ni siquiera conocerlos más allá de las horas previas pasadas juntos me daba pavor y morbo a la vez. Sentirme vigilada desde tan cerca por sus miradas mientras los segundos pasaban a cámara lenta, sí, me encantaba. Aunque pareciese una presa a punto de ser devorada, me sentía poderosa, con autoridad, de mí voluntad dependía cómo continuaría toda la historia.

Le pasé mi copa al suizo, coloqué mis manos en cruz alrededor de mi cuerpo y tiré del jerséi hacia arriba, sacando la cabeza y con mis pelos a lo loco. Estaba todavía quitándome las mangas alrededor de la muñeca cuando varias manos tocaron mi piel. Mi ocurencia les había servido de respuesta. Mantenía la espalda ligeramente erguida y no tenía ni la menor intencion en hacerme responsable sobre ninguno de los hechos a punto de ocurrir. En cuestión de segundos se formó alrededor un grupito, invadiendo mi espacio personal. Acabé sin sujetador antes de que tuviese tiempo de hacer o decir nada.

Sus miradas me deseaban. Se tomaron ciertas libertades sin consultar mi opinión, sin embargo no me sentí menospreciada ni que mi independencia y derecho a decidir fueran anulados. No sé el resto de las mujeres que harían o que pensarían en esa situación. Mi amigo alemán, de pie delante mía me acercó, con educación, su pene grueso y negro a los labios. Le correspondí tomándolo en mi boca también educadamente, con dulzura y aprecio, pero también con ganas. Ni tuve que moverme del sitio que ocupaba en el sofá.

Pero ese pene ya lo conocía, aunque no por ello me gustaba menos. Y también había disfrutado del suizo, y él de mí. Pero yo, como mujer moderna y librepensadora, quería conocerlos a todos. No tuve que efectuar ninguna petición. Ellos mismos se anticiparon desabrochándose y quitando de por medio pantalones y demás. Mi amigo alemán, acariciándome la cabeza y mientras sus amigos se desnudaban, mirándome desde arriba con una pizca de chulería en los ojitos, me dijo que trabajo no me iba a faltar en el turno de noche. Una buena estrategia para hacerme reír a carcajadas, obligándome a liberar la boca y preparar el camino para los demás.

Aunque empecé la tarea sentadita cómodamente en el sofá, acabé sin saber ya ni cuándo ni cómo, de rodillas. Y por casualidad, rodeada de cuatro penes erectos. Y mojados, mejor dicho ensalivados, algunos en mayor medidas que otros. Alguien se agachó detrás mía y empezo a tirar hacia abajo de la cremallera. La de mi falda. Entretanto, alguien me llamo especialista, en esto de mamar. Motivador, lo reconozco. Vale, puede que técnicamente tampoco íban a ser las mejores mamadas que hiciera en esta vida, pero dadas las circunstancias ninguno las olvidaría. También quedarían impresas en mi recuerdo hasta el fín de mis días.

Aunque tiró de mi falda con mucho cuidado procurando no causarme ni daño físico ni tampoco desconcentrarme de lo que estaba haciendo, debido a mi postura apenas pudo desnudarme. Estaba con el suizo en la boca cuando alguien dijo, haciendo referencia a los hechos anteriores, que si me estaba enamorando de él. En tono burlón y cómico. No me estaba enamorando de él, pero me dejó un buen sabor de boca. Todo el mundo soltó una carcajada con mi contestación. Aproveché la pausa para ponerme de pie, y así quitarme la falda. Mejor dicho, facilitar que me la quitasen. Y también salieron volando mis braguitas, faltaría más y no me esperaba menos.

Había pasado el rato dándome un homenaje de sexo oral, sí. Me estaban devolviendo el servicio. Aunque no todos los cuatro de los hombres presentes se pasaron con la boca y la cabeza entre mis piernas, he de decir que ninguno superó la barrera de la mediocridad. Ninguno en especial se hizo notable, pero aún así les perdoné el, bueno, no es que estuvieran haciéndolo mal pero tampoco que se diga bien. Regular, mediocre. A pesar de ser comida y lamida, mis gemidos seguían silenciados mientras seguía muy bien servida. El círculo de la vida, comer y ser comida.

