A veces, me siento delante de las teclas, mirando la pantalla; dejo que mi mente vuelva a revivir ese día, o esa noche, o ese acto pero después del pequeño trance, no encuentro esas palabras para plasmar por escrito mi pasado reciente. Quizás sea una perfeccionista y no me vale solo compartir apuntes y detalles. A lo mejor mi fallo es que soy algo despistada. Puede que no siempre haga un seguimiento lineal y coherente, novelístico, a la hora de exponer mis cosas. No me paro a estudiar si lo que escribí tiene sentido, tiene carisma, tiene arte; lo que escribo en cada una de las entradas de este blog es una terapia de exhibicionismo introspectivo para mejorar mi estado de ánimo. No soy una verdadera experta en la literatura erótica ni pretendo serlo, simplemente acompaño mis recuerdos y mis emociones con las letras, ofreciéndome a mí misma una perspectiva provocadora de grandes y pequeñas conversaciones con mi propio ego.

Imprescindible. Es la palabra que más y mejor se aproxima a definir la necesidad que tenía mi cuerpo y mi mente de sexo, después de salir del restaurante. Se lo dije con bastante contudencia, conservando las buenas formas. De alguna forma, me sentía privilegiada por la vida, y no en un sentido romántico-melancólico sino algo muy generalizado, un bienestar que me recorría por las venas. El conjunto de todas las cosas, desde algún galán llamándome guapa por la calle pasando por la sonrísa de la dependienta en la caja y también, claro, por supuesto, cómo no, acabar con él, otra vez después de la otra vez, y con ese sabor en la boca ya, aún sin haber dado ni probado bocao. Y así andaba yo por la vida, de su brazo, provocando contaminación acústica a cada pisada con los tacones, pensando en mis cosas, eso sí, con los pezones endurecidos.

En el coche, yo de copiloto, su mano acariciándome el muslo. No me tomé la molestia en quitársela porque con todo lo que sentía por dentro, era como ponerle puertas al campo. Los hombres que saben dónde y cuándo tocar a veces me parecen en peligro de extinción. Tocándome así, ahí, después de haberme escuchado, me lo tomé como una manera referencial de cultivar en mí un morbo tácito y mutuo. Acompañaba su caricia con algunas preguntas, interrumpidas por silencios que a veces se hacían muy largos. Preguntas que me hacían reflexionar, aunque todas girasen en torno al deseo carnal. Me lanzaba directas que me hacían pensar en la práctica sexual como un hecho y una actividad opulenta, de riendas sueltas, una joya de la corona en un recetario muy elaborado dentro de la condición humana. Trazaba sobre la comisura de mis labios sonrísas maravillosas.

Aunque perdí esos centímetros que me hacían ganar los tacones, me coloqué encima suya antes de que pudiera él elegir ni el qué, ni el cuándo, ni el dónde ni el cómo. Me refescaron por dentro esos besos salvajes pero sabrosos, con labios mordidos y lenguas excesivaente húmedas. Como una ensalada bucodental de fluídos y dolores anestesiados al momento por la adrenalina. Él siempre tuvo claro que estar conmigo no implicaba obetener ningún beneficio de gratificación instantanea. Pero pasaron muchos instantes desde que nos vimos y mantener la compostura ya no era un plan viable. Frotarme contra su cuerpo mientras lo mantenía debajo de mi cuerpo por la presión pélvica me bastaba para sentirme elevada a la categoría de supermujer. Sentirme deseada en crudo, y mis hormonas hirviendo por dentro a fuego lento. Me coloqué sobre él de tal forma hasta que pude notar, con una mano, como envolvía ese trozo suyo. Mi mente se fue por segundos alejándose, perdiéndose en líquidos blancos, en jugos blancos, en vinos blancos. Y todos esos blancos gozarían de una excelente acogida.

Sentía cosquillas en el estómago, pero no éran esas mariposas enamoradizas sino un despilfarro de sensaciones cálidas que bajaban por el ombligo y más allá. Después de desabrochar su camisa botón a botón, no se la quité, se la arranqué. Sea por el vino, sea por la vida, sea por mis ganas y las suyas, yo lidiaba con su cuerpo debatiéndome entre comérselo o tirármelo encima. Mis suaves gemidos pegados a su oreja y algunas obscenidades que salieron por mi boca fueron los embajadores de mis hormonas revolucionadas. No tenía ninguna agenda, venía sin plan, pero en aquellos momentos lo deseaba encima, debajo, a la izquierda o a la derecha en cantidades ingentes.

Perdí la poca compostura que todavía me quedaba cuando su cabeza fue bajando al sur de mis entrañas. Derrochaba líquido mientras emitía sonidos por la garganta, por la boca, por donde fuera posible y al alcance. Su lengua investigaba el centro de mis placeres con movimientos que buscaban mi belleza interior, fabricando ad-hoc in-situ recuerdos que consumiría hasta el fín de mis tiempos. Sus besos, suaves pero largos y sonoros alrededor de mis ingles, me sabían a tributo que le rendía a mi cuerpo, y de alguna forma aquello me enternecía el alma, pero el cuerpo seguía untando su barbilla y aromando la habitación. Armaba escándalo y liaba jaleo de forma consciente, pulverizando cualquier duda sobre mis ganas, sobre su técnica. Solo me faltaba gritarle algo a la luna llena como una loba indomable y esteparia. Pensé en todo lo que quedaba de primavera y el verano por venir mientras tomaba nota del sudor sobre mi frente. Acalorada en tiempos de calor, en lo que a temperatura se refiere mi sexo parece un horno industrial dispuesto a hervir. Al menos esa es mi impresión autoexploradora.

