Llevaba horas dándole vuelta al asunto. Me descubrí a mí misma empleando fuerzas para luchar contra mi propio estado emocional alterado, en vano. Discutía con mi ser y debatía con mi propio yo todas las ideas que me pasaban por el consciente como una película en velocidad acelerada. Pero carecía de análisis sólido, porque me negaba a comprender el asunto con lucidez y solamente me dejaba aconsejar por las implicaciones posteriores de mi impulsividad, de la parte primitiva de mi esencia. La búsqueda de felicidad monógama se me acabó entre Navidad y Año Nuevo, y andaba en busca de alcanzar metas relativos al vicio, la carne, la lujuria y el sexo.

Intenaba mantener la fríaldad, o al menos aparentarlo mientras me miraba al espejo. No quería ser la que tropezaba dos veces la misma piedra, pero entre pecho y pecho me apetecía. Tampoco tenía la clara incertidumbre de que aquello iba a ser una buena idea, y no quería actuar fruto de la desesperación, la soledad ni la sed de venganza autocompasiva. Por otra parte, quería dejar de tener miedo, de sentirme oprimida bajo el peso de la moral y la educación que tanto y tanto me han inculcado años atrás y que sentía que me impedía ser yo misma a toda máquina, qué me lastraba. O quizás no, a lo mejor solo eran mis divagaciones infundadas pensando en cosas con la mente todavía nublada y el espíritu turbio.

Sentada, apoyada con mis manos sobre mis rodillas y mirando al suelo, el brillante de cada pieza recién fregada, en off daba vuelta a todas las ideas que era capaz de procesar sin agobiarme. Buscaba clavos ardientes destacados a los que agarrarme con argumentos cualitativos y evitar caer en la dinámica de meterme en la cama de alguno o de algunos por mera aprobación de mi dolido ego. Encontraba preciosos pensamientos sobre lo qué quería -hacer y que me hicieran-, sin embargo me resultaba extraordinariamente complicado encontrar los porqué. Era plenamente capaz de desarrollar escenas pero no alcanzaba ningún campo sentimental para rellenarlas.

Por lo que respecta, me empezaba a dar igual un poco todo este proceso de boxeo intracraneal que siempre me llevaba a callejones sin salida que me agobiaban hasta el punto que sentía que me provocaba yo sola -y gratis- síntomas de futuros ataques de ansiedad. Sobrepensar puede ser una trampa con efectos secundarios nocivos. Siempre que tomé decisiones a punto de cambiar de alguna forma el rumbo de mi vida afectivo-sexual, lo hice con el cerebro en seco, de nada me sirvió pensar demasiado a corto plazo. Nunca cuándo se trataba de mí, o de mi sexo. La naturaleza de la naturaleza humana puede ser un círculo vicioso que te atrapa dentro hasta quemarte. Dejé de buscar supuestas verdades con ahínco obsesivo, me eché agua fría en la cara como en las películas americanas y me planté, móvil en mano, en corresponderle a las insinuaciones que escondían toda una declaración de intenciones con invitación camuflada entre líneas. Sentía que mi corazón, mi cerebro y mi sistema nervioso actúaban como tres piezas del mismo motor, dónde cada una iba a un ritmo propio y a una velocidad diferente, cuando deberían de estar trabajando todas en perfecta sincronización. Con 40 años, a punto de cumplir 41 en poco tiempo, me volví a decir a mí misma, una vez más, aquello de que a partir de ahora los tiempos por vivir serán diferentes, que todo acaba y que mí tiempo era finito y la lista de deseos muy larga. Toma prisas, por si no quería agobiarme.

Él. Él era un viejo conocido, quizás no tan viejo, pero bueno, novedad tampoco, de los que ya me había visto desnuda más de una vez, y probado. Era aquél que una vez llamé Nuevo Amigo en una entrada anterior, de las muy primeras. Fue la otra mitad partícipe en mi primera experiencia a tres. Estuvimos durante un tiempo sin comunicarnos apenas por no decir nada, pero hacía días, quizás mejor dicho semanas, que habíamos retomado nuestra correspondencia virtual, así, con timidez al principio y sin mucha cosa que contar, pero haciendo esfuerzos por no perder el hilo otra vez. En los últimos días previos al sábado en cuestión él ya había ganado confianza en sí mismo socializando conmigo y había vuelto un poco a la carga, con comentarios y sugerencias y hablando de cosas del pasado y otros bonitos recuerdos. Me esperaba que en algún momento iba a caer alguna invitación que escondía una intencionalidad coital, pero no me esperaba esto.

No me esperaba que fuera con dos, a la vez, otra vez con el de por medio. Aunque, claro está, el otro implicado en el asunto iba a ser otro, no el mismo que la primera vez. No sabía por momentos ni siquiera si debería sentirme ofendida, si aquello era normal o no, si estaba bien o no, si me lo proponía con morbo sincero o se estaba cachondeando de mí tomándome por alguna fresca. Pero me gustaba, la idea me gustaba y me sentía bien siendo cuerpo de deseos. Pensé que pensara en mí para hacer un trío también validaba, de alguna forma, mis cualidades a dos manos, pensando en la experiencia previa que habíamos tenido. En fín, que pensarlo todo demasiado no me hacia bien, teniendo en cuenta el detalle que yo también me hallaba en un estado psicoemocional de lo más saludable como para analizar todo el contexto lo más imparcial posible.

Una vez decidido que todo me iba a importar una mierda y que me lanzaría de cabeza a una piscina qué, a pesar de saber nada, no sabía si iba a estar llena, vacía o llena de barro, me asaltaban otras dudas y otros problemas, eso sí, de una naturaleza más común, cosas más típicas pero no menos estresantes. Como el qué vestir. Auque una mujer, sola, para dos hombres, con las intenciones ya más o menos definidas, sabía que para ellos daría igual lo que me pusiese, creo que ante situaciones como la perspectiva de un trío, a los hombres simplemente se les nubla el juicio respecto a los canones modísticos, si es que tuvieron algunos, refiriéndome por supuesto aquí a hombres heterosexuales. Como si por ellos iba en pijama, soplándome los mocos, despeinada y con un calcetin de cada color. Pero una tiene amor propio.

Ante la indecisión opté por la solución más simple: un vestido negro de falda corta, que a pesar de ser una tarde de Enero, la temperatura ambiental en el exterior era bastante agradable, inusual para el invierno, pero con los camios climáticos, vayánse acostumbrando. Medias negras, y zapatos de tacon bajo y en punta redonda de un azul petroleo, ligeros y a la vez sensuales. Y todo lo demás por debajo, también negro. Dicho así casi parece que iba de entierro, pero no, la idea era calentar los cuerpos. En buena medida, esperaba padecer un asedio falocéntrico así, de buen gusto. Sabía que mi integridad física sería respetada atribuyendo dicha confianza al hecho de conocer en primera persona y de buena mano al menos a uno de los participantes, sin embargo no tenía reparto alguno en ser tomada como un botín en manos piratas.

Sabía dónde vivía él, por el pasado erótico-festivo entre ambos. Y sí, lo propuesto y planeado iba -de pasar lo que tenía qué pasar en teoría- a tener lugar en su casa. El tráfico de tarde por la ciudad a ratos ponía a prueba mi paciencia de buena conductora con todos los puntos en el carnet de conducir. Éran las hordas de la clase media urbana que se dirigían a ocios de carácter de consumidor capitalista después de la siesta y la mamada del sábado tarde. Con mis gafas de sol, disimulaba mi creciente impaciencia masticando chicle y haciendo zapping en la radio. Callejeando a cuatro ruedas, llegué rodando a mi destino. Aparqué. Me quedé un rato quieta, inmóvil, absorta en mis pensamientos.

Me sobresalté cuando alguien, que no logré ver, dio un portazo subiéndose -o bajándose- de algún coche no muy lejos. Se me pasaron los segundos ahí esperando encontrar no sé qué dentro de mí. Salí, recogiendo mi bolso y una chaqueta vaquera que traía conmigo porque sabía que en la noche iba a caer la fresca y no quería ir tampoco demasiado desprevenida y pillar algún resfriado traicionero. Eché el cierre y eché a andar en dirección al portal. Tuve que tocar el timbre dos veces, y quizás me precipité al hacerlo, andaba nerviosa y despistada por las emociones encontradas que correteaban alegremente dentro de mi ser hasta que por fín mi solicitud de que me abriesen la puerta fuese complacida, con un intercambio muy rápido y muy clásico entre la voz de dentro preguntando quién es? y la voz de fuera, o sea yo, contestando con un tajante soy yo.

Subí, entré, y el protocolo a seguir: dos besos aquí, dos besos allá, este es tal y esta es cual, sonrisas y por supuesto, vino. No me veía yo muy capaz sin probar alcohol de llevar a cabo con final feliz la tarea pendiente. Pero él eso ya lo sabía, y me esperaban con la botella descorchada y tres vasos, limpios, alrededor de la mesa. Eché un vistazo alrededor y sí, aquello había cambiado un poco aquí y allá, sin embargo, a grandes rasgos, lo que había entre aquellas cuatro paredes no era radicalmente diferente a tal como yo lo recordaba. El sofá era nuevo. Y se lo comenté al anfitrión, dándome la razón para después añadir un comentario que lanzaba una indirecta muy en mi dirección haciendo alusión a probarlo y darle uso. Asentí, sin más, solo dibujando una sonrisa a media copa de vino.

Siempre había estado fornido, con ese cuerpo grande, con su músculo y la capa de vivir bien y morir antes de tiempo por culpa del colesterol por encima. Pero lo encontraba con unos kilos de más, no demasiados, quizás apenas perceptibles pero confiaba en mi ojo y sabía que no estaba equivocada, sin embargo me callé la apreciación, tampoco importaba hacerla pública, no tenía ninguna relevancia. El otro implicando en todo el asunto, el recién conocido para mí, tenía un aspecto físico parecido, algo más bajito, pero con un cuerpo también grande, con buena planta. De los que están grandes, pero duros, sin marcar tabletas de chocolate de machacarse por los gimnasios. De los que tenían el cuerpo duro  a base de usarlo, aunque no lo cuidasen según los canones de posar como modelo en revistas cosmopolitas. También en silencio, le dí un super OK en mi mente. Claro está, me quedaba por averiguar que había debajo de la hebilla, dentro de la bragueta. Cada cosa a su tiempo.