Me ponía cachondísima la sensación de espera, mientras veía como alguno desaparecía de mi espacio visual para colocarse oralmente entre mis piernas. Mi amigo alemán me avisó que estaba al borde de explotar. Decidí rápidamente no hacerme la reprimida. El proyecto en el que estaba involucrada en tiempo real tiraba por los suelos con mis cánones autoimpuestos. Está muy bien eso de tomar decisiones intelectuales, cómo el no tragarás en la primera cita (al menos no habitualmente). Ya lo había hecho antes, pero evidentemente de manera íntima, y además con él no era mi primera vez. Estaba consciente que haciéndolo sentaba un precedente para la noche. Pero con su glande en mi boca y la mano frotándolo por toda la longitud restante, acepté por completo su ofrenda líquida con el orgullo de una conquistadora de placeres.

Mujer moderna, me rescaté yo misma del sexo oral que estaba recibiendo y que no estaba a la altura de lo que consideraba yo que estaba mereciéndome, pero así es la vida a veces. Dejando al recién corrido descansar plácidamente, mirándonos, con mucho arte insinué que alguien fuera al lugar donde estaban los condones. Un par de chicos se lanzarón a la vez. Menos uno, todo el mundo quería ser el próximo en follar conmigo. Es un sentimiento maestro, sentirte sexualmente deseada por varios hombres a la vez. Y más a mi edad. Con los condones repartidos, nos dispusimos a formarnos de nuevo, en otras posturas.

En un momento de silencio, nos llegaron sonidos que delataban los acontecimientos que estaban ocurriendo en la habitación. Me estaba dando cuenta de que estuve tan atrapada en mis propios hechos que se me había olvidado por completo que estaba también la rubia, y las cosas que estaba haciendo y las cosas que estaba dejándose hacer. Les dí a conocer al momento aquello de que me había quedado en blanco respecto a la invitada. Avanzo –spoiler alert– antes de llegar al final de toda la historia que la rubia y yo no cometimos ningún pecado de la carne juntas y que sigo siendo una virgen, lésbicamente hablando.

Me propusieron un doblete. Aquello que se ve mucho en el porno, la doble penetración (vaginal-anal). Rechacé por completo la oferta, dejando claro que yo soy más simple en los gustos. Puedo tolerar el anal, y aunque no sea mi práctica favoritísima lo disfruto cuando tengo la oportunidad de practicarlo. O eso intento, disfrutarlo. Pero sí, por lo general sí, no lo encuentro desagradable sin que llegue a fliparme en colores. Pero las dos cosas a la vez no es para mí. No solo porque me parezca mucho trabajo, mucha complicación, logística y demás. Es que diréctamente es algo que no me llama la atención, y no me tiene interesada. Y no es no. Y mi no es no fue respetado, tal y como yo lo esperaba y tal y como tiene que ser siempre, conmigo o cualquier otra mujer.

Para lo que iba a dar de sí la noche y los ánimos calenturrientos me esperaba bastante más sexismo, sea bien por micromachismos verbales sea bien por algún que otro arranque pasional de naturaleza más física. Afortunadamente, no hubo ninguna bochornosa actuación de vergüenza ajena que soportar. Hubo una pequeña crítica acerca de la ausencia de vello púbico pero en y sobre mi cuerpo mando yo. Me gustaba que los chicos no perdiesen su galantería aún con sus pollas duras.

Follar fue todo un éxito, incontestable. El primer orgasmo me llegó rápido y fue liberador. Tremendo en su intensidad, todo un himno a las delicias del sexo. En una escala global, hacía mucho tiempo que no había padecido una corrida tan bruta. Como un terremoto disfrazado de erupción volcánica, con anillos de fuego y tsunamis. Es una lástima que las lenguas humanas no tengan palabras exáctas para definir momentos de tanto placer extremo concentrado en un solo ser durante muy poco tiempo. Para orgasmos así, vale la pena follar entre varios, o con varios con ovarios. Sonará a cuñadismo, lo sé, pero es lo que hay.

Me dejaron mi espacio, para disfrutar de mi momento de gloria. El único hombre que no se había movido era al que tenía delante, atrapado bajo el peso de mis manos apoyadas sobre sus piernas. Todos, sin excepción, parecían disfrutar viéndome gozar de tan tremendo orgasmo. Faltaron los aplausos. Con el cuerpo aún temblándome, seguía siendo la protagonista de todas las miradas y de todos los deseos. Todos tenían sus respectivas manos acariciando sus miembros erectos, apuntando hacia mí, como si yo fuera una vedette rodeada de micrófonos en una rueda de prensa.

