Amor bajo manta

La copa de vino, blanco, en una mano, apoyada con la muñeca en mi rodilla sentada por encima de la otra. Un jerséi de lana, blanco, de cuello alto me tapaba el cuerpo. Intercambios de sonrisas y aquellos ojos inocentes con aquella mirada tan llena de propósitos de poca decencia. En el fondo, de fondo, una canción; un blues, algo así como grassroots blues, del añejo, del que pega más con el whisky qué con el vino, pero tampoco estábamos en los campos de algodón sureños. Pero la buena música, aquella que es la adecuada para el momento adecuado en el lugar adecuado, siempre se agradece. Su español perfectamente fluido en la construcción gramatical seguía arrastrando un marcado acento alemán, y aunque dicho detalle me traía por completo sin cuidado en ocasiones puntuales la pronunciación de ciertas palabras sí me hacía gracia, pero de la buena, de la cariñosa.

Según pasaba el tiempo y el vino, su vista se fijaba cada vez más en mis carnes. El marrón de sus ojos competía en oscuridad con el negro de su piel. Su cuerpo quieto, moviendo solo los brazos para gesticular sin aspavientos; éra evidente que era de aquellos de los qué, en las distancias muy cortas, les notas el peso encima.

En un momento dado, su mano, grande, mucho más grande que la mía, acabó rozándome el tobillo. Y ante mi falta de protesta, el roce acabó en caricia, una caricia que acabó evolucionando en esa cosa a medio camino entre un masaje bienintencionado y una estimulación también con intenciones. El vino, el morbo y mis deseos empezarón a hacer efecto sobre mi temperatura corporal y sentí que me ahogaba, casi, envuelta todavía en el cuello alto de lana. Me quité yo misma el jerséi y en uno de esos momentos, de casualidades, me estuve dando cuenta cuán delgados y pequeños parecían mis dedos en comparación con los suyos, grandes y oscuros. Me sentí frágil, de una fragilidad que da cosquilleo, una fragilidad que no se puede expresar por fuera, tan solo sentir por dentro.

Tampocó protesté ni opuse resistencia cuando la mano fue subiendo desde los tobillos deslizándose por la pierna, hasta las rodillas, y luego buscando el norte por los muslos. Es más, me ofrecí fácilmente cuando dichos dedos, un par de ellos que yo recuerde al no ser que haya contado y sentido mal, acabaron clavándose ahí, dentro de mí. Sentía, tenía una sensación ligeramente extraña; disfrutaba de lo que me hacía pero me sabía raro porque sus dedos, grandes y bien dotados para ser un par de dedos, no me hacían sentir las cosas que habitualmente se padecen en dicha circunstancia, más bien daba la impresión de haber sido penetrada por un objeto y sin embargo tenía la certeza de que no había ninguno de por medio. Cosas del cerebro y su aprendizaje, y lo qué son las expectativas ante ciertos estímulos. Pero sí, me gustaba.

Y en algún momento, todo se fue precipitando. Su lengua recorriendo mi pecho, en círculos y óvalos, los dientes, aquellos dientos de un blanco impoluto agarrados a mis pezones. Me sentía embriagada por la todopoderosa fuerza sexual que flotaba en el aire que se respiraba en la habitación.

Para mi gracia y desgracia (sí, algo así como la paradoja de Schrödinger) no acabó, mejor dicho él no quiso acabar sus detalles manuales entre mis piernas dejándome en plena gloria. El plan suyo, por lo visto, como en las películas porno pero también la vida real misma, era aprovecharse de mi evidente estado de necesidad. Yo sentía un calor volcánico visitándome justo ahí debajo del ombligo. Y por supuesto, lo próximo que recuerdo es su dotación, expuesta libremente delante de mis narices. ¿Algo excesivamente dotado para mis gustos? Sí. ¿Dotado como para dar un infarto? Tampoco.

Lo siguiente fue pasarnos al dormitorio, y comportándome como buena amante me puse manos y boca a la obra. Y aquí un dato importante, para aclarar posibles dudas: no estaba haciéndole una felación porque esas éran las expectativas, se la estaba chupando por la única razón por la que una mujer debe hacerlo, porque me apetecía. Es algo que me gusta hacer, y mucho, bastante. Encontré ciertos problemas técnicos a la hora de lidiar con su tamaño en tales menesteres pero sé que aún así estaba a gusto con todo lo que yo le estaba haciendo. Con las piernas abiertas de par en par tumbado boca arriba acariciándome la cabellera pues bueno, no se le veía muy frustrado.

