“M50” es una serie dónde escribiré sobre mis encuentros tórridos con los diferentes hombres de más de 50 de edad, en una época pasada cuándo yo todavía me las daba de joven y eterna. Cómo siempre, me gustaría recordaros que todo lo que se escribe y se lee en este blog, al menos hasta la fecha, es real aunque parezca ficción.

Follar, sin duda, hace que merezca la pena vivir. Más un extra si el pene es bonito de ver. Con gente que encuentras sin tener que buscarla. De ningún aspecto concreto, dejando que la cosa fluya haciéndote la new age. No tiene nada que ver con este texto, pero una vez tuve la oportunidad de ver una polla dura y descapullada a la luz de una pantalla de cine, y me pareció maravillosa.

Follé en un estadio, otra vez follé en un concierto. Algunos chicos eran del barrio, otros los conocí por la calle, algunos eran adineros sin dar palo al agua, otros eran artistas. O buscavidas. O una fiesta rural, campestre, bajo las estrellas, haciéndote mayor en una noche, rodeada de chicos brutos pero preciosos.

Las mujeres tenemos dos fases de revolución hormonal absoluta. La primera, evidente, es la etapa adolescente, dónde al igual que los chicos, mucho hablar y mucho lerelé, pero al final te haces más pajas de las que te permite la dignidad reconocer delante de tus amigas. La segunda, trás la depresión post-divorcio. Más todavía cuándo te has gastado buenos años al lado de alguien que tú creías que era una flor y resultó ser tan solo un capullo. También te haces pajas, pero esta vez vas a por las pollas. Lo dicho, adolescencia y estado civil: divorciada.

Os escribiré (SPOILER ALERT, así mejor?) sobre mi encuentro con un hombre, qué.. bueno, así en español campechano, tenía la polla más grande que yo jamás me haya metido en el cuerpo. Y que haya visto delante de mis narices, que luego os veo venir con tiquismiquilladas. No soy dada a la fe religiosa, así que no puedo decir que su órgano sexual está en mis plegarias, pero sí puedo decir que lo conservo en mis mejores pensamientos.

Me hallaba personalmente en una época de nuevas libertades personales y andaba por la vida arrastrando una carga de rebeldía, contra, no sé, mi vida misma. Quería tocar fondo y cielo a la vez. Y tener sexo. Y conocer gente para hacerlo, pero ahorrándome sus dramas diarios. En fín.

De piel morena, con el pelo rizado y muy negro, al igual que sus ojos. Tenía cómo un embrujamiento gitano, sin serlo. La primera vez que intimabos fue él quién se acerco a mí, tratándome de amiga, a pesar de nunca haberme visto antes. No qué yo recordase, al menos. En un tren. En una estación que parecía más bien vacía, y de haber algun alma, estaría en la otra punta. Para darme su nombre, me dió la mano. No supe de que formas acabó tocándome el brazo.

Yo estaba ahí, despierta y consciente, pero no le ponía limites. No le decía que sí, pero tampoco qué no. Me cogio el brazo, la mano, y sin perder el tiempo me hizo tocarle ahí abajo. Se le notaba la dureza, la fuerza de la erección contenida. Recuerdo todavía con claridad su pregunta, preguntándomer si entendía porqué se sentó a mi lado. Yo sonreí y asentí, sin más. No me transmitía violencia, parecia sobrio, olia a fresco y limpio. Quería tema, sí, pero no era de los que te iba a obligar a entrar en su tema si no te apetecía.

Se cambió de sitio. De mi lado, se sentó en el asiento que habia justo en frente. No habia ni un alma en todo el vagón. La luz nos la proporcionaban las farolas, la justa para vernos algo más que las sombras pero sin llegar a apreciar hasta el último detalle de cada uno de nosotros. A él no le veía nada de especial, pero su descarro, las altas horas de la noche y una polla dura, bueno, me lo estaba planteando.