Recuperada y habiendo cambiado de postura, uno de los chicos no tardó ni un par de minutos en avisar. Colocado en primera fila delante de mis narices, mientras yo me balanceaba lentamente penetrada por otro, apuntó hacia mis tetas descargando semen. Observarle mientras ponía los ojos en blanco del placer me excitó más de lo que yo esperaba. Pero aquellos placeres eran impagables. No se puede definir lo emocionante qué es escuchar los jadeos del que te folla mientras otro eyacula encima de tus pechos con otro más pidiéndote la boca. No tenía intención ni razón objetiva para no chupar lo que se me daba.

Y me volví a correr. Un orgasmo lento, de baja intensidad, de necesidad. Tuve que suplicar literalmente al de abajo que dejara de moverse, porque la fricción se hacía insoportable en la máxima tensión orgásmica. Me cuesta muchísimo compartir el desenlace inmediato de un orgasmo con el ejercicio de la penetración. Por fortuna, los hombres que me rodeaban siempre se mostraron pacientes y comprensivos. Según mis nervios recuperaban la calma, me daba cuenta de mi estado alterado por el orgasmo, de las fosas nasales abiertas más de lo normal, la piel de gallina, las uñas clavas en las palmas de la mano, el sudor frío por la cara. Y unas ganas tremenda de ir al baño fruto de una pequeña necesidad fisiológica consecuencia de cualquier orgasmo.


Lo máximo que pasó entre la rubia y yo fue un abrazo, un achuchón, desnudas y todavía con la piel caliente. Me la encontré de vuelta al salón nada más salir del baño. Las dos estábamos desnudas, en igualdad de condiciones. Los miembros que nos rodeaban también apuntaban a una solidaridad masculina. Con mi feliz orgasmo había dejado ciertas actividades a medias; evidentemente quería retomarlas pero no supe como reaccionar habiéndome encontrado de sorpresa con ella y los otros dos en el panorama. No lo tenía ningún asco a la idea de compartir con ella. Es más, su ayuda dispararía las posibilidades, las opciones y el morbo. Alguien tenía que tomar la iniciativa y conducir activamente todo el desarrollo inmediato.

La noche perfecta para desmelenarse. Todos desnudos y lejos en dar por acabado el sexo entre nosotros nos dimos una tregua fruto del re-encuentro retomando las copas de vino, o sidra, según las preferencias de cada cual. Aprovechamos la rubia y yo en intercambiar confidencias preguntándonos sobre lo hecho y vivido. Con sus respuestas me dejó claro que estaba preparada para afrontar la noche juntas. No había mucho tiempo que perder si no queríamos enfríarnos. El sexo me y nos daba calor, pero en el piso la temperatura no estaba muy veraniega.

Me alejé, andando, para dejar la copa de vino, ya casi vacía, detrás del sofá. Me agaché y me volví a incorporar y para cuando me había dado la vuelta, la noche volvía a marchar. La rubia manoseaba con violencia la erección de mi amigo negro, mientras el otro alemán se le acercaba por detrás, abrazándola, frotándose, acercándose el uno al otro con ella en medio, dominándola físicamente. Los dos tenían una fuerte constitución. Por un momento me pareció que la única frustración que sentía la rubia era lo mucho que la estaba limitando tener solo dos manos. Estaba jugando con ambas pollas, con total naturalidad, y no es que estuviera ignorándome pero desde luego parecía que mi presencia a unos metros más allá no la afectaba ni lo más mínimo para deshinibirse. Ni el más débil signo de pudor. La admiré, como una mujer admira a otra mujer por ser una mujer fuerte.

El sueco fue el primero en poner sus ojos en mí y le faltó llegar corriendo. Alguien estaba dedicándose a quitar las ropas que habían esparcidas sin dueño por el sofá y amontonarlas en un rincón, en el suelo. El sueco se me acercó, y abrazándome por los hombros me atrajo hacía sí por un costado y me besó, preguntándome si no me estresaba tanta gente junta, con la intención de hacer una broma que para su desgracia y mi penita tuve que dejar de lado el aspecto gracioso para corrégirle idiomáticamente y enseñarle como formular bien la pregunta. Sin prejuicios, volvió a preguntarme lo mismo, esta vez bien hecho y bien dicho, y yo recurrí al tópico que me invité para la noche: estaba de turno. Con su brazo colgándome por los hombros disfruté viendo a nuestra pequeña manada en torno a la rubia. Con las rodillas juntas, fui perdiendo estatura.