Supongo que notaron mi cara, esa de que los estaba mirando con curiosidad disimulada. En el aire se respiraba un ambiente de cosas importantes que estaban por suceder. Aún así, a los tres vasos abrillantados no les faltaba vino y supongo que no era la única que tenía teóricas inseguridades. En sus facciones se les marcaba el deseo de tenerme, mientras yo les miraba a los ojos intentando adivinar si habían planteando un algo, de alguna forma, o todo seguiría su curso de una forma más estilo libre, caótico, y esperando que de alguna forma por alguna razón saliese un buen trabajo en equipo, para los tres. No sabía si acogerme a una pose más de damisela en apuros calenturrientos esperando a ser rescatada por sus dos apuestos bienintencionados samaritanos o si debería de guíar de alguna manera el proceso inicial tal como me pasó en mi primera experiencia a dos -hombres, desde mi punto de vista- y tomar medidas que implicasen acciones físicas por mi parte. Seguía estudiando a grandes rasgos sus interacciones, buscando pistas en lo que decían y también en lo que callaban, mientras me caía algún que otro piropo por parte de ambos, gracias en parte a la influencia inhibidora del alcohol sobre partes de nuestro sistema nervioso y límbico.

Ambos lucían barba. Uno, más poblada y de ligera apariencia descuidada, al estilo leñador barbudo, negra y poblada con alguna cana asomando si una miraba detenidamente, además con un corte de pelo bastante corto, simple y práctico. Y además bastante masculino. El otro, una barba más cuidada, perfilada, quizás recién cortada, más blanda. Parecía yo una chihuahua rodeada de bulldogs. De dos, en concreto. Sin saber qué, ni cuándo hacer, me fui al baño. Necesitaba unos segundos sola, para colocarme los pelos detrás de las orejas, mirarme al espejo, respirar hondo y pensar. Pero en vez de eso, acabé mirándome al espejo, respiré hondo, y me puse a mirarme que si el blanco de los dientes, que si alguna cana incluso las arrugas en el lateral de las cuencas de mis ojos. Salí fuera sin saber qué hacer ni tampoco a lo que esperarme. La verdad, me ausenté también con la esperanza de que a lo mejor dándoles un corto espacio a solas en sus cosas masculinas quizás de alguna forma echaría a rondar el tema.

Al volver, me los encontré ya sentados en el sofá, lo de si a parte de sentados estaban también acomodados no lo sé. Ni me importó demasiado en el momento, tampoco. Mantenían un debate así, muy de colegas mientras miraban la tele dónde echaban noticias deportivas futbolísticas. Pregunté si había hueco para mí, cuando en realidad ahí cabían tres o cuatro más como yo, pero una que es educada y buena persona. Curiosamente, el único hueco que había para mí era justo entre ellos dos, así por casualidades de la vida. Les sonreí y les dije que no esperaba menos de ellos. Me acerqué lo máximo al borde del sofá, me quité los zapatos ahí mismo dejándolos colocados, juntitos, justo en frente del borde y me fui a sentar entre ellos dos, doblando las rodillas hasta que mis talones tocaron mis nalgas de lado, y me senté. No sabía que decir, ni que hacer. Me apetecían ellos, y sus pollas, y tenía ganas de follar y todo eso, pero me faltaba un algo para lanzarme del todo.

El amigo anfitrión tomó el mando a distancia, bajando el volumen de la tele al mínimo, sin cambiar de programa, y empezamos una magnífica charla relajante dónde me contó como se conocieron ellos dos y anécdotas varias vividas juntas, y la verdad es que tenían bastante porque eran años y años de amistad, desde la pubertad o más o menos por ahí, esa época. Fui divertido, solté alguna que otra carcajada, me ayudó bastante a relajarme, la mente y el cuerpo. Era lo que necesitaba. Simplemente estando ahí, escuchándoles, riéndome o participando también haciendo preguntas o diciendo esta cosa o tal otra sabía que me lo iba a pasar bien. Se me iban quitando los miedos, las dudas, los rencores, los remordimientos. Y fue en uno de esos momentos donde una luz -LED- se iluminó dentr de mí yo para darme cuenta que, lo que realmente me apetecía y buscaba, era huir de la soledad que me había impuesto unilateralmente yo misma, y estar rodeada de buenas personas que me hicieran reír. Bueno, y ofrecerme sus penes también, para los usos que yo encontrase convenientes según el contexto.

Por supuesto, tanta risa y tanto hablar daba sed. El amigo invitado se levantó, volvió a rellenar los vasos de vino, tratándome a mí como a una dama invitada ofreciéndomelo primero. Le dí las gracias con guiño de ojo de propina y las mejillas rosadas. Pero claro, lo inevitable iba a salir a colación, y es que después de contarme ellos su historia de amistad, tocaba ahora al anfitrión y a mí contar lo nuestro. Preferiblemente desde el principio, para que todo tuviese un poco de sentido y perspectiva. Reconozco qué, cuándo el invitado confesó que algo había oído sobre mi primer encuentro con el anfitrión por supuesto que no estaba nada sorprendida, pero bueno. Verdaderamente, no sé cuanto le contó ni mucho menos de que modo, pero no me importo, así a duo, ahora contando él ahora interrumpiendo yo para añadir este detalle o el otro volver a repasar dicha noche, también invernal pero de buen provecho. Me calentaba por dentro y no era solo por la uva fermentada. También hubo alguna que otra risa, aunque quizás un poco más nerviosa, y como no, los comentarios a veces tenían muchos sentidos entremezclados. La cosa pintaba muy bien.

Todos sabíamos perfectamente como iba a acabar esto. Pero bueno. El anfitrión me empezó tocando, lentamente, acariciándome una pierna, ya que cuando me ofrecieron la copa de vino me volví a sentar en el sofá como una persona normal. La conversación fue siguiendo su caudal natural, pasando de la noche del trío a más cosas que pasaron entre el anfitrión y servidora, entre los dos, a solas, en encuentros tóridos posteriores. Si estaba yo puesta a tono, suponía que ellos lo estaban más. Pero lo aguantaban bien, tratándome bien, sin groserías ni otros comportamientos desagradables que pueden darse en hombres cachondos y bebidos. Mientras el anfitrión comentaba sobre mis aptitudes como amante, diciendo de mí bondades y glorias como si yo fuera una folladora nunca jamás vista antes, lo cual era mentira, su mano se colaba con mi tácita aprobación por debajo de la falda, subiendo por el muslo, tocando aquí y allá. El invitado puso su brazo por detrás mía, apoyándolo sobre mis hombros, cubriéndome casi en una actitud tierna. Tenía hambre de hombre.

Hay belleza en el lenguaje vulgar cuándo se usa en el contexto apropiado. Todos teníamos ya los corazones acelerados y era buen momento para dejar de jugar al despiste. Era hora de perder las formas. Él, el anfitrión, sin quitarme la mano de encima y mirándome fijamente a los ojos, me preguntó si no me apetecía comer alguna polla, así tal cual, sin anteponer a ninguno de los dos y dejando la pelota en mi tejado. Mientras le quitaba la mano con la intención de ponerme de pie, pregunté si eso me tocaba de cenar, chorizo con huevos y leche batida. Se echaron los dos a reír y esta vez me contestó el otro, hablando en nombre de los dos, diciéndome que por ellos no habrá ningún tipo de problema en ofrecerme ese menú. Me levanté, me di la media vuelta para quedarme de cara a ellos y poder ver, y pensar, y decidir. Tenía todas las miradas puestas en mí. Mi sentido de la estética no pasó desapercibido y el anfitrión lanzo un comentario piropeándome el vestido, y el cuerpo, y algunas partes íntimas que recordaba de haber disfrutado.

Pues por hablar, él. Empezaría chupándosela a él. Se lo dije, mientras me cambiaba de sitio unos pasos a mi izquierda para después tomar camino de arrodillarme delante suya, separando sus rodillas, mientras él me adelantaba parte del trabajo tirando para abajo de su pantalón de chandal de andar por casa, dejándome a mí acabar bajárselo del todo. Si, efectivamente, había ganado unos kilitos de más, pero sonreí al volver a tener de nuevo delante de mis narices esa polla de una gordura intachable y apetecible, cuyo capullo gordo, brillante y desnudo me llamaba hipnóticamente. Le miré a los ojos mientras agachaba mi cuerpo hasta llegar mis labios a encontrarse con su carne dura, besándola con ternura como si fuesen sus mejillas, o su hombro, o su pecho, para después abrir mi boca y tomarla dentro, deslizándola entre mis labios y bajando la mirada.

Preciosa, me llamó el otro, el invitado, mientras escuchaba los sonidos metálicos de su hebilla, luego de la bragueta, luego el forcejeo con la ropa, y para cuando pude mirar para su lado, lo tenía todo bajado hasta las rodillas, y la polla en la mano. Una polla recta, ligeramente más corta que la que estaba chupando en aquellos momentos, pero igualmente de un grosor aceptable. Y con un generoso escroto. Las había visto peores, así que no estaba mal, aunque una siempre se quejará de que todo se puede mejorar. Mi boca y mi cabeza seguía ocupada proporcionando cálidos y húmedos placeres orales al que le tocó primero, sin embargo teníamos un ligero asunto de organización respecto al segundo participante, ya que moverme así de un lado para otro iba a ser complicando rozando lo imposible en plan esto-no-funcionaría-de-ese-modo. De rodillas y acomodada entre sus piernas, no, no me iba a mover de ahí para dar saltos de tigre para un lado y para el otro. La otra opción era ir por turnos pero no lo sé, nadie dijo nada sobre eso, aunque en estos asuntos a veces no hace falta decir mucho tampoco, las cosas pasan por sí mismas. Pero yo quería dos, quería las dos.

Con un ademán lo llamé. Con algunos no hacen falta muchas palabras para que se dispongan a entender tus ideas. Se levantó él también, quitándose del todo pantalón, calzoncillo y demás, y se quedó, de pie, a mi lado, a mi derecha. Con el cuerpo agacahado, le chupaba la polla al anfitrión. Pero levantando la espalda y girando un poco la cabeza, me esperaba la otra polla. Y la deseaba, también. La metí en mi boca sin preámbulos, sin juegos, sin perder tiempo. Con la mano izquierda pajeaba, con la mano derecha, bueno, no sé lo que estaba con la mano derecha, nada importante, el caso es que el invitado, mientras yo daba cuenta de su polla, era él quien la tenía agarrada con su propia mano. Saladita, pero jugosa, entraba y salía de mi boca a centímetros en un ritmo que tiraba a lento, pero que todos parecíamos disfrutar. Y así, doblándome y levantándome, fui catando de una y de la otra.

Según mi aproximación ligera, 5 minutos. Cinco minutos habrán pasado desde que me puse manos y boca a la obra. Estaba, casualmente, tomando en mi boca al que estaba de pie, mientras mi amigo anfitrión, sentado a gusto más de la cuenta y con mi mano entre sus piernas, me llamó por el nombre. Una vez, dos veces, seguidas. Mirándole a la cara, ya supe lo que se avecinaba. Era pronto y rápido, sí, pero bueno. Me agaché, tomando en mi boca su capullo, que sacaba y metía en mi boca solo para estimularle en la base donde mísmamente acababa dicho capullo y se encontraba con su piel, tirada o estirada hacía abajo que de otro modo le cubriría el prepucio entero. En segundos, brotó sobre mi lengua su cálido líquido, regándome las papilas gustativas con su semen. Yo, sin levantar cabeza y sin abrir la boca, me tomé y me alimenté con su ofrenda metafórica. Le permití unos segundos más de gozo al quedarme quieta, con su polla clavada en mi boca, ya sin nada que brotase por la apertura en la punta de su órgano, simplemente estando por estar, mientras su mano que había posado sobre mi cabeza al echarlo todo fuera seguía ahí, y notaba su respiración levantando y bajando su abdomen con fuerza.