Sentado, cómo un pervertido nocturno discipliando, se desabrochó su pantalón (que recuerdo de un color suave, cómo un beige), y saco su polla a mi vista. A la de todos, pero como no habia nadie más. Lo que mis ojos estaban viendo, aquello, me parecía muy fuerte. Al instante supe que a lo mejor nunca en la vida volvería a ver una polla, así. Tremenda. Grandísima. Enorme. Con su piel oscura. Me quedé, francamente, impresionada.

Llamaba a su semen, crema. Lo sé por su comentario. Me pareció superhortera cuándo me dijo que también le salía buena crema de ahí. Si no fuera porque tenía un tamaño tan inusual, por no decir único dentro de mis experiencias vividas hasta -y desde- entonces, lo hubiese dejado plantado ahí mismo. Pero, la tentación y la curiosidad estaban ganando la partida.

Se levantó y se fue dejando bajar los pantalones. Bien. Un pervertido de los que oyes hablar y te parecen leyendas urbanas. Pero no se me acercó más de lo debido. Se quedó a una distancia prudencial dentro de la poca distancia que habia entre nosotros. Esperaba mi turno. Y era normal. No me mostré ofendida, ni horrorizada, ni salí corriendo. Y mi cara al verle la polla debió de ser todo una experiencia. Aunque siempre he guardado la impresión que aquello ni de coña era su primera vez haciendo cosas así de raras, y seguro que más de una se habrá quedado también con los ojos que casi se le salen.

Me dijo con tono amable de voz que no me quería ofender, pero que yo le gustaba. Todo esto mientras estaba ahí, tocándose la polla delante mía. Yo mirando. Mirándole la polla, y el capullo, que estaba a la altura, en cuánto a grandeza, a todo lo demás. Menuda forma más oportunda de lanzar piropos. Veía su polla moviéndose en su mano y, joder, me parecía una máquina de romper algo, alguna parte de la anatomía de las personas, independientemente de su género.

Cuándo me quise mover, me dí cuenta que todavía llevaba, y sujetaba inconscientemente, el bolso en mi regazo. Lo dejé en la silla de al lado, dónde él estuvo antes sentado. Me acerqué todo lo que pude al borde de mi silla, lo justo para no caerme de culo, y creo que fue la primera vez que levanté la mirada para verle la cara desde que se desabrocho el pantalón. Con la polla fuera, ya no era tan caballero, ni tan sutil, y perdía algo de elegancia. Pero a estas alturas.

El resto de su cuerpo se quedó en un segundo plano, únicamente interactuabamos sus genitales y mi boca y mis manos. Su obsceno comentario sobre la corrida supongo que fue lo que me acabó calentando del todo, en contra de mi voluntad intelectual consciente. Pero hacerle una felación a esa polla, joder, eso era un trabajo de titanes y valquírias.

En mi mente, me hice una broma automental, pensando que aquella polla era tan grande que sería capaz de atravesarme el cráneo y salirme por la nuca. No era momento ni lugar para soplapolleces macabras pero yo soy así de inadecuada. Pero fuera del plano mental, en el mundo terrenal y físico, entraba en contacto con la punta de su polla, y luego el capullo, dándole un beso de hola-te-acabo-de-conocer para después arroparlo en saliva.

Me quise meter más tronco, y lo hice. Chupando pollas puedo ser una gamberra, pero no una cabrona. Entre las piernas, tan mojada que lo empezaba a notar a base de bien. Hay pollas que puedes meter en la boca y atraparlas ahí, cómo en una cárcel viciosa. La suya, sin embargo, sin haberle llegado ni a la mitad, me estaba reventando la boca. Tenía miedo fundado de no hacerle rasguños con los dientes, a la vez que me ahogaba. Literalmente era tan grandegruesa que ahogaba. Me daban arcadas de novata, qué vergüenza!

Yo seguía. Pajeaba, escupía, chupaba, me ahogaba, me daban arcadas. No paraba. Siempre he sido mucho más de pollas gruesas que de pollas largas. Es más, el tamaño en longitud para mi es de mucha menor importancioa que para otras. Pero el groso para mí es extraordinariamente importante. Me gusta sentirme llena, hasta en la boca. Pero claro, esto era de otra liga, de otro mundo. No es lo mismo tener arcadas porque te la estés metiendo hasta la garganta, que tener arcadas porque es tan gorda que te lo tapa todo y no te has metido ni la mitad. Me desesperaba a la vez que lo gozaba.