El sueco y el otro suizo estabán en frente mía, ofrciéndome sus dos pollas para mis antojos. Bien, qué decir aquí, una la tenía para chupar y la otra para mamar. Necesitaba una entre las piernas, pero no tenía prisas mientras escuchaba los resoplos que me llegaban desde arriba, culpa de los placeres que sufrían los caballeros convertidos en amantes míos por una noche. Tenía tanta seguridad en mí y en lo bien que hacía lo que estaba haciendo que hasta me permití pequeñas burlas hacia ellos, como sacarles la lengua mientras les guiñaba un ojo en el espacio temporal entre sacar una y meter otra. Lo mejor es que mis chorradas les hacían gracia, y supongo que se hacía más llevadera la molestia de esperar a ser atendido mientras yo me dedicaba al otro. El sueco todavía tenía sobre su tronco un sabor y un aroma a condón y corrida, no muy fuerte, apenas perceptible. No es que fuera un guarro pero nadie se había duchado todavía y las pruebas de las batallas pasadas no se habían borrado del todo. Por alguna razón, eso me puso cerdísima.

Los acontecimientos fueron desarrollándose rápido, casi por inercia. Ni siquiera sé como acabé con la cara corrida, con bastante semen sobre mis mejillas. Por lógica, ellos fueron corriéndose más que nosotras, incluso con más facilidad diría yo. No se nos había ocurrido pillar una botella y vasos de chupito para celebrar cada orgasmo, se le ocurrió a alguien mencionarlo ya muy a destiempo y en importante faenas. Se follaba, se gemía, se sudaba, se jadeaba, se decían palabras bonitas y se hacían peticiones obscenas como si fuera una jornada obrera a destajo de sexo grupal. Yo deseaba a todos y aceptaba las peticiones de quién tuviera ganas de mí, siempre y cuándo dichas peticiones estuvieran dentro de mis límites y parámetros. Ninguna polla tuvo una importancia sobre la otra, y todas y cada una fueron igual de útiles y queridas por mí durante unas horas.

Hablo por mí pero tengo el feeling que podría incluír a la rubia en mi sentimiento, perfectamente. Llegó un momento en el que el sexo que hacíamos no era morbo sin más. Desprendíamos una energía pasional, intercambiando fluidos con ternura, aceptandónos todas las imperfecciones. La voluptuosidad del cuerpo carnoso de la rubia comparado con la delgadez del mío me parecía entrañable. No nos amábamos, tampoco nos odiábamos pero la corrupción de nuestros cuerpos mortales nos unía, de una manera que me pareció fascinante, enigmática, imposible de calcular en términos científicos.

Algún azote cayó. De esos políticamente correctos mientras tienes las nalgas expuestas, nada hardcore. Lo más seguro es que me hubiese quedado estupefacta si me hubiesen golpeado con demasiada fuerza intencionada. También se escucharon groserías, algunas dirigidas hacia mí pero en mitad de todo el bacanal no estábamos como para tener vergüenzas ni exigir disculpas. Nada de lo que mis orejas llegaron a escuchar fue tremendo ni tampoco imperdonable. Cosas del momento, que ocurren en privado. En cierto modo, me enternecía obsevar a mi querida gente de buen comportamiento cívico dejándose arrastrar por lo pasional, hasta en el lenguaje.

El tercer trance orgásmico me llegó con mucho poderío, y aunque estuviera rodeada de tanta gente, lo pude disfrutar con toda naturalidad, en confianza. Algunos de la cuadrilla se quedaron mirándome, otros pusieron su atención en la otra mujer presente sin cambiar de propósitos. Arrojé mi cuerpo sobre el sofa, dejando que el cuerpo fuera relajándose. Aún con el orgasmo todavía haciéndome cosquillas en el cuerpo, mi libido estaba por la estratosfera. Los demás no eran ninguna excepción. Rodeada de cuatro tipos, la rubia pillaba más cacho del que parecía capaz de gestionar. Mientras todavía andaba de reposo, ella jadeo y maulló ante la inminencia del orgasmo. Daba gusto vernos a las dos recién terminadas, tomándonos una pausa, con los machotes enseñando pectorales -para los que los tuvieran marcados-, miembros erectos, sonrisas fanfarronas y sobre todo, el buen rollo amistoso.