Le sonreí mientras me levantaba, repasándome con un dedo por los labios, por las comisuras, por si algo se me hubiese escapado y cuando digo algo me refiero a ese líquido blanco suyo. Con la boca limpia por fuera y por dentro, me giré sobre mis rodillas hasta quedar cara a cara con el invitado, que seguía ahí, embobado, cachondo, erecto pero sin decir nada, como si hubiese presenciado algún tipo de ritual que no debía interrumpir. Aunque ni tenía porqué preguntarlo, se lo pregunté, le pregunté si le importaba que siguiese con la felación ya después de haberme tragado, bastante literalmente hasta la última gota de su amigo. Tal y como yo esperaba, me dijo que no, que absolutamente no, que para nada, que vaya morbo, que siga sin problemas por su parte. Y mientras me decía todo eso, supongo que más por instinto que por raciocinio me acercaba su polla a la boca, todavía agarrándosela. Me hizo gracia, y cuando ya su capullo chocó contra mis labios, le dije que a partir de ahí ya me hacía cargo yo de la situación. Le faltó tiempo para quitar su mano, y dejarse hacer, dejarme hacer.

Me ponía enormemente la situación, chuparle la polla mientras seguía arrodillada, entre las rodillas del otro, que nos estaba observando callado, pero atento e interesado. Tener mi público privado me hacía mojarme más de lo que yo pensaba. Mamaba con cuidado, con sensualidad, usando mucho mis labios para apretar y crear, lo que yo imagino que será, una sensación aterciopelada sobre la piel de su glande. La ventaja de tener una polla cuyos centímetros estuviesen dentro de unos parámetros de absoluta normalidad con un grosor levemente por encima de lo que sería la media pero nada del otro mundo tampoco, es que no agobia. Eso me permitía ir a mi ritmo, controlando los tiempos sin demasiado esfuerzo, pudiendo jugar a gusto. Cuando bajé la cabeza para ocuparme también de su escroto, le salío de la garganta y supongo que también del alma -momento vanidad máxima- un ¡joder, qué buena es! Vale, reconozco que me subió la moral y me lo tomé muy agradecida, sin decir nada porque estaba ocupada, pero en mí interior yo estaba muy agradecida. El otro, ahí sentado, viéndonos, contestó con un ya te lo dije, o algo parecido. Yo, a lo mío, haciéndome la despistada. Pero tomé nota que, en cuanto habré aceptado la oferta de participar en la pequeña fiesta a tres, habrán habido confesiones de hombre a hombre sobre mí. Quizás las hayan habido antes también, pero pienso yo que al tener una mayor certeza sería lo más lógico comentar más. Pero bueno, fuera antes o después no importaba, la cuestión es que hombres tenían que ser, no eran capaces ni de guardar el secreto de las confesiones sobre mí sin mi presencia. Por suerte para ellos, me lo tomé dándome igual.

Mi cabeza seguía moviéndose hacia delante y hacia atrás, en ocasiones a ritmo fijo, a ratos improvisando ritmos nuevos que rompían con las viejas costumbres. Al final, el anfitrión no pudo contenerse del todo y eso que estaba muy recíen felizmente finalizado y se me arrimó, bajándome el vestido por los hombros, despojándome del sujetador, manoseándome los pechos a la vez que los dejaba descubiertos a vista de todos. Menos la mía. Mi vista no iba para abajo y tampoco estaba yo como para bajar tanto la barbilla. Pero me gustaba. Sus caricias parecían nobles, y me recordaban que había una mujer sensible que habitaba mi piel pervertida. Los círculos que dibujaba alrededor de mis pezones me daban cosquillas de las que te levantan los pelos, pero yo lo soportaba todo sin protestar lo más mínimo. Se mojaba los dedos con la saliva de su lengua y después me dibujaba símbolos o lo que fuera por los pechos, trazados húmedos que me excitaban. Entre las piernas estaba mojada más de lo que ellos pensaban. Quería que su mano bajase hasta esa apertura anatómica debajo de mi hueso pélvico, pero que parezca un accidente. No quería pedírselo, y no se lo pedí, y no lo hizo. Sentía su mirada observándome la cara mientras chupaba, tomando nota de mis esfuerzos como si de un jurado en una competición se tratase. Como una estrella de vídeos porno a la que le están acercando la cámara lo más posible a la cara para rodar primeros planos imposibles.

Desde que aquél se corrió y tan a gusto que se quedó, aproximo, así haciendo un redondo, habrán pasado diez minutos más. Y tenía ya otra corrida de camino dirigéndose hacia mí. Fue generoso avisándome con -bastante- tiempo de su inevitable desenlace, probablemente esperando que le diese el mismo trato que a su buen amigo. Sin embargo, no, no le ofrecí el mismo modus operandi. Le expresé mi deseo de recibir su blanca ofrenda sobre mi cara, porque me apetecía y porque por ahora con una iba saciada de sed seminal. Con caballerosidad, no opuso ninguna resistencia ante mi sugerencia. Y a base de insistir con la mano, conseguí que su ansiada explosión acabase contra mi cara, chocando por diferentes puntos de mi anatomía facial. Su corrida llegó acompañada de una tremenda exclamación gutural de júbilo y alegría.

Y ahí estaba yo, de rodillas, parcialmente desnuda, con los senos expuestos y con la cara pintada aquí y allá de blanco tonalidad semen. Por inercia, pedí una servilleta mientras el invitado daba los últimos espamos orgásmicos, mientras su pene volvía con calma pero sin interrupciones a un estado natural de flacidez, una reacción biológica de lo más normal después de una eyaculación. Claro, yo pedía sin quitarme del medio, y el otro tuvo que levantarse del sofa y con cuidado pasar casi por encima mía para poder coger y alcanzarme dicha servilla que yo requería. Después de limpiarme la cara más o menos, y trás darle las gracias por pasarme la servilleta, me fui al baño.

Me quité el vestido, que por buena fortuna no se había manchado. Entre las piernas tenía un pequeño problema de humedad y decidí que las bragas no valían la pena ni para la lavadora, así que acabaron en el cubo de basura. Me quedaban las medias, pero esas sí que no me molestaban, y además, me las puse por sentirme sexi, por el morbo y por las pasiones que levantan, no para quítarmelas tampoco! Con las medias puestas y envuelta en una toalla, salí con el vestido en la mano, con la cara enrojecida después de lavármela bien. Ellos también tenían ganas de usar el cuarto de baño porque apenas salí y entro uno, después otro. Reacciones fisiológicas típicas que no hace falta adivinar ni reproducir aquí. Ellos tenían hambre, y yo también. Telepizza para todos. Pero hasta que iba a llegar el de Telepizza…

Estaba apurando a sorbos pequeños el vino que me quedaba en el vaso, mientras el anfitrión estaba de telefonista con los de la pizza cuándo el invitado se me acercó, puso sus manos alrededor de mis caderas, acercando su boca a mi oído preguntándome como lo llevaba, como estaba, como estaba entre las piernas. Me gustó y me incitó su deseo de hacerme preguntas indecentes midiendo bien sus palabras. Le dije la verdad, le dije que estaba húmeda, que estaba con ganas, que estaba loca por follar. Se lo dije yo también susurrando. Su cuerpo se pegó al mio y noté como me empujaba hacia delante, y trás dar unos pasos, sabía a donde me quería llevar. A la cama, al cuarto. Conocía esa cama, y me sabía el camino, pero me gustaba sentirlo pegado detrás mía, cubriéndome la espalda entera pegada contra su pecho y su parte frontal y llevándome a pecar. La verdad es que ni sé cuando se desnudó también la parte de arriba, debió ser mientras yo estaba en el baño. El otro, el anfitrión, al salir del baño, sí salío envuelto también en una toalla, pero por abajo, no como yo que la usaba como recién salida de la ducha, tapándome más cuerpo.

Abrí la puerta, entramos juntos de la misma manera que íbamos caminando, con él pegado a mí. Me quitó la toalla, tirándola sobre la cama, encima de la funda nórdica perfectamente estirada a lo ancho y largo del colchón. Me abrazó por detrás, manoseándome, acariciándome, jugando con mis pechos, tocándolos. Y hablándome. En voz baja, pero ya sin susurros. Diciéndome en la oreja cuánto le encantaban mis pequeños pechos, hablándome de la sensaciones positivas que experimentó con mi mamada para acabar confesándome que tenía muchas ganas de caer entre mis piernas y satisfacerme. Le dije que sí, mientras me deshacía de sus manos, colocaba la toalla sobre la funda y me tumbaba, boca arriba, encima de ella, abriendo las piernas. Se me acercó, se quedó mirándome, y tocándome entre las piernas. Mi coño abundantemente húmedo fue suficiente señal para que se dejara de tonterías y fuera, de una vez, a meter la cabeza entre mis muslos.

Evitando caer en estereotipos, aquella no fue la comida más bestia que me hicieron en la vida, sin embargo no menosprecio sus ánimos de contentarme y su esfuerzo. Su lengua me lamía con alta frecuencia, pero hacía poco más por romper ese ritmo lamedor y sorprenderme con nuevas sensaciones, sacarme de mi zona de confort de piernas abiertas. En ocasiones, una no tan muy buena comida de partes íntimas puede ser suficiente razón de peso para perder la motivación relativa al elemento masculino ahí abajo presente, pero por esta vez no sería el caso. A su manera de hacer, me seguía lamiendo y al menos doy gracias que no tenía una áspera lengua de bovino. El tacto era suave, y placentero, pero muy repetitivo, y la falta de dinámica pues como que me faltaba algo más. No quise decirle nada en aquél momento por una simple cuestión: no quería provocar algún tipo de conflicto o interponer alguna barrera entre nosotros por algo que, erróneamente, pudiese parecer una crítica malavenida en vez de algo más constructivo. Callaba, bueno, gemía, pero me callaba esos pensamientos, y seguía gimiendo, sin fingir, mis gemidos eran naturales, lo que necesitaba era el orgasmo.