Nos organizamos mejor. Él se volvió a sentar ahí delante, yo me fui de rodillas. Se la lamí toda. Desde el escroto hasta la punta. Era tan grande que era demencial. Me entraban ansias por chuparla, pero estaba perfectamente al tanto que no iba a poder disfrutarla más alla de unos dedos por debajo del capullo. Y seguí chupando, dándolo todo, ahogándome y con la cara medio destrozada por las arcadas, pero vuelta a metermela en la boca, recordaba porque me seguía machacando ahí cómo si fuese una mamona estajanovista.

Y lo supe. En cuánto lo noté, lo sabía. Lo sentía y lo veía venir, pero por no sé que razones, mi mente no quiso hacer reaccionar mi cuerpo. Se le fue y se corrio. Me acariciaba la cabeza mientras su polla se descargaba entre mis labios, dentro de mi boca. Y yo sin mover el culo, lo dejé. Me tragué cómo la mitad, y la otra mitad la escupí. No encima suya, pero delante suya. Estaba rabiosa. Primero, porque lo hizo totalmente a traición. Segundo, porque yo me esperaba algo más que una mamada rapidita. Me sentía ofendida.

Me levanté y me volví a sentar en mi sitio. Sin decir nada, y evitando todo contacto visual, busqué mis pañuelos y me limpié la cara, la boca, las manos. Me volví a colocar bien el vestido. De piernas cruzadas, me quedé mirando por la ventana, con cara enfadada. Él me miraba sin decir nada. No pude abstenerme, y le solté un Me lo tendrías que haber dicho. Por su cara, me pareció que también fue inesperando por su parte. Lo sé, son cosas que a veces simplemente pasan. Y cómo soy tonta, eso que me pareció que su cara también mostraba cierta sorpresa y arrepentimiento, me ablandó los huesos. Me preguntó si invitarme a cenar serviría para que le perdonase. Por un momento, no sabia si me estaba tirando un farol tomándome por idiota, o me lo ofrecía con sinceridad y gratitud, y por supuesto, deseos de acabar la faena, pero bien hecho.

Mi primera reacción fue mandarle a la mierda. Y lo hice, por la boca, aunque en voz baja. No lloraba por orgullosa. Pero recapacité al instante sobre mis malos modos, tenía la impresión de no estar jugando limpio. No le dí la oportunidad de presentar nada en defensa propia, ni margen de maniobra para arreglarlo. Mis ganas de vivir en paz eran mayores que la necesidad de perseguir una vendetta que por momentos me parecía irracional.

Sin lugar a dudas, y por muy díficil que parezca, le dí mi número de teléfono. Yo que sé. A uno con una polla normal no le daría nada, sin embargo estas eran circunstancias excepcionales. Mientras el tren se movia lentamente, dejando atrás edificios con las luces apagadas y gatos merodeando alrededor de los cubos de espera, me confesó que le apetecía volver a jugar conmigo, y que él me podría aportar mucha satisfacción. Asentía, mientras intentaba no alucinar recordando no cuanta polla me entró en la boca sino cuanta quedó fuera. Y yo estando llena.

De repente, alguien, un chico, una persona, pasó por el vagón lejano para dirigirse a otro. Él, abrazándome por los hombros, en un intento de consolarme y ganarse mi confianza. Quién sabe lo que pensó el paseante pasajero. Me tocaba bajar en la próxima. De píe, a punto de marcharme, pasando delante suya, me toco el culo. Manoseándolo, cómo si estuviera midiéndolo y pesándolo. Su mano se me antojaba suave, y a través de la tela del vestido la impresión que daba era de una esponsa tomando cuenta de mis nalgas. Me ruboricé y me fui alejando humildemente con la mirada puesta en la punta de mis botines, paso a paso.