Bastante mojada por medios propios, encontré relativamente fácil -más fácil de lo que yo esperaba- como se deslizaba mi cuerpo, abriéndose al suyo mientras yo lo miraba desde lo alto de mi cuerpo. Notaba al detalle toda su geometría cilíndrica haciéndose camino en cada entrada, estimulándome toda por dentro de manera proporcional. Lo veía debajo de mí, mirándome con deseos pervertidos, con su pecho escultado, su cuello grueso como un muro, con una fina y discreta cadena de oro alrededor. Sus manos, grandes, se colaron detrás de mi espalda y se colocaron sobre mis nalgas, rodeándolas, separándolas y abriéndolas en mitad del fuego cruzado.

Subía y bajaba, empalada en su miembro viril, con los sudores deslizándose sobre mi piel. No sé cuanto rato llevaba cabalgándose como una amazona del amor, pero debió de ser un buen rato porque primero fueron los dolores en los muslos haciéndome sufrir en pleno gozo, pero yo seguí. Un tiempo después empecé a sentirme dolida en el peroné y la tibia, pero seguí. Hasta que la rodilla izquierda me dijo, así de buen rollo, que aquello tenía que parar o se iba a suicidar y punto pelota. Me paré en seco, KO de cintura para abajo, pero todavía capaz de aguantar embestidas.

Me pidió ponerme a cuatro patas. Y de repente me entró el pánico, así un poco, por lo de antes. Le pregunte por qué, para qué. Su respuesta fue obvia y certera, para seguir follando. Tuve que volver a preguntar, de manera más explícita y ahí aclaramos el asunto. Como no era yo la que tenía que mover nada, accedí a sus deseos que yo compartía por completo. Es mi postura favorita y fetiche. Me penetró con ganas, con deseos, con pura pasión, con hambre carnal.

Hice un esfuerzo titánico por no correrme casi enseguida. Porque fue cambiar de postura y rotundamente que me volví orgásmica precoz. En ese momento no sabía que hacer. Si avisarle, si no avisarle, si correrme sin más, disimular un orgasmo no soy capaz. Se puede engañar en la cama con ciertos disimulos, pero yo no soy de las que tenga poder y capacitación para disimular que no me he corrido. Con la verdad por delante, cerré los ojos, dejando todos los demás sentidos despiertos mientras mis hormonas me daban un zas en todo el útero, expandiéndose por los ovarios, el vientre, y tomando atajos a velocidad de la luz hasta mi cerebro, bañándome en químicos y dejándome fuera del espectro de la realidad consciente por momentos. Seguía despierta, seguía en aquella habitación y en aquella cama, pero con la voz cansada de los gritos y el cuerpo inmóvil e incapaz de funcionar y luchar si mismo.

Tuve la sensación de seguir teniéndolo dentro de mí y no era una alucinación. Seguía erecto, dentro de mí, esperando que mi cuerpo fuera calmándose. Me dijo algo que se me hizo difícil de entender en mi estado nublado postorgásmico y volvió a la carga. Por momentos no sabía si yo era una mujer afortunada o ese hombre era un trastornado. Uno con la polla dura metida dentro de mí. Mi pasividad era casi total y sin embargo no me negaba, yo quería. Siguió dándome, hasta que pequeños temblores me avisaron de su inminente explosión. Ahí en vivo y en directo, tuve una sensación de extremo placer metafísico notando su leche llenándome las nalgas y cubriéndome los muslos. Físicamente, la sensación que tuve fue bastante moderada y de pocas características notables pero espiritualmente me sentí llena de satisfacción.

Me quedé tumbada boca abajo escuchando mi propia respiración. Él desapareció y supe que volvió a mi lado cuando noté una mano acariciándome la cabeza y un beso que se deslizaba debajo de mi nariz. Me ofreció una toalla pero ya con la piel seca, decliné la oferta y me fui al baño para limpiarme en condiciones.

Estuvimos haciendo vida moderna un rato, sin tener muy claro si nos quedaban fuerzas y ganas para un segundo asalto. Repartimos a medias una caja de croissants rellenos de crema y el vino blanco. Y hablando, por turnos, contándonos movidas y las cosas de la vida, se nos fue pasando el tiempo. Empecé a tener frío, bastante frío, y él sugirió taparme con una manta dado que seguía desnuda de barriga para arriba después de haber salido del baño, limpia y relajada. Le correspondí en el fondo, pero cambiando algunos elementos. ¿Y si nos quedábamos en el salóncito y nos tapábamos los dos?

Ropas y toallas esparcidas a nuestro lado entre finísimos jadeos, un intenso olor a amantes, nuestros cuerpos geométricamente atestados en un espacio muy finito, nuestras mejillas caldeadas, su enorme falo expuesto encima de mi abdómen antes de adentrarse, todo eso y mucho más lo hicimos debajo de la manta, amando el calor y detestando el frío. Siempre con precaución.

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