El día que perdí la inocencia

Me arrojé al amor con la extraordinaria ansiedad juvenil e inexperta que únicamente se puede experimentar una vez por vida, en los minutos y las horas previas a la primera vez. Aquella primera vez. Una transformación aritmética de niña a mujer, interrumpiendo por fin plenamente en la vida adulta con todos los derechos cobrados. Todo lo que yo había imaginado sobre el cómo y el cuándo y el dónde no valió de nada. No porque lo real hubiera sido mejor o peor sino totalmente diferente. Gobernar las expectativas desde la ignorancia tiene estas cosas. Y aunque no se me hace muy difícil repasar mentalmente dicho momento, ya tan lejano en mi propio pasado, esta será la primera -y por ahora única- vez que contraré algo que haya sucedido donde los protagonistas seamos mi ex marido y yo.

A propósito de haber sido una moza curiosa y exploradora, ya había proporcionado placer en la entrepierna de mi hombre, perseverando en mis talentos manuales y orales pero nunca asaltando los límites más allá. Hasta aquella vez. A contracorriente, no fui prematura en mis avances sexuales y aún sin tener mucha idea respecto a lo que hacía mientras notaba el glande en toda su grandeza hurgándome entre la dentadura yo llevaba con mucho orgullo sobre mis hombros las eufóricas descargas entre los labios. Mis inicios fueron sanos, ya que empecé a dedicarme con pasión a las felaciones por decisión propia y de mutuo acuerdo sin la presión multitudinaria del grupo social ni falsas promesas a corto plazo y otros desengaños amorosos. Donde están las ganas siempre aparecen también las prisas, pero no tengo nada que lamentar, a toro pasado.

Mis ganas de hacerlo ya éran enormes y también la colección imaginaria de perversiones acumuladas en desorden, amontonándose en mi psique como balas en el cartucho a punto de salir disparadas. Suponía yo, con inocencia, qué eso de hacerlo y convertirse una en mujer me abriría las puertas a una zona privada de la vida, reservada para aquellos y aquellas que hacían el uso del dormitorio más allá del dormitar. Está claro que para ver las estrellas primero tienes que apagar las luces, pero mis enormes expectativas imaginaban polvos legendarios y placeres estratosféricos. Tan arriba tenía yo colocado el sexo coital que no había ascensor que llegara a tan alto pedestal. Y aún así, la idea misma de que una polla me fuera a penetrar ya, por fín, me provocaba un silencioso espanto y una enorme maravilla.

Mi primer encuentro sexual entre las piernas fue, sin duda, el peor que tuve. Y no por su culpa. A él le debo dar el crédito de haberme hecho sentir espléndida antes, mientras y después. Siempre admiré su calidez y paciencia en aquella noche. Cuando afirmo tajantemente que fue mi peor sexo, lo digo desde mi perspectiva. Desde la perspectiva que me da el tiempo pasado y las ironías de la vida. Tantas ganas que tenía de erguirme como una máquina sexual y al final no fui capaz ni de moverme apenas. En aquél momento no supe qué hacer, que es lo más normal en una novata más verde que una lechuga bio, pero ahora pienso en mi misma sin modestia y válgame el Señor, menuda inútil.

Una inutilidad necesaria. No me arrepiento de haber sido aquella chica terriblemente incompetente más allá de yacer en el clásico misionero, decidida a recibir al que fue el hombre de mi vida, por primera vez, dentro de mí. Fue la constatación, personal e intransferible, de que el sexo éra más complicado de lo que parecía una de las mejores correciones que pude recibir acerca de las expectativas creadas y los hechos consumados como lección para todo lo demás en la vida. Llegué a la conclusión que follar me gustaba mucho, pero que hacerlo bien costaba trabajo, pero que el trabajo duro me proporcionaría grandes placeres. Yo que sé, gente, cada una encuentra sus motivaciones y sus momentos eureka según sus movidas.