Con despreocupación, bajé la mano por mi cuerpo, hasta mi entrepierna. Sin usar muchas palabras, y menos todavía grandes palabras, le dije que no parase, pero que le echaría una mano, nunca mejor dicho. Una mujer fuerte tiene que saber cuando tomar el toro por los cuernos y ensuciarse las manos, no? Sin saber muy bien lo que estaba haciendo e improvisando sobre la marcha, el siguió haciéndome -o intentando hacerme- esas maravillas suyas lamiéndome los, entre los, por los y alrededor de los labios vaginales mientras mí par de dedos proporcionaban a mi sistema nervioso el empujón extra de sensaciones que necesitaba para sentir esos escalofríos subiéndome por la espalda mientras tenía las pupilas dilatadas y los pulmones rozándose con mis costillas porque mi cuerpo se preparaba para entrar en orgasmo. Lo necesitaba con desesperación. Si bien el momento de sexo oral que estaba recibiendo lo recordaría más por el contexto que por la calidad, recibirlo elevó mi estado hormonal de excitación hasta cimas dónde correrme con cierta urgencia trapasaba meramente el gozo y lo festivo convirtiéndose en una necesidad básica que satisfacer a muy corto plazo.

En cuánto mis entrañas sufrieron los primeros efectos de la causa orgásmica, ignoré por completo el mundo exterior, y sé que grité pero no supe al momento si lo hice a viva voz o fue un grito en silencio hacia dentro. La ola de calor que me invadía por todo el sistema nervioso me hizo prescindir de cualquier contacto con otra piel, incluso con la mia, y retiré la mano, empujándole, haciéndole entender que me diese tiempo y espacio. Me sentía a la vez esclava y cómplice de mi propio orgasmo bien merecido. Una ola de pensamientos inconexos y muy propios empezaron a desfilar en desórden por mi consciencia, como si de repente la descarga de dopamina y el bajón hormonal me llevasen a un estado peculiar de alguna especie de introspección meditabunda al estilo místico oriental. Pensaba en la fuerza de todos los orgasmos de todas las mujeres del mundo, en la belleza de cerrar las piernas tras un final feliz, y en general divagaba sobre hombres y mujeres dedicándose plenamente al placer de las feminas. Todo en colores arcoíris, sin música de fondo, en silencio absoluto, como una película en hiperaltadefinición, pero muda. Poco a poco, fui bajando las piernas, desdoblando las rodillas, volviendo a separarlas y a vista de pájaro, supongo que debí parecer una Y inversa. Fue la sensación térmica a la baja lo que me sacó de mi estado de trance. Me levanté bastante a desgana, volviéndome a cubrir con la toalla. No sé cuanto tiempo estuve sola, pero cuándo me levanté, lo estaba ya. No me importó mucho, tampoco. Debí quedarme tan absorta en mis alucionaciones que mis sentidos sensoriales entraron en modo stand-by.

No sería demasiado de ir por los cerros de Úbeda imaginarme en una situación de vulnerabilidad -de la tierna y romántica- desnuda por debajo de la toalla, comiéndome la pizza a grandes bocaos y sin decir nada. Ellos, mientras tanto, flanquéandome por ambos lados a una distancia justa para tener mi propio espacio cómodo e íntimo para devorar las calorías, hablaban de cosas, y alguien debió de apagar la tele en algún momento sin que yo me diese cuenta, lo cual tampoco me importaba. Los escuchaba como de ruido de fondo, mientras yo pensaba en mis asuntos propios. En la historia de mi vida hice alguna que otra cosa por impulsiva, por métemeentodo o incluso por gilipollas a secas, y seguro que más de una vez eso último, pero lanzarme a la piscina de un trío sexual sin pensarlo a duras penas pues era todo un nuevo logro. Mis otras dos experiencias similares anteriores las pensé durante tiempo, mucho tiempo y las las estuve planeando hasta con semanas de antelación, procurando cuidar de todos los detalles que una podía cuidar antes de llegar la fecha señalada. Me divertía a mí misma pensando en lo valiente que he sido y me hacía gracia como ellos ignoraban por completo el mero hecho de hábermelo propuesto tan solo unas horas antes y que ahí y de esas maneras me encontraba yo, desnuda y corrida. Bueno, todos corridos. Bueno, a lo mejor no lo ignoraban por completo, pero desde luego no le daban mucho bombo para nada, como si eso fuera lo normal de todos los días, vamos. Oye, a lo mejor con otras!

No quería más vino. Cambié el vino por la Coca-Cola ya que no había otra bebida refrescante con cafeína, sin que fuese café. Cambié la silla de la mesa por el cómodo sofá y le pedí al anfitrion una manta para echarme encima. Accedió, sin embargo ambos se quedaron con una expresión en la cara, una expresión que intentaban disimular lo mejor que podían, pero una expresión que indicaba cierta preocupación por si aquello ya estaba, si eso era todo. Supongo que de haber sido así, tampoco hubiese sido la peor noche de sus vidas, al fin y al cabo una mamada es una mamada y recibirla los dos de la misma mujer ahí delante de los narices de cada uno pues tiene su plus de morbo y no me imagino que fuese algo de lo más habitual en sus respectivas vidas sexuales como para banalizarlo. Pero no, ni de lejos iba yo a tirar ya la toalla, metafóricamente hablando y dar por cerrada y finiquitada la noche. Me corrí, sí, pero mi cuerpo seguía en un estado muy sexual, solo estaba tomándome un descanso después de la cena, y de noche ya la temperatura bajó y mi piel lo notaba, y para qué pasar frío pudiendo no pasarlo. Una ecuación simple, nada más. Pero se notó que para la única que aquelló pareció simple fue para mí.

Les dije que taparme con la manta no implicaba que me fuera a dormir. Añadí que a la cama no pensaba ir yo sola, y ahí sus caras se tranquilizaron y me fueron captando. La vedad es que cuándo me senté en el sofa y me envolví en la manta, sin pensarlo ocupé el medio de dicho sofá, de modo que en cuanto los dos dieron por finalizada su cena y se vinieron a hacerme compañía al sofá, volví a estar en el medio de ambos. Cosa que ninguno de los dos encontraba desagradable. Como los chicos serán chicos siempre aunque estén ya hechos uns hombres, sumándole el alcohol y el hecho de que estaban con la tipa que hace poco les hizo una felación a ambos, pues la conversación tardó nada y menos en girar alrededor del tema. Aunque me encontraba ligeramente cansada y con un poco de frío, en mí mente y en mí cuerpo seguía deseándolos, a ellos dos, y todo hay que decirlo, sus pollas. Y una cosa siempre lleva a la otra y así una escalada continua de morbos, ideas, intercambio de opiniones y claro, ese calor interior subiendo la temperatura.

Me quité la manta, echándola al suelo, y me senté en el sofa, de rodillas, sentada con mis nalgas sobre mis talones. Les pedí que se me acercasen lo máximo posible y me hicieron caso a la primera. Con una sonrísita dibujada debajo de mi nariz, estiré mis manos en diagonal apenas teniendo que agacharme hasta tomar en cada mano la respectiva polla de cada uno. Uno a un lado, otro al otro, yo en el medio y todos mirando en la misma dirección. Me las encontré todavía algo flácidas, pero sabía que estimulándolos adecuadamente, conseguir una erección no sería ningún problema. Mientras mis manos subían y bajaban por sus glandes, tirando de la piel arriba y abajo, descapullando sus capullos y volviendo a esconderlos, les hice una pequeña confesión, diciéndoles -y era cierto- que ambos tenían la igualdad de condiciones para tener la oportunidad de demostrarme que haber venido hasta ahí para pasar la noche con ellos iba a merecer mi esfuerzo. Notaba sus carnes ganar volumen en mis manos mientras seguía con mi discursito inventado al momento, incitándoles a desplegar sus capacidades como amantes conmigo. El invitado, cuya erección ya era considerable, presa de las ganas de hacerme algo o de todo, me empezó a deshacer el nudo de la toalla, quitándomela, dejándome al desnudo salvo por las medias. Me apetecía volver a chuparles las pollas ahí mismo, otra vez, pero no quería parecer repetitiva. Los tenía a los dos tocándome, eso si, todo muy previsible: uno haciéndome suaves tocamientos en los pechos y en los pezones, el otro paseando su mano por encima de mis piernas, que las tenía juntas y bien cerradas debido a la posición en la que me hallaba.

Necesitaba un segundo acto, de vicio, necesitaba una noche de vicio. Con un tono de voz lujurioso pregunté a mis dos chicos de trasladarnos al otro lugar dónde me podían hacer feliz, a la cama. Parecía que les costaba desengachar sus penes de mis manos pero con la promesa de mayores gozos encerrados en la habitación, se levantaron -con las pollas levantadas-. Eché mis manos hacia delante, pidiendo ayuda para levantarme. Me trasladaron a la habitación tirándome uno de la mano y el otro de la muñeca. Sin hacerme daño. Les persianas estaban bajadas y nos quedamos los tres a la luz de una lámpara de una mesa de noche lateral a la cama. Yo estaba sobre la cama ya, encima del colchón, encima de la funda nórdica, de rodillas. Los dos parecían haberse sincronizado las miradas. Los miraba y me miraban, pero cada vez menos como amigos y cada vez más como hombres que me querían follar ya. Eso es, esa era la mirada que buscaba mi alma. Todos queríamos guerra, y estábamos de acuerdo en que lo único que importaría era que todos saliésemos vencedores de aquellas batallas. Me percaté, en mi institno feminino, que no había nada por encima de la funda nórdica y que si nos disponíamos a intercambiar nuestros órganos por encima suya, se echaría a perder. Comenté al anfitrión mi recelo al respecto y se ofreció a traer la manta en la que apenas minutos antes estuve envuelta. Casi por un reflejo instintivo, le recordé también lo de los condones, pero me contestó que eso ya estaba arreglado. Supuse que se refería a que ya estarían por ahí en algún lugar en la habitación.

Para cuando el anfitrión volvío manta en mano, me encontro a mí, igual que antes, arrodillada sobre la cama, pero abrazada al invitado, masajeándole la polla con una mano, acariciándole la cara con la otra mientras le besaba el cuello. Él me acariciaba por la espalda y también me estaba manoseando las nalgas, apretándolas y estirándolas sin torpezas, sabiendo lo que estaba haciendo, y eso me gustaba. Me quité de encima y entre los tres echamos la manta por encima. Todo el mundo se quedó al desnudo, y me volví a subir. Por supuesto, esta vez quería más. Me gustaba mirar sus caras y ver esas pintas de amistades peligrosas. Les comenté mis apetitos, esperando a que lo demás lo fueran a decidir ellos, a su rollo masculino. Como nos pilló en tan cuqui postura amorosa, el anfitrión decidió ofrecerle al invitado el sitio delante mia, mientras él abría un cajón y sacaba una caja de una muy conocida marca de preservativos. Me aparté ligeramente mientras el invitado se echaba a la cama, tumbándose y acomodándose, separando las piernas y haciéndome hueco. Sin esperar más, agaché mi cuerpo, tomando en mi mano su glande y metiéndome su polla en la boca, empecé a chupársela con una endiablada lentitud, con suavidad y con cariño. Estando yo en plena faena oral ya, noté como una mano fría separaba un poco mis piernas y con una increíble facilidad debida a mi postura y a mi mojadez me penetraba hasta que noté por debajo el roce de su escroto por medio segundo.