Medio vaso de vino después, acabada la convalecencia, se nos volvió a incitar al pecado. Todo el mundo empezó y acabó comiendo a todo el mundo, dentro de los límietes de la heterosexualidad. Nos emparejábamos sin órden, sin necesidad de pedir turno o hacer cola. Se nos acercaban y se nos ofrecían con elegancia, guardado silencio para no molestar si hiciera falta. Estaba con las defensas bajas y con la mente puesta en otros asuntos cuando mi cara volvió a recibir la explosión del gozo masculino. No hubo ningún momento en el cuál no disfrutase por recibir dichos líquidos, pero sí había llegado a un punto en el cuál perdí la cuenta de las necesidades ajenas. Follar entre todos era muy bonito, pero si te despistabas por un rato ya no sabías por donde retomar los cálculos. Quién había hecho qué y quién había dejado de hacer y quién estaba más necesitado y quién menos.

El que mejor calzaba entre las piernas era mi cómplice inicial, mi amigo alemán, el negro. Cierto que en las películas porno se han visto negros de más tamaño entre las piernas haciendo una comparación fácil y de lo más evidente, pero aunque no daba la talla en categoría monstruosidad seguía siento un hombre bien bien dotado ahí abajo. De alguna forma, se lo montó tal que había obtenido alimentarnos con su final feliz a las dos. Y estaba conmigo a punto de otorgarme su tercera. Con los ojos cerrados y el sistema nervioso sometido a distintos estímulos simultáneamente, me tomé su éxtasis. Me esperaba más cantidad de tan gran polla, pero quizás para ser una tercera corrida en tan poco márgen de tiempo tampoco estaba tan mal.

De nuevo me adelanté la rubia y fui la pionera en el cuarto orgasmo. Bueno, cuarto el mío. Un orgasmo de trayectoria clásica, fruto de la estimulación multisensorial y una cotinuidad bien trabajada en lo coital. Era normal que todos nos quisieran probar, por donde y de la forma que los dejásemos disfrutar de nosotras. Yo quería lo mismo, probarlos a todos. Sin embargo, ciertos cambios en ocasiones tenían su desventaja, como la interrupción, y vuelta a empezar. Y fastidia que te rompan el ritmo, una y otra vez. Vale, es un dulce fastidio. Molesta, pero no te importa que moleste. Como una tortura inocente.

La rubia tenía a un suizo por delante y a otro por detrás. Alguien me acercó mi copa de vino, y casi todos nos quedamos mirándolos a los tres. Era emocionante el espectáculo. Otro alguien mencionó que nos quedaban preservativos para una última ronda. La verdad es que no supe muy bien como se puede aproximar eso, exáctamente. Pero bueno. Yo seguía con la mirada puesta en el trío espontáneo, apelando a la memoria emocional para conectar, de pleno, empáticamente con la rubia y sus sensaciones. Yo misma me hallé en la misma postura varias veces, aquella misma noche. Reconvertidos de repente en el centro de todas las atenciones, al suizo que estaba delante la presión le pudo y acabó, gimiendo, con el cuerpo tembloroso y la mirada ausente, en boca de la rubia. Seré una enferma pero me daba tantísimo morbo.

Por lo que fuera y porque sus razones no se tenían que discutir, la rubia pidió una pausa nada más acabar aquél buen suizo en su boca. El otro suizo, que además fue el primer suizo de mi noche, sentado conmigo detrás, se acercó y se sentó a mi lado. Se quitó el condón con cierta frustración. Me daba lástima porque parecía el único que se había quedado a medias, en pleno furor. No dije nada ni tampoco hice nada. Nos miramos. Su polla seguía durísima. Mi amigo alemán, flanqueándome por otro lado, no perdió detalle de la acción. Empezó a acariciarme la cabeza, el cabello, sin obligarme a nada. Todos me miraban, todos nos miraban. Le pasé mi copa de vino al alemán (acción) y fue la única vez que me empujó muy ligeramente, apenas perceptible, con la cabeza hacia adelante (reacción).

