La caja de Pandora

Los días grises de otoño suelen ser propicios para ataques de melancolía. Mirada perdida que desgasta recuerdos. Sentimientos deteriorados que pueden agrietarse y una peligrosa provisionalidad imprecisa para maquillar el día a día. Manteniendo el sano juicio con precariedad, hasta que la ingobernabilidad revienta dentro de tu psique. O la mía, mejor dicho. Se pueden reformar los planes de futuro pero el peso del pasado siempre marcará una debilidad incompatible con cualquier intención más allá del ahora. Todas las voces en la cabeza armando jaleo y griterío siguiendo su propio itinerario a pesar de todo y de todos. Cualquíer frustración urgente que no se cura hoy se vuelve un demonio independiente mañana, de aquellos que todos llevamos dentro y nos machacan sin darnos cuenta, hasta que la cuenta choca en su cuenta regresiva alcanzando el zero.

Hace casi un año que se abrió en mí sentimentalmente una grieta. Uno de esos cariños que fue acelerándose en enamoramiento y planes a medio plazo -y en secreto a largo plazo- mutó de repente en una ruptura decepcionanten y patética. Acepté lo innegable pero no afronté el proceso al completo paso por paso y lo que dejé por hacer gestó en mí contradicciones ruidosas y a escala global. La soledad de la soltería de repente me sabía mal y sin embargo desconfiaba -y desconfio- en perder mi libertad liberal. Es evidente que meterse en cuerpo y alma en una relación de pretensiones monógamas obliga a deshauciar ciertos pensamientos en dicho aspecto. Sin saber, aunque mejor dicho sin pensarlo detenidamente, dejé que el tiempo hiciera lo que siempre mejor se le da hacer, que no es curar sino confundir. El tiempo cura, sí, pero primero te enferma.

Llevo casi un año sintiéndome incapaz de ilusionarme sentimentalmente, más allá de las situaciones específicas donde el tierno cariño de usar y tirar se entremezcla con el régimen de sexo y carne de consumo intensivo. Y me anticipé a mí misma, sabía desde el principio de mi dolencia sentimental qué en los sucesivos días y meses sería incapaz de manifestar enamoramiento, es más, en mi vendetta personal sometería a desprestigio mi honorabilidad en un contexto rancio de la vieja escuela a cambio de estallidos orgásmicos encauzados a mantenerme despierta pero anestesiada, evitando la pelea conmigo misma.

Cuando me fallan, los hombres, los pocos hombres que he tenido la oportunidad de querer, o de amar, desear día y noche y mañana y tarde, soy incapaz de reponerme simplemente dejando que todo, por arte de magia, se coloque en su sitio. Quizás mi propia enemiga soy yo, hiperanalítica e incapaz de aceptar el arrepentimiento. Recomponerme es un proceso maratoniano, uniendo puentes rotos buscando tachar números en la lista de tareas pendientes por hacer antes de ir a dos metros bajo tierra. No porque esté enferma ni porque tenga planos a corto plazo en palmarla, pero es una obviedad que todo lo que nace y vive, muere, en algún momento.

Por supuesto, para mí, ideológicamente, es perfectamente legítimo que cualquier persona, independientemente de su género, raza, religión, orientación sexual, viva libremente su sexualidad y además utilice los caminos de los deseos para ahondar más en su propio Yo. En el caso nuestro, de las mujeres, es imperativo tener además el poder legal y ético en vivir y expresar libremente nuestra sexualidad, y lo digo porque hasta tiempos recientes hemos sido oprimidas por milenios. ¿A dónde quiero llegar con todo esto? Cuando un hombre me falla habiéndole yo dedicado mi cuerpo y mi alma, uno de los primeros rebotes que me entran en el cuerpo es putear por ahí, de hombre en hombre (u hombres), con todo mi debido respeto para las mujeres que se dedican a lo que se dedican y son llamadas puta por ello, en mi caso no es homologable.