Como si con una polla en la boca y otra follándome a cuatro patas no iba a ser bastante, también los estaba escuchando mientras hablaban de mí, él de delante diciéndole al de atrás que como podía una mujer comer una polla tan bien y el de atrás contestándole al de ahí delante que vaya buena pinta tenía con el culo levantado y la cabeza subiéndome y bajándome. En pleno furor sexual, ambos se declararon admiradores míos de por vida. Yo ardía por dentro, llena de perversión y de morbos y de pensamientos demasiado lascivos. De vez en cuando soltaba la polla de mi boca, aprovechando para tomar aire, y también para respirar con fuerza, gemir y decirles alguna que otra cosa. Cosas que primero las decía y luego me quedaba pensando en lo que dije, cómo cuando les dije que si me seguían follando bien les dejaría al final de la noche bien tranquilos y con sus pollas limpias. Y volvía a chupar, entregándome a la causa con cierta religiosidad, mientras detrás seguía y salía de mí sonando cada vez que nuestras pieles chocaban en el empuje, mientras él presumía de lo mucho que me gustaba su polla y como al fin y al cabo, a él también le gustaba mucho mi coño. Y seguíamos a nuestros ritmos.

No sé cuanto tiempo pasó. Minutos, pero no los contabilicé. Y así de repente el anfitrión dijo de cambiarse, ellos, de postura. Me lo preguntó a mí también, pero yo estaba bien tal como estaba. Hicieron el traspaso de posturas con rapidez, y mientras el otro se ponía el condón detrás mía, yo se lo quitaba al que tenía ya delante. Me desagrada bastante ese sabor a látex, pero sabía que a base de saliva y un poco de menear la mano se iría quitando. Me pasé de saliva, mojándolo más de lo que yo esperaba, pero bueno, anécdotas que quedarán ahí porque una no es perfecta. Es más, no estoy segura de si él realmente se dio cuenta de mi exceso. Creo que para resumirlo gráficamente, más que una paja bien ensalivada le hice un lavado genital con mi saliva. Antes de que yo volviese a agachar mi cabeza y volver a mamar, el otro empezó a compartirme por detrás. abriéndose paso por mi vagina sin obstrucción alguna, colocando sus dos manos alrededor de mis caderas, procurando recudir al mínimo mi balanceo mientras él entraba y salía, una y otra vez. Yo también volví a abrir la boca y llenármela, con esa polla del grosor ideal que me obligaba a concentrarme en el presente para evitar daños rasgando con los dientes, que hacen poca gracia.

Descubrí lo elástico que era mi cuerpo mientras el otro, agarrándome para estarme quieta no paraba follarme a la vez que el de delante, con una mano suya sobre mi cabeza, tiraba de mi cuello para que me estuviese ahí del todo quieta, ya que por mucho que estaba cogida a dos manos por detrás, seguía habiendo un ligero balance a base de empujones. Me gustaba estar ahí, así, entre un montón de jadeos, un montón de testosterona, escuchar lo muy capaz que era para proporcionar placeres a dos hombres simultáneamente. Y también ellos a mí, llevándome hasta un punto dónde no me reconocía a mí misma por las cosas que pensaba y callaba y por las otras que salían por mi boca sin pasar por filtro cognitivo alguno. Éramos un montón de hormonas destrozadas de ir de aquí para allá por nuestra biología, mientras no dejábamos de cumplir ninguno de los tres con nuestros propósitos de ofrecernos una noche histórica entre todos. Mis patrones de movimiento bucodentales debieron de sufrir algún cambio sin que yo me diese cuenta porque me preguntó el anfitrión si estaba bien, a lo que contesté con un apenas moviéndome los labios.

El invitado, detrás mía, estaba llegando al límite y me/nos dijo que se iba a venir, que se iba a correr. Le invité a que lo hiciera encima de mi espalda, ya que me tenía bastante a tiro para tal cosa. Sólo me dijo vale, mientras empezó a mover sus caderas más rápido, hasta que de golpe salío de mí, se quitó el condón -eso no lo vi pero lo intuí- y frotándose con la mano unos segundos más, lo expulso todo. Noté su cálido semen sobre mi espalda, primero en una abundancia más normal de lo habitual hasta que tímidamente unas últimas gotas cayeron tocando mi piel sin apenas ya entusiasmo. Yo escucha sus gemidos mientras el otro me tenía agarrada por la cabeza, dándome de mamar como sabía que le gustaba hacerlo habitualmente. Supongo que a lo mejor culpable por sentirse algo decepcionado en haber sido el primero y el más veloz en expulsar su semen en la ronda 2 (esas cosas de ego masculino), se ofreció sin decirle yo nada en traer la toalla y limpiarme la espalda. Cosa que agradecí mentalmente, ya que en el tiempo transcurrido entre su eyaculación, su post-eyaculación estática saboreando su orgasmo, y lo de ir y volver y limpiar, su corrida se había enfríado y ya no me molaba tanto.

Quizás lo hizo simplemente porque tenía ganas, simplemente puede que fuera también para no dejarme a mí medio satisfecha. Con su altura, no tuvo ni que moverse para alcanzar la caja de condones, sacar uno y pedirme que se lo colocara. Acepté, pero antes me volví a pasar su polla por la boca una última vez. Una vez colocado, levantándose, pillándome a mí también levantada sobre mis rodillas para que él pudiese levantarse, me besó en la boca en un acto de puro romanticismo, lo cual me hizo pensar que a lo mejor él también buscaba algo más que meter su polla en mi boca. Me volví a colocar bien para poder recibirlo, apoyándome en mis manos. Con la misma facilidad que la primera vez, penetró hasta el fondo y vuelta a salir. Entre el métela y sácala rítmico y que tan necesario se me antojaba, tuvo tiempo de preguntarme que le pasaba a mi coño, que siempre lo encontró agradable pero aquella noche le parecía lo más bello. No sabía qué contestar con exactitud porque tampoco sabía muy bien de lo que se trataba en dicha pregunta: era un elogio para compensar quizás tanta polla en la boca que me estuvo dando en toda la noche o andaba buscando ganarse algo más que mi buena disposición a abrirlo todo y no cerrar ninguna puerta? No dije nada pero con que me piropeasen de esas formas vulgares me parecía que ya valío la pena en buena parte aceptar participar en todo lo que estaba pasando esa noche. Luego por la mañana, quién sabe, quizás todo me daría igual.

En mitad de la acción, volvió a aparecer en la habitación el invitado, con un vaso de vino en la mano, con sus partes íntimas recién aseadas y con una actitud de buen rollo, mirándonos sin ser exagerado. Dos azotes en mis nalgas, uno por nalga, me llenaron de optimismo mientras agarraba la manta entre mis puños, estirándola. El invitado, dejando su vaso de vino por ahí no sé donde y no me importaba tampoco, se sentó delante mía pero esta vez en una actitud más cercana y tranquila, que chocaba con el frenético ritmo que llevaba yo mientras el otro me seguía follando a buen ritmo, con continuidad, sin llegar a ser duro. En ocasiones, se me hacía complicado hasta respirar entre jadeos y sudores. Para mí sorpresa, el anfitrión no parecía explotar todavía. Luego me di cuenta qué, al llenar de saliva sus partes más preciadas, también le llené el escroto, el cual al enfríarse tardaría más en soltar la carga. Joder, parecía demasiado bueno, pero estaba pasando. Su grosor y la preciosa redondez de su capullo se abrían paso en mí provocándome a cada entrada y a cada salida y a cada embiste sensaciones indescriptibles de placer, estimulando cada milímetro de mi conducto fibromuscular, haciéndome sentir tremendas cosquillas, demasiado adictivas. Cuando entraba y se abría paso, la presión que ejercitaba sobre mis membranas mucosas me provocaba sensaciones muy movidas, me sentía llena físicamente, me notaba toda la humedad, notaba mi propio olor flotar en el aire alrededor de nosotros. Pero cuando salía, es casi indescriptible definir la sensación de placer al deslizarse ligeramente en dirección contraria toda su polla pero especialmente el borde de su capullo, rasgando la misma pared por donde antes se había deslizado con total facilidad, provocándome una conmoción agradable que me lleva a tal estado de placer que se mezclaba con el dolor, ese dolor dulce que te deja en el rostro una boca abierta.

Mientras tanto y de paso tenía al invitado lamiéndome las tetas, como un profesional al uso personal. Siempre quise ser la chica que tenía hechizados bajo sus encantos a dos apuestos caballeros y me estaba funcionando. Todos juntos, y mi cuerpo expuestos a frenéticos tratos. El invitado se movía por mi piel con libertad absoluta, pasando de los pezones a los pechos al cuello, a la barbilla y hasta besándome en la boca, según iba y venía por mi geografía. Así, a máxima potencia con los dos muy centrados en mí, duré como dos minutos, más o menos. Y me corrí. Esta vez tuve un orgasmo menos agresivo, de ritmo plano, casi convencional y al uso. Solo pude quedarme quieta, temblorosa, mientras mis chicos ponían en pausa sus tareas, dejándome languidecer a gusto. Tumbada boca abajo, disfrutaba mientras me compartián con la mirada, mientras se retiraron a una esquina de la habitación para beber vino. Solo necesitaba un respiro para retomar el sexo y afortunadamente los dos parecían complices en retomar la continuidad insistiendo en relacionarnos con los cuerpos compartiendo las tareas. Yo no decía nada, pero por delante de los ojos cerrados repasaba destellos punk de sexo duro y guarro y sucio.

Me levanté para ir al baño, y por lo visto salí más rapido de lo que ellos se esperaban que tardase, y les pillé hablando de cosas que tenían que ver con todos nosotros los tres. No quería que me echasen del grupo así que les dije que por muy salidos que estuvieran, aquí o todos compartíamos o nada. Se echaron a reír, y me explicaron que lo único de lo que estaban hablando era de si este primer encuentro podía ser uno de algunos más, de como les parecía muy divertida y muy inteligente, y que apreciaban mis aspiraciones sexuales en dar lo mejor de mí misma. Todos estábamos visiblemente borrachos, y me parecieron sinceros en sus explicaciones. Los tres ahí de pie, se me acercaron y me abrazaron, compartiendo los tres un momento bonito y estremecedor, romántico; eso sí, sus penes, endurecidos, rozándome por un lado y por el otro. Mi anfitrión ni siquiera todavía había vuelto a eyacular, y el otro ya estaba listo para más acción, de la buena. Y yo también.