Durante la penetración permanecí inalterable. Recuerdo el brillo en sus ojos, y una sonrisa cargada de cierta soberbia pero que no dejaba de ser divertida. Recuerdo mi silencio, y los roces de nuestras pieles por ahí abajo. Recuerdo la sequedad en la boca, y eso que pocos momentos antes había estado mamando con entusiasmo. Permanecía en horizontal, con las piernas bien separadas, pero de algún modo incapaz de reaccionar. No tenía miedo, ni experimentaba un dolor notable, pero la escena de verme y sentirme debajo de él, follándome, notando un trozo de carne circulando en mi vagina, me tenía presa de una irracional quietud, atrapada en sensaciones físicas que no sabía como interpretarlas. Mi cuerpo no tenía una memoria previa de nada parecido. Mi sistema nervioso se comportaba como un espectador, observando desde una distancia prudente, tomando notas.

Todo fue bonito, toda la puesta en escena, el cuarto con sus colores, su música, sus olores. Pero llegado el gran momento, mentalmente estuve colapsada por emociones que al instante no fui capaz de identificar. Siempre defendí que estuvo todo bien y salió muy bonito, porque así fue. Pero no voy a engañar a nadie y mucho menos a mí misma: en cierto modo, de tantas ganas que le tuve a perder la dichosa virginidad al final no fui capaz de disfrutar del proceso. Por suerte, no fue un hecho traumático y salí psíquicamente ilesa del encuentro, con ganas de más.

Tuve que llegar a estar a solas, en la oscuridad y en intimidad conmigo misma para procesar adecuadamente y en profunidad aquél momento histórico en mi propia historia. Y sustituir mi falta de reacción por el morbo adecuado, entendiendo las implicaciones físicas y emocionales de aquellas dos horas que pasé junto a él. Como una oleada, o en términos modernos y tecnológicos, como si tuviera lag. Primero lo hice, y rato después lo sentí y lo percibí a nivel consciente. Permanceí llorando, hecha un ovillo, durante un rato. De los pocos recuerdos nítidos que conservo dónde lloré de felicidad. En un estado puro. Aquellas lágrimas calientes y abundantes fueron una aprobación de mi propio ser, de estar en armonía con una decisión trascendental sobre mi propio cuerpo que había tomado yo sola y no me había equivocado porque no tenía ni sentía vergüenza o resentimiento, no tenía dudas ni complejos. Me sentí liberada, y en paz con mi alma.

Después, años despues y en circunstancias diferentes sentí pensamientos turbios asaltándome respecto a mi sexualidad. Pero independientemente de todas las aventuras que viví después más todas las que espero y supongo que me quedan por vivir, nunca jamás volveré a sentirme tan llena de pasión en el corazón como aquella primera vez. Entiendo que no hay nada que nos prepare, sobre todo a las mujeres, para como será esa primera vez y como hay que vivirla. Pero es que el único consejo que se me ocurre dar, si llegara el caso, sería decirle a esa hipotética joven mujercita que vivirá su experiencia personal romántica más cercana a la vida y a la muerte, pero no le servirá de nada esa información hasta que en su biografía no llegue al capítulo dónde hará análisis crítico descubriéndose a si misma.

Acabé aquella noche agotada, abrumada por los acontecimientos. Había vivido el hecho más extraordinario que cabía en mi vida hasta entonces y aún así necesité unas horas más para emocionarme con las cosas que me habían pasado. Mi primera revolución. Pero desde aquella noche, me obsesioné, en un sentido biológico y heterosexual, con las pollas. Y lo digo sin apelar a la nostalgia. En su momento y como es debido, aquellos hechos maravillosos y extraordinarios para mi propia vida fueron destripados hasta el último detalle junto a mis íntimas amigas, unos días después, apurando una botella de vino hasta la última gota. Aunque por aquél entonces ya presumía de experiencia previa en apurarlo todo hasta la última gota, con elegancia y sin ninguna coreografía forzada.

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