Aunque en presente estoy divorciada y reconozco que tuve un matrimonio fallido sin más matices, he de confesar que hasta que llegó a producirse tal cosa mi vida y por ende mis pensamientos ocurrieron en posiciones distintas y más condicionados por el entorno y las expectativas. No he tenido una existencia decepcionante ni tampoco dictatorial, pero, mirando atrás desde una perspectiva actual sí tengo la certeza de que no fui todo lo expresiva que debí haber sido y tampoco todo lo exploradora que quise haber sido. Y no me refiero a explorar montañas ni a descubrir nuevos restaurantes. Me refiero claramente desde una perspectiva propia e introspectiva. No he sido anti-yomisma pero tampoco fui heroína revolucionaria y rebelde. Las fuerzas ejercidas por los diferentes aspectos sociales calaron más que mi oposición interna, sin mucho entusiasmo. Quiero dejar claro que me lo pasé bien y no he sido una infeliz pero siempre encajando un papel que muchas veces sentía que estaba ya negociado de antemano.

Por definición, cumplí con las expectativas. Éxitos en mis resultados académicos, y desde el principio de lo que fue mi vida romántica fui mujer de un solo hombre. Los que apostaron por mí durante la adolescencia y la primera juventud que sería una buena chica, supongo que sí, ganaron. Y sin traicionar la tradición, cerré el círculo no solo casándome sino qué, obviamente, fui madre. Objetivo: Marido-casa-coche-hijo, completado al..100%. Evidentemente, de lo último es de lo que nunca me he arrepentido y aunque como muchísimas, muchísimas madres puede que haya fantaseado alguna vez con un hipotético y como hubiera sido mi vida si no… nunca jamás me arrepentí. La maternidad fue una decisión mía, muy democrática, y en teoría un proceso que acabaría de consolidar todo un proyecto de vida matrimonial de clase aburguesada.

La maternidad no fue lo que cambió la dinámica de mi matrimonio. Puede qué, cómo mucho, acelerara algunos acontecimientos, pero lo que abrió el abismo ya estaba ahí desde antes, puede que desde el principio. En todo caso reconozco que la maternidad fue lo que acabó siendo relevante para mí en aceptar la evidente pervivencia de ciertas cosas que tardé demasiado en asumir y que después me llevaron a sufrir el dolor consecuente. Y que dejó heridas, tantas que algunas he curado, otras las tengo asumidas y algunas otras, las qué menos pero de las más intensas, que nunca dejarán de ir y venir como una dolencia crónica que se manifesta con intermitencia. Uno de los mayores logros para asegurarme una salud mental óptima fue haber sido capaz de consensuar conmigo misma aquello qué, desde un principio, éra una terrible obviedad objetiva que nunca desaparecerá.

Inicialmente, y aunque no lo estaba, me sentí sola. La soltería y la soledad fueron sinónimos. A pesar de que fui apoyada de cerca y de lejos, los mecanismos psicológicos para enfrentarse a situaciones traumáticas e inesperadas no son precisamente pragmáticos. Mayoritariamente, heredamos patrones conductivos genéticos que no distinguen las razones de la causa, y de repente te das cuenta que padeces con la misma intensidad a un tipo que no te merecía como si fuera un duelo. Nuestro maravilloso cerebro no es una máquina perfecta y tiene muchas funciones muy básicas que no distinguen si la pérdida es de mutuo acuerdo por diferencias irreconciliables vs. si un león llegó de repente y se comió a tu media naranja. Por eso muchas flores lloran demasiado a moco tendido a muchos capullos. Levanto la mano, faltaría más.

Pasado un tiempo prudencial, salí de mi cárcel psicológica (la peor de todas). Bueno, salir como quién de repente le abren la celda y con gozo camina por la calle disfrutando de la libertad y el sol en la cara, no. Pero haciendo esfuerzos y dando aquí pasos y hallá saltos, sí. Recuperada parte de la autoestima, me arriesgué pasados los 30 de edad a reinventarme en lo laboral, para quitarme de encima viejos recuerdos. No me quedaba otra que ir reconstruyéndome a fragmentos, dejándome llevar y descubriéndome desde dentro hacia fuera como nunca antes. A pesar de algunos grandes esfuerzos aquí y otros grandes éxitos allá, tardé literalmente años en volver a follar. Porque no todo, y no en todo, se puede evolucionar a la misma velocidad constante en lo que para mí ha sido como una segunda oportunidad para redefinirme.