Con altanería y moviendo las caderas para calentar y provocar miradas y mentes, me volví a dirigir a la cama, colocándome otra vez a cuatro patas sobre ella, con los pies y el culo en el borde, y pregunté con altanería en mi tono de voz si estaban listo para darme más. Mi amigo anfitrión, volvió a colocarse un condón nuevo -a este ritmo igual se acababa la caja antes de toda la fiesta-, volviéndose a posicionar detrás mía y tomándome otra vez por el mismo sitio de las mismas formas. Era el otro, que no hizo nada sino quedándose a observar con el vaso de vino en la mano como volvían mis sentidos a su estado de perversión voluntaria. Pensé, lo pensé de verdad, por qué siempre en mis tríos tiene que quedarse alguien mirando? No me molestaba, de hecho me ponía bastante, pero me parecía como muy, no lo sé, muy dèjá-vu. Pero ignoraba yo lo que les pasaba por la cabeza a ellos dos. Mientras me estaba follando uno y el otro mirando, apenas tocándose, pero con una erección bien visible, le dijo uno -el de atrás- al otro -el que estaba mirando- que no creía que iba a ser un problema convencerme en follarme turnándose una vez que se iba a correr. En mí mente, explosión nuclear inmediata: primero, que se iba a correr en breves, segundo, esa manera de hablar de mí conmigo delante y presente, oh, eso sí que me ponía perra y no era capaz de evitarlo, ni tampoco quería hacerlo. No dije nada, pero es que en ese contexto callar era otorgar, y yo no paraba de mojar.

Comprometida con la causa, le rompía el ritmo moviéndome de maneras imprevistas con juegos de bailes pélvicos. Abierta, lo recibía repetidamente, sin parar de jugar con él y con su status quo, rozando la crueldad. Y aunque se presentaba tarde, su agitación previa a la corrida estaba ahí. Ni siquiera me lo preguntó. Con una fríaldad morbosa, su polla quedó libre del condón con un movimiento ágil y experimentado y con una mano sobre mis caderas y la otra haciendo fricción sobre su pene, su esperma salío disparada sobre mi piel, manchándome a base de bien una nalga y escurriéndose por mi pierna. Me lo pasé de miedo disfrutándolo. Y mientras uno apuraba su orgasmo limpiándose el prepucio contra mi nalga, el otro ni corto ni perezoso ya se estaba colocando el condón. Pedí la toalla, me la pasaron y me limpié. Quería seguír follando, no iba a parar, pero necesitaba un cambio. Mis piernas pedían tregua y mis brazos también. Me deje caer y me di la vuelta para quedar bocarriba. Me abrí de piernas, tocándome con un dedo, mientras él ya estaba al borde de la cama, listo para tomarme como un hombre toma a una mujer desnuda en la cama. Metiéndole la polla entre las piernas.

El misionero puede ser una postura muy cliché y muy vista, pero a mí me sigue encantando dentro del abanico de posibilidades de postureo sexual, y es un recurso muy útil especialmente para las mujeres cuando estamos cansadas por otras posturas. Me encanta abrirme de piernas, me gusta verme con las piernas abiertas, separadas, disfruto ver como él coloca y empuja, y entra dentro de mí, y se aproxima a mí y se me encha encima. Y eso es lo que hizo mi amante invitado. Se sentó de rodillas, separándome las piernas, levantándomelas por encima de sus caderas, y me penetró, con ganas, con ilusión diría yo. No se echó encima mía, pero mis piernas se quedaron alrededor suya y mientras empezaba a bombearme sus manos se prestaron a acariciarme por las rodillas, subiendo y bajando por mi pierna. Yo estaba totalmente en horizontal, sin decir nada, respirando, sudando, jadeando, gimiendo, follando y dejándome follar, disfrutando de todo lo que era capaz de acapara sensorialmente, capaz de procesar a través del sistema nervioso. El otro desapareció, cosa que encontré perfectamente normal. Cuando volvió a aparecer, lo hizo trayendo dos vasos más de vino, mientras nos miraba, pero sobre todo a mí, y en su cara se dibujaba un estado de serenidad y felicidad y complicidad. Se lo estaba pasando más que bien. Me guiñó un ojo mientras yo le miraba a ratos. A ratos le miraba a él, a otros ratos miraba al que tenía debajo del ombligo mientras que en otros momentos simplemente cerraba los ojos o ponía la mirada en blanco y me perdía en mis pensamientos, a dónde me lleváran los placeres.

Varias veces cambié la postura de mis piernas. Las tuve levantas y apoyadas sobre sus hombros, las tuve bajadas y flexionadas. Los dos nos los estábamos pasado bien, pero de alguna manera, el alcohol y el cansancio nos estaba pasando factura. Niguno de los dos parecíamos avanzar de ninguna forma en la búsqueda del final feliz, del orgasmo, de la corrida. Y sé que él lo intentaba con ganas. Pasamos rato conmigo en horizontal y con él esforzándose entre mis piernas que el anfitrión ya estaba volviendo a ganar volumen debajo del ombligo. Lo cierto es que tenía bastante sed. Y un trago o dos de vino no me iban a sentar nada mal al paladar. Paramos a mi insinuación de tomarnos un rato, hacer una pausa. Estaba sentada sobre el borde de la cama, con mi vaso de vino, teniéndolos a los dos muy delante mía, uno con la polla bien dura y todavía oliendo a mi sexo, y el otro en proceso de endurecimiento que saltaba a los ojos. Lo cierto es que estaba bien follando, pero me estaba dando cuenta que también estaba cansada, pero también quería follar, y también quería que los dos se corriésen al menos una vez más porque en el fondo me parecía de mala puta dejarlos así, erectos. Seguro que en el caso de los dos nada que una buena paja no pudiese arreglar, y en el fondo, si no me hubiese apetecido nada, no lo hubiese pensado, pero el caso que es que sí me apetecía una corrida más de cada cual. Sin embargo, no me veía con mucha capcaidad de volver a follar como una loca.

Pero lo que me sentó de maravilla fue la idea del anfitrión de tumbarme sobre la cama y comerme el coño. Es, era verdad. El todavía no me había probado con su lengua. Y quería hacerlo y yo también deseaba ofrecérselo. Para empezar, me sacaba del apuro en el que me habia perdido tomando vino y pensando hasta que punto me apetecía el qué. Y para acabar, una comida de entrepierna no es algo que una rechaza, nunca. En todo caso y como mucho lo pospondrá por saciar primero otros apetitos si los tiene, pero rechazar jamás. Se me acercó, rodeándome con sus brazos, grandes, y me besó con tremenda pasión. Me gustaba el trato tierno y esa versión suya más blanda, pero no me pillaba demasiado en ese plan. No tardé en llevarle una mano hasta mi obligo, conduciéndola para abajo, hasta alcanzar con sus dedos mi clítoris, y ahí lo solté, no hacía falta decir ni hacer más para que entendiese mi estado de ánimo. Me masturbaba mientras bajaba poco a poco, chupándome y lamiéndome por el pecho, por el estómago, haciéndome cosquillas con la nariz por el vientre. Y al final, bajó del todo y se metió de cabeza entre mis piernas, a lamerme y a complacerme. Aunque me limpié la nalga, su semen seguía pegado a mi media, como recuerdo de una noche en las que tres personas la pasaron genial.

Mientras el anfitrión divagaba con su boca en mis partes íntimas, le pedí al otro que viniese y se sentara a mi lado. Lo hizo y tomó asiento a mi lado, cara a cara. Alargó una mano y me empezó a tocar las tetas, y yo hice lo propio alargando la mía y buscando su polla. Dura. Me gustaba lo que me hacía tocándome, pero me gustaba más lo que me hacía el otro, chupándome el clítoris, lamiéndome los labios vaginales, hurgando con un dedo cuando no con dos dentro de mí. Su barba me provocaba sensaciones mixtas por las piernas y por las nalgas y en las ingles, pero yo hacía lo mejor por concentrarme solo en lo bueno. Su creatividad en esto de lamer a una mujer parecía haberse expandido desde que yo le conocí, desde la última vez que estuvimos follando. Quizás de mucho practicar mientras tanto. O a lo mejor es que dada la situación, se sentía muy valiente y dispuesto a probar cosas nuevas. Lo que fuera, hacía unos giros brutales con la punta de la lengua metida dentro de mí, era incapaz de no arquear la espalda por culpa del placer que me subía por la parte dorsal. Mientras tanto, el otro, como ligera timidez, me seguía tocado y acariciando, por el pecho, por el cuello, por la cara. No era capaz de decir mucho, pero tener su polla entre mis dedos y masturbarle me ayudaba a relajarme, me tranquilizaba, como una pelota anti-estrés.

Y en medio de una paja por un lado y del otro entregado con valentía a la causa de comermelo todo, me corrí. Fue un orgasmo anunciado, largo, que lo sentí llegar desde el principio, bajando como una ola, con fuerza pero sin interrupciones hasta que ahí dentro, abajo, exploté, y la ola hizo un rebote en forma de pequeño tsunami invadiéndome de una sensación electrizante hasta en la piel que estaba debajo de las uñas. Tenía a los dos delante de mí, mirándome tranquilos, mientras mis neuronas estaban dando saltos por tanta inundación de oxitocina y dopamina y serotonina y noradrenalina. Fue un orgasmo realmente bueno. Había conseguido hasta darme calambres de tan relajarme de golpe. Tenía un hormigueo bajándome por las piernas y estaba frustrada de no poder moverlas. Las situaciones incómodas son bastante comunes en los orgasmos que son buenos e intensos. Ya sé que las comparaciones son odiosas pero esta segunda comida de coño fue muchísimo mejor que la primera.

No quería hacerles competir, pero lo cierto es que quería de los dos tanto sus pollas como esa sustancia blanca que expulsan a través de ella. Me incorporé para ir al baño, y de paso me di un paseo alargando mi viaje en busca de Coca-Cola, porque otra vez me apetecía algo que no fuese vino, pero tampoco nada sano como agua. Quería dulce en mi vida, a base de costarme la salud con bebidas azucaradas. Cuando volví, el único que estaba ahí el invitado, el anfitrión tomó ejemplo de mí y también se fue al baño, detrás mía. Estaba de pie, tocándose con una mano, excitado. Me acerqué a él, besándole en el pecho, bajando una mano hasta sus partes y tomar el relevo. Me dejó hacer, sin más. Le dije que pensaba mantener mi palabra dada, eso de que los iba a dejar tranquilos y limpios. Me miró y me dijo que él se conformaba con dejarle con los huevos ligeros. Mientras masturbaba su pene con enorme delicadeza y con un ritmo muy lento, bajé la mirada para vovler a besar su cuerpo y evitando todo contacto visual directo, le pregunté si chupándole la polla se quedaría así. Me dijo que sí, y una mano suya se dejó caer sobre mi cabeza, sin empujarme con fuerza, pero dándome a entender. En general, no me gusta que me pongan la mano en la cabeza para que me empujen abajo, es algo a lo que soy muy reacia, me gusta que me pongan la mano en la cabeza cuando ya he bajado yo por voluntad propia. Pero en este caso, decidí que por ésta vez lo iba a dejar correr, y me fui dejando caer.