Ese día mi familia entera se reunía para pasar el domingo, obvio, en familia. Me desperté tarde y con pocas ganas de hacer otra cosa que tomar un zumo fresco de naranja, ducharme con agua templada y pensar en la polla más grande que habia visto en mi vida. El maníaco de la megapolla cumplió su promesa y a la dos, que es hora de comer, me llamó. Me dijo que se le puso la polla levantada y se acordó de mí. A día de hoy, sigo sin saber muy claramente por qué no colgué. Era raro, a pesar de que no me hacia gracia, tampoco me daba asco. Eso sí, me parecía un pelín paleto. Pero me aguantaba, no quería salir mal parada del asunto, cómo una chupacalentones de usar y tirar. No esta vez.

Para protegerme, le dije que no era así. Fui soltándole todo tipo de contestaciones sarcásticas que en algún momento puede que fueran a rozar el ataque personal a un nivel insultante, pero lo aguantó con estoicismo. Arrastraba mi cuerpo desganado hacia una mesa alejada de orejas inoportunas. Me dijo de quedar ya, le dije que no, me preguntó si estaba huyendo de él, le dije que a la tarde.

Tuve que desplazarme, como tres pueblos al lado. Vivía en una casa que no tenía nada de llamativo, con dos perros simpatícos que hacian vida en un jardín muy común y corriente. Fue ahí, viéndole a la luz del día, cuándo me di cuenta que en realidad tenía más años de los que me pareció a mi en la noche. No me importaba, realmente. Era un lugar tranquilo, pero por alguna razón te daba la sensación que en cualquíer momento saldría la madre, o la hermana, o la hija, a saludarte. No pasó nada de eso.

Me invitó a café, y sí, he tomado mejores cafés en mi vida. Y hablamos un poco de nuestras cosas, eso es, de nuestra vida, contando cosas simples y anecdóticas, mientras yo notaba cómo me miraba. Esa mirada de hombre excitado, esa mirada de hombre que te quiere follar. Yo sentía la presión de volver a encontrarme con su polla y estaba motivada a que esta vez la disfrutaría más. No ví ni escuché a nadie pasar por delante, sin embargo me preguntó con amabilidad si le parecía bien trasladarnos a la parte de atrás. La luz natural ya escaseaba y era mejor ponernos bajo luz artificial, con más discreción.

Llevaba vestido. Otro vestido. Uno gris, que tapaba las nalgas, pero dejaba ver las piernas, y no escondía mi cintura. Y volvimos a hablar, y se puso a hacerme una serie de confesiones. Empezó diciéndome que se acostaba con la mujer del vecino. Bueno, eso, pero dicho con otras palabras menos finas. A mi me daba igual, y me preguntaba en silencio qué a mi qué coño me importaba con quién se lo montaba. Y se fue centrando en mí. Que si tenía un cuerpo muy dulce. Eso me gustaba más. Que cuándo se excitaba demasiado, se perdía y algunas cosas le duraban poco. Ya, me daba por aludida y sentí cierta vanidad. Etcétera etcétera. Al final, dijo lo que me tenía que decir. Que me quería joder. Que no queróa insultarme, que sabía que para mí -por la diferencia de edades- era un señor, y que lo pasado anoche lo quería llevar más lejos.

Me levanté, se levantó. Me aupó a la mesa, una mesa vieja, de madera, maciza. De las que aguantan unas cuantas movidas. Fue apartándome las piernas con las manos, haciéndose hueco. Yo jugaba con su cuerpo, tocándole por dónde sabía que le iba a dar gusto, menos en el centro de la diana de sus placeres. Y de los mios también. Me fue metiendo mano, hasta dar él con mi diana.

Sus dedos se manejaban entre mis piernas con mucha calidad. Sin tirar a un lado sino directamente por encima de las braguitas, me provocaba todo tipo de sensaciones muy placenteras, y mi coño, por supuesto, fue perdiendo líquido. Le pedí que me las quitara, y me levanté la falda del vestido que no me apetecía ir manchada por ahí. Primero uno, y luego dos dedos se me fueron adentrando. Me lanzó un piropo acerca de lo húmeda y caliente que andaba en esas zonas. Yo casi habia dejado de hacerle nada, sólo me seguía agarrando a él con una mano, mientras balanceaba las piernas y me dejaba masturbar encima de la mesa.