Tengo la intención de cerrar el año regresando al principio. Enfrentándome a la herida abierta exhaustivamente, así, con ganas, fuerzas y dos ovarios. Haberme desvíado de mi camino de curación por meses puede qué, a pesar de todo, no fuera tan mal plan aunque sí fue mala idea. Una siempre vuelve a su naturaleza, pero la naturaleza es cambiante, a base de viento y marea. A lo que le queda del año, para mí no será del todo fácil pero esta vez sin estar huyendo de mí misma pegaré boyantes coletazos sin necesidad de excesos químicos.

Indudablemente, tengo muchos más planes para la carne, mi carne, de los que quizás seré capaz de llevar a cabo a lo largo de mi vida. No por falta de tiempo sino por falta de democracia. Siempré seré, de alguna manera, presa de las cosas que no quisiera ser pero indudablemente lo soy. Nadie nace maestro, o maestra. Pienso desvanecerme moralmente y dejarme llevar por ideales que admiro en otros pero que no son míos, que no me pertenecen. Probar por momentos la vida de aquella mujer urbana que solo existe en seriales de televisión y artículos para revistas cosmopolitanas.

Aunque no lo parezca tanto, cuesta empujarse a una misma más allá de su zona de confort mental. Hacer incursiones convulsas y controvertidas en los deseos de la naturaleza humana sin respetar la ortodoxía. En ocasiones me hallo a mí misma pensando con bohemia como hubiesen sido las muchas vidas posibles que pude haber tenido de haber tomado, en momentos puntuales, algunas decisiones ligeramente distintas a las que tomé en su momento y que me llevaron hasta mis circunstancias del aquí y ahora. También fantaseo con hipotéticos futuros intentando opinar lo mínimo y dejando la imaginación en modo libre.

Voy a follar. Bueno, mi intención inicial es usar el sexo, deliberadamente, como argumento de interés para mis idas y venidas introspectivas. Yo soy abierta por dentro, pero tremendamente tímida por fuera, o miedosa. Más que tímida, tengo cosas claras en la teoría y a veces en la práctica me puedes las emociones adicionales. Necesito enfrentarme a mis placeres peculiares. No todos, pero algunos de mis demonios son de fabricación casera, que me impiden vivir todos mis intereses pisando gas a fondo.

Pienso en mi misma, en como he sido. Como he sido hace 20 años, como he sido hace 10 años, incluso como he sido ayer. Me doy cuenta como en lo personal somos pioneros día tras día. Condicionados por vivir en perpetuo presente, ningún hecho pasado tiene tanta relevancia (sea positiva o negativa) a toro pasado, y todo hecho futuro tampoco debería tenerla. No hay nada más allá del ahora, en ningún lado. Una vez que unx aprende a aprender, no hay marcha atrás de escapar de nosotros mismxs. Todo lo que somos está en nuestras cabezas y sin embargo es lo que podemos hacer con nuestros cuerpos lo que nos abduce.

A veces me gustaría poder protestar contra mi propio ser, intercambiar mi conscienca con mi subconsciente y simplificar su complejidad. Para todas las películas sobre los posibles futuros porque ninguno es cierto. Reinventarme, y abandonar por ahí en un contenedor todos los pensamientos con sus miedos infundados que me tienen superada. Y no porque no esté a gusto en mi piel, que lo estoy. Más bien porque estoy demasiado a gusto conmigo misma, porque no quiero conformarme con ser quién soy. Quiero revoluciones y revelaciones.