No me fui de rodillas, sino que me senté al borde de la cama. Junté bien las piernas y él se colocó delante mía, con las piernas separadas. Empecé besándosela, desde la parte inferior del capullo bajando por el glande hasta casi los testículos, y volví a subir repasándolo todo con la lengua, sin despegarla de su carne ni un milímetro. Y así, mientras me metía, poco a poco y trozo a trozo su polla en la boca, salió del baño y nos pilló el anfitrión. No le vi la cara, pero tampoco dijo nada que delatase sorpresa de alguna forma. De hecho, su primera reacción fue pedirle a su compañero cuya polla yo estaba degustando que le pasara el vaso de vino. Hecho. En uno de esos momentos que me tomé para descansar la boca y respirar hondo, miré hacia el anfitrión, y con una sonrisa en la boca le dije que una vez terminaba con su amigo invitado, esperaba la suya entre mis labios sin que yo tenga que pedírselo ni él que preguntármelo. Asintió, y mientras yo volvía a mamar, él empezó a tocarse.

Bajo la atenta mirada de ambos, se activó mi lado competitivo. Me dediqué en cuerpo, boca, labios y saliva a prestar la felación como si de ello dependiese ganar alguna guerra teórica, hipotética. Como la famosa Cleopatra llamada al éxito rodeada de los generales romanos. Cumplía, una vez más, uno de mis morbos que tiempo atrás era casi un sueño de los que una confesaba en voz baja hasta a su mejor amiga. En plena faena y con el subidón metido en el cuerpo, no descartaba la opción de volver a tener apetencias para que me la volviesen a meter y sacar. Al que tenía delante me lanzaba cumplidos en su justa medida, que sin darse cuenta alimentaba mi ego zorrón. Sin entrar en un análisis técnico pormenorizado haciendo comparaciones odiosas, quizás era la primera vez en todos mis tríos -que 3 tampoco dan para mucho-, que por fín disfrutaba sin tapujos, despojándome de viejos fantasmas ideológicos y otros condicionantes de conducta. Siempre he disfrutado mamando, o follando, o lo que fuese, incluso en mis anteriores ocasiones rodeada por dos hombres, pero siempre había un algo dentro de mí que me hacía sentir un pelín culpable, pero de esas culpas que dan gusto y placeres. Pero esa senasción me había abandonado por completo, y estaba dedicándome por completo al hedonismo.

Sin que nadie me lo impidiese, mi boca seguía con toda la atención puesta en la polla que tenía puesta por delante, dando placer mientras lo recibía -porque, y no es la primera vez que lo confieso, chupar me gusta bastante-. Desde el anfitrión me llegó un comentario bastante gracioso, comparando mi dedicación al trabajo oral con el buen hacer de una hormiga trabajadora. Lo cierto es que me lo tomé con una risa y un vete-por-ahí de buen humor. Mi empeño en competir conmigo misma me llevó a desplegar un abanico de buenas prácticas orales, arrollando y llevándome por delante lo que quedaba de la buena voluntad del apuesto macho que tenía delante de mis narices, indicándome que su triunfo semental estaba a la vuelta de la esquina, metafóricamente hablando, claro. Durante un breve periodo de tiempo dudé, respecto sobre qué hacer con su propio semen, que de un momento a otro acabaría proyectado en dirección mía. Levanté la mirada mientras seguía con la mano, observando como su cuerpo se preparaba para el gran final. Volví a bajar la mirada, fijándome con atención en su zona genital. Su polla tenía suficiente carisma y valor para (auto)convencerme.

Aunque no soy consumidora habitual de esperma de hombres que acabo de conocer en una noche loca -sí, ya sé, las ETS te las pueden pasar hasta los mejores amigos, mala praxis la mía pero de algo hay que morir-, dejé que el torrente invadiese mi boca y circulara para dentro. Fue una corrida explosiva, llena de energía. Quizás fuera por compartir primera fila con su compañero, sin restarme mérito. Una descarga que me recordaba a los amores de la juventud, esas exaltaciones orgásmicas entre la adolescencía tardía y la temprana madurez. El vigor masculino de los chico jóvenes. Sus gemidos me parecieron melodramáticos, no lo sé muy bien por qué. Puede que yo haya subestimado la complicada tesitura para él, teniendo que cumplir de alguna forma como hombre delante de su colega pero a la vez sin romperme a mí el rollo y dejándome hacer con iniciativa. Nosotras también podemos ser egoístas y no pensar en los demás y en sus situaciones. Supongo qué teñir mi lengua de blanco lechoso le supuso un alivio más allá de lo meramente fisiológico. Yo me lié a no dejar gota caer, tragando todo como una chica buena. No me tengo a mí misma por una chica fácil, pero llevaba años fantaseando en mis ratos libres y solitarios con rabos duros, así en plural y a  la vez para mí sola que si hubiesen llamado a los vecinos en ese momento pornoromántico, no me hubiese echado para atrás.

Con un toque de agresividad en la mirada, fue cosa de soltar al invitado de mi boca y de mis manos y se me acercó el otro. Tal y como yo le instruí previamente. Sin pudor alguno, se me acercó hasta rozar mi cara con su erección y mirándome fijamente a la cara me incitó a hacer lo que tenía que hacer con un textual vamos, guapa, chúpame la polla. Abrí la boca y de pronto sentí la calidez de su miembro entrándome pero sobre todo su grosor abriéndose paso y pillándome por sorpresa, obligándome hacer malabares para no acabar con arcadas. De tantas ganas que me tenía, se estaba adelantando a mis acontecimientos y tomándome la mamada por su cuenta. Eso de que te follen la boca tiene su aquél molón pero no me apetecía en esos momentos. Con ingenio, saqué su miembro viríl de mi cavidad bucodental y le hice saber que no era un buen momento para una mamada macarra. Consolidando el peso de su mano sobre mi cabeza, lo dejó todo en un vale que valía para excusa y para ánimo por igual.

En mi boca tenía sensaciones entremezcladas, mientras paseaba su polla sobre mi lengua y alrededor de mis labios. El sabor del semen con su textura pegajosa mezclándose con el sabor salado de una polla bien excitada, con mi saliva sustituyendo cada vez más cualquier rastro del anterior pene. Entraba y salía de mi boca a trozos, nunca por completo, nunca del todo, abriéndote todas las puertas de mis sentidos gustativos. Apretaba alrededor de su tronco con mis labios, ejerciendo una inopinada presión, atrapando siempre su capullo dentro, rodeándolo de calor y humedad. Y en una de esas abrí la boca, sacándola, pajeándola y sin cerrar la boca, dejándome golpear con ella sobre mi lengua. Volvía a introducirla, dedicándome a mamar. Hice una pequeña parada para dedicarme por un breve periódo de tiempo a estimular con mis capacidades orales sus testículos, primero a uno y luego al otro para que no hubiesen celos por trato a favor. Levanté de nuevo cabeza, dedicándome con éxito, con boca y con las manos, a hacerme cargo de su gruesa y comestible polla. Comestible en un sentido erótico, no caníbal.

Cualquier otro veinteañero supongo que se hubiese corrido, con tanta desinhibición y un poco de chulería. Pero él, con su experiencia macarra, me seguía aguantando la erección que volvieron a asaltarme los pensamientos sobre lo de follar. No se lo llegué a preguntar así que no sé si para él hubiera sido un problema o no. Apetecer por apetecer, siempre me iba a apetecer, pero apetecerme eso con ganas, no, porque solo de pensarlo me daba cuenta de lo cansaba que estaba para esos trotes. Una ya no es joven. Mirándolo desde abajo con cara de seductora, le pedí, bueno, no, no le pedí nada, pero le dije que deseaba volver a tener toda su descarga dentro de mi boca. Si bien me gustaba chupar, también me apetecía su corrida y también me apetecía acabar y descansar. Supongo que cada cosa tenía influencia sobre la otra, como un efecto en cadena. Pero entre que me gustaba una cosa y que necesitaba ya descansar del todo, lo cierto es que anhelaba ese momento estrella, su final feliz una vez más. Tenía ganas de él, de ello, de todo un poco. Mitad por capricho, mitad por ñoña.

Porque sabe una más por vieja que por diabla, se me hizo obvio que las influencias de mis palabras y seguramente de mis artes felatorias estaban a punto de cosechar sus frutos. Se quedó un poco extrañado cuando lo empujé para hacerme el hueco suficiente como para ponerme bien de rodillas atrapada entre él y la cama, volviendo a estimular su cuerpo en esas partes buscando el éxtasis definitivo. Lo cierto es que el cambio de postura me sentó bien y me sentía fenomenal, ahí más abajo, de rodillas, algo así como destronada de la cama pero sin perder la corona. Interpretaba sus jadeos como una denuncia a sus placeres. Escuché de fondo el ruido de la tele. Sin embargo, el invitado volvió a aparecer en la habitación segundos después, ya casi vestido. Otra vez sintiéndome juzgada por dos fue razón más que suficiente para ese extra de motivación que una puede necesitar en según qué ocasiones.

El inicio fue excesivo, llenándome con su semen no solo en lo físico. Unas primeras descargas excesivamente voluminosas hicieron que todos los pequeños nervios dedicados a interpetar la textura, el sabor y la temperatura de cualquier cosa que entrase en mi boca mandasen a mi cerebro una única respuesta al unísono. Cerré los ojos. Una pequeña locura se me cruzó por delante, pero quedó ahí, en la teoría y en el silencio. Me dedicaba por completo a conseguir cada milígramo de su corrida, sin ninguna logística para distribuirla por mi boca, simplemente derecha para para el cuello y para abajo. En pleno apogeo de sus espasmos descargándose en mi boca, me sentía como la que ganó una pelea consigo misma. Sin trofeo que colgar en una vitrina ni tampoco medalla para lucirla al cuello, todo lo que salió de él me lo tomé como una pequeña gran victoria personal.

De una polla tan redonda en su buen grosor y capaz de ser abundante en su momento culminante hasta se puede una enamorar. Tal cual, de la polla y no necesariamente del portador. No era mi caso, pero por poder no era nada imposible. Los chicos me miraban mientras yo abría los ojos después del frenesí gourmet. Volví a repasar, con la lengua, desde la base y subiendo por todo su tronco desde el lateral, vuelta y vuelta por un lado y por el otro. Y mientras se lo hacía escuchaba como él ronroneaba a mi paso itinerante por cada trozo de su carne. Como una heroína de cuentos de antaño y fiel a mi palabra, traté al hombre con delicadeza y elegancia mientras repasaba por todo lo que quedaba de su erección, con mi boca y con mis labios, intentando limpiar cualquier atisbo de lo que pasó segundos y minutos antes. Creo que a eso lo llaman un cumpleto.