De repente paró, y se fue quitando la ropa, con mucha agilidad y con mucha rapidez. Ahí estaba, desnudo y.. esa polla. Me abrió de piernas y me dijo que me tumbara sobre la mesa. Seguí las indicaciones del anfitrión sin saber muy bien a lo que atenerme. Su cuerpo se fue doblando, hasta que acabó con sus labios contra mi húmedad, y su lengua lamiéndome y chupándome y todas las cosas tan buenas y tan ricas que hizo ahí abajo. No, no fue la mejor comida de coño que me hayan hecho nunca, pero sí una de mis favoritas. Una muy bien posicionada en el top de mis favoritas.

Y se me escapó por la boca. En una de esas que estaba perdida en los placeres que te da el cuerpo cuándo la otra persona sabe hacerte lo que es una buena comida de coño, que estás medio aquí y medio allá y te relajas más de lo normal, se me fue. Le dije con vocecita de putilla que quería su polla. Me preguntó dónde. Y yo no sabia lo qué contestar, porqué andaba un tanto perdida cuándo dije aquello, y de repente qué él hubiese dejado la faena para atender mi petición me dejó todavía más a medias que la noche anterior. Pero bueno, cierto, era yo quién se buscó la minicharla.

Y me explicó el dónde. Amablemente, le explique que yo eso, aquello, por detrás, ni-de-puta-coña-joder-vamos-qué-dices! El sexo anal no es mi superfavorito. Lo tolero y hasta me gusta, lo acepto y lo hago, pero que, literalmente, me rompan el ano no entra ni de lejos entre mis deseos carnales. Descartadísimo.

Me gustó lo que me hizo con la boca, pensé que se merecía un poco de lo mismo también. Sin guardar rencores. Y ahí me lo dijo. Me dijo que se notaba que tenía experiencia en chuparle la polla a un hombre, pero carecía de práctica en chuparle la polla a un hombre bien dotado. Así, con un par de cojones. Además, literalmente ahí estaba ese par. Bueno, sí, tenía razón. No lo sé. Reconozco que la suya, sí, no era tan fácil. Ignoro si eran fallos corregibles o no hay mujer en el mundo capaz de estar preparada para hacerle una mamada sin arcada involuntaria a ese pedazo bicho.

Me bajé de un saltito. Él, volvió a tomar asiento en el mismo sitio que antes de empezar la acción. Yo me puse de rodillas. Casi a cuatro patas. Con el vestido, con la falda del vestido echada sobre mi espalda, culo al aire y las piernas juntas. Mojada, notaba hasta el más impercetible soplo de viento. Adentrándome con la cabeza entre sus piernas, buscando sus partes.

Nada nuevo. Lo mismo que la noche anterior. Aquello seguía reventándome la boca pasando una linea invisible. Hasta el punto de que la comisura de los labios me parecía que iba a estallar, rompiéndose y dejándome en las mejillas una sonrisa para la vida al más puro estilo Joker. A chupetones y lamitad, fui bajando, y me fui dejando llevar un ratín haciéndole una muestra de mis talentos orales en sus bolas.

Y volví a subir y a centrarme en su polla, pero tomando medidas para no acabar cada por tres con falta de aire. Sólo chupaba hasta dónde mi cuerpo se sentía cómodo, y ambos estabamos a gusto. Cuándo sobrepasaba el límite, me tomaba mi tiempo para volver a tomar aire, y de paso, dándole a la mano. O con la mano. Lo que me incomodó fueron sus comentarios acerca no sólo de la belleza de mi culo -hasta ahí todo bien- sino acerca de su follabilidad. Porque esa polla, no no no no no. Otra? Sí, puede, depende, según. Pero en este contexto no iba a haber ninguna polla metida por ningún culo. Pero sí, claro que me gustaba que me lo piropease, tonterías las justas.