Agacharme de lado no fue la postura más cómoda y tuve algunas pequeñas dificultades pero tan necesitado estuvo el otro que duró, quizás, un minuto. Su mano posándose sobre mi cabeza como un gesto no verbal de suplicarme no levantarla fue la única comunicación previa antes de notar primero el sabor y después todo el tacto de su espeso semen. Al igual que la primera vez, no desperdicié nada. A diferencia de la primera vez, la cantidad fue bastante menos. Para cuando levanté cabeza, la rubia se había ido al baño, pero todos los demás chicos me esperaban mirándome con admiración. Había ayudado a un hermano en apuros. Dos de ellos hasta se acercaron para chocar las cinco conmigo. Solo faltaba que alguien lanzara confettis. Aquella mamada corta y apurada tenía un valor simbólico para la tribu masculina más allá de lo estríctamente fisiológico.

Una última ronda. Joder, sí. Nadie sabía que significaba eso muy bien pero ya puestos y desnudos y algunos ya apuntando en vertical, o casi, con sus miembros, se aprovechaba la noche y punto. A cada una le tocaron tres hombres. Mi cuerpo estaba tan sudado que necesitaría dos duchas para limpiarme. Y no era solo sudor lo que tenía encima. Tenía una polla negra entrando y saliendo y volviendo a entrar entre mis piernas con intensidad. Notaba su gran volumen abriéndose paso en mi interior, deslizándose entre mis húmedas paredes en forma tubular. Tenía la sensación térmica dérmica parecerme a una estufa.

Mojaba entre las piernas y mojaba entre los labios. Y todavía me quedaba suficiente agua en el cuerpo para empaparme la frente, y el cuello, y el cuerpo en sudor. Uno delante, otro detrás y otro en mi mano derecha. Mi capacidad máxima de maniobrar por autonomía propia. Quitando lo que poseía mi amigo negro ahí abajo, las otras dos pollas tenían un volumen muy normal, sin llamar la atención por nada en particular, ligeras al manejo. De tanto manejar la mano derecha se me llenó del semen que brotaba por el glande. Interrumpí la felación, me limpié la mano y volví a bajar la cabeza.

Los dos que me quedaban aguantando parecían tener puesta la marcha de larga duración. Uno follándome con precisión colocado a mis espaldas. El otro manteniéndose firme entre mis labios, obligándome a mantenerme concentrada en relajar el maxilar porque de gordura en la circunferencia no andaba faltado. De vez en cuando levantaba los ojos buscando el contacto visual. Disfrutaba viendo el brillo en sus ojos, ese punto de perversión benigna. Cuando cambiaba la estimulación oral por la estimulación manual para tomarme un respiro, me fijaba en la luz reflejándose sobre su glande húmedo, húmedo por mi culpa.

Dos o tres ya habían acabado, un último final feliz. Las altas horas de la noche ya se hacían notar, y los bostezos delataban el cansancio. Sin embargo, yo seguía todavía atrapada entre los dos, que parecían no tener prisas, ni por cambiar de postura ni por derramar la carga que aún les debía de quedar dentro. Mi imperfecta desnudez seguía expuesta a los mirones pasivos y cansados, pero también encantados y satisfechos.

Tuve un orgasmo de alto impacto. De los que te saturan por dentro, de los que hacen que tus entrañas colapsen implosionando. Seguía con los ojos abiertos pero no veía nada, mi cerebro no procesaba el mundo real. Por segundos estuve colgando en la nada cósmica, átomo a átomo. Mi amigo alemán negro me entendió. Mientras yo todavía me relamía en el postorgasmo, aplicó sobre mi piel brillantes gotas de semen blanco. Salió de mí dejándome orgasmear a gusto, pero se quedó encima mía y manualmente explotó dejándolo todo caer sobre mi espalda.

Uno de los caballeros ya había inaugurado la ducha. Mientras tanto yo seguía a lo mío, intentando conseguir más pronto que tarde la corrida del único que me quedaba aguantando. Por su mirada, sabía que él también deseaba lo mismo. El grosor definido de su polla, su potente aguante y su mirada llena de perversión y deseo me parecían el final perfecto en el guión de una noche tremenda e inolvidable. Aguantaba y aguantaba, rebelándose ante mis deseos de obtener el final feliz lo más rápido posible. Alguien empezó a tocarme las nalgas con sutileza, bajando por los muslos, buscando meterse dentro de mí con un dedo. Pero yo no estaba físicamente por una nueva sesión de sexo. Solo me faltaba un último gozo para ponerle final a una bella noche.