Todas sabemos y todas hemos vivido, de una forma u otra, la tremenda opresión ejercida hacia el cuerpo y la sexualidad de la mujer. Todas, alguna vez, hemos sentido ESE miedo caminando solas por la calle, de noche o de madrugada. Y todas, alguna vez, hemos jugado a resistirnos al poder de género ejercido en verticalidad desde arriba. Qué comprar, dónde comer, cómo vestir, con quién follar. Todo viene dicho, preparado, empaquetado, impuesto normativamente.

Y lo peor, el mensaje te cala en los huesos. Lo vas normalizando adaptándolo en lo interior casi como algo tuyo, como una obviedad homogenea indiscutible. Una oscuridad social que rema a contraviento con los ojos vendados, yendo a la guerra, en un combate que no tiene armas con balas sino emociones, responsabilidades, compromisos. Y en algún momento que no recuerdas, por el camino, de repente tienes miedo. Porque has visto algo o has oído algo que te ha hecho sentir diferente a lo establecido, que te aleja de tu supuesta naturaleza.

Ojo, que yo no digo que la libertad sea, de manera implícita, que te folles a diestro y siniestro a saco. Lo digo haciendo hincapíe en nosotras, no vosotros, entiéndase. Pero vivimos demasiado tiempo durante demasiadas generaciones bajo el yugo de la expectativa de permanecer en el centro más céntrico de todo en todas las cosas. No cuestionar la autoridad con vehemencia, no tener opiniones excesivas sobre los asuntos mundanos, ambicionar a pertenecer y no a tener. En todo, con todo.

Mi propósito de superarme a mí misma dejándome llevar por deseos carnales no es el tiro de gracia al heteropatriarcado ni levanta algún estandarte de guerra. Pero no salir corriendo ante situaciones o propisiciones de mucha indecencia es, para mí, una pequeña victoria que me rescata del destino. No es el sexo sucio lo que es una pequeña victoria sino la mezcla caótica del ser y del estar en el lugar incorrecto en el momento inapropiado.

Por muchos factores, cada vez que me entrego en cuerpo y mente a prácticas obscenas muy poco apropiadas para una buena mujer ya de cierta edad siempre tengo sentimientos enfrentados. No me siento culpable por sentir morbo, placer, correrme, hacer correr. Ni tampoco me siento avergonzada por ser una mujer que siente mucho gusto mamando y todavía más siento penetrada mirando pá Cuenca. Yo lo gozo. Hacer los tríos que hice y que están por ahí en el blog, sí una puta locura en su momento pero ahora son recuerdos de los que me queda el cariño, el buen rollo, y hasta el morbo, pero ya no me dan taquicardias ni se me quedan los labios secos. Pero lo que nunca fui capaz de sentir, fue armonía; aquella sensación cósmica de bienestar atómico infinito.

Gozo, placer, pasión, etc. Sí, todo eso bien, presente, marcado con la X correspondiente. Pero todo lo que sea salirse del sexo heteromonógamo nunca consigue dejarme tranquilidad espiritual. Una vez hecho y consumado el acto, se me disipan todas las dudas pero nunca desaparecen los restos de mis pajas mentales, es decir, las chorradas que se piensan en exceso y sin fundamento. Como fantasmas, que no te están machacando pero tampoco nunca te abandonan. Es que no sé como explicarlo con palabras muy exáctas porque el léxico no siempre tiene una respuesta clara para expresar con fidelidad las emociones. Vosotrxs, si queréis y podéis, ya me entendéis.

No somos libres como nos gustaría porque, para empezar, vivimos presos de dos verdades, para mí, casi inapelables: vivimos atrapados en el presente y nuestras capacidades están limitadas en sus máximos por nuestra genética. Y no nos podemos rebelar contra las leyes básicas universales. Pero sí podemos hacerle la guerra, con amor, al odio.

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3 comentarios en “La caja de Pandora

  1. Qué clarito lo tienes todo, aunque las dudas de todo al leerte, me asalten… Estoy por compartirlo con varias amigas que tengo, tu visión de la vida está muy extendida (gracias a dios) en las mujeres que me rodean; aunque ellas o lo tienen tan claro como tú.

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