Su mano me acariciaba el pelo mientras mi lengua le acariciaba la polla. No me gusta que me impongan nada salva en momentos excepcionales con personas que yo considero aptas para ir conmigo de imponentes, sin embargo, accedí gustosamente a su petición, que fue más bien un enunciado y no una pregunta precisamente, eso de pasarme su polla por la cara. No golpearme sino acariciar mi cara, mis mofletes, mis mejillas, la nariz, todo, pasándola por encima. Bien, guay, se disfruta.

A los dos nos apetecía follar. A mi me temblaban las piernas, en parte por morbo, en parte por nervios, en parte por miedo, de pensar en que iba a meter, o intentar meter, eso, dentro de mí. Y ahí me vi totalmente desprevenida, no habia caído en la cuenta antes. Yo no tenía condones para ese tamaño. Y sin condón, no iba a haber fiesta. Pero claro, él llevaba viviendo con su polla toda la vida, y estaba más preparado que yo. Unos condones, ya no recuerdo la marca, muy XXL, de importación americana. Muy legal, me dejó ver la caja, ver que ninguno estaba abierto, todo en su envase original y tal.

Me quité el vestido. Iba tan fresca que no llevaba sujetador. Para lo que yo tengo de pecho, tampoco era un pecado de los gordos. Me subí yo solita a la mesa, pegando un empujoncito, esta vez en dirección contraria. Mientras él tenía a bien colocarse el condón, yo me fui dejando de espaldas, abriéndom de piernas y tocándome. Quería estar bien mojada.

Bien. Por la boca me entró menos de lo que me cabia por ahí abajo, sin embargo, otra vez un límite invisible. No, estaba claro que toda, no me iba a entrar. Llegados a un punto, y sinceramente, no sé cual, no sé si entro la mitad, o más, o menos, pero llegó un punto, dónde, no. Aquello no. Por suerte me fue penetrando muy despacito, supongo que ya muy acostumbrado a ello.

Primero da gusto, luego sientes el lleno, luego más lleno, luego un lleno que te provoca una presión muy fuerte y cada vez va a más. Hasta el punto que es dolor. Dolor sin más. Ahí deja de molar y sabes que has tocado el límite. Le expliqué más o menos hasta dónde, cual era el mío. Yo creo que él ya lo intuya habiéndose fijado en mi reacción. Me follaba despacio, con cuidado, con cuidado de no empujarme demasiado y darme dolores que luego iban a quitarme todas las ganas. Yo tampoco quería eso.

Sexualmente, nunca tuve la vagina sometida a tanta presión. Aquello era jodidamente increíble. Mientras no llegaba a traspasar ese umbral antes mencionado, por favor que no parase nunca. Es cierto que nuestro órgano feminino tiene un márgen de adaptabilidad a los diferentes tamaños, pero hay tamaños a los que una no se puede adaptar en una noche. Ni dos. Y mientras me follaba, mi mente divagaba en paralelo al éxtasis que sentía mi cuerpo, y sentía una especie de envidia profunda por esa vecina que se lo tiraba. No sé por qué. Me salió así en ese momento. Quité rápido de mi mente esa negatividad y volví a reconciliarme con el presente, dónde estaba follando tan a gusto.

Pero los humanos no podemos acceder a la perfección. Cuándo me dijo de cambiar de postura, la única alternativa era a las cuatro patas de toda la vida. Yo encima de él, con eso entrándome hasta el fondo, bueno, me parecía demasiado arriesgado y con pinta de salir mal en algún momento. Sobre la mesa, hábil como una gata en celo, cambié rápido de postura, y miré, bueno, no sé para dónde estaba Cuenca geográficamente, pero miraba para algun lado. En realidad la vista era la de una pared blanca de una casa de pueblo, con unas jarras de flores más o menos cuidadas, unas sillas de plástico y otros detalles que se han esfumado de mi mente.

Bueno, pues cómo antes. Penetración con ensayo y error, aunque yo realmente tuve miedo por unos momentos que intentaría igual forzarme por otro, ejm, lado. En ningún momento me dio la espina de ser uno de esos, pero bueno, una nunca sabe, al fin y al cabo. Bueno, pues no, no fue uno de esos.