Solo fueron unos minutos, pero se me hicieron largos. Su cara resplandeció mientras dejaba correr por mi lengua su orgasmo. Puse cuidado en tragármelo con lentitud, con mucha calma, haciendo notar el recorrido desde su glande hasta más allá de mi paladar. La noche había empezando y había acabado en el mismo punto: en mi boca. Eso sí, cinco orgasmos después. Lo más urgente en la lista, hecho el sexo, era la higiente, o la falta de ella. Es una de esas cosas en las que nunca piensas cuando te imaginas algo así, que acabas guarreando y pringada. Todo placer trae sus ventajas y desventajas, supongo.

La rubia seguía empleándose a fondo con el último de la noche que todavía quedaba aguantando. Tan ocupada estuve en hacer lo mío que no me había dado cuenta de la actividad que se estaba llevando a cabo unos pasos más allá. Logré encontrar mi copa de vino y apurarla mientras hablaba con dos de los presentes, que al igual que yo decidieron relajar el cuerpo con un poco de alcohol antes de volver a la rutina. Ducharnos, limpiarnos, dormir prácticamente suponía una vuelta a la rutina, sí. Me sacaron los colores felicitándome y abrazándome, y aunque nos encontránbamos los tres desnudos y apestando a sexo todos los afectos dados y recibidos se hallaban en las antípodas del deseo sexual. Era la primera vez que miraba el teléfono en toda la noche. Las 5:50.

Yo fui la tercera en apropiarme del baño y ocuparlo para ducharme y esas cosas. Estaba tan cansada que no fui capaz de procesar todo lo que me había pasado bajo el chorro caliente de la ducha, lugar predilecto para meditar y tomar consciencia. Me dolían hasta las pestañas. Solo pensaba en descansar y en dormir. Trás tanto esfuerzo pensé que me entraría el hambre y sin embargo tenía casi de todo menos eso. Libre de la tensión sexual y relajada mentalmente, me sentía tan cansada que parecía que llevaba una década follando y no una noche. Salí del baño ya vestida de andar por casa y mucho más limpita. De hecho, olía bien.


La noche fue un lujo. No pretendo hacer campaña a favor del sexo entre multitudes. Con humilidad, he de reconocer que mi trayectoria como mujer sexual liberada ha despegado tarde. Los 41 es una edad nada desdeñable para tener esta clase de experiencias por primera vez. He tenido que romper algunos de mis propios esquemas a lo largo de los años para tener el valor de enfrentarme a una noche como esta. La sexualidad también es un viaje de autoexploración y descubrimientos imprevistos. Y según lo que cada persona encuentre hurgando en su propio interior buscando deseos olvidados o abandonados, entiendo que no siempre es fácil afrontarlos.

Como siempre, y al igual que me pasó en mi primer trío, y al igual que me pasó en muchas de mis otras primeras veces en distintas situaciones, nunca es como te lo imaginas. Será mejor o será peor, pero nunca igual. Esta vez no ha sido diferente.

En el terreno sexual he gozado y no he puesto ni de lejos por escrito, aquí, todo lo que he disfrutado ni todas las formas ni todas las posturas. He intentado de alguna forma simplificar, sí, y también me perdonen pero algunos hechos tampoco los tengo tan bien fijados en el recuerod y prefiero no mencionarlos. Otros por supuesto, los he omitido a propósito porque no me parecía correcto publicarlos aquí. Aunque parezca que os lo esté contando todos con mínimo detalle, la verdad es que no.

Y habrá quién diga que me he fijado mucho en los penes, en las felaciones, qué muy falocéntrica. Lo repetiré hasta la exasperación: sí, me gustan los penes y sí me gusta mucho también chuparlos, besarlos, lamerlos. Y esa pasión por la genitalia masculina no creo que jamás me abandone.

Si eres mujer, y tienes un ardiente interés pero también muchas dudas sobre el sexo en grupo, quizás quisieras dar el paso pero no lo tienes claro, si necesitas respuestas de mujer a mujer sobre el tema, puedes ponerte en contacto conmigo y dentro de lo que mi experiencia me permite, intentaré aclarártelo todo lo más y mejor posible. Y me ofrezco voluntaria a ello porque sé, intelectualmente y emocionalmente, lo difícil que puede ser en muchas ocasiones atreverse a someterse a una experiencia de este calibre. Lo bien que puede sentar tener a alguien a quién preguntar, y que te pueda contestar.

Y repito, esto no ha sido una obra de ficción.

 

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3 comentarios en “Hija del mundo

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