Aunque me dejé aprovechar un largo rato y el comensal seguía consumiéndome de forma responsable y jodidamente bien organizada, se me resistía un orgasmo que necesitaba demasiado. Ni los trucos creativos de la mente fueron eficaces. El cuerpo me lo pedía a gritos y la mente me lo negaba en silencio. Me sentía atrapada por mis propias necesidades, con demasiadas prisas, al borde de un ataque de ansiedad anorgásmico. En el ambiente no se notaba toda la frustración que llevaba en procesión por dentro. Es una putada, una sensación muy incómoda cuando algo dentro de ti te impide correrte. Algo que es además intangible. Que no se puede ver, ni tocar, ni oler. Hasta difícil de explicar con las muchas palabras que tiene el español. Decidí tomar cartas en el asunto antes de correr el riesgo de echar a perder lo que era una velada excelente.

Nos intercambiamos las responsabilidades. Su pene duro, deslizándose en ese lugar entre mis labios, dejándome por las papilas gustativas todas las matices de su sabor. Me abandoné a recibir de buen gusto y con humildad todo cuanto tenía por meterme en la boca, mirándole, sin pestanear. Él seguía de pie, pero su respiración ya se cortaba. Con una mano acariciaba mi cabeza y hasta mi cara, mientras yo le devolvía el cariño recibiéndolo hasta la periferia de su pélvis. No era un juego de suma cero ni tampoco un juego de dar y tomar, pero yo creaba espacios para ese intercambio positivo de cosas sin llamar y sin definir. Mi participación no se resumía tan solo a hacer, de forma activa sino también improvisar. Mientras él me invitaba a tomar más y más con la mano sobre la nuca, yo pensaba más allá de lo merendado. Mis deseos proyectaban sorprendentes necesidades que no iba a poner en práctica ni de inmediato y puede que hasta jamás. El cerebro es muy puñetero aguardando todo tipo de información inútil que luego va restregándote por los ojos en los momentos de muchísima excitación y frustración sexual no resuelta.

Voluntariamente, accedí a su petición sentándome de cara a la ventana, apoyada en manos y rodillas. Mi posicionamiento fue tan rápido que hasta me hizo parecer ligeramente desesperada. Tomando el liderazgo de la acción, tiró con lentitud de mi cuerpo hacia el suyo, penetrándome y sentía que volvía a recobrar la dignidad. Empezó a moverse, saliendo y entrando despacio y yo le respondía con movimientos circulares de cadera. Sus manos se dejaron caer a ambos lados de mi espalda, por debajo de mis costillas, sosteniéndome en una posición fija. Entre algún que otro gemido, soplaba para quitarme el pelo de la cara, o me mordía el labio, o cerraba los ojos. Mucho antes de lo que yo me lo esperaba y mucho antes de lo que él también lo esperaba, noté esa fuerza congregándose en un punto en la zona baja de mi vientre, acercándome al éxtasis tan deseado antes, esta vez a velocidades de bólido ultrarrápido. No sólo fueron 2 o 3 los minutos que aguanté en dicha postura, también fueron 2 o 3 los segundos que tardé en avisar que iba a tener un orgasm inminente y tenerlo.

Exploté. Una sensación cálida estalló en una masa de cálido caldo repartiendo orgasmo en todas direcciones. Paré en seco, notando el temblor de mis piernas mientras agachaba la cabeza entre mis manos gritando un joder con la e muy alargada. No sé si me salió del alma dicha palabrota en un contexto tan alegre, pero desde luego del estómago sí. Sentía gratitud conmigo misma por desbloquearme. Yo quería proseguir con el tema, intensamente, pero necesitaba mi par de minutos, desplomándome boca abajo una vez sentí como su erección se retiraba de mi interior. Todavía conservo en la memoria olfativa el olor a lavanda de la manta sobre la que estaba totalmente en horizontal. Se tumbó él también, al lado, al final de mis píes. Eso lo recuerdo. Lo que hizo y dejo de hacer en los minutos que necesité para retroalimentar mi hambre de hombre no lo sé. No lo recuerdo. Ni siquiera sé lo que habré hecho yo, si es que hiciera algo, otra cosa que no fuera respirar y latir el corazón y existir.

Recuerdo el después. Recuerdo la Coca-Cola Zero, muy fresquita. Recuerdo esa mancha líquida que dejé a mi paso. Recuerdo su cuerpo, desnudo y abrillantado por el sudor, con un pene duro, erecto, acaricíandolo, mirándome, esperándome. Sin reproches, sin prisas. Y sin condón. Con las piernas todavía temblorosas, me volví a sentar boca abajo, cambiando de dirección. Dónde antes tenía los píes, ahora tenía la cabeza, y la cabeza no la tenía precisamente abajo y mirando hacia la nada. Recuerdo su mano acariciándome la espalda, con los dedos separados, provocándome sensaciones de placeres contradictorios. Y recuerdo que él, al igual que yo, no tardó tampoco más de 2 o 3 minutos en explotar. Cada uno a su manera. Y los dos felices.

Después estuvimos tomando café y follando más. Y cada uno desayunó en su casa.

 

Anuncios

3 comentarios en “Figuras rebeldes

  1. Dices no encontrar (a veces), palabras frente al ordenador!

    Pues menos mal…

    El derroche de capacidad descriptiva que ofreces en tus escritos raya lo obsceno.
    De alguna manera, es como un “crescendo” de excitación que te envuelve, te colma y te lleva, irremediablemente, a escenarios apocalípticos.

    Que gozo, literal, leerte.

    Le gusta a 1 persona

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s