No hay libro de autoayuda que te explique y te prepare mentalmente para las sensaciones que puedes encontrar dentro de las más de 8,000 terminaciones nerviosas que se estiman que tenemos las mujeres ahí abajo, cuándo una polla de gran, no, de grandísimo tamaño, te mente, cómo en el chiste, sólo la punta. Y un poco más. En mi caso, todo por el grosor, claro. Una obra maestra.

Mi cuerpo se tomaba su polla llenándome de placeres virulentos, hiperbólicos. Yo lo manifestaba entera, con mis gimetos, y mi sudor, y mi mojadez, y mis pupilas dilatadas, y mi piel de gallina, y todo lo demás. Por un momento, subida encima de aquella mesa y con ese pollón entrando desde atrás entre mis piernas, me apetecía alguna palabra malsonante, algún insulto temporal. Algo que no fuera repulsivo ni tampoco inmoral. Yo escogería, arbitrariamente, algo emocionante, efectista y lacrimógeno. Porque esa polla era memorable, y ese era un polvo precioso y memorable.

Todas las sensaciones que salían desde ahí abajo y se perdían por todos los lares de mi cuerpo me llevaron a un trance parecido a un viaje psicodélico. Me sentía cómo un personaje emocional dentro de una historia dónde ambos nos volvíamos dibujos animados. Y no puedo decirlo de otra forma que así de vulgar, pero sentía que a mi coño le estaban metiendo una de las mejores pollas de toda su historia. Aunque, somos indivisibles, así que la historia sería mía, pero ya me entendeis.

Es imposible abarcar en palabras todo lo que experimenté aquella tarde que se hizo de noche. Quería ser generosa con él.

Me dijo que iba a correrse. No cómo una advertencia, sino simplemente cómo un hecho inmeditado e inevitable. Le pregunté si cómo en el tren. Se salío de mí, alejándose dos o tres pasos, dándome espacio suficiente para darme la media vuelta, dar otro saltito más para bajar, ponerme de cuclillas, y tomar en mi boca su polla, o bueno, más bien sujetando su capullo entre mis labios, cerrados alrededor de su forma gruesa y redonda. Me dejé llevar por mi pasión y por mis gustos, y esta vez lo dejé entrar todo por la boca y deslizarse en mis adentros.

Yo sin correr, pero estaba bien. Pero no. Lo próximo fue que mi cuerpo se apoyó en un pilar que sujetaba parte del tejado, con su mano entre mis piernas. Lo que hacia con sus dedos al principio se me antojaba interesante, luego me pareció muy potente, para acabar pensando que aquello era impresionante, y tras pasar un poco más de tiempo, me corrí.

Necesitaba expresar esa corrida, pero no supe cómo. Me quedé abstracta, casi en silencio, genuinamente feliz bajo la influencia del baño de endorfinas que disfrutaba mi cerebro. Me acababa de dar un orgasmo manual fuermente vinculado a su polla. Ni follándome un ejército me hubiese sentido tan llena. Y eso que no quiero que me folle ningún ejército, quede por escrito. Desnuda y corrida, apoyada todavía contra el susodicho pilar, me piropeo comparándome con la belleza que se observa en una pintura clásica. Aunque sea mentira, cuando te has corrido te mola oír que tienes superpoderes de musa.

Con el orgasmo recién servido, me dí cuenta rápido que fuera ya debía de hacer rato que hacía fresco. Los pezones lo indicaban de una manera muy evidente. Me vestí, y me invitó pasar dentro de las paredes. No sé por qué lo hice, volví a acabar desnuda al rato. Y corrida. Y tragando.

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13 comentarios en “M50: La princesa de los fuegos artificiales

  1. Joder que destreza escribiendo. Las cosas claras. Me encanta leer escritos de almas que no edulcoran las palabras. Cuando saques el primer libro házmelo saber. Esto no es un relato, es una barbaridad. Saludos.

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