Me levanté y me puse de pie entre aplausos. Empezó el que estaba mirando, y el otro se sumó al caro homenajeándome casi al instante. Yo, sonrojada y sin saber que hacer ni por donde tirar, de repente tomé constancia de que entre tanto sudor y tanta polla y tanto semen y tanto líquido mio derramado también olía a mala muerte. Bueno, olía a sexo y poco pudor. Necesitaba ducharme. Decidí que iba a dormir ahí esa noche, ya que bebida y tan cansada no entraba entre mis planes subir al coche para ponerme al volante. Notaba como mi cuerpo daba muestras de agotamiento mientras me miraba al espejo, en el baño y veía las orejas en mi cara y una mirada caída. El agua caliente derramándose sobre mi piel me dejó completamente agotada, y sabía que la noche estaba cerrada, sexualmente. De hecho no sabía tampoco cuánto tiempo iba a ser capaz en evadir el sueño. La ventaja de ser bajita era que la toalla en la que me envolví tras salir de la ducha me cubría bastante cuerpo, cómo se notaba que en esa casa habitaba un hombre de cuerpo grande. En mitad del baño, me quedé mirando mis medias, sucias de semen y demás, tiradas en un rincón. No sabía si debían ir a la basura también o no, y ante la duda opté por dejarlas tiradas ahí tal cual. Que yo también tenía derecho a tener pereza.

Al volver al salón y pedir otra manta para taparme, ambos coincidieron en que yo tenía una cara visiblemente cansada. Me dejé caer en el sofá mientras el anfitrión me tapaba con la manta, tratándome de una forma muy personal y cercana, cariñosa, amable, cálida. Justo lo que necesitaba. El invitado se quedó un ratito más, hablando esta vez de cosas que no tenían nada que ver con lo que había pasado entre nosotros tres. Además, yo no me enteraba de mucho tampoco, me quedé mirando la tele mientras luchaba para mantener mis pestañas separadas una de la otra. A la hora de despedirnos, sí que hubo algún comentario gracioso sobre las cosas que pasaron dejando abierta la opción de una repetición de los hechos por parte del invitado. Aunque accedí por voluntad propia y en ningún momento me sentí forzada a nada, me hizo gracia cuando el invitado, refiriéndose a mí le comentó al anfitrión lo de volver a cederme para darme polla entre los dos. Más ágil de neuronas y más despierta de metabolismo un comentario de ese tipo o bien me hubiese sentado bastante mal o bien me hubiese puesto bastante cachonda, según ánimo y contexto. Haciendo un añadido que por su parte hubo buena química entre los tres. Yo apenas era capaz de aguantar sin dar cabezazos. Pero me dejé abrazar y no me importo devolverle el beso, en los labios, que me dio antes de irse para salir por la puerta.

Cansada por fuera y por dentro, me fui estirando y quedando frita en el sofá. De hecho no tenía porqué dormir en el sofá y nadie dijo que debía dormir ahí tampoco. Simplemente me daba pereza hasta irme a la cama. Para rematar, el anfitrión, ya los dos solos, me trajo una almohada y me la colocó él mismo debajo de la cabeza. Lo escuché mientras me apagaba por completo haciendo viajes de aquí por allá por la casa, lo que supuse yo que eran las limpiezas más urgentes. Y luego, ya no sé nada.

Acostumbrada a madrugar, me desperté temprano, de hecho me desperté antes que él. Yo caí pronto aunque para mí era tarde, acostumbrada a dormirme a horas ligeramente tempranas para lo que es la costumbre española mediterránea. Me levanté buscando el móvil, que se quedó olvidado encima de la mesa del salón, y sin embargo todavía le quedaba algo de batería. Tenía toda la casa para mí, en silencio. Entre en la habitación, dispuesta a robarle el cargador, sabía que lo tenía al lado de la cama, con su móvil cargando, que para estas horas ya debía de estar cargado. Dejando el móvil cargando en el salón, me fui a la cocina, buscando algo para desayunar. Galletas rellenas con chocolate, ese fue mi desayuno. Llevaba creo que años sin probar algo tan poco sano para desayunar, pero me sentó en el cuerpo de maravilla. De vez en cuando esos caprichos de comida guarra hacen bien al alma, aunque no mucho al cuerpo. Y como no tengo por costumbre eso de tomar café nada más levantarme, pues no me tomé la molestia en preparar.

Cuando él se despertó, despues de asearse y saludarme, lo primero que hizo fue poner la cafetera. Lo dejé en paz y en tranquilidad porque algunas personas se toman mal la mañana hasta que no tienen el café en la taza. Volvió y se sentó en el sofá junto a mí, con mejor cara con el café en la mano. A solas y de buena mañana, parecía que la distancia que nos separó tiempo atrás volvía a alejarnos. Sin tener mucha historia común reciente a la que agarrárnos, empezamos hablando de la noche pasada. Me confesó que al principio tuvo pensamientos de que a lo mejor la noche acabaría siendo una basura, pero al final entre tanto movimientos en todas direcciones salió todo bastante bien. Yo también le confesé que hice la escapada con tan poca antelación movida más que nada por impulso, y porque todavía estaba peleándome en mis sentimientos con una ruptura emocional que me había dejado peor de lo que yo esperaba. Pero que no volví a follar con él por venganza ni por pena, pero sí había algo dentro de mí que encontraba ciertos momentos de soledad tan insoportables que tirarme a dos sin pensarlo mucho me pareció mejor opción que encerrarme en casa entre pensamientos tristes, lágrimas y puede que alguna paja.

Conversar con él refiriéndome a mi pasado cercano sentimental me sentaba bien. No tenía ninguna sensación de liberación porque no tenía nada encerrado por librar, pero mi ansiedad estaba quedando reducida a nada. Hablar en voz alta con él me servía para cuadrarme por dentro. Evidentemente, no iba a ser la misma después de hacer un trío que antes. Aunque, técnicamente, solo el sexo y tampoco era mi primera vez en toda la vida, sí que para mí era la clase de experiencia que puede marcar algo más que sólo tu día siguiente. No quedarme metida en casa enloqueciendo y centrándome en mis placeres de la carne fue buena idea, pero yo sabía que follar por follar con uno por pasar la noche no me hubiese ayudado mucho, que lo que yo necesité para volver a reflotar fue precisamente esta clase de sexo menos convencional, menos ortodoxo, necesitaba perversión y diversión más allá de un romance de novela para amas de casa aburridas. Como aquellos que son adictos a las sensaciones fuertes, lo mío por lo visto éran los chutes de lujuria máxima.

De relámpago, mientras conversábamos y yo andaba medio perdida en mis pensamientos, me pregunta cuál de las dos pollas me gustó más. Incapaz de mentirle, le digo la verdad, que la suya. Me contesta que ha notado un cambio en mi voz, que fue hablarme de polla y que de repente mi voz le sonaba con otro tono, más melódico. Sé para donde está tirando. Me echo a reír y le digo que no. Me pregunta si sigo desnuda por debajo, y le digo que sí, y mientras se pone a acariciarme el tobillo sé como acabará eso. Me quito la manta de encima con toda la elegancia del mundo que me era posible ahí sentada. Va subiendo con la mano mientras yo acerco más mí cuerpo deslizándome hacía él moviendo las caderas. La toalla no me acompaña y me quedo desnuda del abdomen para abajo. Me quito la toalla.

Me hace un dedo, me mete un dedo y después otro. Me masturba a dos dedos. Levanto el culo y tiro de la toalla para abajo para no manchar. Me niego a que solo sean dedos. Le digo que se vaya a buscar un condón. Vuelve y me encuentra sentada sobre mis rodillas en el sofá. Se sienta en un lado, me agacho a lo ancho del sofá, se la chupo un rato. Se desnuda, se coloca el condón y me siento yo encima suya en el sofá. Me excitación va subiendo notando su polla dura, gruesa y dura, caliente, entrando y saliendo y volviendo a entrar dentro de mí. Los dos jadeamos, los dos gimiendo, los dos sudando. Me pide ponerme a cuatro patas. Le sigo el rollo y adopto la postura. Se coloca detrás mía, con una pierna apoyada en el sofá y la otra en el suelo, y seguimos follando así. Me encanta sentir como no solo sus movimientos hacia delante y hacia atrás, lo que me pone más cachonda todavía es como me empuja, como mis pezones se mueven, como mi pelo se balancea por mi cara, como noto su escroto golpearme cuando me empuja fuerte, como me tiene bien pillada por las caderas. Su polla gruesa llenándome entre las piernas, presionando mis músculos vaginales. Me pregunta si quiero tragar. Le digo que sí, se la saca, me doy la vuelta, me siento en el sofá y me la tomo en la boca. Él ni siquiera habia bajado esa pierna del sofá todavía. Me daba de mamar en una actitud que no podía ser más de chulo a la vez que parecía protegerme de todos los males del mundo. Su leche caliente vuelve a acabar en mi boca, en mi garganta, bajando. El segundo desayuno, me dice. Asiento sin más con una sonrisa en la cara.

Me vuelvo a duchar, y me visto. Yo tenía la ropa en el salón y a él no lo vi cuando salí. Mientras me vestía, aparece de la cocina, taza de café en la mano pero para mi pequeña sorpresa, todavía desnudo por abajo. Miro su polla, totalmente flácida, pensando en los placeres que es capaz de provocar totalmente dura. Tengo prisa por irme, ya que el polvo mañanero restrasó por completo mis planes y mis horarios y tenía otras obligaciones que atender. Se acerca y mete la mano por debajo de mi vestido, sabiendo que iba sin bragas. Se agacha y me besa el cuello, y me pregunta susurrándome en la oreja como si no estuviésemos a solas para cuando me dejaré hacer con una polla en la boca y otra entre las nalgas. Le contesto que no tengo prisas por eso, que cuando tenga que ser, será, ya algún día o alguna noche. Cojo mi bolso, miro alrededor repasando visualmente la estancia buscando que no se me olvide nada. Me despido de él dándole un beso debajo de la barba y con un ya hablamos que no sabía si se lo decía de verdad o por decir algo.

De noche dominguera y en mi casa en la soledad de mi cama, me volví a hacer una buenísima paja repasando todo lo que estaba viviendo apenas 24 horas antes. ¡Qué alivio y qué estrés!

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8 comentarios en “Los barbudos

  1. Una historia larga, pero intensa. No imaginaba que los barbudos se tratara de esto, pero me has sorprendido. Enhorabuena porque no has dejado en ningún momento de mantener la acción y el interés en el relato. Te felicito porque no es fácil hacer un relato tan amplio y tan bien descrito como éste. Enhorabuena Carmen. Un abrazo.

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      1. Hola, una vez al año público una entrada en mi blog con doce textos de seguidores y he pensado si te apetece colaborar, si quieres puedes visitar mi entrada “aniversario 2017” sería algo como eso. Un saludo.

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